Leer a Cuba

Acerca de un dossier de la revista mexicana Nexos dedicado a la Isla
Julio Cesar Guanche
Director de CubaLiteraria
Publicado en la revista Temas

«Cuba es un lugar obligado de la cavilación histórica, política y moral del mundo iberoamericano», dice el editorial con que la revista mexicana Nexos presenta un dossier llamado «Cuba, ay, Cuba».1 Según sus editores, la selección de los trabajos quiere ofrecer una visión «desde adentro y desde afuera de la isla» sobre la realidad política del país. La convergencia en sus páginas de «cubanos que viven y escriben en Cuba; cubanos que viven y escriben fuera de Cuba y autores no cubanos que llevan a Cuba metida en la cabeza y en el corazón», busca dar consistencia a la idea central que da título al editorial: Las dos Cubas De acuerdo con el texto, para el mundo intelectual y político iberoamericano, Cuba, la nación, son dos territorios a un tiempo: el del sueño y el de la realidad «La Cuba del arranque y la Cuba del aterrizaje de la Revolución». Una Cuba «vive encerrada en el mundo de la fantasía y sigue celebrando logros históricos imaginarios» y otra Cuba «está encerrada en el mundo de la escasez y la opresión, el mundo de su realidad».2 Nexos no incorpora un discurso demasiado original al recurrir a esa confrontación binaria. No obstante, lo de bueno y malo, ilusión y realidad, aunque muy desprestigiado, puede conservar aún cierta capacidad explicativa. Para las letras españolas, por ejemplo, es muy importante, después de la decadencia, la consideración dicotómica de aquel país. Si Antonio Machado le cantó a las dos Españas, la «de charanga y pandereta, / cerrado y sacristía» y la «del cincel y de la maza, con esa eterna juventud que se hace del pasado macizo de la raza», y Larra escribió el epitafio: «Aquí yace media España: murió de la otra media», quizás la matriz sirva para explicar otras dualidades.3 No obstante, la Cuba de «la realidad», «la de la opresión y la miseria», deviene un archipiélago mayor en las páginas de Nexos, mientras que la Cuba «de la ilusión», «la de los logros imaginarios», es solo un pequeño islote en medio de la imaginación. Los editores de la revista encontraron un solo autor para dar voz «al mito», mientras once respondieron a su convocatoria para dar cuenta de «la realidad». Cuarenta páginas se dedican a la «circunstancia factual», mientras cuatro deben sostener «la quimera» y completar el cuadro de la Isla total.
El pensamiento democrático acuñó, desde hace mucho, la certeza de que cualquier idea excluida de la discusión termina convertida en dogma. Con su proceder «cuantitativo», Nexos sustrae de la discusión ideas diferentes acerca de «la realidad» cubana. Este propio texto, entregado a Nexos desde el mes de octubre de 2002, ha debido sufrir diversas posposiciones y hasta la fecha no ha sido publicado.
Más que una visión de Cuba desde dentro y fuera de la Isla, el dossier de Nexos es la recreación puntual de varios enunciados: la naturaleza totalitaria del régimen cubano, el caos económico generado por el socialismo, la represión a que se ve sometida la ciudadanía, el camino hacia una transición capitalista, la condición de satélite de la Isla respecto a la URSS, entre otras ideas hace tiempo distribuidas por los discursos contrarios a la Revolución cubana, señaladamente los producidos por Washington y Miami. En su concepción, la idea de «Cuba, ay, Cuba», renuncia, desde el inicio, a cualquier posibilidad de brindar al menos dos visiones. La elección del «lamento», de la «lástima ante la desdicha cubana» como enfoque del dossier, obstruye la intención, si la hubo, de examinar en profundidad y equilibrio la Cuba real. Optar únicamente por dos autores residentes en la Isla, excluir de la convocatoria a otros muchos intelectuales cubanos y extranjeros (varios de ellos mexicanos) que también «llevan a Cuba en la cabeza y en el corazón», y apostar sin remordimientos por la falta de diversidad de perspectivas sobre Cuba, garantiza la unilateralidad del análisis, pero no la entera legibilidad del tema. El reto de la revista termina trastrocado en un largo soliloquio, en el viejo monólogo de la negación. La conclusión de Nexos es simple: «En Cuba imperan la privación económica y la opresión política. Una dictadura cuarentenaria gobierna a su pueblo del más inapelable de los modos» (p. 24).
Ciertamente, el pueblo cubano debe haber cambiado mucho para aceptar ahora ser sometido políticamente de modo «inapelable», como denuncia Nexos. En el siglo XIX ese pueblo sostuvo dos guerras para sacudirse la dominación de la España que había prometido gastar «hasta el último hombre y la última peseta» con tal de mantener el control sobre la Isla. A inicios del XX dio otra batalla contra la anexión de Cuba a los Estados Unidos. Luego obligó a irse del país a dos dictadores, a través de sendas revoluciones, sin contar las varias «guerritas» y movimientos que animaron a muchos cubanos contra la política realmente existente. En otras palabras, desde 1810 los habitantes de este país se fueron alzando contra «su realidad». Las razones del «cambio» que determinan la actual «capacidad de aguante» de los cubanos, difícilmente pueden encontrarse en enfoques como los de la revista mexicana.

La ilusión según Nexos.

La Cuba de la ilusión es aquella sostenida por una izquierda impertérrita ante los cambios. Con pasión de anticuario, esa izquierda sería capaz de anunciar que Cuba es todavía una esperanza. Darcy Ribeiro, por ejemplo, escribió que la Isla demostraba la viabilidad del Tercer mundo. Al parecer, el autor de El proceso civilizatorio desconocía la realidad que hace aseverar a Marifeli Pérez-Stable: «La cúspide cubana nunca le ha concedido al bienestar material de los mortales una sostenida y debida prioridad» (p.
43).4 No obstante, a la autora, que tiene estudios importantes sobre la historia de Cuba, se le escapa que la economía cubana creció 4,3% como promedio anual entre 1959 y 1989 y la productividad bruta del trabajo entre 1960 y 1988 lo hizo a 2,6% anual, y que la recuperación económica posterior a 1995, con todo y su lentitud, es bastante singular en el contexto de la economía latinoamericana.
