Artículo aparecido en el Periódico Frente Unido
Número 12.
Noviembre 18 de 1965
El pueblo colombiano debe comprender que la minoría
que hoy tiene el poder, no nos lo va a entregar sin defenderlo. Es necesario
recordar cómo fue de dura la lucha contra los españoles el siglo pasado y
cuántas penalidades debieron pasar los revolucionarios de esa época. Puede
decirse que un buen termómetro para saber si una persona o una organización son
revolucionarios, consiste en darse cuenta si la oligarquía la persigue o no.
Entre más revolucionario sea, con toda seguridad más la va a perseguir. Tanto
los extranjeros como la oligarquía saben distinguir muy bien quien quiere
verdaderamente arrebatarles el poder para dárselo al pueblo, y quién sólo busca
ventajas personales o de otro tipo.
La oligarquía sabe así cuáles son sus verdaderos enemigos, y a esos es a los que
persigue con saña. Por eso Nariño, por ejemplo, que peleó con las armas en la
mano y que no buscaba solamente ventajas para los criollos ricos sino mejorar la
suerte de todo el pueblo, tuvo que pasar tantos años en la cárcel, combatido no
solamente por los españoles, sino también por muchos "próceres" pertenecientes a
la oligarquía de entonces, de la cual descienden los "próceres" de ahora.
Por eso la oligarquía nos va a perseguir cada día con mayor ferocidad. Cuando se
dé cuenta de que sí estamos decididos a llegar hasta las últimas consecuencias
en la lucha por la toma del poder para el pueblo, esa minoría que no ha vacilado
en lanzar al país a la violencia, en vender la soberanía al extranjero, en
convertir a nuestros soldados en un ejército ocupante de su propia patria, esa
minoría a la que no le ha temblado la mano para mandar asesinar a los dirigentes
populares, va a lanzar contra el Frente Unido del Pueblo y contra las
organizaciones populares todo el peso de su aparato represivo.
Eso no nos debe sorprender, ni nos debe asustar. La oligarquía tiene una doble
moral, de la cual se vale, por ejemplo, para condenar la violencia
revolucionaria mientras ella asesina y encarcela a los defensores y
representantes de la clase popular. Es la misma doble moral que tienen los
Estados Unidos, que mientras hablan de paz, están bombardeando a Viet Nam y
desembarcando en Santo Domingo. Por eso se entienden tan bien. Pero como
nosotros sabemos que a todo el pueblo no lo van a poder encarcelar, ni los
campesinos armados y organizados se van a dejar echar al mar, no nos asustamos
de la represión que realicen contra nosotros.
Yo ya he dicho que es un deber de los revolucionarios no dejarse asesinar. Que
si nos persiguen en las ciudades, nos iremos a los campos, en donde estaremos en
igualdad de condiciones con los enviados de la oligarquía. Desgraciadamente, no
todos los revolucionarios pueden ni deben tomar esa medida extrema, y a muchos
de ellos el gobierno de la oligarquía los apresará y quizás llegue, como todos
los gobiernos tiránicos, hasta a torturarlos. Pero el revolucionario que sea
apresado, no deja de ser por eso un elemento valioso en la lucha revolucionaria.
Desde la cárcel, el revolucionario debe dar ejemplo al pueblo de su valor y
decisión, de espíritu, de sacrificio y de lealtad a la revolución. Su tiempo
allí debe ser empleado en estudiar, en prepararse mejor para comprender la
justicia de los ideales revolucionarios, en templarse más aún para el día en que
recobre la libertad. Además, el preso político debe demostrarle a los guardianes
y a los otros presos, que hay una diferencia profunda entre él y un delincuente
común. El revolucionario debe exigir con su conducta que sus carceleros le den
un trato de acuerdo a su condición de luchador por el pueblo. No hay nada más
desmoralizador para el enemigo que nuestro propio valor, que nuestra propia
entereza. Antes que sentir vergüenza por estar preso, el revolucionario debe
sentirse orgulloso del temor con que la oligarquía lo ve, debe sentirse
orgulloso de "sufrir persecuciones por la justicia".
Por su parte, la clase popular debe ver en el revolucionario preso un estímulo
más para luchar contra la oligarquía. Debe ver en él a un combatiente de
vanguardia, que merece todo el aprecio y todo el respaldo. Debe darle por
consiguiente toda su solidaridad, a través de exigencias para que le sea
devuelta la libertad y con actos concretos tales como hacerles llegar
información, comida, dinero, cobijas, libros, etc. Sin embargo, la mayor ayuda
que las organizaciones populares y los revolucionarios en particular, pueden dar
a un preso, es aumentar su lucha. Es necesario que nuestro compañero privado de
libertad sepa que mientras él está tras las rejas, miles y miles de hombres y
mujeres luchan por realizar la revolución, luchan por devolverle su libertad. La
mejor manera de evitar que haya presos del pueblo, es que el pueblo se tome el
poder.
No importa, pues, que la oligarquía quiera atemorizar a los revolucionarios. No
importa que ella claudique de sus principios "democráticos", y le entregue todo
el poder judicial a los militares para lavarse las manos y obligar al ejército a
que peque nuevamente ante los ojos del pueblo, condenando en consejos de guerra
verbales a los revolucionarios. Quizás los propios militares lleguen a darse
cuenta algún día de la hipocresía y la conducta farisáica de nuestras 24
familias millonarias y los políticos inescrupulosos que le sirven de voceros.
Por nuestra parte, nada nos hará desistir de nuestra lucha por organizar al
pueblo e ir con él hasta la toma del poder, cueste lo que cueste. Y lo decimos,
porque sabemos que es una decisión de las mayorías, sin cuyo apoyo y
participación activa, ni la cárcel, ni las penalidades de la lucha tendrían
sentido ni esperanza.