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El Moncada
Angel Guerra Cabrera
Hay fechas que marcan hitos en la lucha de los pueblos por su libertad. Delimitan
un antes y un después cualitativamente distintos y calan en su memoria
colectiva. Así ocurre en México con el 16 de septiembre de 1810
y el 18 de marzo de 1938: una, inicio de la primera gran gesta anticolonialista
de profundo carácter popular en América hispana; otra, el punto
más alto, con la nacionalización del petróleo, de la revolución
de 1910.
En Cuba, donde los empeños de liberación nacional y social han
debido afrontar dificultades acaso sin paralelo en América Latina, se
recuerdan con veneración el 10 de octubre de 1868 y el 24 de febrero
de 1895, dos momentos estelares en una brega inconclusa por la independencia,
la soberanía y la justicia social. Porque a partir de 1895 debieron ocurrir
aún dos ocupaciones militares yanquis y un memorable pero frustrado intento
de revolución antiimperialista en la década de los treintas del
siglo XX para que 64 años más tarde se coronara aquella lucha
en enero de 1959.
Ello quedó simbolizado por la marcha triunfal a lo largo de la isla del
Ejército Rebelde comandado por Fidel Castro, aclamada por la inmensa
mayoría de los cubanos, que no fue el resultado de la acción de
una minoría de elegidos como afirmaron después versiones reduccionistas.
Muy lejos de eso, hundía sus raíces en la historia y el alma de
Cuba y era la culminación de una gigantesca rebelión popular desencadenada
el 26 de julio de 1953 con el ataque al cuartel Moncada. Aquel 26 de julio,
hace medio siglo, conmocionó a los cubanos y los llevó a reencontrarse
con las mejores tradiciones éticas y revolucionarias de su historia justo
en el momento en que "parecía que el Apóstol iba a morir
en el año de su centenario". La afirmación de Fidel Castro
en el juicio seguido contra él y sus compañeros supervivientes
del combate -la mayoría masacrados después de ser hechos prisioneros-
expresaba exactamente el estado de la nación.
Cuba, una república castrada por el tutelaje estadunidense, la explotación
y marginación de las masas, la más escandalosa corrupción
de los gobernantes y políticos y la represión sin piedad de las
protestas populares, había sido llevada a un punto límite de degradación
de las instituciones públicas por el golpe de Estado del 10 de marzo
de 1953. Parecía, en efecto, que los sueños de su apóstol,
Martí, habían sido en vano y que no existían ya reservas
de moral, de inteligencia y de coraje para rescatarlos. El Moncada vino a descubrir
que esas reservas estaban intactas en hijos e hijas del pueblo cubano, casi
todos jóvenes y de origen muy humilde.
Si el audaz asalto a la segunda fortaleza militar del país despertó
admiración por el heroísmo de sus protagonistas, pronto tuvo un
efecto multiplicador en amplios sectores sociales. El alegato de Fidel Castro
ante sus jueces –conocido como La Historia me Absolverá-, además
de constituir el programa político más radical que podía
enarbolarse en la isla en aquel momento, sentó las pautas de la más
telúrica transformación social ocurrida hasta hoy en América
Latina, que rompió las cadenas de la dominación imperialista y
condujo a Cuba por el rumbo socialista. Su lenguaje novedoso simbolizaba la
irrupción definitiva de una nueva forma de pensar y hacer política
en nuestro continente, estrechamente ligada a las aspiraciones de las masas
y a una conducta ética. Se inspiraba en la tradición patriótica
y revolucionaria nacional marcada a fuego por el pensamiento y la acción
de Martí y abrazaba creativamente las ideas de Marx, Engels y Lenin.
No se equivocó Che Guevara cuando en la selva boliviana sintetizó
así el Moncada: "Rebelión contra los dogmas".
El uso de las armas a partir del Moncada sólo pudo conducir a la victoria
porque se basó en una apreciación y una estrategia lúcidas
sobre la situación política y social cubana y la coyuntura internacional,
una fe inconmovible en las potencialidades revolucionarias del pueblo y una
combinación osada y simultánea de todas las formas de lucha, incluyendo
el mayor aprovechamiento de los espacios legales, por mínimos que fueran.
Si Fidel Castro y sus compañeros ganaron un apoyo popular casi unánime
para la lucha armada fue porque supieron demostrar a los cubanos que no les
quedaba otro camino. Y que ese camino era el único que podía sacar
al país de la postración.
El ataque al Moncada fue un revés momentáneo pese a su realista
y meticulosa planificación en lo político y militar. Pero rompió
con la modorra neocolonial, insufló incalculables energías creativas
en los cubanos y desencadenó una revolución que puso en el orden
del día en nuestra América la posibilidad de romper el yugo imperialista
y alcanzar la libertad. Por eso, frente a la arrogancia y el belicismo nazis
hoy entronizados en Washington, su ejemplo moral es más vigente que nunca.
aguerra12@prodigy.net.mx