Para más, Pérez-Stable desconoce el sentido social de esas estadísticas. Las políticas de redistribución del ingreso, de promoción del empleo y de cobertura total en las áreas de educación y salud en Cuba logran las tasas más altas de América Latina —y en algunos casos se comparan con la de países desarrollados. ¿Para qué sigue un país esas políticas? ¿Para negar el «bienestar material de los mortales»? «En cuestiones de fe, la realidad es secundaria», asegura el editorial de Nexos, y lleva razón al afirmarlo.
Tan secundaria, que parece no existir. La fe no necesita pruebas. Para el conjunto de los trabajos del dossier, esos datos son la retórica del discurso oficial cubano (donde la simple mención de la palabra «oficial» pareciera bastar para refutar cualquier cosa) o consecuencia del «subsidio soviético».
Los textos de Jesús Díaz y Rafael Rojas son ejemplares en este punto. Una historia de treinta años, y una condición geopolítica sumamente compleja, son reducidas a la rational choice de Fidel Castro: «desvincular a su país de la esfera de influencias norteamericana y vincularlo a la esfera de influencias soviética» (p. 26 y 34).
Fidel Castro terminaría optando, según esa línea de pensamiento, por entregarse a la URSS ante el «cúmulo de alternativas» que se abrían ante su país después de que los Estados Unidos redujeran, en junio de 1960, la cuota de importación de azúcar cubano en 95%, prohibieran la venta de petróleo a Cuba y comenzaran todo tipo de presiones económicas, militares y diplomáticas contra la Isla.
Maquiavelo volvía a tener razón: un pequeño país en el medio de dos potencias, termina alineándose con una de las dos. Mas, lo que se creía privativo de los manuales del materialismo dialéctico está arraigado en muchos hábitos de pensamiento: si la historia no es una marcha triunfal, indetenible, hacia el socialismo, tampoco debe serlo hacia ningún otro destino. La pretensión de certificar la dependencia cubana de la URSS hace de la historia de Cuba un camino asfaltado hacia el CAME y la subordinación al imperio socialista, obviando las contradicciones, las paradojas, los conflictos que la historia interna de esa relación generaron para los cubanos. Cuba ingresó al CAME más de una década después del triunfo revolucionario y, por otra parte, nunca firmó el Pacto de Varsovia. El Salón de Mayo, el Congreso Cultural de La Habana, la revista Pensamiento Crítico, las ediciones de Marcuse, Horkheimer, Solzhenitsin, Thomas y Heinrich Mann, Proust, Kafka, Marcel Schwob, Trotski, Deutscher, Althuser, nada tenían que ver con la ideología soviética de la era posleniniana, como tampoco las intervenciones de Fidel Castro de octubre de 1975, en el Primer Congreso del Partido Comunista, ni la de Che Guevara en 1965, en Argel.
Cuando los tanques soviéticos detuvieron la Primavera de Praga, Fidel Castro preguntó: «¿y los tanques del Pacto de Varsovia van a defender a Corea? ¿Y van a defender a Viet Nam? ¿Y van a defender a Cuba?». Era una acusación explícita a lo que estaba pasando en Viet Nam, pero nadie lo recuerda. Poco más de una década más tarde, los soviéticos hicieron saber que no intervendrían en un conflicto militar con los Estados Unidos que afectase a Cuba. La historia de las relaciones Cuba-URSS nunca respondió a la lógica lineal de metrópoli todopoderosa/colonia servil que dibuja en su texto Jesús Díaz —como demuestra la relación cubana con Angola, por ejemplo, que se desarrolló a contrapelo de los intereses de la URSS.
Las relaciones económicas establecidas por Cuba y la Unión Soviética, imprescindibles para alcanzar grados de desarrollo en áreas muy diferentes, no llegaron a constituirse en una estrategia de desarrollo sostenible para Cuba. Con todo, el convenio con la URSS de 1960, vital para la sobrevivencia inicial, no era nada extraordinario en la política económica de la Unión Soviética hacia los países del Tercer mundo. Las condiciones usuales de los créditos soviéticos se repitieron en el caso cubano: plazo de doce años, intereses a 2% anual y pago en mercancías producidas por el país receptor. Entre 1954 y 1966, los soviéticos entregaron créditos a Afganistán, India, Indonesia, Irán, Siria, Egipto, Turquía y Yemen, superiores en todos los casos a los cien millones otorgados a Cuba. No obstante, y a pesar de contar con el apoyo soviético, la Isla continuó buscando créditos en Europa; los bancos occidentales se negaron, y solo encontró respuesta positiva en algunos países de la Europa oriental.5 Carmelo Mesa-Lago calculó que si, en lugar de a la URSS, Cuba le hubiese vendido su azúcar a los Estados Unidos —sobre la base de los precios preferenciales y las cuotas otorgadas por estos a otros países exportadores—, habría ganado 399 millones de dólares más.6 La Isla no tuvo en sus manos la «elección» de la alianza económica y militar con la Unión Soviética. Los Estados Unidos comenzaron a hostigar a la Revolución antes de declararse socialista y las fuerzas de los contendientes carecían de toda proporcionalidad. Esa disparidad, por lo que entrañaba de peligro sobre Cuba y sus habitantes, justificaría, en rigor, «hasta» el acto de entregarse de bruces al comunismo, el «gran culpable» de la Guerra fría. El hecho es que Cuba, como afirma Fernando Martínez, tuvo en la opción por el socialismo la única alternativa viable para poder acumular la cantidad y el tipo de fuerza, las actitudes y la consecuencia imprescindibles para impedir la derrota revolucionaria y para triunfar en un plano general.7 Las expectativas que Cuba hacía despertar en el conjunto de América Latina en el contexto de los primeros años 60 quedaron incumplidas en breve lapso.
La gesta del Che en Bolivia no anticipó la revolución argentina; los líderes revolucionarios brasileños fueron tempranamente asesinados; la revolución venezolana, los tupamaros en Uruguay, el experimento de la Unidad Popular en Chile, el régimen de Velasco Alvarado en Perú, no consiguieron abrir espacio a una alternativa propiamente latinoamericana, a pesar de las diferencias de estos procesos —algunas de ellas notables— con los métodos y los protagonistas del caso cubano. En esa circunstancia, a la altura de los años 70, a Cuba le fue imposible mantener una posición suficientemente autónoma en el orden económico internacional y canalizó sus relaciones militares, políticas y económicas con el campo socialista, que llegaron a ser muy profundas en diversas áreas, aunque la ayuda cubana a los movimientos de liberación nacional, su no alineamiento y su posición ante la guerra de Viet Nam mantuvieran distancia de las posiciones políticas soviéticas.
