Artículo aparecido en el Periódico Frente Unido
Número 10.
Octubre 28 de 1965
Si bien es cierto que en todos los países
capitalistas, incluyendo a los más desarrollados como los Estados Unidos,
siempre existe una gran porcentaje de población desempleada, es necesario
comprender que en los países subdesarrollados ese porcentaje es todavía mayor.
La falta de trabajo para millones de hombres y mujeres constituye precisamente
una de las características de esos países subdesarrollados. Y tenemos entonces
que en un país rico como Colombia, nuestra oligarquía ha sido incapaz de crear
industrias suficientes para dar trabajo a los miles de colombianos que todos los
años llegan a la edad en que quieren entrar a producir, en que quieren
convertirse en hombres y mujeres útiles para la sociedad.
Esa oligarquía ni quiere ni puede abrir nuevas fuentes de trabajo.
No quiere, porque es una oligarquía que piensa más en ella que en el país.
Prefiere sacar su dinero para el Canadá o para Suiza antes que invertirlo
nuevamente en el país. Es una oligarquía que porque sabe cuántos dolores le ha
causado al pueblo, le tiene miedo, le tiene miedo a la revolución, y por eso
prefiere sacar su dinero antes que abrir nuevas industrias. Prefiere invertirlo
en clubes lujosos y en gastos suntuarios antes que invertirlo en nuevas
fábricas. Ella no tiene interés en crearse nuevas incomodidades disputándole el
mercado a las empresas norteamericanas, ni tiene personalidad ni empuje
suficiente para buscar en otros países - fuera de Estados Unidos - la ayuda
técnica y económica necesariia para industrializar nuestro país. Es una
oligarquía conformista que "nació cansada", y que siempre ha pensado más en ella
y en sus socios extranjeros que en las verdaderas necesidades del pueblo
colombiano.
Pero aún si quisiera, nuestra oligarquía tampoco podría industrializar a
Colombia. Esto no se lo van a permitir sus socios norteamericanos. Todos sabemos
que hay muchas empresas que parecen colombianas, pero que son más
norteamericanas que colombianas: Avianca, Peldar, Icollantas, Croydon, etc.
Todos sabemos que nuestra economía depende de las ventas de café que le hacemos
principalmente a los Estados Unidos y de las "ayudas" que esos mismos Estados
Unidos nos dan. Todos sabemos que el nuestro es un Estado limosnero que está
dependiendo de las migajas que nos quieran dar los norteamericanos, y que ellos
tampoco están interesados en industrializar al país. Las "ayudas" que nos dan
son para construir algunas escuelitas, algún barrio piloto, tal vez algunas
letrinas, pero nunca nos van a ayudar a crear nuevas fábricas de maquinaria
pesada, fábricas que a su vez produzcan nuevas fábricas y abran por consiguiente
nuevos frentes de trabajo. A Norte América lo que le interesa es tener países
que le suministren materias primas - minerales y agrícolas - baratas, que le
compren a ella a precios elevados todos los carros, todas las máquinas, todos
los productos de su industria que nosotros necesitamos para nuestro uso. Norte
América domina nuestra economía, y nuestra oligarquía está muy contenta de ser
aquí su agente y su servidora.
Por eso son los desempleados los que más duramente soportan las consecuencias de
nuestro subdesarrollo. La miseria de sus hogares, la angustia de no poder llevar
al hogar el mercado necesario, de no poder pagar el arrendamiento, de no poder
educar a los hijos, les está demostrando a todos los desempleados la necesidad
de emprender la lucha definitiva contra el sistema. Ellos saben más que nadie
que no son pobres porque no quieran trabajar, sino porque no hay dónde trabajar.
Ellos saben que no es que el pueblo sea perezoso, sino que la oligarquía que
ahora es dueña de las fuentes de trabajo y es "dueña" del Estado, no hace nada
eficaz para solucionar verdaderamente nuestros problemas. Por eso los
desempleados deben estar también a la cabeza de nuestra lucha por arrebatarle el
poder a esa minoría y entregárselo a las mayorías.
Ellos deben ser los primeros en comprender la necesidad de que el pueblo se
organice, ellos que están padeciendo como ninguno el peso del sistema, deben ser
los primeros en comprender que mientras el pueblo no se haya tomado el poder,
será imposible solucionar los problemas de nuestra economía y por consiguiente
será imposible solucionar los problemas de cada uno de los hogares colombianos
que hoy padecen las consecuencias de la desocupación.
Pero lo más grave está en que esa situación de desempleo crónico no tiende a
solucionarse, sino que por el contrario cada día el problema se hace más agudo.
En el Ministerio de Trabajo hay varios de cientos de peticiones de empresas que
solicitan autorización para licenciar personal. Y hay muchas otras que lo
licencian sin pedir autorización. Todos sabemos a diario de nuevos casos de
despidos colectivos, y sabemos que muchas pequeñas industrias que están
quebrando a consecuencia del alza del dólar que a su vez elevó dramáticamente
los costos de las materias primas.
Por otra parte, cientos de miles de personas han sido desplazadas del campo a la
ciudad por la violencia que la oligarquía desató contra nuestros campesinos.
Todos ellos deben comprender que la solución de sus problemas no deben esperarlo
de sus propios verdugos, de los que crearon la violencia, de los que tienen
hipotecado al país, de los que precisamente causan la miseria, sino que la
solución está en manos de las mayorías, uno de cuyos sectores más importantes
numéricamente es el de los desempleados.
La crisis cada día se agudiza más. La oligarquía, por ser cada día más mezquina,
más egoísta y más antinacional, está lanzando todos los días nuevos contingentes
del pueblo a la lucha revolucionaria.
Cuando un hombre o una mujer no tienen nada que perder - ni siquiera un empleo
con salario de hambre -, cuando al participar en la lucha lo tiene todo por
ganar y sólo sus cadenas por perder, y cuando es la situación de todo un pueblo,
significa que la hora de nuestra liberación está cada minuto más cercana.
Esta es la lucha de todo un pueblo contra un puñado de opresores cuyo único
sostén son las armas y el apoyo extranjero, y en esa lucha el pueblo vencerá
porque no hay fuerza capaz de impedir la victoria de un pueblo unido que lucha
por sus derechos, que lucha inspirado en ideales nobles y generosos. Antes que
morir de hambre o de frío, antes que padecer más miserias y humillaciones, el
pueblo prefiere luchar por conquistar definitivamente el poder. A ello lo ha
obligado la oligarquía. La oligarquía ha retado a nuestro pueblo, y hemos
aceptado el reto.