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22 de octubre del 2003
Otra pelea cubana...
Guillermo Rodríguez Rivera. La Jiribilla
Son muchas ya, desde que el país es país... Esta vez el contrincante
es la culta Unión Europea.
Cuando hace muchos años leí ese hermosísimo libro que es
El mundo de ayer, de Stefan Zweig, acaso en él aprendí
a admirar como nunca a la Europa a la que, necesariamente, todo escritor cubano
tiene que admirar. Si el músico popular de nuestro país tiene
más que deberle a África que a Europa, el escritor tiene en ese
abuelo que también nombró Nicolás Guillén -el abuelo
blanco- la principal herencia que informa su trabajo. ¿Cómo explicar
el trabajo de José Martí, Alejo Carpentier, José Lezama
Lima, Virgilio Piñera, Onelio Jorge Cardoso o el propio Guillén
sin Europa?
Seguramente fue primero la raíz española como nutriente de nuestra
literatura - empezando por la lengua que hablamos- pero, ya a partir de nuestro
modernismo, no será solo España la que deje una huella decisiva
en Cuba y en América Latina, sino que Francia, Inglaterra, Alemania del
mismo modo que los Estados Unidos (parte esencial de la que Martí llamó
«la América europea»), dejarán una impronta que irá a nutrir
nuestra identidad.
En el libro de Zweig que mencionaba, es impresionante la belleza y la seguridad
de ese mundo -el de la belle epoque- brutalmente abatido por el desastre
de la Primera Guerra Mundial, para luego pasar al infernal proceso de la Segunda,
en el que los europeos vieron multiplicarse los campos de concentración
que Valeriano Weyler había diseñado por vez primera en Cuba.
Acaso al finalizar el horrible siglo XX los europeos quisieron dar vida al sueño
de la Europa unida que imperaba, casi como una utopía que alguna vez
fue, en las inolvidables páginas de Zweig. Lo han hecho, a pesar de los
defectos que podamos hallarle al fruto de esa unión, que no son pocos.
Después de matarse entre sí, de masacrarse los unos a los otros,
los ciudadanos de la culta Europa -en la que se generaron también las
más sofisticadas maneras de torturar y asesinar-, prefirieron unirse,
poner el énfasis en sus comunidades y no en sus diferencias y presentar
una sola cara ante el mundo.
Utopía aparte, era una decisión bien pensada, animada por un clarísimo
espíritu práctico. Los países pequeños sufren atrozmente.
Permanentemente tienen que estar reclamando una soberanía y una independencia
que los mayores no quieren reconocerles. Es siempre fácil pasar por encima
de los pequeños, abusar de su indefensión y ampliar a costa de
ellos los dominios o los negocios del país grande, que siempre son los
de los poderosos del país grande.
Alrededor de cuarenta años después de la última guerra
que tuvieron, los países de Europa completaron su unión.
Apareció el proyecto en medio de la Guerra Fría, del permanente
enfrentamiento de la URSS y los EE.UU., y Europa quiso aparecer como una entidad
suficiente. Su poderío económico la convertía, unida, en
una clara potencia mundial que, con la unidad de sus países, podía
hablar de tú a tú con las dos superpotencias.
El primer error de las naciones europeas fue el mantener incólume en
la última década, junto a su voluntad de acceder a una unión
económica y política, esa confabulación militar en torno
a Estados Unidos que ha parado por ser la OTAN.
La OTAN fue la inevitable contrapartida del Pacto de Varsovia, o al revés,
que agrupaba a los países de la Europa socialista junto a la URSS. Cuando
entre los últimos años de la década de los ochenta y los
primeros de la de los noventa desaparece, no ya el Pacto, sino el propio sistema
socialista, la OTAN había perdido su auténtica razón de
ser; pero es muy difícil, para los grandes productores de armas, no usarlas.
La OTAN buscó nuevos sitios donde emplear esas armas y, desde 1991 al
2003, al menos cuatro guerras han sido libradas por los EE.UU., que es su indiscutible
líder: la campaña contra Iraq por la anexión de Kuwait;
la guerra contra Serbia por el asunto albanés en Kosovo; la liquidación
del régimen talibán en Afganistán después de los
atentados del 11 de septiembre de 2001, y finalmente la invasión de Iraq
por Estados Unidos y la Gran Bretaña, con el apoyo de España e
Italia.
La última guerra, enmarcada en una filosofía mayor de «lucha contra
el terrorismo» y de «guerras preventivas», y amparada por la supuesta existencia
en Iraq de «armas de destrucción masiva» que los inspectores de la ONU
nunca encontraron y que no han aparecido tras el derrocamiento del régimen
de Saddam Hussein, no pudo ser ya librada con el apoyo de la OTAN, y provocó
una significativa ruptura en la unidad europea.
