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Leer a Cuba
Acerca de un dossier de la revista mexicana Nexos dedicado a la Isla
Julio Cesar Guanche
Director de CubaLiteraria
Publicado en la revista Temas
«Cuba es un lugar obligado de la cavilación histórica, política
y moral del mundo iberoamericano», dice el editorial con que la revista mexicana
Nexos presenta un dossier llamado «Cuba, ay, Cuba».1 Según sus
editores, la selección de los trabajos quiere ofrecer una visión
«desde adentro y desde afuera de la isla» sobre la realidad política
del país. La convergencia en sus páginas de «cubanos que viven
y escriben en Cuba; cubanos que viven y escriben fuera de Cuba y autores no
cubanos que llevan a Cuba metida en la cabeza y en el corazón», busca
dar consistencia a la idea central que da título al editorial: Las dos
Cubas De acuerdo con el texto, para el mundo intelectual y político iberoamericano,
Cuba, la nación, son dos territorios a un tiempo: el del sueño
y el de la realidad «La Cuba del arranque y la Cuba del aterrizaje de la Revolución».
Una Cuba «vive encerrada en el mundo de la fantasía y sigue celebrando
logros históricos imaginarios» y otra Cuba «está encerrada en
el mundo de la escasez y la opresión, el mundo de su realidad».2 Nexos
no incorpora un discurso demasiado original al recurrir a esa confrontación
binaria. No obstante, lo de bueno y malo, ilusión y realidad, aunque
muy desprestigiado, puede conservar aún cierta capacidad explicativa.
Para las letras españolas, por ejemplo, es muy importante, después
de la decadencia, la consideración dicotómica de aquel país.
Si Antonio Machado le cantó a las dos Españas, la «de charanga
y pandereta, / cerrado y sacristía» y la «del cincel y de la maza, con
esa eterna juventud que se hace del pasado macizo de la raza», y Larra escribió
el epitafio: «Aquí yace media España: murió de la otra
media», quizás la matriz sirva para explicar otras dualidades.3 No obstante,
la Cuba de «la realidad», «la de la opresión y la miseria», deviene un
archipiélago mayor en las páginas de Nexos, mientras que
la Cuba «de la ilusión», «la de los logros imaginarios», es solo un pequeño
islote en medio de la imaginación. Los editores de la revista encontraron
un solo autor para dar voz «al mito», mientras once respondieron a su convocatoria
para dar cuenta de «la realidad». Cuarenta páginas se dedican a la «circunstancia
factual», mientras cuatro deben sostener «la quimera» y completar el cuadro
de la Isla total.
El pensamiento democrático acuñó, desde hace mucho, la
certeza de que cualquier idea excluida de la discusión termina convertida
en dogma. Con su proceder «cuantitativo», Nexos sustrae de la discusión
ideas diferentes acerca de «la realidad» cubana. Este propio texto, entregado
a Nexos desde el mes de octubre de 2002, ha debido sufrir diversas posposiciones
y hasta la fecha no ha sido publicado.
Más que una visión de Cuba desde dentro y fuera de la Isla, el
dossier de Nexos es la recreación puntual de varios enunciados:
la naturaleza totalitaria del régimen cubano, el caos económico
generado por el socialismo, la represión a que se ve sometida la ciudadanía,
el camino hacia una transición capitalista, la condición de satélite
de la Isla respecto a la URSS, entre otras ideas hace tiempo distribuidas por
los discursos contrarios a la Revolución cubana, señaladamente
los producidos por Washington y Miami. En su concepción, la idea de «Cuba,
ay, Cuba», renuncia, desde el inicio, a cualquier posibilidad de brindar al
menos dos visiones. La elección del «lamento», de la «lástima
ante la desdicha cubana» como enfoque del dossier, obstruye la intención,
si la hubo, de examinar en profundidad y equilibrio la Cuba real. Optar únicamente
por dos autores residentes en la Isla, excluir de la convocatoria a otros muchos
intelectuales cubanos y extranjeros (varios de ellos mexicanos) que también
«llevan a Cuba en la cabeza y en el corazón», y apostar sin remordimientos
por la falta de diversidad de perspectivas sobre Cuba, garantiza la unilateralidad
del análisis, pero no la entera legibilidad del tema. El reto de la revista
termina trastrocado en un largo soliloquio, en el viejo monólogo de la
negación. La conclusión de Nexos es simple: «En Cuba imperan
la privación económica y la opresión política. Una
dictadura cuarentenaria gobierna a su pueblo del más inapelable de los
modos» (p. 24).
Ciertamente, el pueblo cubano debe haber cambiado mucho para aceptar ahora ser
sometido políticamente de modo «inapelable», como denuncia Nexos.
En el siglo XIX ese pueblo sostuvo dos guerras para sacudirse la dominación
de la España que había prometido gastar «hasta el último
hombre y la última peseta» con tal de mantener el control sobre la Isla.
A inicios del XX dio otra batalla contra la anexión de Cuba a los Estados
Unidos. Luego obligó a irse del país a dos dictadores, a través
de sendas revoluciones, sin contar las varias «guerritas» y movimientos que
animaron a muchos cubanos contra la política realmente existente. En
otras palabras, desde 1810 los habitantes de este país se fueron alzando
contra «su realidad». Las razones del «cambio» que determinan la actual «capacidad
de aguante» de los cubanos, difícilmente pueden encontrarse en enfoques
como los de la revista mexicana.
La ilusión según Nexos.
La Cuba de la ilusión es aquella sostenida por una izquierda
impertérrita ante los cambios. Con pasión de anticuario, esa izquierda
sería capaz de anunciar que Cuba es todavía una esperanza. Darcy
Ribeiro, por ejemplo, escribió que la Isla demostraba la viabilidad del
Tercer mundo. Al parecer, el autor de El proceso civilizatorio desconocía
la realidad que hace aseverar a Marifeli Pérez-Stable: «La cúspide
cubana nunca le ha concedido al bienestar material de los mortales una sostenida
y debida prioridad» (p.
43).4 No obstante, a la autora, que tiene estudios importantes sobre la historia
de Cuba, se le escapa que la economía cubana creció 4,3% como
promedio anual entre 1959 y 1989 y la productividad bruta del trabajo entre
1960 y 1988 lo hizo a 2,6% anual, y que la recuperación económica
posterior a 1995, con todo y su lentitud, es bastante singular en el contexto
de la economía latinoamericana.
Para más, Pérez-Stable desconoce el sentido social de esas estadísticas.