Desconocer este contexto y presentar la relación con la URSS como una «elección», cuya responsabilidad es únicamente imputable a Fidel Castro, es más que una escandalosa simpleza. La elementalidad del argumento es equiparable solo a aquel memorando de 21 de febrero de 1961, en que la CIA explicaba las razones de la alianza de Cuba con la Unión Soviética: tal unión no era una consecuencia de la política y acción de los Estados Unidos de América, «sino de la personalidad psicótica de Castro». Acusar a Cuba de conservar «el enclave colonial de Lourdes», como hace Jesús Díaz, diez años después de la implosión del Estado soviético, es solo un medio de desviar la atención del asunto principal, no abordado por Nexos: por qué Cuba necesitaba disponer de servicios de inteligencia sobre planes subversivos fomentados en su contra por los Estados Unidos, y por qué la Isla no se vino abajo, y sobrevive al derrumbe soviético, a las denuncias de preparar guerras biológicas e informáticas y a la retirada rusa de Lourdes.
La Revolución de 1959 tuvo sus raíces en la sociedad civil cubana, no en las resoluciones de la Internacional Comunista. Para defender su sobrevivencia debió vincularse al bloque de la URSS, con todos sus vicios, pero también con toda la cobertura que brindaba para evitar la cruenta inserción en el sistema del mercado mundial. Pero la hecatombe que se desencadenó en Europa del Este y arrastró consigo los socialismos reales no pudo atravesar el Atlántico. La acumulación de las prácticas sociales, de los valores, de los sentidos, que la revolución generó han sido un muro de contención, hasta la fecha, infranqueable.8 A pesar de perder 85% de su comercio exterior y más de la mitad de su Producto Interno Bruto (PIB), Cuba pudo salir del duro atolladero, salvaguardar las bases de su proyecto social y conservar su independencia. Las condiciones en que lo hizo fueron críticas: las personas sufrieron escaseces de todo tipo, pero el dato no debería sorprender a quien diga conocer el contexto latinoamericano. Entre 1987 y 1998, lapso que coincide con las reformas liberalizantes, el porcentaje de latinoamericanos que vivían con menos de un dólar diario aumentó de 22 a 23, 5% y pasó de 91 a 110 millones de personas, por cierto, la población de diez Cuba. En 1999, solo Perú, México y la Isla tuvieron algún crecimiento económico. El resto de las economías del continente, o se estancaron, o retrocedieron.
Los años 90 sumaron otra década perdida para América Latina; pero es la crisis cubana la que recibe una publicidad ilimitada, nunca situada en un contexto general, como si la Isla fuera, en sí misma, una galaxia, exótica respecto a este mundo. Wolfensohn, al frente del Banco Mundial, decía en 1999: «Tenemos un mundo de 5,8 mil millones de personas, tres mil millones viven con menos de dos dólares. Aproximadamente dos mil millones no tienen acceso a ninguna forma de poder».
Aun así, cada balsero cubano recibe puntualmente sus quince minutos de fama por «huir de la tragedia castrista». Ciertamente, cerca de un millón de personas han emigrado de Cuba en estos cuarenta años, pero no es menos cierto que esa cifra es superada por quienes han dejado atrás —en igual lapso— las costas de República Dominicana, con una población menor que la cubana y sin contar con políticas promotoras de la emigración al estilo de la Ley de Ajuste Cubano de 1966.9 Si Cuba hubiera permanecido con un sistema económico y político parecido al de otros países de América Latina, afirma Lisandro Pérez, «no es difícil especular que los niveles de emigración podrían haber alcanzado —y quizás hasta superado— los de estos últimos cuarenta años».10 En todo caso, la pervivencia de Cuba después de la caída soviética sería una rareza en la historia: un régimen colonial que sobrevivió a su metrópoli. El hecho, en realidad, afirma la autenticidad del proceso gestado tras 1959.

La República a través de Nexos.

La visión del fracaso cubano necesita una reconstrucción histórica que la legitime, una lectura reveladora de cómo el predominio de la tendencia radical, socialista y de liberación nacional llevó a Cuba al «comunismo totalitario fijado en la Constitución de 1976». Para ello, vuelve a obviarse la historia de los sujetos, de los procesos y de las coyunturas cubanos; esto es, la historia de Cuba. El texto de Rafael Rojas, una «cavilación de extraordinaria pertinencia», según las palabras liminares de la revista, puede servir también como epítome de ese tipo de reconstrucción.
La Isla es otro país en el discurso del ensayista, acaso «la tercera Cuba»: la revolución de 1933 triunfó, el antimperialismo no existe en la historia cubana —sino solo un «nacionalismo adversarial»—, el régimen de 1902 fue «poscolonial», es una ficción la posibilidad de anexar Cuba a los Estados Unidos, Fidel Castro «llegó al poder gracias, entre otras cosas, al apoyo de Estados Unidos, potencia que impuso un embargo de armas a la dictadura que él combatía», y el desencuentro entre la política y los intelectuales republicanos estuvo motivado «por el hecho de que entre los intelectuales y artistas predominaba una imagen europea de la nación, asociada a un espíritu de alta cultura, mientras que la política intentaba construir un orden republicano, de raíz americana, sobre una ciudadanía multicultural» (p. 28).
El «triunfo» que Rojas atribuye a la revolución de 1933, ¿se referirá al derrocamiento del gobierno provisional de Grau y la imposición por los Estados Unidos de un gobierno de «concentración nacional» en enero de 1934? ¿Aludirá al triunfo de la represión desatada por Batista entre 1934 y 1935? ¿Al asesinato de Guiteras y al aplastamiento sangriento de la huelga de marzo de 1935? ¿Sería un triunfo revolucionario la promulgación por Batista de los Estatutos constitucionales de 1934 y 1935? El gran proceso de reformas que culminó en 1940 no fue un triunfo de la revolución, sino del reformismo, aliado a fuerzas más conservadoras. Ese cuerpo legal, cúspide de la política republicana, recoge muchas de las aspiraciones del 30 y es impensable sin la revolución, pero es su canto de cisne, no su triunfo.
