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18 de diciembre del 2003
Hablemos de cuba
Joge de las Heras
La Tribuna
En este país resulta más que conveniente, de obligado cumplimiento,
opinar sobre Cuba de vez en cuando. Algo debe tener esa isla caribeña
para desatar tantas pasiones encontradas y, así, no es extraño
encontrar en los distintos medios de comunicación nacionales, casi a
diario, sesudos análisis socioeconómicos sobre la inviabilidad
de la praxis comunista al lado de soflamas a favor o en contra de la Revolución
Castrista. Lo cierto es que, visto el nutrido número de intelectuales
conocedores de la situación cubana, a uno no le cabe sino aportar modestamente
la pequeña experiencia cimentada a partir de una colaboración
científica entre dos Universidades, la UCLM y la de Pinar del Río,
situada en la región Occidental de la isla, mediante un proyecto de investigación
en materia forestal, que tengo la fortuna de coordinar. Dicha colaboración
va para dos años y me consta que, además de proyectos forestales,
distintos grupos de investigadores del Campus de Albacete dirigen otros junto
a varias Universidades cubanas sobre diversas líneas de investigación,
de entre las que destacan aquellas relacionadas con ingeniería del riego,
informática, etc.
Las primeras imágenes que uno percibe cuando viaja por la isla son las
de un paisaje fuertemente antropizado. Se deja notar en el horizonte la mano
del hombre en extensos cultivos de caña de azúcar, tabaco, café,
monocultivos forestales y numerosos poblados dispuestos al amparo de los citados
aprovechamientos. La conquista española de la isla supuso el exterminio
casi inmediato de la población indígena (guanajatabeys, ciboneys
y taínos), la importación masiva de esclavos negros desde principios
del siglo XVI así como la deforestación de grandes extensiones
de bosques tropicales de valor incalculable, para introducir los mencionados
cultivos.
Las cicatrices de las sucesivas conquistas han marcado la historia de Cuba.
Tras España, llegó el Imperio Británico que asentó
sus muy reales posaderas en La Habana durante 11 meses (1762) y, posteriormente,
tras la voladura del Maine en el puerto de La Habana (1898), la intervención
norteamericana se hizo efectiva hasta el derrocamiento del dictador Batista
en 1959, tras el triunfo de la Revolución, aunque hoy opera de otras
muchas formas. En este sentido, cabe preguntarse: ¿ fue José Martí
un libertador o un peligroso terrorista-nacionalista? ¿el hundimiento del Maine
se puede considerar una consecuencia del uso de armas de destrucción
masiva, o un precedente del Prestige, ocasionado por la eficaz gestión
de algún ancestro de Cascos? ¿asumir el bloqueo económico que
asfixia a la población cubana es requisito «sinaequa non» para formar
parte del eje trasatlántico?¿tiene algo que ver Castro con las recientes
crisis de empresas norteamericanas tan relevantes como Enron, Worldcom y Arthur
Andersen, entre otras? y, por fin, ¿estudió Urdaci en la misma Facultad
que el director del periódico oficial Granma?. Las respuestas a éstas
y otras muchas preguntas sobre la actualidad cubana, se encuentran, hoy por
hoy, en el aire. Lo cierto es que, la población cubana ha soportado con
una entereza encomiable el devenir de los acontecimientos y, sólo tras
convivir con ellos, se es consciente de la voluntad férrea de seguir
delante que tiene ese pueblo, más allá de conquistas, bloqueos
y represión.
Siempre me ha resultado encomiable el humor resignado y agridulce con que se
refieren los cubanos al eufemísticamente llamado «periodo especial»,
que sobrevino tras el hundimiento del bloque soviético a finales de la
década de los ochenta. Cuando la URSS dejó de suministrar combustible,
medicinas y alimentos, el país entró en un colapso de dimensiones
inimaginables. Los profesores y alumnos de la Universidad de Pinar del Río
hacían referencia a la picaresca imperante en la época más
dura del citado «periodo especial», cuando se vendían fraudulentamente
hamburguesas elaboradas con flecos de alfombras, desaparecía misteriosamente
la población de gatos de los alrededores de la residencia de estudiantes
o se podían comprar en puestos ambulantes asados de «ave de altura» (o
lo que es lo mismo, áura tiñosa, una rapaz carroñera muy
abundante en la zona). Curioso pueblo éste capaz de comer buitres asados,
alimentar a sus hijos con leche de coco y de curar sus enfermedades echando
mano exclusivamente de remedios caseros, siendo al tiempo referente en materia
de educación, sanidad, cultura y deporte en el ámbito iberoamericano.
Afortunadamente, a esa época infausta se ha sucedido otra de menores
rigores, gracias a una férrea reestructuración de los sectores
productivos del país y hoy, al menos, nunca falta un buen plato de arroz
y frijoles con pollo en la mesa de cualquier familia cubana. Actualmente Cuba
mira hacia sus recursos forestales como una potencial fuente de riqueza, sustituyendo
los cada vez menos rentables cultivos de caña de azúcar por bosques
de especies de maderas nobles. La restauración de manglares litorales
es otra de las líneas de interés forestal que ha de tenerse en
cuenta por cuanto protegen el sustrato arenoso cuando sobrevienen ciclones devastadores.
Y detrás de toda esa riqueza natural, crece un turismo que quiere alejarse
de los grandes complejos de La Habana o Varadero. Una potencial entrada de divisas
que reclama una ordenación eficaz, fuera de especulaciones agresivas.
Y es ahí donde podemos ayudar, porque en España somos perfectamente
conscientes de lo que supone el expolio y destrucción de playas y costas
durante décadas.
Cuba es mucho más que una Revolución. Desde los intercambios culturales
y científicos que permiten programas nacionales (AECI) o universitarios
(OCI), los científicos españoles disponemos de una ventana a la
colaboración nada desdeñable. La ciencia y el desarrollo tecnológico
han de vencer bloqueos económicos e informativos, represión y
depresión, presiones externas e internas. Los cubanos son, ante todo
y sobre todo, un pueblo admirable que tiene mucho que ofrecer. Solidaridad y
compromiso histórico han de ser las banderas a enarbolar en el presente
y futuro del desarrollo de este país hermano. Un humilde consejo: visiten
Cuba y déjense llevar por sus gentes y paisajes. Seguro que no se sentirán
defraudados y, de propina, se encontrarán cara a cara con una parte importante
de nuestra propia historia.