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28 de diciembre de 2003
2004: el año Carpentier
El Juicio del Moncada
Alejo Carpentier
Rebelión
Hay grandes acontecimientos grandes por su significado, grandes por su energía
generadora? que solo se nos muestran en su cabal dimensión histórica
cuando podemos considerarlos, retrospectivamente en función de los hechos
que de ellos derivaron. Entonces es cuando el acontecimiento se sitúa en
el tiempo con todo el prestigio de su dinámica original y precursora, marcando
el punto de partida de una trayectoria cumplida que, como tal, por proceso dialéctico,
será siempre propulsora de acciones futuras, cada vez más abierta
sobre el vasto panorama de un ámbito perennemente acrecido por los sucesivos
logros de sus aspiraciones fundamentales.
Pero ocurre que, a veces, ese gran acontecimiento inicial y agorero ?que luego
se erigirá en símbolo? no tenga testigos válidos, ni cronistas
que hayan consignado sus peripecias en apuntes tomados a lo vivo, sobre la marcha,
en el lugar mismo de los sucesos, teniendo varias generaciones de historiadores,
más tarde, que revolver archivos y bibliotecas para trazarnos un cuadro
más o menos exacto de lo ocurrido «el día aquel» ?día que
no fue como los demás días, por cuanto afectaba el destino de un
pueblo entero. Uno de los ejemplos más curiosos de esto se encuentra en
el caso de la Toma de la Bastilla, muy poco consignado por las crónicas
de la época, visto por muchos como un disturbio más entre los muy
numerosos y cotidianos que se estaban produciendo en un año revuelto, y
tan poco distinto a los demás, al parecer, que quien mejor hubiese podido
hacerse el historiador de la jornada trascendental, Restif de la Bretonne, nos
confiesa en sus Noches de París ?documento de inestimable valor para el
estudio de la Revolución Francesa? que «cuando pensó en ir a presenciar
el asedio a la Bastilla, todo había terminado ya» (Noche 384). Restif de
la Bretonne, en esto, se había comportado como el Fabricio de la Cartuja
de Parma que, habiendo tomado parte, por mera casualidad, en la batalla de Waterloo,
se preguntaba, algún tiempo después, «si lo visto por él
había sido realmente la batalla de Waterloo».
Gran suerte es, por ello, que ciertos acontecimientos particularmente importantes
hayan tenido su cronista, oportunamente situado en el lugar de los hechos con
el ánimo de fijar hora por hora, lo que en una encrucijada de la historia
haya podido suceder un día determinado que, semejante a todos los demás
para quienes lo vivieron rutinariamente, habrá de inscribirse en los anales
de un pueblo como único e insustituible. Y más aún si, como
en el caso que nos interesa, un gobierno ilegítimo, arbitrario y criminal,
temiendo las repercusiones del acontecimiento mismo, moviliza todos los medios
a su alcance para minimizarlo, tratando de escamotearlo ante la opinión
pública, como ocurrió con el hoy universalmente famoso proceso por
el asalto al cuartel Moncada, que se desarrolló en Santiago de Cuba del
21 de septiembre al 16 de octubre de 1953.
Ese juicio oral, para suerte nuestra y de nuestros historiadores, tuvo su cronista:
Marta Rojas, autora del admirable libro que se nos ofrece en nueva edición.
Acerca de ese libro escribieron las compañeras Melba Hernández y
Haydée Santamaría, en el prólogo a la edición original:
«Esta obra, La generación del Centenario en el Moncada» * la consideramos
una versión vivaz y objetiva de la Causa 37 de 1953 radicada en la Audiencia
de Santiago de Cuba por el asalto al cuartel Moncada... La compañera Marta,
en calidad de periodista, había concurrido a todas las sesiones del juicio
oral por los sucesos del Moncada, incluso a la que se celebró en la Sala
de Enfermeras del hospital Saturnino Lora, donde fue juzgado el compañero
Fidel Castro del 16 de octubre de aquel mismo año, oportunidad en que el
Jefe de la Revolución pronunció su trascendental alegato conocido
con el nombre de La historia me Absolverá, programa de la lucha de liberación
nacional antiimperialista, cumplido cabalmente por la Revolución.