La única forma de demostrar que el antimperialismo es un fruto de la historia cubana posterior a 1959, según sostiene Rojas, sería prohibir la reedición de los trabajos de José Martí, José Antonio Ramos, Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena, Emilio Roig, Juan Marinello, Ramiro Guerra, Antonio Guiteras o Herminio Portell Vilá, y declarar que jamás se escribieron; olvidar los actos continuos de rechazo al injerencismo, la oposición a la política de explotación de las compañías norteamericanas por parte del movimiento obrero y los eventos estudiantiles en los que se la condenó expresamente.
Para ningún actor político o personalidad pública o intelectual el régimen cubano posterior a 1902 fue poscolonial. Para muchos ni siquiera fue «neocolonial», sino algo peor: una colonia o un protectorado. Los periódicos La Prensa, La Lucha —voceros principales de la burguesía— afirmaron que la Enmienda Platt establecía en Cuba un protectorado. Sectores más radicales no hablaron siquiera de protectorado, sino de colonia. Los títulos de libros de la época son bastante literales: De colonia a colonia, La colonia superviva. Leland Jenks, en Nuestra colonia de Cuba, cita una decena de autores que en los años 20 clasificaban la realidad cubana como protectorado o como una variante de esa condición: semiprotectorado (Buell), protectorado disfrazado (Adams), soberanía limitada (Culberston) o semisoberanía (Hershey). Décadas más tarde, Robert F.
Smith escribió: «cuando las fuerzas norteamericanas se retiraron de Cuba, un cuasi protectorado quedaba establecido por la adición de la Enmienda Platt a la nueva Constitución del país». Raymon Aron y Alfred Grossen cuando se refieren a la abrogación de la Enmienda Platt, afirman que «le había otorgado a los Estados Unidos un cuasi protectorado sobre Cuba».11 La posibilidad de anexar Cuba a los Estados Unidos ha sido tan poco ficticia, como lo ha sido para Puerto Rico y Filipinas. La posible anexión no fue una ficción para los cien alcaldes municipales que se pronunciaron unánimemente a favor de la independencia en 1901; no lo fue para el Consejo Nacional de Veteranos de las Guerras de Independencia, para la Asociación Nacional de Emigrados Revolucionarios, para dos de los tres partidos creados con vistas a las primeras elecciones republicanas, que nucleaban a la aplastante mayoría de los electores y reclamaban la completa independencia del país. No fue ficticia para los veteranos, los partidos políticos, los periódicos y los dirigentes cívicos que denunciaban la incongruencia de una Asamblea Constituyente libre y soberana, que debía laborar según la imposición del gobernador militar norteamericano.
No era una ficción para Hearst y para la enorme campaña anexionista desatada en los Estados Unidos, ni para los españoles radicados en Cuba que apoyaban la anexión. No fue una ficción para Leonard Wood cuando le escribía al presidente Rooselvelt, refiriéndose a los opositores frontales a la Enmienda Platt: «son los degenerados agitadores de la Convención, encabezados por un negrito nombrado Juan Gualberto Gómez, hombre con una reputación desagradable, tanto moral como políticamente».12 El anexionismo reviste hoy formas sutiles, y otras que no lo son tanto. Una Cuba sin independencia y sin poder de negociación podría caer en un estado de subordinación hacia los Estados Unidos muy parecido a formas anteriores de dominación que nada tuvieron de fictivas.
Las causas que llevaron al poder a Fidel Castro en 1959 pueden ser reducidas a la categoría de «otras cosas» solo con un esfuerzo de síntesis como el que realiza Rojas.
Que el embargo de armas a Batista contribuyó decisivamente —según se desprende, al ser el único elemento mencionado por su nombre—, al triunfo de Fidel Castro, es un juicio que choca literalmente con hechos conocidos y publicados. Las fuerzas armadas de Batista recibieron armamento moderno hasta entrado el mes de marzo de 1958. Con esas armas, Batista reprimió brutalmente el asalto del Directorio Revolucionario al Palacio Presidencial y la sublevación de la Marina el 5 de septiembre, en Cienfuegos. Batista lanzó su «ofensiva final» en mayo y ningún soldado acudió desarmado. La correlación de fuerzas siempre favoreció al ejército de Batista, en número de hombres y de armas.
Además, si en efecto hubo reducciones en las entregas de armamento, el embargo nunca fue total.
El Pentágono buscó fórmulas para violarlo y continuó ofreciendo entrenamiento a las tropas de Batista.13 Al mismo tiempo, una misión militar norteamericana asesoraba al Estado Mayor del ejército de Batista en el campamento de Columbia al triunfo de la Revolución en 1959. Las «otras cosas», al parecer, incidieron más de lo que Rojas sugiere.
