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Sobre el libro Los disidentes
A Cuba y su Revolución no se las ataca por su tenacidad en construir
una sociedad igualitaria o por el más de medio siglo que Fidel Castro
lleva al frente de este proceso. A la Revolución tampoco se le denigra
por encarnar un ideal o por el número creciente de personas de toda ideología
y condición que admiten los desafíos que confronta. Se les ataca
porque representan una realidad que trasciende lo perentorio y contingente.
José Steinsleger | México
Lejos de hablar de «mentiras» y «verdades», términos absolutos de la
filosofía neoplatónica y de la cultura latina, este libro escrito
con la urgencia del periodismo de combate habla de la realidad, pues si ambas
nociones obedecen a la subjetividad de quien oye y ve, el sentido de la realidad
las funde en el espejo que reflejará su imagen en nosotros. De aquí
la sentencia del ciego que no quiere ver.
El ciego que no quiere ver es el peor porque construye posiciones irreductibles
y toma irracional de partido. En este sentido, el libro de Rosa Miriam Elizalde
y Luis Báez fue concebido para quienes desean conocer los hechos de una
realidad puntual: el trabajo de inteligencia de un equipo de especialistas infiltrados
en la bien llamada Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana (calificarlos
de «agentes» no me parece adecuado) y entre los grupos políticos que
reciben apoyo incondicional de Washington.
La pretendida objetividad del periodismo llamado «moderno» se caracteriza por
el delirio de la neutralidad. Pero el periodismo que asocia objetividad y neutralidad
es el que interpreta el drama histórico con distancia amoral, creyendo
que el «justo medio» aristotélico lo lava de omisiones y complicidades.
Se trata de una sutileza similar a las de quienes echando mano a nociones caras
como las de «ciudadanía», «libertad» y «democracia», subestiman los contextos
históricos en los que estos ideales pueden ser cabalmente ejercidos.
La lucha del pueblo cubano, que por momentos enciende arduos dilemas filosóficos,
consiste básicamente en apostar al imperativo de ser para tener, en lugar
de la resignada desesperanza del tener para ser que nos propone el pensamiento
sociopolítico dominante.
A Cuba y su Revolución no se las ataca por su tenacidad en construir
una sociedad igualitaria o por el más de medio siglo que Fidel Castro
lleva al frente de este proceso. A la Revolución tampoco se la denigra
por encarnar un ideal o por el número creciente de personas de toda ideología
y condición que admiten los desafíos que confronta. Se las ataca
porque representan una realidad que trasciende lo perentorio y contingente.
Muchos de los llamados «disidentes» o que simplemente arrojaron la toalla y
abandonaron la lucha (lucha que en Cuba es opción, antes que obligación)
podrían acaso coincidir con el espíritu subyacente en estas palabras.
Ellos dirían: «estoy de acuerdo, pero el derecho a disentir... », y etcétera.
Dirían: «está bien, la revolución, pero el partido único...
», y etcétera.
Dirían que les parecen pertinentes las conquistas en salud, educación,
ciencia, deporte, cultura «...pero la libertad...», y etcétera. Dirían
que «...bueno, pero el cubano no puede viajar», como si un Estado obligado por
sus enemigos a pagar todas sus compras al contado pudiese disponer libremente
de sus escasas divisas para que un puñado de privilegiados, tal como
sucede en la sociedad capitalista, los derroche en ocio o antojos individuales.
En muchos viajes y estadías en Cuba he hablado de estos temas y he coincidido
con las críticas a situaciones que las autoridades no toman en cuenta,
así como de otras críticas que serían propias de lo que
llamo «ciudadanos de invernadero», que ante las dificultades de la vida cotidiana
idealizan el capitalismo, convencidos de que los enunciados de la democracia
liberal bastan para consagrar el derecho a la vida y las garantías individuales.
Y yo les respondo: «En efecto. Pero eso te exige ganar de mil 500 a 2 mil dólares
mensuales, sin que el Estado te garantice nada, mientras el 70 por ciento de
la población recibe con suerte un ingreso de 120 dólares, en tanto
30 por ciento restante no cuenta». Me refiero, naturalmente, a muchas personas
que aun cuando quisieran saber de qué estamos hablando, dudarían
antes de gastar un par de dólares y de horas en viajar de ida y vuelta
a esta mesa en la que oirán que la televisión les miente para
que ellas nos respondan que ya lo sabían.
Aquí es donde se me ocurre si no convendría que el gobierno cubano
flete cada seis meses un barco con mil pasajeros y vean con mirada crítica
el mundo que idealizan para contar a su regreso lo que vieron. Posiblemente,
algunos abandonarán el barco en el primer puerto del itinerario. Bien...
¡pero de un modo u otro esto sucede! El cubano es uno de los pueblos que más
viaja por el mundo: técnicos, deportistas, médicos, músicos,
artistas, escritores, funcionarios, recorren incesantemente los cuatro puntos
del globo. ¿Cuántos se bajan del barco? La mayoría regresa, a
pesar de dificultades increíbles para quienes vivimos en una sociedad
de consumo donde la «libertad» cuenta en función del poder adquisitivo,
y a veces ni esto es suficiente. Aspectos de una realidad que, en fin, la «libertad
de expresión» del capitalismo oculta con celo de miniaturista.
¿Los cubanos tienen derecho a disentir? Los cubanos se quejan las 24 horas del
día. Sin embargo, de 1959 a la fecha... ¿qué logros hubiesen sido
posibles en Cuba sin el derecho a disentir? Sin disidentes, la Revolución
cubana hace rato sería un capítulo más de la frustrante
historia latinoamericana. De ahí la pertinencia de las comillas del título
del libro de Rosa Miriam Elizalde y Luis Báez Los disidentes.
Los teóricos de la «sociedad abierta» creen que si un cubano cobra un
estipendio de la potencia enemiga de su país, se ganó el derecho
a la disidencia. En cualquier país «libre», estos actos serían
calificados de «traición». Pero si se trata de Cuba, estos mismos actos
serán calificados de «heroicos». Por esto los cubanos de Miami celebran
el 20 de mayo de 1902, fecha en que Estados Unidos ajustó la «independencia»
de Cuba a sus intereses, y los cubanos de Cuba festejan el 1º de enero de 1959,
año de la Revolución. El libro de Elizalde y Báez ofrece
pruebas contundentes del asunto.
¿Podríamos darle un corte a esta historia? Indudablemente: el día
en que Estados Unidos decida la normalización de sus relaciones con Cuba,
reconociéndole su derecho a existir (y sin interferir en cómo
debe construir su sociedad), la guerra del imperialismo contra Cuba tendrá
un corte. Y veremos las consecuencias a partir de entonces, cuando los gobernantes
y políticos del mundo sientan la vergüenza que Cuba jamás
sintió, por su determinación a ser libre y soberana.
(Texto leído en Casa Lamm con motivo de la presentación del libro
Los disidentes, Editora Política, La Habana, 2003