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28 de septiembre del 2003
58 período ordinario de sesiones de la Asamblea General
de Naciones Unidas
Intervención del Ministro cubano de Relaciones Exteriores
Rebelión
INTERVENCIÓN DEL EXCMO. SR. FELIPE PÉREZ ROQUE, MINISTRO DE
RELACIONES EXTERIORES DE LA REPÚBLICA DE CUBA, ANTE EL 58 PERÍODO
ORDINARIO DE SESIONES DE LA ASAMBLEA GENERAL DE NACIONES UNIDAS
26 de septiembre de 2003, Nueva York
Excelencias:
En el siglo pasado tuvimos dos terribles guerras mundiales. Murieron en ellas
más de 80 millones de seres humanos.
Pareció después que, aprendida la lección, la Organización
de Naciones Unidas nacía para que nunca más se produjera una guerra.
En la Carta, aprobada en San Francisco hará pronto 60 años, se
proclamaba el propósito de "preservar a las generaciones venideras
del flagelo de la guerra". Sin embargo, sufrimos después guerras
de agresión y conquista, guerras coloniales, guerras fronterizas y guerras
étnicas. A muchos pueblos no les quedó otra alternativa que la
guerra para defender sus derechos. Más aún, en los últimos
13 años el flagelo de la guerra ha cobrado otros seis millones de vidas.
Seis decenios atrás, el orden mundial proclamado en la Carta de Naciones
Unidas se sustentó en el equilibrio militar de dos superpotencias. Nació
un mundo bipolar, que generó enfrentamientos, divisiones, la Guerra Fría
y casi una guerra nuclear devastadora.
No era el mundo ideal, ni mucho menos. Pero, desaparecida una de aquellas superpotencias,
el mundo actual es peor y más peligroso.
Ahora ya el orden mundial no puede cimentarse en las "esferas de influencia"
de dos superpoderes similares, o en la "disuasión recíproca".
¿En qué debería basarse entonces? En el reconocimiento honesto
y generoso de la única superpotencia de que, lejos de perturbar, debe
contribuir a la construcción de un mundo pacífico y con derecho
a la justicia y el desarrollo para todos.
¿Contribuye la guerra en Iraq a ese objetivo? No. Su resultado es exactamente
contrario al ideal de preservar la paz, fortalecer el papel de Naciones Unidas
y afianzar el multilateralismo y la cooperación internacional. Desafortunadamente,
lo cierto es que los que más capacidad tienen para prevenir y eliminar
amenazas a la paz, son los que hoy provocan la guerra.
¿Debe el gobierno de Estados Unidos reconocer esa verdad que casi todos en esta
sala comparten? Sí.
¿Qué habría de humillante o lesivo al prestigio de esta gran nación?
Nada. El mundo reconocería que se produciría una rectificación
beneficiosa para todos, tras desatar una guerra que sólo unos pocos apoyaron
–por cortedad de miras o mezquindad de intereses-, tras haberse comprobado que
no eran ciertos los pretextos que se esgrimieron, y tras observar la reacción
de un pueblo que, como hará siempre todo pueblo invadido y ocupado, comienza
a luchar y luchará por el respeto a su derecho a la libre determinación.
Por lo tanto, ¿debe cesar la ocupación de Iraq? Sí, y cuanto antes.
Es fuente de nuevos y más graves problemas, no de su solución.
¿Debe dejarse a los iraquíes establecer libremente su propio gobierno,
sus instituciones y decidir sobre sus recursos naturales? Sí. Es su derecho,
y no dejarán de combatir por él.
¿Debe presionarse al Consejo de Seguridad para que adopte decisiones que lo
debilitarían todavía más, ética y moralmente? No.
Ello liquidaría la última posibilidad de reformarlo profundamente,
ampliarlo y democratizarlo.
En el desenlace de la crisis internacional creada por la guerra en Iraq se decide
hoy el futuro de las Naciones Unidas.
El más grave de los peligros que hoy nos acechan es que persista un mundo
donde impere la ley de la selva, el poderío de los más fuertes,
los privilegios y el derroche para unos pocos países, y los peligros
de agresión, el subdesarrollo y la desesperanza para la gran mayoría.