Las políticas de redistribución del ingreso, de promoción
del empleo y de cobertura total en las áreas de educación y salud
en Cuba logran las tasas más altas de América Latina —y en algunos
casos se comparan con la de países desarrollados. ¿Para qué sigue
un país esas políticas? ¿Para negar el «bienestar material de
los mortales»? «En cuestiones de fe, la realidad es secundaria», asegura el
editorial de Nexos, y lleva razón al afirmarlo.
Tan secundaria, que parece no existir. La fe no necesita pruebas. Para el conjunto
de los trabajos del dossier, esos datos son la retórica del discurso
oficial cubano (donde la simple mención de la palabra «oficial» pareciera
bastar para refutar cualquier cosa) o consecuencia del «subsidio soviético».
Los textos de Jesús Díaz y Rafael Rojas son ejemplares en este
punto. Una historia de treinta años, y una condición geopolítica
sumamente compleja, son reducidas a la rational choice de Fidel Castro: «desvincular
a su país de la esfera de influencias norteamericana y vincularlo a la
esfera de influencias soviética» (p. 26 y 34).
Fidel Castro terminaría optando, según esa línea de pensamiento,
por entregarse a la URSS ante el «cúmulo de alternativas» que se abrían
ante su país después de que los Estados Unidos redujeran, en junio
de 1960, la cuota de importación de azúcar cubano en 95%, prohibieran
la venta de petróleo a Cuba y comenzaran todo tipo de presiones económicas,
militares y diplomáticas contra la Isla.
Maquiavelo volvía a tener razón: un pequeño país
en el medio de dos potencias, termina alineándose con una de las dos.
Mas, lo que se creía privativo de los manuales del materialismo dialéctico
está arraigado en muchos hábitos de pensamiento: si la historia
no es una marcha triunfal, indetenible, hacia el socialismo, tampoco debe serlo
hacia ningún otro destino. La pretensión de certificar la dependencia
cubana de la URSS hace de la historia de Cuba un camino asfaltado hacia el CAME
y la subordinación al imperio socialista, obviando las contradicciones,
las paradojas, los conflictos que la historia interna de esa relación
generaron para los cubanos. Cuba ingresó al CAME más de una década
después del triunfo revolucionario y, por otra parte, nunca firmó
el Pacto de Varsovia. El Salón de Mayo, el Congreso Cultural de La Habana,
la revista Pensamiento Crítico, las ediciones de Marcuse, Horkheimer,
Solzhenitsin, Thomas y Heinrich Mann, Proust, Kafka, Marcel Schwob, Trotski,
Deutscher, Althuser, nada tenían que ver con la ideología soviética
de la era posleniniana, como tampoco las intervenciones de Fidel Castro de octubre
de 1975, en el Primer Congreso del Partido Comunista, ni la de Che Guevara en
1965, en Argel.
Cuando los tanques soviéticos detuvieron la Primavera de Praga, Fidel
Castro preguntó: «¿y los tanques del Pacto de Varsovia van a defender
a Corea? ¿Y van a defender a Viet Nam? ¿Y van a defender a Cuba?». Era una acusación
explícita a lo que estaba pasando en Viet Nam, pero nadie lo recuerda.
Poco más de una década más tarde, los soviéticos
hicieron saber que no intervendrían en un conflicto militar con los Estados
Unidos que afectase a Cuba. La historia de las relaciones Cuba-URSS nunca respondió
a la lógica lineal de metrópoli todopoderosa/colonia servil que
dibuja en su texto Jesús Díaz —como demuestra la relación
cubana con Angola, por ejemplo, que se desarrolló a contrapelo de los
intereses de la URSS.
Las relaciones económicas establecidas por Cuba y la Unión Soviética,
imprescindibles para alcanzar grados de desarrollo en áreas muy diferentes,
no llegaron a constituirse en una estrategia de desarrollo sostenible para Cuba.
Con todo, el convenio con la URSS de 1960, vital para la sobrevivencia inicial,
no era nada extraordinario en la política económica de la Unión
Soviética hacia los países del Tercer mundo. Las condiciones usuales
de los créditos soviéticos se repitieron en el caso cubano: plazo
de doce años, intereses a 2% anual y pago en mercancías producidas
por el país receptor. Entre 1954 y 1966, los soviéticos entregaron
créditos a Afganistán, India, Indonesia, Irán, Siria, Egipto,
Turquía y Yemen, superiores en todos los casos a los cien millones otorgados
a Cuba. No obstante, y a pesar de contar con el apoyo soviético, la Isla
continuó buscando créditos en Europa; los bancos occidentales
se negaron, y solo encontró respuesta positiva en algunos países
de la Europa oriental.5 Carmelo Mesa-Lago calculó que si, en lugar de
a la URSS, Cuba le hubiese vendido su azúcar a los Estados Unidos —sobre
la base de los precios preferenciales y las cuotas otorgadas por estos a otros
países exportadores—, habría ganado 399 millones de dólares
más.6 La Isla no tuvo en sus manos la «elección» de la alianza
económica y militar con la Unión Soviética. Los Estados
Unidos comenzaron a hostigar a la Revolución antes de declararse socialista
y las fuerzas de los contendientes carecían de toda proporcionalidad.
Esa disparidad, por lo que entrañaba de peligro sobre Cuba y sus habitantes,
justificaría, en rigor, «hasta» el acto de entregarse de bruces al comunismo,
el «gran culpable» de la Guerra fría. El hecho es que Cuba, como afirma
Fernando Martínez, tuvo en la opción por el socialismo la única
alternativa viable para poder acumular la cantidad y el tipo de fuerza, las
actitudes y la consecuencia imprescindibles para impedir la derrota revolucionaria
y para triunfar en un plano general.7 Las expectativas que Cuba hacía
despertar en el conjunto de América Latina en el contexto de los primeros
años 60 quedaron incumplidas en breve lapso.
La gesta del Che en Bolivia no anticipó la revolución argentina;
los líderes revolucionarios brasileños fueron tempranamente asesinados;
la revolución venezolana, los tupamaros en Uruguay, el experimento de
la Unidad Popular en Chile, el régimen de Velasco Alvarado en Perú,
no consiguieron abrir espacio a una alternativa propiamente latinoamericana,
a pesar de las diferencias de estos procesos —algunas de ellas notables— con
los métodos y los protagonistas del caso cubano. En esa circunstancia,
a la altura de los años 70, a Cuba le fue imposible mantener una posición
suficientemente autónoma en el orden económico internacional y
canalizó sus relaciones militares, políticas y económicas
con el campo socialista, que llegaron a ser muy profundas en diversas áreas,
aunque la ayuda cubana a los movimientos de liberación nacional, su no
alineamiento y su posición ante la guerra de Viet Nam mantuvieran distancia
de las posiciones políticas soviéticas.