El desencuentro entre la política y los intelectuales podía deberse a algo menos elevado que «a la imagen europea del país» y la «construcción de un orden republicano de raíz americana». Marcelo Pogolotti lo definía así: «Las artes y las letras quedaron sepultadas por esa ola de apetitos bajos, de codicias feroces, de nulidades encumbradas, donde los que se habían dado por entero a la producción de una obra de calidad tenían que ceder el paso a los improvisados, beneficiarios de los gobiernos de Batista y Grau San Martín».14 «Lo mejor de la cultura cubana moderna», según Rojas, formada en el lapso republicano se refugió en «políticas nihilistas, que rechazaban las intervenciones cívicas y preferían las jeremiadas de una aristocracia espiritual». Pero, ¿cuál era el nihilismo de Jorge Mañach, Fernando Ortiz, José María Chacón y Calvo o Raúl Roa, todos con cargos — algunos incluso bastante altos— en la política oficial y si no, inmersos de alguna manera en la política de la hora? La actitud de los intelectuales cubanos ante la política fue ciertamente inconstante, como corresponde a una política también inconstante, pero no tenía su causa en alguna metodología del nihilismo, sino en la realidad, que le hacía expresar a Mañach: Este problema de lo social y lo político sigue atenaceándome. Por primera vez en mi vida intelectual, he faltado a la vanidad y a mis deberes polémicos dejando sin contestar públicamente la carta de Roa [...] Estoy inconforme con el capitalismo. No le veo salida a Cuba dentro de él. Pero tampoco veo salida del capitalismo en Cuba; y en los Estados Unidos, eso está todavía muy en «veremos». Está muy bien la adhesión teórica, por la inevitabilidad de esa solución al problema del mundo Pero es que lo de Cuba urge terriblemente, porque no es posible seguir viviendo en esta barbarie sin encanallarse.15 ¿Cuál era el nihilismo de Mariano Brull, Regino Pedroso, Nicolás Guillén, Félix Pita Rodríguez, Enrique de la Osa o Mariblanca Sabas Alomá? ¿Cuál era, incluso, el nihilismo de Orígenes, del José Lezama Lima que escribía: «Existe entre nosotros otra suerte de política, otra suerte de regir la ciudad de una manera profunda y secreta», y aspiraba a la fundación de un sentido, ante la desustanciación republicana? En la célebre polémica, Lezama no le critica a Mañach su participación pública en la República de Platón, sino en la República auténtica, le critica su implicación en la política de la hora. Mañach entró a la Ortodoxia18 y luego celebró el triunfo revolucionario, Lezama hizo lo mismo respecto a esto último. Entonces, ¿el nihilismo era propio de su condición intelectual o tenía otras causas «secretas»? Cuando los editores de la Revista de Avance quisieron hacer una publicación estrictamente cultural, lo hicieron con el criterio de que la actitud política, el deber cívico, era inherente a la acción pública de cada uno de los miembros de su directiva. En 1930 cerraron la revista para no someterse a la censura y para protestar por el encarcelamiento de uno de los editores.
¿Era una actitud nihilista? A pesar de ser una imagen tan bella, el orden republicano, de raíz americana, construido sobre una ciudadanía multicultural, nunca tuvo la suerte que le confiere Rojas. Nació bajo el signo de la imposición; cuando cumplía veinticinco años, un dictador se prorrogaba en el poder y Enrique José Varona, desde el más hondo pesimismo, se preguntaba: «¿Nuestra vida política ha sido un progreso? Sí, un encharcamiento progresivo», se respondía. Al cumplir el cincuentenario, otro dictador se instalaba manu militari y allanaba a golpes el local de la Universidad del Aire, donde Elías Entralgo valoraba el saldo de esos cincuenta años: «La tensión republicana se ha producido entre el libertinaje y el autoritarismo. Libertinaje de 1906 a 1913, autoritarismo de 1913 a 1921, libertinaje de 1921 a 1925, autoritarismo de 1925 a 1933. Libertinaje de 1933 a 1935, autoritarismo de 1935 a 1944, libertinaje de 1944 a 1952 y luego autoritarismo después de 1952». 16.
La República fundada en 1902 no pudo garantizar la independencia, pero gestó el Estadonación que no podrían lograr ni la autonomía ni la anexión. El ideal de un Estado-nación republicano era una aspiración compartida por casi todos los cubanos. Su modernización sobrevino en los años 30, cuando Cuba tuvo ante sí nuevamente la posibilidad de la independencia. Si bien esta tampoco se alcanzó después de 1934 con la abrogación de la Enmienda Platt, la saga de la Revolución del 30 produjo una reformulación profunda de la hegemonía capitalista en Cuba. Tal reformulación podría haber alcanzado para acotar el desenlace de la lucha antidictatorial contra Batista, en 1959; pero fue superada por los hechos. La propaganda contra la Revolución hizo ver una alternativa —que solo existió en un reducido sector social— entre dictadura y libertades civiles. Otras alternativas calaron con mayor profundidad en la conciencia de las mayorías, como aquella del cartel que preguntaba: «Este niño, ¿será patriota o traidor?», en respuesta a otro que preguntaba: «Este niño, ¿será creyente o ateo?». El primer plano lo ocupaba, como diría Fernando Martínez, el deber ser patrio, que se asoció al deber ser revolucionario; tanto, que a los contrarrevolucionarios se les llamó apátridas.17 La consigna Revolución sí, elecciones no, tan extendida al inicio de los 60, echó por tierra la alternativa entre dictadura y democracia. Ninguna de las dos, según se habían conocido hasta ese momento, bastaba para canalizar las energías de un pueblo que tomaba posesión efectiva de su país. La política tenía que ser reinventada en Cuba.
Esa «invención» no podía reproducir la estructura institucional anterior. Más de diez partidos políticos funcionaban legalmente bajo la dictadura batistiana y ninguno evitó «la realidad de opresión política» que denuncia Nexos para el presente cubano. «Salvo en dos instantes aislados, en vísperas de los comicios para las dos Asambleas Constituyentes legítimas —decía Elías Entralgo en 1952—, nuestros partidos, desde la Independencia, no se han diferenciado por las ideas, por los programas, por el pensamiento político. La República no les debe una sola idea de estirpe genuinamente cubana».18 Sin embargo, la Revolución de 1959 interrumpió —según el trabajo de Josep Colomer en Nexos— «un largo y sostenido proceso que había llevado al establecimiento de regímenes democráticos en doce de los veinte países de América Latina, cuando Castro entró en La Habana» (p. 47). Para más, el autor llega a afirmar que la Revolución cubana «introdujo la Guerra fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética» en este continente, «lo que condujo a que en los 70 solo quedaran tres países con regímenes democráticos» (p. 47) Quizás hubiera sido oportuno que este autor no olvidara cómo, en 1954, el gobierno electo de Guatemala, el más democrático y popular de la historia de ese país, que no tomó una sola medida radical y no poseía ideología comunista, fue derrocado por una operación de la CIA financiada por la United Fruit Company. De esa manera, Colomer olvida cómo se armó una inmensa campaña de prensa «denunciando las atrocidades cometidas por el comunismo en Guatemala»; cómo el nuevo poder erigido tras el derrocamiento de Jacobo Arbenz destruyó las organizaciones sociales, detuvo, torturó y eliminó físicamente a campesinos, sindicalistas e intelectuales; cómo los militares ocuparon un lugar preeminente en la vida política guatemalteca —inaugurando así medio siglo de terror y asesinatos civiles—; cómo el nuevo gobierno y la élite económica convirtieron el anticomunismo en principio; y cómo cualquier expresión disidente que se proyectara en el futuro quedaría proscrita «por tener origen en ideologías comunistas y extranjeras». Si, como dice el autor de Transiciones estratégicas, Cuba es la causante de los Pinochet, Stroessner, Videla et al., entonces Kafka tendría toda la razón: el mundo no tiene sentido. Fueron los Estados Unidos quienes apoyaron abiertamente dictaduras y regímenes represivos en América Latina (también en Asia y África, por citar otras geografías). Kissinger y la Escuela de Las Américas no han dejado de ser noticia.