¿Se impondrá una dictadura mundial sobre nuestros pueblos o se preservarán
las Naciones Unidas y el multilateralismo? Esa es la cuestión.
Todos coincidimos, creo, en que el papel de Naciones Unidas es hoy irrelevante
o, al menos, va en camino de serlo. Pero unos lo decimos con preocupación
y queremos fortalecer la Organización. Otros lo dicen con secreta satisfacción
y alientan la esperanza de imponerle al mundo sus designios.
Debemos decirlo con franqueza. ¿Qué papel juega hoy la Asamblea General?
Casi ninguno, es la verdad. Es apenas un foro de debate sin influencia real
ni papel práctico alguno.
¿Se rigen las relaciones internacionales por los propósitos y principios
consagrados en la Carta? No. ¿Por qué ahora, cuando la filosofía,
las artes y las ciencias alcanzan niveles sin precedentes, se proclama otra
vez la superioridad de unos pueblos sobre otros, se llama a otros pueblos, a
los que debiera tratarse como hermanos, "oscuros rincones del planeta",
o "periferia euroatlántica de la OTAN"?
¿Por qué algunos de entre nosotros se sienten con derecho a lanzar unilateralmente
una guerra si en la Carta de Naciones Unidas proclamamos que no se usaría
la fuerza armada "sino en servicio del interés común" y
que para preservar la paz se tomarían "medidas colectivas"? ¿
Por qué ya no se habla de emplear medios pacíficos para la solución
de controversias?
¿Podemos creer que todos fomentan la amistad entre nuestras naciones basadas
"en el respeto al principio de la igualdad de derechos y al de la libre determinación
de los pueblos"? ¿Y por qué entonces mi pueblo ha debido sufrir y
sufre todavía más de cuatro décadas de agresiones y bloqueo
económico?
Al aprobarse la Carta se estableció el principio de la igualdad soberana
de los Estados. ¿Acaso somos iguales y disfrutamos similares derechos todos
los Estados miembros? Según la Carta, sí; pero según la
cruda realidad, no.
El respeto al principio de la igualdad soberana de los Estados, que debería
ser piedra angular de las relaciones internacionales contemporáneas,
sólo podrá establecerse si los países más poderosos
aceptan en los hechos prácticos respetar los derechos de los otros, aunque
estos no tengan la fuerza militar y el poderío económico para
defenderlos. ¿Están listos los países más poderosos y desarrollados
a respetar los derechos de los demás, aunque ello lesione, siquiera mínimamente,
sus privilegios? Me temo que no.
¿Están o no vigentes los principios del no uso ni amenaza del uso de
la fuerza, la no injerencia en los asuntos internos de los Estados, el arreglo
pacífico de controversias, el respeto a la integridad territorial y la
independencia de los Estados?. Según la letra y el espíritu de
la Carta, sí. Pero, ¿acaso lo están según la realidad?
Un grupo pequeño de países desarrollados se ha beneficiado en
las últimas décadas de esta situación, es verdad. Pero
se está acabando ese tiempo. Comienzan a ser víctimas también
de las políticas imperiales de una superpotencia. ¿No deberían
considerar, con modestia y sentido común, la necesidad de trabajar con
los más de 130 países del Tercer Mundo que han debido sufrir este
orden injusto y están listos para intentar persuadir al más poderoso
para que deje a un lado la arrogancia y cumpla con sus deberes como fundador
de las Naciones Unidas?
Cuba considera, Señor Presidente, que no debemos ni podemos renunciar
al multilateralismo; que no debemos ni podemos renunciar a las Naciones Unidas;
que no podemos ni debemos renunciar a la lucha por un mundo de paz, justicia,
equidad y desarrollo para todos.
Por ello, a juicio de Cuba, debemos alcanzar tres objetivos inmediatos.
En primer lugar, el cese de la ocupación de Iraq, el traspaso
inmediato del control real a Naciones Unidas, y el comienzo del proceso de recuperación
de la soberanía de Iraq y el establecimiento de un gobierno legítimo,
fruto de la decisión del pueblo iraquí. Debe cesar de inmediato
el reparto escandaloso de las riquezas de Iraq.
