25 de noviembre del 2003

La otrora hermética oposición anticastrista presenta serias fisuras en Miami.
¿Fidel bajó del cielo?

Edwin Sánchez
El Nuevo Diario, Managua, Nicaragua

Hay evidentes señales de fatiga en lo que fue su inoxidable armazón de hierro compuesta sobre todo de rencores inolvidables. Con una nave así, nadie se atrevería a viajar siquiera a Cayo Hueso.

Hasta hoy, Fidel nunca se derrumbó. Lo que se derrumbó fue la antigua contrarrevolución, y sin pedirle permiso a nadie. Se fue cayendo así, solita, silenciándose, como termina una vieja rumba: sin bailarines sobre la mesa.

Ahora, hay cubanos que abiertamente proclaman el fin del embargo. Suenan en la radio disidentes locales contra el viejo feudo opositor al "dictador del Caribe". Incluso, hablan de culpas colectivas, vastas, casi con fulgor universal y no, no se le puede achacar todo a Fidel.

Algunos toman estos nuevos tiempos con cierta amargura. Otros todavía se empecinan en tratar de estirar los años 70, cuando tanto Fidel como los líderes de la contrarrevolución de café con leche eran todavía jóvenes y las locuritas de adolescentes, como la invasión de Bahía de Cochinos, habían terminado exactamente en eso.

Fidel siguió en el poder y sus férreos oponentes, por el contrario, perdieron el control totalitario sobre el destino del anticastrismo en esta florida península.

Lo que no pasa de moda es, a pesar de todo, el propio Fidel. Es como un icono. Salta en cada conversación, en cada café cubano, entre el rico guarapo y las croquetas y el recuerdo de Benny Moré.

Al líder de La Habana le echaron todos los recursos habidos y por haber para deshacerse de él a como diera lugar. Hasta se creó un presupuesto especial para la CIA, porque desaparecer a Castro alcanzó los niveles de una pujante industria. Se inventaron habanos especiales, tintes tóxicos para envenenar su barba, trajes con sustancias extrañas, espías infiltradas y por supuesto, atentados convencionales: desde un hombre armado de un fusil, hasta los más sofisticados caprichos del odio humano que podrían proveer de mejores argumentos a las películas de Ian Fleming.

Era el crimen más esperado y del cual todo el mundo quería dejar un rastro.

Por supuesto, no tomamos en cuenta los 44 años de bloqueo y la posibilidad, alentada por la guerra en Irak, de una invasión con lo último en la ingeniería técnico militar, y lo que ya hizo Atila en el 447 sobre los Balcanes y Grecia.

Tanto derroche de recursos para salir de Fidel, y lo que ha significado una forma eficaz de los patricios del exilio cubano para ostentar su estatus, no se corresponden con la última arma "secreta" que tienen para enfrentar al gobernante antillano: el calendario.

Usted va a Miami en los 90 o en el 2003, y encontrará a la misma gente hablando de la misma cosa, como si fuera parte del ritual del cubano en la calle.

Hasta los despechos contra Fidel, hasta los odios más altisonantes, no dejan de llevar cierta carga, quizás obscena para algunos, de una admiración de baja intensidad. Respeto que se oye y se mastica hasta en esa "gramática habanera" de hablar como señala Guillermo Cabrera Infante: ¿Qué hora tú tienes, mi negro?

Se puede decir que ya los cubanos de Miami no pueden vivir sin Fidel. Es parte del inventado folclore en el exilio de estos hijos de Cuba que abandonaron a un país exportador de sones y ritmos, que le dio vida y sabor al Caribe con su gloriosa salsa, su pasional cha cha chá y hasta el mambo que apareció en medio de la época de mayores vicios insulares, entre Grau y Prío Socarrás: los 50 de Batista con sus tres golpes.

¿De qué hablarán los cubanos de la Florida cuando Fidel ya no esté en el escenario político?

La última vez que miramos a unos cubanos, hablaban de Fidel. ¿De qué más pueden hablar con tanta pasión? Es que el juicio final puede estar comenzando en La Calle 8, y a los exiliados les valdrá un pito. La mujer en el mostrador introdujo en la plática el caso de las jineteras. Hablaba como de una nueva clase en la isla. Un policía motociclista admitió que la nueva generación de cubanos se ha creado sin el interés de botar a nadie. "Es lo que él ha querido". Es que a los opositores ya no los hacen como antes.

La mujer del mostrador se atrevió a decir: "El es un hombre inteligente". -- ¿Pero cómo tú dices esto?- replicó el policía.

-- Claro, es inteligente, porque si no, no hubiera montado un sistema así. ¿Tú no crees? Ah, ah bueno, para que tú veas...

-- Bueno. Se echó a la última.

-- ¿A quién?

-- A Celia... Celia Cruz. Pasó por Mas Canosa y el tipo sigue ahí.

En una radio muy escuchada, un cubano sostenía con tranquilidad lo que en otra época pudo sonar a herejía en los sacros oídos de los sacerdotes del exilio que predicaban el odiarás a Fidel con todas las fuerzas de tu corazón.

El hombre proclamaba este nuevo sincretismo: que todos los cubanos son culpables. Después razonó: "Cuando en los años 50 los políticos se dedicaron a hablar de Batista, de que lo iban a tumbar, más bien viajaban a Nueva York, a Chicago y a otras partes del mundo y así se la pasaban, de viaje en viaje. Fue únicamente Fidel quien dijo en el 56: el próximo año estamos en Cuba, o somos libres o seremos mártires. ¡Y cumplió!"

La mujer del cafetín salió de Cuba hace cinco años. Le pregunté: ¿Por qué si son tantos millones en la plaza no terminan con el régimen? La dependiente respondió lo de siempre: Acuérdate que Cuba es una isla, no tiene fronteras. No es como en otros países.

La respuesta me creó otras respuestas y otras preguntas más inquietantes, porque ¿acaso cuando gobernaba Batista Cuba tenía fronteras? ¿Por dónde, coño, entró Fidel?

¿No será que Fidel bajó del cielo?