Por otra parte, el ensayo de Colomer hace un análisis en toda la línea del ejército cubano, describe cómo miembros de las Fuerzas armadas ocupan posiciones claves en el gobierno y la economía y señala que ese sector puede ser extremadamente importante en «la transición». Distingue al ejército cubano del chino y explica cómo no se han tomado las armas contra la ciudadanía (salvo un incidente que costó la vida a tres personas en 1993 y que el autor reconoce fue calificado por el gobierno cubano de «lamentable error»). Al mismo tiempo, reconoce que una «clave potencialmente optimista para el futuro reside, precisamente, en el rechazo egoísta de los altos mandos del ejército a "sacar los tanques" y hacer de "malos de la película"». Pero el análisis de Colomer no logra mucha densidad al estudiar la magnitud del ejército cubano —y su relación con la población y la economía de la Isla— ni considera históricamente el legado de los militares en la historia previa a 1959. «Durante mucho tiempo —dice Colomer— el régimen cubano dio prioridad a la defensa nacional para su supervivencia, de modo que construyó comparativamente uno de los ejércitos más grandes del mundo» (p. 45). El autor no abunda en las causas de este número tan elevado de hombres sobre las armas, ni relaciona ese enorme gasto con el conjunto de la economía cubana. La Isla tuvo que construir un ejército capaz de derrotar una invasión norteamericana —nada improbable, como Girón demostró— y que fuese luego capaz de disuadir la constante amenaza militar de los Estados Unidos. Y en realidad debió ser, comparativamente, el ejército más grande del mundo.19.
El pueblo cubano, prácticamente en pleno, se movilizó para defender el país. Cientos de miles de ciudadanos dispusieron de armas y aprendieron su manejo. La defensa del país hacia el exterior —que generó luego toda una épica de los servicios de seguridad cubanos, plasmada en la literatura, la televisión, el cine y la música, con la que más de una generación se identificó—, y hacia el interior, que igual desencadenó una literatura épica, llamada de la violencia —que con Norberto Fuentes, Jesús Díaz y Eduardo Heras León encontraba voces nuevas para su expresión—, fue un acto elemental de supervivencia que caló en las conciencias, los hábitos y el lenguaje de los cubanos.
Para la economía ese gasto fue funesto, pero imprescindible. Entre 1962 y 1965 todos los recursos se pusieron en función de la defensa. De haber servido ese dinero para la reproducción de la economía, probablemente hubiera sido otro el rumbo de los acontecimientos que desembocaron en la crisis de finales de los 60 y que la gigantesca zafra del 70 intentó remediar —a pesar de contar con una planta industrial casi obsoleta, cuyo molino más moderno databa de 1925. Lo peor es que el gasto militar cubano, que va a la cuenta de los servicios prestados por los Estados Unidos en el campo de la agresión, casi nunca se toma en cuenta para evaluar el desempeño económico actual.
Sin tener enemigo alguno declarado, el ejército cubano de la República, desde 1902 hasta 1952, y sin computar datos no disponibles, costó al país más de seiscientos millones de pesos.20 En la actualidad, sin disminuir la amenaza militar sobre la Isla, el ejército cubano ha disminuido su número de trescientos mil efectivos —según el propio Colomer—, a cincuenta mil y ha reducido su presupuesto de 4,5% del PIB a 2%. De lo que gasta, cerca de la mitad es obtenido por vías de autofinanciamiento, sin cargo al presupuesto de la nación. El ejército de la primera y segunda repúblicas intervino, en mayor o menor proporción, en las elecciones generales de 1912, 1916, 1920, 1924 y 1940, y fue el más firme puntal de la tiranía de 1925 a 1933, y del régimen autoritario de 1935 a 1939, y contribuyó, de algún modo, a deponer cinco presidentes de la República. El ejército de la República socialista, en cuarenta años, no ha dado golpes de Estado ni instituido presidentes. Los casos explícitos de corrupción, tráfico de drogas y enriquecimiento ilícito dentro del ejército cubano, juzgados en 1989, a manos de sujetos diferentes y en momentos diversos, son presentados por Colomer como una unidad, una fuerza reformista coherente que visitaba la Embajada soviética y debía presentar «en la próxima» sesión de la Asamblea Nacional un proyecto para excluir a Fidel Castro del poder. El proceso judicial conocido como Causa Número 1 de 1989 fue un suceso trascendental para los cubanos, pero debía ilustrar también a quienes hablan constantemente de la impunidad de las figuras de poder en Cuba.
Políticas de la imaginación Carlos Fuentes denuncia el bloqueo norteamericano contra la Isla y reconoce el potencial que poseen los cubanos: «recursos naturales, un pueblo trabajador, espléndido, creativo, capaz de formar rápidamente capital humano y una sociedad civil pluralista» (p. 49).
Al intentar revelar «el secreto de la longevidad» del presidente cubano, Fuentes recurre a un silogismo por lo menos curioso: los Estados Unidos han sido los principales aliados de Fidel Castro, por darle argumentos para su retórica. (Por esa línea de análisis, Israel sería el principal aliado de los palestinos, por darle razones para clamar el fin del genocidio.) Ahora bien, si el conflicto es entre los Estados Unidos y Fidel Castro, ¿qué pasó antes del derrumbe del águila en el monumento al Maine? Los Estados Unidos, ¿sostuvieron alguna vez hacia Cuba una política centrista? ¿Cuándo el enfoque de la relación hacia la Isla fue distinto al de la subordinación? «Cuando tengamos una democracia que merezca ese nombre», parece responder Jesús Díaz (p. 36). Solo entonces, los Estados Unidos deberán devolver la Base Naval de Guantánamo a manos cubanas, dice Díaz. Ni Jimmy Carter, ni el Papa, ni ningún otro político de importancia en contacto con la Isla ha dicho lo que el autor de Los años duros: todos los cambios deben provenir de Cuba.
