Artículo aparecido en el Periódico Frente Unido
Número 8.
Octubre 14 de 1965
La mujer colombiana, como la mujer de todo país
subdesarrollado, ha estado siempre en condiciones de inferioridad respecto del
hombre y la sociedad. Estas condiciones varían de acuerdo con el nivel de vida
de las personas.
Dentro de la clase popular la mujer tiene muchos deberes de tipo material y casi
ningún derecho espiritual. El más alto grado de analfabetismo lo tienen las
mujeres de la clase popular. Tienen que trabajar duramente en las ocultas, pero
en ocasiones muy duras labores del hogar y de las industrias menores (huertas,
cerdos, gallinas, perros, etc.), sin consideración a las incomodidades y
responsabilidades de la maternidad.
La mujer de la clase obrera no goza de ninguna protección social y mucho menos
legal. Cuando, en un país como el nuestro, el hombre acosado por la miseria, la
desocupación y enfrentando a las responsabilidades agobiantes de una familia
numerosa, refugiándose falsamente en los vicios, abandona el hogar, la mujer
tiene que afrontar todas las cargas de éste. Cuántas casas obreras se
encuentran, durante las horas de trabajo, cerradas con un candado por fuera,
llenas de niños semidesnudos y semihambrientos que esperan que su madre llegue
del trabajo para recibir algo de comer.
La mujer de clase media también es explotada por los patronos.
Es posible que, dentro de esa clase, las relaciones con los maridos sean más
igualitarias. Sin embargo, estas familias no podrían subsistir sin el trabajo de
la mujer y sabemos que la mujer trabajadora, la oficinista, la empleada, sufre
explotaciones y presiones de toda clase por parte del patrón.
La mujer de la clase alta tiene que disimular con ociosidad, en juegos de naipes
y reuniones sociales, la falta de oportunidades intelectuales y profesionales
que existe en nuestra sociedad. En ésta, la fidelidad conyugal no se exige sino
a la mujer. La censura no viene sino sobre ella en el caso de que cometa algún
error en esta materia. Aunque la ley consagre la igualdad de derechos y deberes,
en la realidad esta igualdad no existe.
En la política, los hombres de la clase popular han sido hasta ahora conducidos
según el capricho de la oligarquía. La abstención ha sido el primer grito de
rebeldía de toda una clase que no confía en las patrañas de la clase dirigente.
Ya existen otros síntomas de unificación y de organización de los descontentos.
Sin embargo la oligarquía como un pulpo, comienza a extender sus tentáculos
hacia las mujeres colombianas.
Los hombres de esta clase les han dado el derecho de votar para continuar
usándolas como instrumento.
Con todo, la mujer colombiana tiene valores de persona humana y no es
simplemente un instrumento. La mujer colombiana tienen la conciencia de ser
explotada no solamente por la sociedad, como la mayoría de los colombianos, sino
también por el hombre. La mujer colombiana tiene disciplina de lucha, ha
mostrado generosidad en su entrega a los demás, tiene más resistencia al dolor
físico. La mujer colombiana, como toda mujer, tiene más sentimiento, más
sensibilidad, más intuición. Todas estas cualidades, en una primera etapa, deben
ser exaltadas y puestas al servicio, no de las oligarquías ni de los hombres
como tales, sino de un ideal revolucionario convertido en el ideal de la mujer.
Por el contrario, la mujer ha visto con más intuición quizás cómo los hombres
han sido engañados con los papeletas electorales y las luchas partidistas. La
mujer colombiana todavía no está infectada con una egoísta tentación de poder.
Los oligarcas las quieren infectar pero no saben que si los colombianos tienen
malicia indígena, las mujeres la tienen mucho más. Ellas saben muy bien que el
voto es la nueva forma de explotación que la oligarquía ha ideado y por eso sale
a las plazas vibrando por ideales más altos y más patrióticos. La mujer
colombiana se alista para la revolución.
Ella ha sido y será el apoyo del hombre revolucionario. Ella tienen que ser el
corazón de la revolución. Si cada hombre revolucionario cuenta en su hogar con
una mujer que sabe respaldarlo, comprenderlo a ayudarlo, tendremos muchos más
hombres que se decidan a la lucha. Después de realizada la revolución, la mujer
sabrá que la igualdad de derechos y deberes no permanecerá solamente como letra
muerta en el papel, sino que será una realidad que ella mismas, como fuerza
popular y revolucionaria, podrá garantizar.
Los problemas del divorcio y del control de la natalidad que la mujer colombiana
cree poder resolver dentro de un sistema conformista y de opresión, no podrán
ser resueltos sino dentro de un régimen que respete la conciencia de las
personas y los derechos individuales, familiares y sociales. No podrán ser
resuelto sino cuando haya un Estado que tenga verdadera autonomía y a la vez
respeto en relación a la jerarquía eclesiástica.
La mujer colombiana tiene la suficiente generosidad como para encuadrar sus
problemas personales dentro de un ideal más amplio, en donde estos serán
resueltos sin descuidar las demás necesidades de sus semejantes.
Este ideal no podrá ser sino en la realización de una auténtica revolución
colombiana.