27 de agosto del 2003

Evaluando a Cuba(II)

Manuel David Orrio
Rebelión
Virtualmente imposible es evaluar el Desarrollo Humano de un país sin referirse a la situación de la mujer, involucrada desde más de un siglo atrás en una tenaz lucha por alcanzar la total igualdad de derechos con los hombres, enfrentada en muchos casos a culturas y religiones donde un machismo más que ortodoxo puede hacer de ellas una propiedad de menor valor al de una res.

Cuba, aunque nunca llegada en su historia a esos extremos, no es excepción en el combate de las féminas por alcanzar la plena igualdad; si bien puede decirse que en su caso tiene una loable tradición de logros, signados entre otros por haber sido el primer país de América donde fueron elegidas a escaños parlamentarios, allá por 1940.

No es noticia que el triunfo revolucionario de 1959 representó la gran oportunidad femenina para batallar por su plena realización como seres humanos; nada más una breve consulta a los documentos históricos así lo demuestra, para no caer en la invitación a recorrer el país y constatar in situ cuán importante es hoy la presencia de la mujer en todo el devenir político, económico y social de la nación.

No obstante, un esfuerzo es constatar una realidad, y otro evaluarla. Si por un lado es cierto que los avances femeninos en la igualdad de géneros son incuestionables, también lo es que la mujer cubana no ha avanzado todo cuanto pudiera en alcanzar una plenitud comparable a los índices de los países de más alto desarrollo humano, pese a contar de hecho con todos los instrumentos jurídicos y participativos necesarios para ello.

Evaluar esa realidad, en las condiciones isleñas, pasa además por la dificultad de no poder contar con estadísticas completas que ofrezcan la posibilidad de una comparación internacional a fondo. En este aspecto, se resiente el hecho que Cuba no haya brindado información al Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sobre los dos principales indicadores para justipreciar la igualdad de géneros, los cuales son el Índice de Desarrollo de Géneros (IDG) y el Índice de Potenciación de Géneros (IPG).

Para que el lector comprenda la importancia de ambos, vale apuntar que el IDG mide el grado de disparidad entre mujeres y hombres, mientras el IPG se ocupa de valorar la potenciación relativa de ambos géneros en las esferas de actividad política y económica. O sea, si el primero ofrece un informe sobre el estado de la discriminación sexual, el segundo aporta el ritmo de avance en la eliminación de ésta.

Pese a estas carencias se tiene a la mano una curiosidad digna de apunte. Si se parte de comparar el Índice de Potenciación de Géneros de Cuba declarado por la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE) isleña para 1997, resulta que éste, aún en el 2001, hace de la tierra de José Martí el quinto país de América Latina en cuanto al ritmo de avance en la eliminación de las discriminaciones de género, sólo superada, en ese orden, por Bahamas, Costa Rica, Barbados y Trinidad-Tobago.

Para calcular tanto el IDG como el IPG se precisan otros indicadores que a través de su incorporación a determinadas operaciones matemáticas ofrecen el dato evaluador. Entre estos se encuentran la esperanza de vida al nacer, las tasas de alfabetización de adultos y de escolarización, así como la tasación del aporte de hombres y mujeres a la formación del Producto Interno Bruto (PIB) . Por lo tanto, y de acuerdo con los informes del PNUD, puede presumirse que para uno y otro índices ocurre, en cuanto a diferencias de género, lo mismo que en la determinación del PIB a los efectos de obtener el Índice de Desarrollo Humano. Cuba "se cae" en su potencial económico, pero está en lugares destacados en cuanto a su capacidad social, gracias a sus políticas de crecimiento con equidad.

No se poseen cifras avaladas sobre el aporte de hombres y mujeres a la formación del PIB cubano, pero sí se tienen respecto a los otros indicadores mencionados, y en todos ellos las mujeres aventajan a los hombres. Por lo tanto, puede presumirse que no sólo las féminas isleñas no se encuentran en una situación especialmente desventajosa respecto a aquellos, sino que, a los efectos de una comparación con América Latina, sus avances generales clasifican entre los primeros de la región.

Al mismo tiempo, otros datos de no menor importancia para justipreciar una efectiva participación de la mujer en la vida política y económica del país, presentan este elogiable cuadro: Cuba es la primera de América y la sexta mundial en cuanto a parlamentarias, con 36 % de los escaños ;del total de ocupados en la economía al cierre del 2001, las damas desempeñaban el 68,2 % de los cargos técnicos y el 31,2 % de los puestos dirigentes, posiciones en las que igualan o superan a la mayoría de las naciones latinoamericanas, aunque su Talón de Aquiles se encuentra en su presencia en los cargos gubernamentales de nivel ministerial, donde su participación sólo alcanzaba el 10,7 %, para ser la decimoséptima de América Latina. Por otra parte, aunque no se dispone de cifras avaladas, pudieran ser las primeras de esta región en cuanto a graduadas como profesionales universitarias o técnicas de nivel medio, independientemente de que estén o no ejerciendo sus calificaciones, sea porque ya se jubilaron, por no estar laborando en puestos afines a sus capacidades, o por haber elegido el "oficio" de amas de casa.

No sólo aparece como Talón de Aquiles de las féminas cubanas su baja participación en cargos gubernamentales de nivel ministerial, o las carencias estadísticas mencionadas, las cuales impiden a ellas mismas un autorreconocimiento científicamente determinado de sus logros alcanzados o por alcanzar. En tal sentido, sería útil que la Oficina Nacional de Estadísticas de Cuba determinara y publicara anualmente los índices de desarrollo y potenciación de géneros, como bases fundamentales del país para conocer sus avances o retrocesos en la eliminación de las discriminaciones por origen de sexo.

Este periodista, además, observa una tendencia nada agradable: de hecho, la incorporación de la mujer al empleo se encuentra estancada desde 1981, a juzgar por las cifras oficiales disponibles, más allá de que esa incorporación mantenga índices demostrativos de su participación elevada como el personal más calificado.

Si se comparan los datos de los censos de población y viviendas de 1970 y 1981 con las estadísticas oficiales de la ONE para el 2001, se observa que si bien la incorporación de la mujer al empleo se duplicó relativamente entre 1970 y 1981, literalmente se estancó entre 1981 y el 2001.

Para los tres momentos comparados las mujeres representaban aproximadamente la mitad de la población total y alrededor del 50 % de la población en edad laboral. Según los censos de 1970 y 1981, elevaron su participación en el empleo de 11,4 % de la población en edad laboral a 21,8 % que al cierre del 2001 sólo se había elevado al 22,3. O sea, que en 20 años la participación femenina en el empleo creció en términos relativos en solamente 0,5 %, sin que cambios demográficos de importancia se produjeran en la Isla, al menos en lo referido al tema.

Hasta donde esta preocupante tendencia significa una seria limitante para avanzar en la plena realización política, económica y social de las cubanas, es algo a responder por investigadores y planificadores de políticas. A ojo de buen cubero, aproximadamente millón y medio de la población femenina en edad laboral permanecería en condiciones de ama de casa, en país donde la puerta de entrada a la plena igualdad pasa, precisamente, por estar empleado.

La mujer cubana, como todo en Cuba, es luces y sombras. Entonces, a echar luz sobre las sombras.

Fuentes: Informe de Desarrollo Humano PNUD 2003;Anuarios Estadísticos de Cuba de 1986 y 2001;Perfil Estadístico de la Mujer Cubana en el Umbral del Siglo XXI, ONE,1999.