Fuentes conoce que «los empresarios norteamericanos se inquietan de que europeos y latinoamericanos ocupen los espacios económicos del post-centrismo» (p. 49). Si nunca hubo centrismo, ¿podrá haber post-centrismo? ¿Es centrista la política del bloqueo y la agresión? ¿Ha privilegiado el gobierno norteamericano al sector «centrista», mayoritario en su sociedad, que podría aceptar una normalización de relaciones con Cuba, como sucedió con China o Viet Nam? ¿O ha beneficiado al sector más radical de la derecha? Por otra parte, ¿qué cambios debería hacer Cuba para ser «una democracia que merezca ese nombre»? En 1984, las elecciones en Nicaragua fueron libres y justas, y favorecieron a los sandinistas. Washington no las reconoció. En 1933, un gobierno cubano se instauró en el poder después de derrocada una tiranía. A pesar de no ser radical, Washington nunca lo reconoció. En 1990, las elecciones en Nicaragua volvieron a ser libres y justas, pero esta vez los sandinistas perdieron el poder: Washington las reconoció. En 1952, un dictador impidió en Cuba las elecciones que debió ganar un sector nacionalista —y dicho sea de paso, en gran parte «anticomunista». El resultado fue un régimen de facto reconocido por Washington. ¿Cuál sería la democracia que Cuba merece?.

Otros Nexos.

La realidad de ingobernabilidad, privatización de lo público y poder invisible —los tres aspectos que definen, para Bobbio, la crisis actual de la democracia—, al parecer no tiene por qué ser analizada en el caso cubano. El debate ya antiguo sobre la crisis de la democracia resulta también exótico, inaplicable para la Isla. ¿Será que Cuba merece otra democracia, incontaminada de crisis y problemas, sin exclusiones y contenciones a la gobernabilidad? Seguramente, pero la propuesta de los formuladores de política norteamericanos, que guarda muchas coincidencias con varios de los enfoques de Nexos, no pasa de ser lo que Robert Dahl llamaba una poliarquía: un sistema en el cual gobierna un pequeño grupo y la participación de las masas en la toma de decisiones se limita a seleccionar a la dirigencia en elecciones cuidadosamente manipuladas por las élites competidoras.21 Dahl encuentra una legión de seguidores para el diseño político del futuro cubano.
¿Cuál es el nexo con la realidad entre la afinidad electiva de los Estados Unidos y los regímenes dictatoriales, explícita hasta los 70, y la política de «promoción de la democracia» que siguió a esos años? La respuesta de Samuel Hungtinton es clara: para el credo norteamericano, los mecanismos de ajuste a la percepción entre los valores profesados y la realidad perceptible se basan en la hipocresía. La «hipocresía metodológica» es la única explicación plausible para que el apoyo a regímenes autoritarios en el Tercer mundo y en otros que no lo son, como España y Grecia, se haya justificado como un mal necesario para la preservación del bloque democrático a nivel global.22 La hipocresía es la única explicación para promover, a la par, «la democracia» en Cuba y continuar la guerra contra ella por cualquier medio.
¿Qué alternativa ofrece Nexos a la Isla cuando habla de democracia? En el subtexto, sería el reverso simétrico de aquella que hablaba Kolakowski para la sociedad estalinista. Si aquella se legitimaba sosteniendo que no existía alternativa para ella, Cuba estaría ahora sometida a la «condena a una sola alternativa»: el régimen de mercado único. Cuba será democrática solo cuando el libre mercado gobierne en la Isla. Para tal fin, es innecesario discutir tópicos básicos para la democracia. Esto es, no hay razones para discutir la inexistencia actual de políticas de radicalización de la ciudadanía; la ausencia de telos del poder y su conversión en un fin en sí mismo; la pérdida de la condición del político como representante de la volonté genérale; la falsedad de que otorgar cuotas de poder al mercado sea entregarlas a la sociedad civil —y no a quienes dominan el mercado—; la idea de que del ser humano, en sí mismo, no se deriva ningún derecho, sino que es el mercado quien únicamente puede asignarlos; y si «tiene sentido pugnar por la vigencia del Estado de Derecho o ese Estado constituye parte del problema, aunque se respetara en toda su idealidad», como decía Horacio Cerutti en carta al presidente argentino, tras el fracaso total de la «excepcionalidad» argentina La alternativa para Cuba encuentra en la realpolitik límites muy férreos. El discurso —y la práctica— de lo políticamente correcto dicta a Cuba el margen de la democracia deseable. ¿Los cubanos son tomados en cuenta para definirla? El régimen que la mayoría de los cubanos aún sostiene es condenado en solitario, o al menos puesto en cuarentena.
No sucede lo mismo con México, aunque la mitad de los chiapanecos —realidad muy extendida en el México indígena— no posea agua potable, dos tercios carezcan de drenaje, y 90% de la población en el campo reciba ingresos mínimos o nulos. No sucede lo mismo con Brasil, el latifundio más grande del mundo, donde 1% de los propietarios posee cerca de 46% de todas las tierras y 50% se mantiene improductiva. Tampoco sucede con los Estados Unidos, régimen incapaz de sumarse a la condena contra el racismo y la discriminación de la mujer ni a la defensa del medio ambiente, y que no puede considerar los derechos económicos y sociales como derechos humanos básicos.
La sociedad cubana cambia año tras año. La diversidad de esa sociedad se puede encontrar sin demasiada dificultad en su literatura, cine, música, movimiento editorial, teatro, pintura y en muchos otros escenarios. La publicación en la Isla de textos de cubanos residentes en el exterior y de autores extranjeros, señaladamente algunos norteamericanos, como compilaciones de trabajos coeditadas por Rebecca Scott y Fernando Martínez sobre la raza, y John Coastworth y Rafael Hernández sobre las culturas cubana y norteamericana, libros de Aline Helg y Rebecca Scott, artículos de Louis A. Pérez, Jr., Uva de Aragón, Lisandro Pérez, Roberto González Echevarría, Marifeli Pérez-Stable, John Dumoulin, en revistas nacionales, dossiers sobre escritores cubanos de la diáspora, entrevistas con Gastón Baquero, Cachao, José Kozer, Cristina García, Mario Bauzá, Alberto Sarraín, Achy Obejas y un largo y sostenido etcétera, habla del valor que se concede a la reflexión sobre Cuba producida fuera de la Isla, sin descalificaciones ideológicas abstractas.