Esto será beneficioso para Estados Unidos, cuyos jóvenes mueren
allí mientras libran una guerra injusta y sin gloria; será beneficioso
para Iraq, cuyo pueblo podrá comenzar una nueva etapa de su historia;
será beneficioso para Naciones Unidas, que ha sido víctima también
de esta guerra; y será beneficioso para todos nuestros países,
que han debido sufrir la recesión económica internacional y la
creciente inseguridad que nos amenaza a todos.
En segundo lugar, debemos enfrentar sin más dilación una
reforma real, y sobre todo, un profundo proceso de democratización de
las Naciones Unidas.
La situación es ya insostenible. Lo prueba la vergonzosa incapacidad
del Consejo de Seguridad para impedir la guerra en Iraq primero, y después
para siquiera exigir al gobierno de Israel que no expulse o asesine al líder
del pueblo palestino que, según decidió el propio Consejo hace
más de cinco décadas, debió tener hace ya mucho tiempo
un Estado independiente.
Que el gobierno de Estados Unidos haya empleado en 26 ocasiones el derecho de
veto para proteger los crímenes de Israel, es la prueba de que hay que
abolir ese injusto privilegio.
Una reforma que retorne a las raíces de la fundación de las Naciones
Unidas, que garantice el respeto efectivo a la Carta. Que restablezca los mecanismos
de seguridad colectiva y el imperio del Derecho Internacional.
Una reforma que garantice la capacidad de las Naciones Unidas para preservar
la paz, para liderar la lucha por el desarme general y completo, incluido el
desarme nuclear, al que han aspirado muchas generaciones.
Una reforma que devuelva a Naciones Unidas sus prerrogativas para luchar por
el desarrollo económico y social y los derechos elementales -como el
derecho a la vida y a la alimentación- para todos los habitantes del
planeta. Ello es más necesario ahora, cuando el neoliberalismo ha fracasado
estruendosamente y se abre una oportunidad de fundar un nuevo sistema de relaciones
económicas internacionales.
Necesitamos rescatar el papel de Naciones Unidas, y que todos los Estados, pequeños
y grandes, respeten su Carta; pero no necesitamos que la reforma naufrague,
sin penas ni glorias, en un proceso burocrático de adaptación
de lo que queda de Naciones Unidas a los intereses y caprichos de unos pocos
países ricos y poderosos.
Por último, necesitamos retornar a la discusión de los
graves problemas económicos y sociales que hoy afectan al mundo. Convertir
en prioridad la batalla por el derecho al desarrollo para casi 5 000 millones
de personas.
La Cumbre del Milenio nos comprometió a trabajar por metas modestísimas
e insuficientes. Pero ya todo se olvidó y ni siquiera discutimos sobre
ello. Este año morirán 17 millones de niños menores de
5 años, no víctimas del terrorismo, sino de la desnutrición
y de enfermedades prevenibles.
¿Se discutirá alguna vez en esta sala, Excelencias, con realismo y espíritu
de solidaridad sobre cómo disminuir a la mitad para el 2015 –según
la Declaración del Milenio- el número de personas que sufren pobreza
extrema –que son más de 1200 millones-, y el de los que padecen de hambre
- que son más de 800 millones?
¿Se discutirá sobre los casi 900 millones de adultos analfabetos?
¿O la Declaración del Milenio será también letra muerta,
como lo han sido el Protocolo de Kyoto y las decisiones de una decena de Cumbres
de Jefes de Estado?
Los países desarrollados ofrecerán este año a los países
del Tercer Mundo, como Ayuda Oficial al Desarrollo, unos 53 mil millones de
dólares. A cambio, les cobrarán por concepto de intereses de la
deuda externa más de 350 mil millones de dólares. Y al final del
año, nuestra deuda externa habrá crecido.
¿Piensan acaso los acreedores que esta injusta situación podrá
durar toda la vida?
¿Debemos los deudores resignarnos a ser pobres toda la vida?
¿Es acaso este cuadro de injusticias y peligros para la mayoría de los
países el que soñaron los fundadores de las Naciones Unidas? No.
Soñaron también, como nosotros, en que un mundo mejor es posible.
Estas son las preguntas que, con todo respeto, quisiéramos que algunos
en esta sala nos respondieran.
No hablo de Cuba que, condenada a morir por querer ser libre, ha tenido que
luchar sola, no sólo pensando en sí, sino en todos los pueblos
del mundo.
Muchas Gracias.