Desconocer este contexto y presentar la relación con la URSS como una
«elección», cuya responsabilidad es únicamente imputable a Fidel
Castro, es más que una escandalosa simpleza. La elementalidad del argumento
es equiparable solo a aquel memorando de 21 de febrero de 1961, en que la CIA
explicaba las razones de la alianza de Cuba con la Unión Soviética:
tal unión no era una consecuencia de la política y acción
de los Estados Unidos de América, «sino de la personalidad psicótica
de Castro». Acusar a Cuba de conservar «el enclave colonial de Lourdes», como
hace Jesús Díaz, diez años después de la implosión
del Estado soviético, es solo un medio de desviar la atención
del asunto principal, no abordado por Nexos: por qué Cuba necesitaba
disponer de servicios de inteligencia sobre planes subversivos fomentados en
su contra por los Estados Unidos, y por qué la Isla no se vino abajo,
y sobrevive al derrumbe soviético, a las denuncias de preparar guerras
biológicas e informáticas y a la retirada rusa de Lourdes.
La Revolución de 1959 tuvo sus raíces en la sociedad civil cubana,
no en las resoluciones de la Internacional Comunista. Para defender su sobrevivencia
debió vincularse al bloque de la URSS, con todos sus vicios, pero también
con toda la cobertura que brindaba para evitar la cruenta inserción en
el sistema del mercado mundial. Pero la hecatombe que se desencadenó
en Europa del Este y arrastró consigo los socialismos reales no pudo
atravesar el Atlántico. La acumulación de las prácticas
sociales, de los valores, de los sentidos, que la revolución generó
han sido un muro de contención, hasta la fecha, infranqueable.8 A pesar
de perder 85% de su comercio exterior y más de la mitad de su Producto
Interno Bruto (PIB), Cuba pudo salir del duro atolladero, salvaguardar las bases
de su proyecto social y conservar su independencia. Las condiciones en que lo
hizo fueron críticas: las personas sufrieron escaseces de todo tipo,
pero el dato no debería sorprender a quien diga conocer el contexto latinoamericano.
Entre 1987 y 1998, lapso que coincide con las reformas liberalizantes, el porcentaje
de latinoamericanos que vivían con menos de un dólar diario aumentó
de 22 a 23, 5% y pasó de 91 a 110 millones de personas, por cierto, la
población de diez Cuba. En 1999, solo Perú, México y la
Isla tuvieron algún crecimiento económico. El resto de las economías
del continente, o se estancaron, o retrocedieron.
Los años 90 sumaron otra década perdida para América Latina;
pero es la crisis cubana la que recibe una publicidad ilimitada, nunca situada
en un contexto general, como si la Isla fuera, en sí misma, una galaxia,
exótica respecto a este mundo. Wolfensohn, al frente del Banco Mundial,
decía en 1999: «Tenemos un mundo de 5,8 mil millones de personas, tres
mil millones viven con menos de dos dólares. Aproximadamente dos mil
millones no tienen acceso a ninguna forma de poder».
Aun así, cada balsero cubano recibe puntualmente sus quince minutos de
fama por «huir de la tragedia castrista». Ciertamente, cerca de un millón
de personas han emigrado de Cuba en estos cuarenta años, pero no es menos
cierto que esa cifra es superada por quienes han dejado atrás —en igual
lapso— las costas de República Dominicana, con una población menor
que la cubana y sin contar con políticas promotoras de la emigración
al estilo de la Ley de Ajuste Cubano de 1966.9 Si Cuba hubiera permanecido con
un sistema económico y político parecido al de otros países
de América Latina, afirma Lisandro Pérez, «no es difícil
especular que los niveles de emigración podrían haber alcanzado
—y quizás hasta superado— los de estos últimos cuarenta años».10
En todo caso, la pervivencia de Cuba después de la caída soviética
sería una rareza en la historia: un régimen colonial que sobrevivió
a su metrópoli. El hecho, en realidad, afirma la autenticidad del proceso
gestado tras 1959.
La República a través de Nexos.
La visión del fracaso cubano necesita una reconstrucción
histórica que la legitime, una lectura reveladora de cómo el predominio
de la tendencia radical, socialista y de liberación nacional llevó
a Cuba al «comunismo totalitario fijado en la Constitución de 1976».
Para ello, vuelve a obviarse la historia de los sujetos, de los procesos y de
las coyunturas cubanos; esto es, la historia de Cuba. El texto de Rafael Rojas,
una «cavilación de extraordinaria pertinencia», según las palabras
liminares de la revista, puede servir también como epítome de
ese tipo de reconstrucción.
La Isla es otro país en el discurso del ensayista, acaso «la tercera
Cuba»: la revolución de 1933 triunfó, el antimperialismo no existe
en la historia cubana —sino solo un «nacionalismo adversarial»—, el régimen
de 1902 fue «poscolonial», es una ficción la posibilidad de anexar Cuba
a los Estados Unidos, Fidel Castro «llegó al poder gracias, entre otras
cosas, al apoyo de Estados Unidos, potencia que impuso un embargo de armas a
la dictadura que él combatía», y el desencuentro entre la política
y los intelectuales republicanos estuvo motivado «por el hecho de que entre
los intelectuales y artistas predominaba una imagen europea de la nación,
asociada a un espíritu de alta cultura, mientras que la política
intentaba construir un orden republicano, de raíz americana, sobre una
ciudadanía multicultural» (p. 28).
El «triunfo» que Rojas atribuye a la revolución de 1933, ¿se referirá
al derrocamiento del gobierno provisional de Grau y la imposición por
los Estados Unidos de un gobierno de «concentración nacional» en enero
de 1934? ¿Aludirá al triunfo de la represión desatada por Batista
entre 1934 y 1935? ¿Al asesinato de Guiteras y al aplastamiento sangriento de
la huelga de marzo de 1935? ¿Sería un triunfo revolucionario la promulgación
por Batista de los Estatutos constitucionales de 1934 y 1935? El gran proceso
de reformas que culminó en 1940 no fue un triunfo de la revolución,
sino del reformismo, aliado a fuerzas más conservadoras. Ese cuerpo legal,
cúspide de la política republicana, recoge muchas de las aspiraciones
del 30 y es impensable sin la revolución, pero es su canto de cisne,
no su triunfo.