«Desde el primer instante, la autora tuvo la proyección de futuro y no
tomó las notas como una función a cumplir, sino que fue atenta y
celosa observadora de todo lo que estaba sucediendo entre las bayonetas que invadían
el local donde se celebraban las vistas de aquel juicio. Pudo aquilatar que en
ese lugar iba germinando una simiente renovadora que transformaría por
completo el basamento de aquella sociedad corrompida; allí no se estaba
determinando el porvenir de un puñado de jóvenes, sino el porvenir
de todo un pueblo. Por reflejar verdades, deseos y anhelos de un pueblo que supo
librarse, estimamos que esta obra ha de ayudar grandemente al conocimiento pleno
del objetivo que perseguían y las razones que movían a los compañeros
del Moncada cuando se lanzaron al ataque de aquella fortaleza militar. Después
de haber sido leído este libro por varios participantes del hecho, nos
sentimos con absoluta tranquilidad histórica, ya que los aspectos más
importantes se encuentran reflejados».
Ningún testimonio podría avalar con mayor autoridad la exactitud
de los hechos descritos por Marta Rojas, que los de estos ejemplares militantes
y combatientes de nuestra Revolución que, como se sabe, tomaron parte activa
y directa en la acción del Moncada ?lo cual constituye un respaldo que
muchos historiadores podrían envidiar a quien tuvo la fortuna de poder
escribir este tomo sin recurrir a documentos de segunda mano.
Ágil y talentosa escritora, de profunda vocación periodística,
mirada sagaz, estilo directo y preciso, don de mostrar muchas cosas con pocas
palabras, Marta Rojas pertenece a la raza de reporteros a quien rendía
homenaje Hemingway cuando observaba que, en Normandía, durante el desembarco
al que asistió en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial,
algunos corresponsales de la prensa lo aventajaban en rapidez de observación
y poder de síntesis, declarando que, en fin de cuentas, ellos ?y no él?
serían, a la postre, los mejores novelistas de aquel acontecimiento...
Cierta vez, en 1967, cuando ambos aportamos nuestros testimonios acerca de las
atrocidades cometidas por las tropas norteamericanas en la Guerra de Viet Nam,
pude apreciar la elocuente concisión del discurso pronunciado por Marta
Rojas ante el Tribunal Russell, reunido en Estocolmo. Otras oportunidades tuve,
más tarde, de leer algunas de las muchas páginas consagradas por
ella al comentario y reseña de palpitantes acontecimientos de la historia
contemporánea, admirándome siempre ante su vivo talento y su singular
dominio del oficio.
En el presente libro, los ejemplos de un gran estilo periodístico se nos
ofrecen en cada página. Veamos, por ejemplo, esta magistral entrada en
materia, rápida y sobrecogedora como una visión cinematográfica:
«A todos los condujeron esposados a la Sala de Justicia. El ruido metálico
que sobresaltó al público había sido producido por las cadenas
cromadas que aprisionaban más de cien muñecas. Fidel hizo un alto
para tratar de hablarle al tribunal, y los guardias, en actitud de zafarrancho
de combate, rastrillaron sus armas. Había doscientos de ellos dentro de
la Sala del Pleno ?un aposento rectangular de quince metros de largo por siete
de ancho? y muchos más afuera. Harían un total de seiscientos los
guardias que ocupaban la manzana donde estaba situado el Palacio de Justicia.»
Ha empezado a representarse el drama. En diez líneas, Marta Rojas ha plantado
el decorado, dando entrada inmediata a la acción en una atmósfera
cargada de amenazas... Prosigue el juicio, y la periodista nos mantendrá
en la misma tónica de extrema tensión: «...Llegó el sábado
y la guardia blindada volvió a sus puestos. En la Audiencia coparon la
azotea, el sótano y hasta los servicios sanitarios. Los empleados del Palacio
de Justicia, los abogados, los familiares de los acusados, y los periodistas que
asistíamos al juicio veíamos entrar a los moncadistas desde la terraza
interior del segundo piso de la Audiencia que da al patio central del edificio,
recién inaugurado entonces, cuyas áreas verdes estaban ralas; en
el patio solo un pequeño arbusto débil y delgado pugnaba por crecer.»
