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8 de octubre de 2003
Entrevista con Helen Umaña, Premio Nacional de Literatura
Tengo una deuda de agradecimiento
con Cuba
Aracelys Bedevia
Juventud Rebelde
Como una devota al trabajo se reconoce a sí misma la escritora Helen
Umaña, una mujer que ha aprendido a vivir cada minuto como si fuera el
último, filosofía que incorporó durante los años
de exilio en Guatemala, donde residió 30 años bajo un régimen
represivo.
Vivir en ese país en momentos en que cualquiera podía ser asesinado
a la vuelta de la esquina, le dio un sentido de la muerte que le impulsa a trabajar
arduamente «porque hoy puede ser el último día que yo viva. Antes
de venirme a Cuba dejé ordenado mis materiales, por si muero que mi hija
los edite.»
Y no es precisamente que ella ande angustiada pensando que va a morir, pero
«como en cualquier momento puede suceder tengo que trabajar el día de
hoy para dejar algo bueno. Cuando me digo ?quiero hacer un libro? todos los
días escribo y si no lo hago me siento mal», confiesa la destacada intelectual,
para quien poder aportarle a la sociedad en que habita se ha convertido casi
en una obsesión.
Le encontramos en el Centro de Estudios Martianos junto a otros muchos intelectuales
que asistieron a la Primera Jornada de Literatura Centroamericana, que esta
semana sesionó en esa institución cubana.
Vino a hablar de la literatura hondureña, tema en el que se le reconoce
como una de las voces más autorizadas. También a compartir con
los cubanos algunos de los poemas publicados en Península del viento,
su más reciente título y el primero de poesía.
La prestigiosa investigadora, crítica, promotora cultural y profesora
del Centro Universitario Regional del Norte de la Universidad Autónoma
de Honduras, da muestra una vez más de su versatilidad creativa al hacer
público sus versos, los cuales emergen ahora para poner al descubierto
el testimonio de una mujer que sufrió el exilio en carne propia.
En este, su primer poemario, como bien comenta la crítica Isabel Aguilar,
prevalece además del dolor «la suave elegancia de su erotismo y la sutileza
de sus imágenes y metáforas para hacer referencia a la pareja
y a los sentimientos más profundos que esta relación suscita».
Empezó a escribir poesía casi como un «mecanismo de catarsis»,
pero con una gran exigencia literaria. De repente, un día se dijo: «yo
no soy poeta». Guardó todo en un archivo y se dedicó al ensayo.
«En los años noventa, revisando papeles viejos y amarillentos encontré
mis poemas. Y al leerlos nuevamente, comprendí que tenían calidad
y un alto valor testimonial porque hablan del exilio y del dolor que representa
irse de un país para otro, por motivos políticos.
«Fue entonces que decidí publicarlos con el propósito de dejar
un testimonio de tipo político acerca de lo que me pasó a mí
y a cientos de miles de centroamericanos que tuvimos que exiliarnos. Quiero
que quienes los lean sepan lo que es el exilio y se opongan a cualquier injusticia
y violación de los derechos humanos.
«También los publico para que mis nietos puedan ver reflejado en esas
páginas quién fue su abuela y sepan que me fui de Guatemala no
porque quise, sino porque me obligaron».
Helen nació en Honduras pero como consecuencia de la persecución
que sufría el padre, su familia se fue a Guatemala cuando tenía
apenas dos años de edad. Allí creció, se formó académicamente
y fue catedrática de la Universidad de San Carlos de esa nación,
hasta que en 1981 se vio obligada a salir también de ese país
y regresar a su tierra natal debido al acosamiento que ejercían los aparatos
de seguridad del Estado.
LAZOS AFECTIVOS
El afecto que la une a Cuba se pone al descubierto en la manera con que se refiere
a esta Isla con la que según dice tiene «una deuda de agradecimiento».
Cuenta Helen Umaña que hace diez o doce años vino aquí
a traer a una hija que estaba gravemente enferma y prácticamente desahuciada
por los especialistas, tanto en Guatemala como en Honduras. «Y los médicos
cubanos lograron una solución para su problema, hoy ella es una mujer
normal y feliz», resalta.
En entrevista con JR la escritora recuerda los tiempos en que estudiaba en la
Universidad en la década del 70, y Cuba y su proceso revolucionario se
convirtieron en un símbolo para Latinoamérica. «La realización
de una utopía social impactó mucho a una gran cantidad de jóvenes
y tuvo su repercusión en las artes y las letras».
Lleva usted 37 años de casada, tiene cuatro hijos y ocho nietos ¿Cómo
ha logrado conciliar la familia con el trabajo intelectual?
Las mujeres tenemos que proponernos metas. Si uno espera a que las cosas le
caigan del cielo nunca va a hacer nada. Particularmente creo que hay que trazarse
metas, luchar por lo que uno quiere, y luchar quiere decir esforzarse, no regatear
trabajo, tener mucha disciplina. Es más importante el trabajo y la disciplina
que el talento. Este último puede ser menor, pero si usted tiene empeño
en hacer las cosas a la larga obtiene resultados.
Es esta su segunda visita a la Isla, pero la primera por motivos profesionales.
En una ocasión la Casa de las Américas la invitó y usted
no vino. ¿Por qué?
Por motivos políticos. La institución donde trabajaba no me permitió
venir. Si lo hacía perdía mi trabajo. En estos momentos ya no
siento esas presiones encima de mí, pero hace una década atrás
uno no se atrevía a viajar a Cuba porque podía ser tildado de
subversivo en su propio país y eso, en algunas naciones de Centroamérica,
era casi sinónimo de muerte. Ahora las condiciones han variado un poco
o al menos hay mayor tolerancia.
¿Qué está haciendo en estos momentos?
Acabo de terminar un libro sobre la novela en Honduras que fue presentado recientemente
y estoy trabajando en un proyecto similar pero sobre poesía, que espero
concluir en tres años. Se trata de un trabajo previo para lo que puede
ser el proyecto más importante de mi vida: hacer una historia de la literatura
hondureña, que hasta ahora no existe.
Helen Umaña vive actualmente entre Guatemala y Honduras y según
asegura se siente en la obligación de «contribuir a dejar una humanidad
cada vez más feliz, equilibrada, justa». En la tarde de ayer disertó
en la Casa de las Américas acerca de los nuevos caminos de la literatura
hondureña y entregó a la biblioteca una colección de sus
textos.