La única forma de demostrar que el antimperialismo es un fruto de la
historia cubana posterior a 1959, según sostiene Rojas, sería
prohibir la reedición de los trabajos de José Martí, José
Antonio Ramos, Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Emilio
Roig, Juan Marinello, Ramiro Guerra, Antonio Guiteras o Herminio Portell Vilá,
y declarar que jamás se escribieron; olvidar los actos continuos de rechazo
al injerencismo, la oposición a la política de explotación
de las compañías norteamericanas por parte del movimiento obrero
y los eventos estudiantiles en los que se la condenó expresamente.
Para ningún actor político o personalidad pública o intelectual
el régimen cubano posterior a 1902 fue poscolonial. Para muchos ni siquiera
fue «neocolonial», sino algo peor: una colonia o un protectorado. Los periódicos
La Prensa, La Lucha —voceros principales de la burguesía— afirmaron que
la Enmienda Platt establecía en Cuba un protectorado. Sectores más
radicales no hablaron siquiera de protectorado, sino de colonia. Los títulos
de libros de la época son bastante literales: De colonia a colonia, La
colonia superviva. Leland Jenks, en Nuestra colonia de Cuba, cita una decena
de autores que en los años 20 clasificaban la realidad cubana como protectorado
o como una variante de esa condición: semiprotectorado (Buell), protectorado
disfrazado (Adams), soberanía limitada (Culberston) o semisoberanía
(Hershey). Décadas más tarde, Robert F.
Smith escribió: «cuando las fuerzas norteamericanas se retiraron de Cuba,
un cuasi protectorado quedaba establecido por la adición de la Enmienda
Platt a la nueva Constitución del país». Raymon Aron y Alfred
Grossen cuando se refieren a la abrogación de la Enmienda Platt, afirman
que «le había otorgado a los Estados Unidos un cuasi protectorado sobre
Cuba».11 La posibilidad de anexar Cuba a los Estados Unidos ha sido tan poco
ficticia, como lo ha sido para Puerto Rico y Filipinas. La posible anexión
no fue una ficción para los cien alcaldes municipales que se pronunciaron
unánimemente a favor de la independencia en 1901; no lo fue para el Consejo
Nacional de Veteranos de las Guerras de Independencia, para la Asociación
Nacional de Emigrados Revolucionarios, para dos de los tres partidos creados
con vistas a las primeras elecciones republicanas, que nucleaban a la aplastante
mayoría de los electores y reclamaban la completa independencia del país.
No fue ficticia para los veteranos, los partidos políticos, los periódicos
y los dirigentes cívicos que denunciaban la incongruencia de una Asamblea
Constituyente libre y soberana, que debía laborar según la imposición
del gobernador militar norteamericano.
No era una ficción para Hearst y para la enorme campaña anexionista
desatada en los Estados Unidos, ni para los españoles radicados en Cuba
que apoyaban la anexión. No fue una ficción para Leonard Wood
cuando le escribía al presidente Rooselvelt, refiriéndose a los
opositores frontales a la Enmienda Platt: «son los degenerados agitadores de
la Convención, encabezados por un negrito nombrado Juan Gualberto Gómez,
hombre con una reputación desagradable, tanto moral como políticamente».12
El anexionismo reviste hoy formas sutiles, y otras que no lo son tanto. Una
Cuba sin independencia y sin poder de negociación podría caer
en un estado de subordinación hacia los Estados Unidos muy parecido a
formas anteriores de dominación que nada tuvieron de fictivas.
Las causas que llevaron al poder a Fidel Castro en 1959 pueden ser reducidas
a la categoría de «otras cosas» solo con un esfuerzo de síntesis
como el que realiza Rojas.
Que el embargo de armas a Batista contribuyó decisivamente —según
se desprende, al ser el único elemento mencionado por su nombre—, al
triunfo de Fidel Castro, es un juicio que choca literalmente con hechos conocidos
y publicados. Las fuerzas armadas de Batista recibieron armamento moderno hasta
entrado el mes de marzo de 1958. Con esas armas, Batista reprimió brutalmente
el asalto del Directorio Revolucionario al Palacio Presidencial y la sublevación
de la Marina el 5 de septiembre, en Cienfuegos. Batista lanzó su «ofensiva
final» en mayo y ningún soldado acudió desarmado. La correlación
de fuerzas siempre favoreció al ejército de Batista, en número
de hombres y de armas.
Además, si en efecto hubo reducciones en las entregas de armamento, el
embargo nunca fue total.
El Pentágono buscó fórmulas para violarlo y continuó
ofreciendo entrenamiento a las tropas de Batista.13 Al mismo tiempo, una misión
militar norteamericana asesoraba al Estado Mayor del ejército de Batista
en el campamento de Columbia al triunfo de la Revolución en 1959. Las
«otras cosas», al parecer, incidieron más de lo que Rojas sugiere.
El desencuentro entre la política y los intelectuales podía deberse
a algo menos elevado que «a la imagen europea del país» y la «construcción
de un orden republicano de raíz americana». Marcelo Pogolotti lo definía
así: «Las artes y las letras quedaron sepultadas por esa ola de apetitos
bajos, de codicias feroces, de nulidades encumbradas, donde los que se habían
dado por entero a la producción de una obra de calidad tenían
que ceder el paso a los improvisados, beneficiarios de los gobiernos de Batista
y Grau San Martín».14 «Lo mejor de la cultura cubana moderna», según
Rojas, formada en el lapso republicano se refugió en «políticas
nihilistas, que rechazaban las intervenciones cívicas y preferían
las jeremiadas de una aristocracia espiritual». Pero, ¿cuál era el nihilismo
de Jorge Mañach, Fernando Ortiz, José María Chacón
y Calvo o Raúl Roa, todos con cargos — algunos incluso bastante altos—
en la política oficial y si no, inmersos de alguna manera en la política
de la hora? La actitud de los intelectuales cubanos ante la política
fue ciertamente inconstante, como corresponde a una política también
inconstante, pero no tenía su causa en alguna metodología del
nihilismo, sino en la realidad, que le hacía expresar a Mañach:
Este problema de lo social y lo político sigue atenaceándome.
Por primera vez en mi vida intelectual, he faltado a la vanidad y a mis deberes
polémicos dejando sin contestar públicamente la carta de Roa [...]
Estoy inconforme con el capitalismo. No le veo salida a Cuba dentro de él.