Una cosa es discrepar de un modelo político y otra negarlo con superficialidad —y a veces con alevosía. Quien haya visto La vida es silbar, Marketing, La noche, un Salón de arte cubano contemporáneo, o haya leído cualquiera de los textos de la narrativa cubana de los 90, o de las revistas cubanas de esa década, sabe de la complejidad con que el arte, la literatura y el pensamiento social plasman la realidad de la Isla; pero sabe también que la problematicidad de esa sociedad es mucho más compleja de lo que la propuesta de Nexos puede explicar. La cavilación histórica, política y moral sobre Cuba puede ir mucho más allá, sin negaciones en bloque ni apologías, sin golpes de pecho ni frases sonoras. El discurso de Nexos —¿debe decirse el «de la realidad»?—, al silenciar la ilusión —la ilusión disidente de cambiar la vida, como quería Rimbaud—, supone la existencia de otra Cuba con quien no quiere dialogar.


1 Nexos, n. 292, México DF, abril de 2002
2 Ibídem, p. 24. (En lo adelante se indicarán solo las páginas.)
3 De hecho, Martí lo hizo a su modo con los Estados Unidos: «la patria de Lincoln» y «la patria de Cutting». Al final, en el lenguaje tan poco lírico del último siglo otros han ratificado la idea. El gobierno mexicano instaló en el camino hacia Chiapas una garita del Servicio de Inmigración, como para hacer patente la entrada en un México y la salida de otro. Don Tomás Balduino, obispo de Goias, consideraba que la marcha de los Sin Tierra hacia Brasilia era la búsqueda de «un Brasil soberano que sustituya a la colonia que somos», idea que jamás se le escuchó a Fernando Henrique Cardoso al referirse a su país. En un foro como la Comisión Trilateral, en 1993, Marian Wright Edelman, presidenta de Children`s Defense Fund, aseguraba: «Corremos el riesgo [los Estados Unidos] de convertirnos en dos naciones -una del privilegiado Primer mundo y otra con las privaciones del Tercer mundo- que luchan para coexistir pacíficamente con el incremento de las desigualdades». Si México, Brasil o los Estados Unidos pueden ser dos países al unísono, con dimensiones de la realidad tan opuestas, ¿por qué Cuba tendría que ser un solo país?
4 Este texto de Marifeli Pérez-Stable se publicó antes en El Nuevo Herald, Miami, 26 de julio de 2001, p. A-16
5 Blanca Torres Ramírez, Las relaciones cubano-soviéticas. 1959-1968, El Colegio de México, México DF, 1971, pp. 28-30.
6 Carmelo Mesa-Lago, Breve historia económica de la Cuba socialista. Políticas, resultados y perspectivas (versión española de Eva Rodríguez Halfter), Alianza Editorial, Madrid, 1994, p. 77.
7 Véase Fernando Martínez Heredia, «Desconexión, reinserción y socialismo en Cuba», Cuadernos de Nuestra América, n. 20, La Habana, julio-diciembre de 1993, pp. 46-64.
8 Véase Fernando Martínez Heredia, «Cultura y Revolución», En el horno de los noventa, Ediciones Barbarroja, Buenos Aires, 1999, pp.93-9.
9 En 1999, el Censo oficial norteamericano indicó que 65,2% de los inmigrantes hispanos en los Estados Unidos - calculado en 32 millones- proviene de México; 14,3% de Centro y Suramérica; 9,6% de Puerto Rico; y 4,3% de Cuba.
10 Lisandro Pérez, «La emigración y la crisis estructural de la República. 1946-1958», Temas, n. 24-25, La Habana, enerojunio de 2001, p. 86.
11 Citados por Oscar Pino Santos, «Lo que era aquella República: protectorado y neocolonia. 1902-1934 y 1934-58», Contracorriente, n. 19, La Habana, 2002, p. 69.
12 Herminio Portell Vilá, Nueva historia de la República de Cuba, La Moderna Poesía, Miami, 1996, p. 56. Véase el epígrafe «La imposición de los lazos de intimidad especial», pp. 51-60.
13 Carlos Alzugaray, «El ocaso de un régimen neocolonial: los Estados Unidos y la dictadura de Batista durante 1958», Temas, n. 16-17, La Habana, octubre de 1998-junio de 1999, p. 30-1.
14 . Marcelo Pogolotti, La República de Cuba a través de sus escritores, Letras Cubanas, La Habana, 2002, p. 293.
15 . Jorge Mañach, «Carta a Lino Novás Calvo», C. M. Mañach, n. 1030, Instituto de Literatura y Lingüística, La Habana, citado por Ana Cairo, La Revolución del 30 en la narrativa y el testimonio cubanos, Letras Cubanas, La Habana, 1993, p. 54.
16 Elías Entralgo, «Saldo del cincuentenario», Universidad del Aire (conferencias y cursos), Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2001, p. 105.
17 Fernando Martínez Heredia, «En el horno de los noventa. Identidad y sociedad en la Cuba actual», En el horno..., ob. cit., p. 60.
18 Elías Entralgo, ob. cit., p. 97.
19 Desde 1959, las agresiones norteamericanas han causado la muerte a 3 478 cubanos y la pérdida de su integridad física a otros 2 099. Sobre el tópico, ha afirmado Noam Chomsky: «Cuba, un país muy pequeño, ha sido objeto de ataques terroristas, la isla de Cuba ha sido atacada por más terroristas que probablemente todo el resto del mundo en su conjunto.
Ciertamente, más que cualquier país». María Elvira Luna Escudero y G. Alie, Espéculo. Revista de estudios literarios, Universidad Complutense de Madrid, http://www.ucm.es/info/especulo/numero21/ chomsky.html 20 Elías Entralgo, ob. cit., p. 107.
21 William I. Robinson, «El rol de la democracia en la política exterior norteamericana y el caso Cuba», en Haroldo Dilla, comp., La democracia en Cuba y el diferendo con los Estados Unidos, Ediciones CEA, La Habana, 1996, p. 18.
22 . Jorge Rodríguez Beruff, «Democracia y política exterior de los Estados Unidos en perspectiva histórica», en Haroldo Dilla, comp., ob. cit., p. 45.