Aquí, Marta Rojas, novelista por instinto, utiliza el elemento accesorio
y menudo (el de la magra vegetación) para dar mayor relieve a la acción
humana... y se llega al momento en que Fidel Castro va a pronunciar el histórico
discurso de La historia me Absolverá: «Los empleados del hospital y los
escoltas comenzaron a ocupar posiciones para verlo y oírlo; eso lo hacían
por mera curiosidad al principio, luego su informe iba despertando tanto interés
que los puestos se rotaban entre ellos para que todos escucharan algo. Así
inició (Fidel) su histórico alegato, y a medida que su palabra se
extendía, crecía la impaciencia por escucharlo aún más.
Hablaba un lenguaje distinto (...) Luego, el propio Fidel reconstruirá
su autodefensa durante su prisión en Isla de Pinos. En pequeños
papeles escritos de su puño y letra con jugo de limón, hizo llegar
su manuscrito a Haydée y Melba, quienes con la ayuda de otros compañeros,
lo hicieron editar en 1954, y se distribuyó clandestinamente...» Y, a continuación,
el texto completo del discurso, traducido hoy a tantos idiomas, comentado por
tantos historiadores contemporáneos, que cerró el ciclo de dramáticas
jornadas que hubo de hallar en Marta Rojas su cronista ante la posteridad.
Y ella misma añadiría, a modo de reflexión personal: «El
epílogo del proceso sería la Revolución triunfante, unos
seis años después... Aquella mañana de octubre culminó
el ciclo del Moncada, la semilla de la Revolución esparcida y abonada con
la sangre de los mártires del 26 de Julio de 1953 germinaba por primera
vez en un instrumento teórico capaz de nuclear a un pueblo y armarlo para
conquistar la victoria escamoteada a los cubanos por varias generaciones que precedieron
a la del Centenario de Martí.»
Quien, en el futuro, quiera informarse acerca del histórico Juicio del
Moncada, tendrá que acudir, pro fuerza, a la crónica de Marta Rojas,
testimonio elocuente y fidedigno de un trascendental acontecimiento.
Permítame Marta Rojas señalar una asombrosa coincidencia que se
me hace evidente al leer una frase suya: «El epílogo del suceso sería
la Revolución triunfante, unos seis años después.»
Un día 3 de diciembre de 1911 tuvo lugar, en París, el entierro
de Laura y Paul Lafargue ?siendo inútil recordar aquí que Paul Lafargue
era aquel revolucionario, yerno de Karl Marx, nacido en Santiago de Cuba, nieto
de mestiza caribeña, orgulloso de «la sangre de razas oprimidas que le
corrían en las venas» que, después de haber combatido con la Comuna,
tan activo papel desempeñó en el desarrollo del movimiento socialista
en Francia. Y quien tomó la palabra, sobre la tumba, para hacer su elogio,
fue nadie menos que Lenin. Y en su discurso dijo Lenin: «Para nosotros, rusos,
que conocimos la opresión del absolutismo impregnado de barbarie asiática,
y que tuvimos la suerte de hallar, en la sobras de Lafargue y de sus amigos un
acontecimiento directo de la experiencia y del pensamiento revolucionario de los
trabajadores europeos, nos resulta, ahora, particularmente evidente que la victoria
de la causa a la cual Lafargue consagró su vida se aproxima rápidamente.»
Quiero recordar que esto decía Lenin en 1911. Y que la Gran Revolución
de Octubre se produjo, muy exactamente, seis años después.
Seis años después como, muy exactamente también, se asistió
al triunfo de la Revolución cubana seis años después de que
el futuro Comandante Fidel Castro dijera a sus jueces de Santiago: «Condenadme,
no importa, la historia me absolverá.»
Los anales de los pueblos suelen ofrecernos esos extraordinarios paralelos.