Pero tampoco veo salida del capitalismo en Cuba; y en los Estados Unidos, eso
está todavía muy en «veremos». Está muy bien la adhesión
teórica, por la inevitabilidad de esa solución al problema del
mundo Pero es que lo de Cuba urge terriblemente, porque no es posible seguir
viviendo en esta barbarie sin encanallarse.15 ¿Cuál era el nihilismo
de Mariano Brull, Regino Pedroso, Nicolás Guillén, Félix
Pita Rodríguez, Enrique de la Osa o Mariblanca Sabas Alomá? ¿Cuál
era, incluso, el nihilismo de Orígenes, del José Lezama Lima que
escribía: «Existe entre nosotros otra suerte de política, otra
suerte de regir la ciudad de una manera profunda y secreta», y aspiraba a la
fundación de un sentido, ante la desustanciación republicana?
En la célebre polémica, Lezama no le critica a Mañach su
participación pública en la República de Platón,
sino en la República auténtica, le critica su implicación
en la política de la hora. Mañach entró a la Ortodoxia18
y luego celebró el triunfo revolucionario, Lezama hizo lo mismo respecto
a esto último. Entonces, ¿el nihilismo era propio de su condición
intelectual o tenía otras causas «secretas»? Cuando los editores de la
Revista de Avance quisieron hacer una publicación estrictamente cultural,
lo hicieron con el criterio de que la actitud política, el deber cívico,
era inherente a la acción pública de cada uno de los miembros
de su directiva. En 1930 cerraron la revista para no someterse a la censura
y para protestar por el encarcelamiento de uno de los editores.
¿Era una actitud nihilista? A pesar de ser una imagen tan bella, el orden republicano,
de raíz americana, construido sobre una ciudadanía multicultural,
nunca tuvo la suerte que le confiere Rojas. Nació bajo el signo de la
imposición; cuando cumplía veinticinco años, un dictador
se prorrogaba en el poder y Enrique José Varona, desde el más
hondo pesimismo, se preguntaba: «¿Nuestra vida política ha sido un progreso?
Sí, un encharcamiento progresivo», se respondía. Al cumplir el
cincuentenario, otro dictador se instalaba manu militari y allanaba a golpes
el local de la Universidad del Aire, donde Elías Entralgo valoraba el
saldo de esos cincuenta años: «La tensión republicana se ha producido
entre el libertinaje y el autoritarismo. Libertinaje de 1906 a 1913, autoritarismo
de 1913 a 1921, libertinaje de 1921 a 1925, autoritarismo de 1925 a 1933. Libertinaje
de 1933 a 1935, autoritarismo de 1935 a 1944, libertinaje de 1944 a 1952 y luego
autoritarismo después de 1952». 16.
La República fundada en 1902 no pudo garantizar la independencia, pero
gestó el Estadonación que no podrían lograr ni la autonomía
ni la anexión. El ideal de un Estado-nación republicano era una
aspiración compartida por casi todos los cubanos. Su modernización
sobrevino en los años 30, cuando Cuba tuvo ante sí nuevamente
la posibilidad de la independencia. Si bien esta tampoco se alcanzó después
de 1934 con la abrogación de la Enmienda Platt, la saga de la Revolución
del 30 produjo una reformulación profunda de la hegemonía capitalista
en Cuba. Tal reformulación podría haber alcanzado para acotar
el desenlace de la lucha antidictatorial contra Batista, en 1959; pero fue superada
por los hechos. La propaganda contra la Revolución hizo ver una alternativa
—que solo existió en un reducido sector social— entre dictadura y libertades
civiles. Otras alternativas calaron con mayor profundidad en la conciencia de
las mayorías, como aquella del cartel que preguntaba: «Este niño,
¿será patriota o traidor?», en respuesta a otro que preguntaba: «Este
niño, ¿será creyente o ateo?». El primer plano lo ocupaba, como
diría Fernando Martínez, el deber ser patrio, que se asoció
al deber ser revolucionario; tanto, que a los contrarrevolucionarios se les
llamó apátridas.17 La consigna Revolución sí, elecciones
no, tan extendida al inicio de los 60, echó por tierra la alternativa
entre dictadura y democracia. Ninguna de las dos, según se habían
conocido hasta ese momento, bastaba para canalizar las energías de un
pueblo que tomaba posesión efectiva de su país. La política
tenía que ser reinventada en Cuba.
Esa «invención» no podía reproducir la estructura institucional
anterior. Más de diez partidos políticos funcionaban legalmente
bajo la dictadura batistiana y ninguno evitó «la realidad de opresión
política» que denuncia Nexos para el presente cubano. «Salvo en
dos instantes aislados, en vísperas de los comicios para las dos Asambleas
Constituyentes legítimas —decía Elías Entralgo en 1952—,
nuestros partidos, desde la Independencia, no se han diferenciado por las ideas,
por los programas, por el pensamiento político. La República no
les debe una sola idea de estirpe genuinamente cubana».18 Sin embargo, la Revolución
de 1959 interrumpió —según el trabajo de Josep Colomer en Nexos—
«un largo y sostenido proceso que había llevado al establecimiento de
regímenes democráticos en doce de los veinte países de
América Latina, cuando Castro entró en La Habana» (p. 47). Para
más, el autor llega a afirmar que la Revolución cubana «introdujo
la Guerra fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética»
en este continente, «lo que condujo a que en los 70 solo quedaran tres países
con regímenes democráticos» (p. 47) Quizás hubiera sido
oportuno que este autor no olvidara cómo, en 1954, el gobierno electo
de Guatemala, el más democrático y popular de la historia de ese
país, que no tomó una sola medida radical y no poseía ideología
comunista, fue derrocado por una operación de la CIA financiada por la
United Fruit Company. De esa manera, Colomer olvida cómo se armó
una inmensa campaña de prensa «denunciando las atrocidades cometidas
por el comunismo en Guatemala»; cómo el nuevo poder erigido tras el derrocamiento
de Jacobo Arbenz destruyó las organizaciones sociales, detuvo, torturó
y eliminó físicamente a campesinos, sindicalistas e intelectuales;
cómo los militares ocuparon un lugar preeminente en la vida política
guatemalteca —inaugurando así medio siglo de terror y asesinatos civiles—;
cómo el nuevo gobierno y la élite económica convirtieron
el anticomunismo en principio; y cómo cualquier expresión disidente
que se proyectara en el futuro quedaría proscrita «por tener origen en
ideologías comunistas y extranjeras». Si, como dice el autor de Transiciones
estratégicas, Cuba es la causante de los Pinochet, Stroessner, Videla
et al., entonces Kafka tendría toda la razón: el mundo no tiene
sentido. Fueron los Estados Unidos quienes apoyaron abiertamente dictaduras
y regímenes represivos en América Latina (también en Asia
y África, por citar otras geografías). Kissinger y la Escuela
de Las Américas no han dejado de ser noticia.
