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26 de julio del 2003
El 26 de julio: imagen y posibilidad
José Lezama Lima
La Jiribilla
El 26 de Julio significa para mí, como para muchísimos cubanos
tentados por la posibilidad, la imagen y el laberinto, una disposición
para llevar la imposibilidad a la asimilación histórica, para
traer la imagen como un potencial frente a la irascibilidad del fuego, y un
laberinto que vuelve a oír al nuevo Anfión y se derrumba.
La imagen es la causa secreta de la historia. El hombre es siempre un prodigio,
de ahí que la imagen lo penetre y lo impulse. La hipótesis de
la imagen es la posibilidad. Llevamos un tesoro en un vaso de barro, dicen los
Evangelios, y ese tesoro es captado por la imagen, su fuerza operante es la
posibilidad. Pero la imagen tiene que estar al lado de la muerte, sufriendo
la abertura del arco en su mayor enigma y fascinación, es decir, en la
plenitud de la encarnación, para que la posibilidad adquiera un sentido
y se precipite en lo temporal histórico. Ese tesoro que lleva escondido
un ser prodigioso como el hombre, puede ser tan solo penetrado y esclarecido
por la imagen. La imagen apegada a la muerte, al renunciamiento, al sufrimiento,
para que descienda y tripule la posibilidad. La historia en ese rumor de la
posibilidad actuando en lo temporal, penetrando en esa vigilancia audicional
del hombre. Estar despierto en lo histórico, es testar en acecho para
que ese zumbido de la posibilidad, no nos encuentre paseando intocados por las
moradas subterráneas, por lo intrahistórico caprichoso y errante.
.
En el maravilloso capítulo de la Odisea, donde Ulises desciende
a las profundidades para contemplar a su madre muerta, ve como la sombra de
su madre lo esquiva, a pesar de su patético esfuerzo por acercársele.
Pero al fin oye la voz más querida que le dice: hijo, no permanezcas
más en este sombrío valle, asciende pronto hacia la luz.
La fuerza del acarreo y del encuentro le viene a decir la conseja eterna, asciende
hacia lo temporal, ocupa el espacio donde la luz bate a sus enemigos y desaloja
a la medusa en sus lineamientos infinitos. Y ese ascender hacia la luz es el
acierto de la posibilidad, mientras la imagen errante como una luciérnaga,
se apoya en una sustantividad poética, en ese campo magnético
germinativo, para engendrar esa imagen que lo temporal necesita para formar
esas inmensas masas corales, donde una poesía sin poeta penetra en el
misterio de lo unánime. Es el cántico de la imagen, cuando logra
verle la cara al develamiento de lo histórico porque ya anteriormente
lo germinativo en el hombre, se nutrió de una imagen demesurada que rebasaba
al hombre y le comunicaba los prodigios de la sobrenaturaleza.
Se decía que el cubano era un ser desabusé, que estaba
desilusionado, que era un ensimismado pesimista, que había perdido el
sentido profundo de sus símbolos. Como una piedra de frustración,
el cubano contemplaba a Martí muerto, expuesto a la entrada de Santiago
de Cuba, o a Calixto García obligado a quedarse contemplando las montañas,
sin poder entrar en la ciudad. Pero el 26 de Julio rompió los hechizos
infernales, trajo una alegría, pues hizo ascender como un poliedro en
la luz, el tiempo de la imagen, los citareros y los flautistas pudieron encender
sus fogatas en la medianoche impenetrable.
Decía José Martí: tengo miedo de morirme sin haber sufrido
bastante. Sufrió lo indecible en vida, pero después de muerto
siguió sufriendo. Ascendió purificado por la escala del dolor,
decía Rubén Darío cuando lo recordaba. Ya era hora de que
descansara en la pureza de sus símbolos, siendo un dios fecundante, un
preñador de la imagen de lo cubano. Llegó por la imagen a crear
una realidad, en nuestra fundamentación está esa imagen como sustentáculo
del contrapunto de nuestro pueblo. Esa fue la interpretación de las huestes
bisoñas lanzadas al asalto de la fortaleza maldita. La posibilidad extendiéndose
como una pólvora de platino, fue interpretada y expresada. No fue un
fracaso, fue una prueba decisiva de la posibilidad y de la imagen de nuestro
contrapunto histórico, al lado de la muerte, prueba mayor, como tenía
que ser. Son las trágicas experiencias de lo histórico creador.
«La mar, color de cobre, dice el trágico griego, contempla impasible
la muerte del hombre de guerra.» Pero la tierra, que devuelve lo que devora,
convierte al héroe muerto en legión alegre que trepa por lo estelar,
para apoderarse del nuevo reto del fuego.
La posibilidad actuando sobre la imagen, al apoderarse de la lejanía,
de lo perdido, de la isla en el desembocar de los ríos, crea el hoc
age, el hazlo, el apodérate. Es necesario que el cubano penetre en
la universalidad de sus símbolos. Saber que la piña, con sus escudetes
de ora quemado y el ondular de su corona de algas, es lo barroco, lo español
de ultramar, como la palma, en el centro de la poesía de Heredia, significa
soledad y destino espantoso, de la misma manera que el símbolo del 26
de Julio, entraña una resistencia o un bastión opuesto a la jabalina
de oro de la posibilidad, que al fin cede y se querella en el misterio del fracaso.
El fracaso es, en realidad, otra prueba, la del laberinto, intentada por el
centauro o por el toro inmediato. La prueba del laberinto tiene dos etapas,
expresada con singular poderío por el ex libris de uno de los grandes
prosistas del idioma. En la primera viñeta, el centauro se cruza los
labios con el índice, apuntando silencio y el laberinto permanece dispuesto
y temerario. Exorna la lámina una sentencia latina, in spe, en
espera. En la otra viñeta, el centauro grita y las curvas del laberinto
están abolidas, otra sentencia latina, dunque ad huc, ese hasta
aquí, descifra y regala una chispa esclarecida. El 26 de Julio significa
para mí, como para muchísimos cubanos tentados por la posibilidad,
la imagen y el laberinto, una disposición para llevar la imposibilidad
a la asimilación histórica, para traer la imagen como un potencial
frente a la irascibilidad del fuego, y un laberinto que vuelve a oír
al nuevo Anfión y se derrumba.
La Gaceta de Cuba, La Habana, noviembre-diciembre, 1968. Tomado de Imagen
y posibilidad. Editorial Letras cubanas, 1981