Por otra parte, el ensayo de Colomer hace un análisis en toda la línea
del ejército cubano, describe cómo miembros de las Fuerzas armadas
ocupan posiciones claves en el gobierno y la economía y señala
que ese sector puede ser extremadamente importante en «la transición».
Distingue al ejército cubano del chino y explica cómo no se han
tomado las armas contra la ciudadanía (salvo un incidente que costó
la vida a tres personas en 1993 y que el autor reconoce fue calificado por el
gobierno cubano de «lamentable error»). Al mismo tiempo, reconoce que una «clave
potencialmente optimista para el futuro reside, precisamente, en el rechazo
egoísta de los altos mandos del ejército a "sacar los tanques"
y hacer de "malos de la película"». Pero el análisis
de Colomer no logra mucha densidad al estudiar la magnitud del ejército
cubano —y su relación con la población y la economía de
la Isla— ni considera históricamente el legado de los militares en la
historia previa a 1959. «Durante mucho tiempo —dice Colomer— el régimen
cubano dio prioridad a la defensa nacional para su supervivencia, de modo que
construyó comparativamente uno de los ejércitos más grandes
del mundo» (p. 45). El autor no abunda en las causas de este número tan
elevado de hombres sobre las armas, ni relaciona ese enorme gasto con el conjunto
de la economía cubana. La Isla tuvo que construir un ejército
capaz de derrotar una invasión norteamericana —nada improbable, como
Girón demostró— y que fuese luego capaz de disuadir la constante
amenaza militar de los Estados Unidos. Y en realidad debió ser, comparativamente,
el ejército más grande del mundo.19.
El pueblo cubano, prácticamente en pleno, se movilizó para defender
el país. Cientos de miles de ciudadanos dispusieron de armas y aprendieron
su manejo. La defensa del país hacia el exterior —que generó luego
toda una épica de los servicios de seguridad cubanos, plasmada en la
literatura, la televisión, el cine y la música, con la que más
de una generación se identificó—, y hacia el interior, que igual
desencadenó una literatura épica, llamada de la violencia —que
con Norberto Fuentes, Jesús Díaz y Eduardo Heras León encontraba
voces nuevas para su expresión—, fue un acto elemental de supervivencia
que caló en las conciencias, los hábitos y el lenguaje de los
cubanos.
Para la economía ese gasto fue funesto, pero imprescindible. Entre 1962
y 1965 todos los recursos se pusieron en función de la defensa. De haber
servido ese dinero para la reproducción de la economía, probablemente
hubiera sido otro el rumbo de los acontecimientos que desembocaron en la crisis
de finales de los 60 y que la gigantesca zafra del 70 intentó remediar
—a pesar de contar con una planta industrial casi obsoleta, cuyo molino más
moderno databa de 1925. Lo peor es que el gasto militar cubano, que va a la
cuenta de los servicios prestados por los Estados Unidos en el campo de la agresión,
casi nunca se toma en cuenta para evaluar el desempeño económico
actual.
Sin tener enemigo alguno declarado, el ejército cubano de la República,
desde 1902 hasta 1952, y sin computar datos no disponibles, costó al
país más de seiscientos millones de pesos.20 En la actualidad,
sin disminuir la amenaza militar sobre la Isla, el ejército cubano ha
disminuido su número de trescientos mil efectivos —según el propio
Colomer—, a cincuenta mil y ha reducido su presupuesto de 4,5% del PIB a 2%.
De lo que gasta, cerca de la mitad es obtenido por vías de autofinanciamiento,
sin cargo al presupuesto de la nación. El ejército de la primera
y segunda repúblicas intervino, en mayor o menor proporción, en
las elecciones generales de 1912, 1916, 1920, 1924 y 1940, y fue el más
firme puntal de la tiranía de 1925 a 1933, y del régimen autoritario
de 1935 a 1939, y contribuyó, de algún modo, a deponer cinco presidentes
de la República. El ejército de la República socialista,
en cuarenta años, no ha dado golpes de Estado ni instituido presidentes.
Los casos explícitos de corrupción, tráfico de drogas y
enriquecimiento ilícito dentro del ejército cubano, juzgados en
1989, a manos de sujetos diferentes y en momentos diversos, son presentados
por Colomer como una unidad, una fuerza reformista coherente que visitaba la
Embajada soviética y debía presentar «en la próxima» sesión
de la Asamblea Nacional un proyecto para excluir a Fidel Castro del poder. El
proceso judicial conocido como Causa Número 1 de 1989 fue un suceso trascendental
para los cubanos, pero debía ilustrar también a quienes hablan
constantemente de la impunidad de las figuras de poder en Cuba.
Políticas de la imaginación Carlos Fuentes denuncia el bloqueo
norteamericano contra la Isla y reconoce el potencial que poseen los cubanos:
«recursos naturales, un pueblo trabajador, espléndido, creativo, capaz
de formar rápidamente capital humano y una sociedad civil pluralista»
(p. 49).
Al intentar revelar «el secreto de la longevidad» del presidente cubano, Fuentes
recurre a un silogismo por lo menos curioso: los Estados Unidos han sido los
principales aliados de Fidel Castro, por darle argumentos para su retórica.
(Por esa línea de análisis, Israel sería el principal aliado
de los palestinos, por darle razones para clamar el fin del genocidio.) Ahora
bien, si el conflicto es entre los Estados Unidos y Fidel Castro, ¿qué
pasó antes del derrumbe del águila en el monumento al Maine? Los
Estados Unidos, ¿sostuvieron alguna vez hacia Cuba una política centrista?
¿Cuándo el enfoque de la relación hacia la Isla fue distinto al
de la subordinación? «Cuando tengamos una democracia que merezca ese
nombre», parece responder Jesús Díaz (p. 36). Solo entonces, los
Estados Unidos deberán devolver la Base Naval de Guantánamo a
manos cubanas, dice Díaz. Ni Jimmy Carter, ni el Papa, ni ningún
otro político de importancia en contacto con la Isla ha dicho lo que
el autor de Los años duros: todos los cambios deben provenir de
Cuba.
Fuentes conoce que «los empresarios norteamericanos se inquietan de que europeos
y latinoamericanos ocupen los espacios económicos del post-centrismo»
(p. 49). Si nunca hubo centrismo, ¿podrá haber post-centrismo? ¿Es centrista
la política del bloqueo y la agresión? ¿Ha privilegiado el gobierno
norteamericano al sector «centrista», mayoritario en su sociedad, que podría
aceptar una normalización de relaciones con Cuba, como sucedió
con China o Viet Nam? ¿O ha beneficiado al sector más radical de la derecha?
Por otra parte, ¿qué cambios debería hacer Cuba para ser «una
democracia que merezca ese nombre»? En 1984, las elecciones en Nicaragua fueron
libres y justas, y favorecieron a los sandinistas. Washington no las reconoció.
En 1933, un gobierno cubano se instauró en el poder después de
derrocada una tiranía. A pesar de no ser radical, Washington nunca lo
reconoció. En 1990, las elecciones en Nicaragua volvieron a ser libres
y justas, pero esta vez los sandinistas perdieron el poder: Washington las reconoció.
En 1952, un dictador impidió en Cuba las elecciones que debió
ganar un sector nacionalista —y dicho sea de paso, en gran parte «anticomunista».
El resultado fue un régimen de facto reconocido por Washington. ¿Cuál
sería la democracia que Cuba merece?.
Otros Nexos.
La realidad de ingobernabilidad, privatización de lo público
y poder invisible —los tres aspectos que definen, para Bobbio, la crisis actual
de la democracia—, al parecer no tiene por qué ser analizada en el caso
cubano. El debate ya antiguo sobre la crisis de la democracia resulta también
exótico, inaplicable para la Isla. ¿Será que Cuba merece otra
democracia, incontaminada de crisis y problemas, sin exclusiones y contenciones
a la gobernabilidad? Seguramente, pero la propuesta de los formuladores de política
norteamericanos, que guarda muchas coincidencias con varios de los enfoques
de Nexos, no pasa de ser lo que Robert Dahl llamaba una poliarquía:
un sistema en el cual gobierna un pequeño grupo y la participación
de las masas en la toma de decisiones se limita a seleccionar a la dirigencia
en elecciones cuidadosamente manipuladas por las élites competidoras.21
Dahl encuentra una legión de seguidores para el diseño político
del futuro cubano.
¿Cuál es el nexo con la realidad entre la afinidad electiva de los Estados
Unidos y los regímenes dictatoriales, explícita hasta los 70,
y la política de «promoción de la democracia» que siguió
a esos años? La respuesta de Samuel Hungtinton es clara: para el credo
norteamericano, los mecanismos de ajuste a la percepción entre los valores
profesados y la realidad perceptible se basan en la hipocresía. La «hipocresía
metodológica» es la única explicación plausible para que
el apoyo a regímenes autoritarios en el Tercer mundo y en otros que no
lo son, como España y Grecia, se haya justificado como un mal necesario
para la preservación del bloque democrático a nivel global.22
La hipocresía es la única explicación para promover, a
la par, «la democracia» en Cuba y continuar la guerra contra ella por cualquier
medio.
¿Qué alternativa ofrece Nexos a la Isla cuando habla de democracia?
En el subtexto, sería el reverso simétrico de aquella que hablaba
Kolakowski para la sociedad estalinista. Si aquella se legitimaba sosteniendo
que no existía alternativa para ella, Cuba estaría ahora sometida
a la «condena a una sola alternativa»: el régimen de mercado único.
Cuba será democrática solo cuando el libre mercado gobierne en
la Isla. Para tal fin, es innecesario discutir tópicos básicos
para la democracia. Esto es, no hay razones para discutir la inexistencia actual
de políticas de radicalización de la ciudadanía; la ausencia
de telos del poder y su conversión en un fin en sí mismo; la pérdida
de la condición del político como representante de la volonté
genérale; la falsedad de que otorgar cuotas de poder al mercado sea entregarlas
a la sociedad civil —y no a quienes dominan el mercado—; la idea de que del
ser humano, en sí mismo, no se deriva ningún derecho, sino que
es el mercado quien únicamente puede asignarlos; y si «tiene sentido
pugnar por la vigencia del Estado de Derecho o ese Estado constituye parte del
problema, aunque se respetara en toda su idealidad», como decía Horacio
Cerutti en carta al presidente argentino, tras el fracaso total de la «excepcionalidad»
argentina La alternativa para Cuba encuentra en la realpolitik límites
muy férreos. El discurso —y la práctica— de lo políticamente
correcto dicta a Cuba el margen de la democracia deseable. ¿Los cubanos son
tomados en cuenta para definirla? El régimen que la mayoría de
los cubanos aún sostiene es condenado en solitario, o al menos puesto
en cuarentena.
No sucede lo mismo con México, aunque la mitad de los chiapanecos —realidad
muy extendida en el México indígena— no posea agua potable, dos
tercios carezcan de drenaje, y 90% de la población en el campo reciba
ingresos mínimos o nulos. No sucede lo mismo con Brasil, el latifundio
más grande del mundo, donde 1% de los propietarios posee cerca de 46%
de todas las tierras y 50% se mantiene improductiva. Tampoco sucede con los
Estados Unidos, régimen incapaz de sumarse a la condena contra el racismo
y la discriminación de la mujer ni a la defensa del medio ambiente, y
que no puede considerar los derechos económicos y sociales como derechos
humanos básicos.
La sociedad cubana cambia año tras año. La diversidad de esa sociedad
se puede encontrar sin demasiada dificultad en su literatura, cine, música,
movimiento editorial, teatro, pintura y en muchos otros escenarios. La publicación
en la Isla de textos de cubanos residentes en el exterior y de autores extranjeros,
señaladamente algunos norteamericanos, como compilaciones de trabajos
coeditadas por Rebecca Scott y Fernando Martínez sobre la raza, y John
Coastworth y Rafael Hernández sobre las culturas cubana y norteamericana,
libros de Aline Helg y Rebecca Scott, artículos de Louis A. Pérez,
Jr., Uva de Aragón, Lisandro Pérez, Roberto González Echevarría,
Marifeli Pérez-Stable, John Dumoulin, en revistas nacionales, dossiers
sobre escritores cubanos de la diáspora, entrevistas con Gastón
Baquero, Cachao, José Kozer, Cristina García, Mario Bauzá,
Alberto Sarraín, Achy Obejas y un largo y sostenido etcétera,
habla del valor que se concede a la reflexión sobre Cuba producida fuera
de la Isla, sin descalificaciones ideológicas abstractas.
Una cosa es discrepar de un modelo político y otra negarlo con superficialidad
—y a veces con alevosía. Quien haya visto La vida es silbar, Marketing,
La noche, un Salón de arte cubano contemporáneo, o haya leído
cualquiera de los textos de la narrativa cubana de los 90, o de las revistas
cubanas de esa década, sabe de la complejidad con que el arte, la literatura
y el pensamiento social plasman la realidad de la Isla; pero sabe también
que la problematicidad de esa sociedad es mucho más compleja de lo que
la propuesta de Nexos puede explicar. La cavilación histórica,
política y moral sobre Cuba puede ir mucho más allá, sin
negaciones en bloque ni apologías, sin golpes de pecho ni frases sonoras.
El discurso de Nexos —¿debe decirse el «de la realidad»?—, al silenciar
la ilusión —la ilusión disidente de cambiar la vida, como quería
Rimbaud—, supone la existencia de otra Cuba con quien no quiere dialogar.
1 Nexos, n. 292, México DF, abril de 2002
2 Ibídem, p. 24. (En lo adelante se indicarán solo las páginas.)
3 De hecho, Martí lo hizo a su modo con los Estados Unidos: «la patria
de Lincoln» y «la patria de Cutting». Al final, en el lenguaje tan poco lírico
del último siglo otros han ratificado la idea. El gobierno mexicano instaló
en el camino hacia Chiapas una garita del Servicio de Inmigración, como
para hacer patente la entrada en un México y la salida de otro. Don Tomás
Balduino, obispo de Goias, consideraba que la marcha de los Sin Tierra hacia
Brasilia era la búsqueda de «un Brasil soberano que sustituya a la colonia
que somos», idea que jamás se le escuchó a Fernando Henrique Cardoso
al referirse a su país. En un foro como la Comisión Trilateral,
en 1993, Marian Wright Edelman, presidenta de Children`s Defense Fund, aseguraba:
«Corremos el riesgo [los Estados Unidos] de convertirnos en dos naciones -una
del privilegiado Primer mundo y otra con las privaciones del Tercer mundo- que
luchan para coexistir pacíficamente con el incremento de las desigualdades».
Si México, Brasil o los Estados Unidos pueden ser dos países al
unísono, con dimensiones de la realidad tan opuestas, ¿por qué
Cuba tendría que ser un solo país?
4 Este texto de Marifeli Pérez-Stable se publicó antes en El Nuevo
Herald, Miami, 26 de julio de 2001, p. A-16
5 Blanca Torres Ramírez, Las relaciones cubano-soviéticas. 1959-1968,
El Colegio de México, México DF, 1971, pp. 28-30.
6 Carmelo Mesa-Lago, Breve historia económica de la Cuba socialista.
Políticas, resultados y perspectivas (versión española
de Eva Rodríguez Halfter), Alianza Editorial, Madrid, 1994, p. 77.
7 Véase Fernando Martínez Heredia, «Desconexión, reinserción
y socialismo en Cuba», Cuadernos de Nuestra América, n. 20, La Habana,
julio-diciembre de 1993, pp. 46-64.
8 Véase Fernando Martínez Heredia, «Cultura y Revolución»,
En el horno de los noventa, Ediciones Barbarroja, Buenos Aires, 1999, pp.93-9.
9 En 1999, el Censo oficial norteamericano indicó que 65,2% de los inmigrantes
hispanos en los Estados Unidos - calculado en 32 millones- proviene de México;
14,3% de Centro y Suramérica; 9,6% de Puerto Rico; y 4,3% de Cuba.
10 Lisandro Pérez, «La emigración y la crisis estructural de la
República. 1946-1958», Temas, n. 24-25, La Habana, enerojunio de 2001,
p. 86.
11 Citados por Oscar Pino Santos, «Lo que era aquella República: protectorado
y neocolonia. 1902-1934 y 1934-58», Contracorriente, n. 19, La Habana, 2002,
p. 69.
12 Herminio Portell Vilá, Nueva historia de la República de Cuba,
La Moderna Poesía, Miami, 1996, p. 56. Véase el epígrafe
«La imposición de los lazos de intimidad especial», pp. 51-60.
13 Carlos Alzugaray, «El ocaso de un régimen neocolonial: los Estados
Unidos y la dictadura de Batista durante 1958», Temas, n. 16-17, La Habana,
octubre de 1998-junio de 1999, p. 30-1.
14 . Marcelo Pogolotti, La República de Cuba a través de sus escritores,
Letras Cubanas, La Habana, 2002, p. 293.
15 . Jorge Mañach, «Carta a Lino Novás Calvo», C. M. Mañach,
n. 1030, Instituto de Literatura y Lingüística, La Habana, citado
por Ana Cairo, La Revolución del 30 en la narrativa y el testimonio cubanos,
Letras Cubanas, La Habana, 1993, p. 54.
16 Elías Entralgo, «Saldo del cincuentenario», Universidad del Aire (conferencias
y cursos), Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2001, p. 105.
17 Fernando Martínez Heredia, «En el horno de los noventa. Identidad
y sociedad en la Cuba actual», En el horno..., ob. cit., p. 60.
18 Elías Entralgo, ob. cit., p. 97.
19 Desde 1959, las agresiones norteamericanas han causado la muerte a 3 478
cubanos y la pérdida de su integridad física a otros 2 099. Sobre
el tópico, ha afirmado Noam Chomsky: «Cuba, un país muy pequeño,
ha sido objeto de ataques terroristas, la isla de Cuba ha sido atacada por más
terroristas que probablemente todo el resto del mundo en su conjunto.
Ciertamente, más que cualquier país». María Elvira Luna
Escudero y G. Alie, Espéculo. Revista de estudios literarios, Universidad
Complutense de Madrid, http://www.ucm.es/info/especulo/numero21/ chomsky.html
20 Elías Entralgo, ob. cit., p. 107.
21 William I. Robinson, «El rol de la democracia en la política exterior
norteamericana y el caso Cuba», en Haroldo Dilla, comp., La democracia en Cuba
y el diferendo con los Estados Unidos, Ediciones CEA, La Habana, 1996, p. 18.
22 . Jorge Rodríguez Beruff, «Democracia y política exterior de
los Estados Unidos en perspectiva histórica», en Haroldo Dilla, comp.,
ob. cit., p. 45.