El Consejo de Seguridad de la ONU no aprobó nunca la resolución
que autorizaba el ataque, y países miembros de la OTAN, como Francia
y Alemania, y con derecho al veto dentro del Órgano ejecutivo de Naciones
Unidas, como Rusia y la propia Francia, se separaron en el seno de la Unión
Europea de aquellos que cohonestaron la invasión al país árabe,
como Inglaterra, España e Italia.
La situación actual de Europa es de franco desequilibrio. Por una parte,
se ha quebrado el carácter conjunto de la política de la Unión.
La quiebra no está tanto definida por la alianza de los ingleses con
los EE.UU.; después de todo, por encima de considerarse europeos, los
ingleses siempre han postulado ser british. No es raro que ocurra así
con el país que nunca ha suscrito el Tratado de Schengen, que permite
la libre circulación en todos los países de la Unión a
los ciudadanos de cualquiera de ellos, y la validez para todos del visado otorgado
para uno, y que tampoco se ha sumado a la adopción de la moneda común.
Si los ingleses simplemente han mantenido y acentuado su conducta tradicional,
la quiebra más honda de la política de la Unión es la que
han producido los Gobiernos de España e Italia.
Europa, por otra parte, no parece tener en los tiempos que corren un líder
con el poder aglutinador, con la capacidad de convocatoria y con la independencia
que tuvo años atrás un Charles de Gaulle.
Quisiera destinar las páginas que le van quedando a este artículo
a tratar de entender por qué ha sido España, además, la
principal promotora de las sanciones contra Cuba que recientemente adoptó
la Unión Europea.
Quisiera proclamar de entrada que, además de haber impartido durante
muchos años diversos cursos sobre la literatura española, siempre
me he sentido maravillosamente bien en ese país. Desde 1983, cuando lo
visité por primera vez. Escribí, hace años, mi tesis de
doctorado sobre la obra de un excelente poeta gallego: Celso Emilio Ferreiro.
Tengo en casi todas las regiones de España, excelentes amigos y colegas
de las más diversas filiaciones políticas, y espero seguirlos
manteniendo.
Evidentemente, España tiene un peso específico en lo que respecta
a las relaciones de la Unión con Hispanoamérica. Fue nuestra vieja
Metrópoli y hablamos el idioma que aprendimos de ella. Es lógico
que la Unión la atienda especialmente en lo que respecta a sus relaciones
con esta parte del mundo.
En Cuba, especialmente -no casualmente fuimos la última de las colonias-
son miles los cubanos que tienen, bien cerca, algún familiar español.
Algo semejante ocurre en España.
José María Aznar fue, en 1996, el gran beneficiario del voto de
castigo que la mayoría de los españoles inflingió al PSOE,
el partido gobernante desde 1982.
La corrupción entronizada en el Gobierno y el caso de los GAL -las ejecuciones
sin juicio aplicadas a los militantes de ETA-, fueron factores decisivos en
esa derrota.
Hombre que por tradición familiar pertenece a la clarísima derecha
española (su familia fue en Cuba la fundadora y la propietaria del más
reaccionario de los periódicos en la historia de nuestro país,
el Diario de la Marina), la campaña electoral de Aznar contó
desde el primer momento con el financiamiento de la Fundación Nacional
Cubano-Americana, que lógicamente veía en él a un político
que favorecería sus posiciones con respecto a Cuba.
Pero entonces estaba gobernando en EE.UU el liberal William Clinton. El punto
de giro para el cambio en Aznar, tanto en lo que respecta a Europa como en lo
que tiene que ver con Cuba, está en el ascenso a la presidencia de George
W. Bush. Fue el momento indicado para que Aznar pudiera «salir del closet».
Bush Jr. ha sido el único presidente no-electo de los EE.UU. Por unos
pocos votos obtuvo la decisiva victoria en el estado de La Florida, donde se
alteraron listas, se perdieron urnas y se coaccionó a electores negros
para que no ejercieran el sufragio.
Aún así, el Presidente tuvo que ser designado por la Supreme
Court, en la que los cinco magistrados republicanos dominaron sobre los
cuatro demócratas.
Ocurría que el nuevo mandatario norteamericano había triunfado
con el apoyo de los mismos amigos cubanos que contribuyeron a costear el ascenso
al poder de Aznar. Las almas gemelas, ¿qué pueden hacer sino encontrarse?
Cuando después del 11 de septiembre de 2001 Bush halló el momento
adecuado para convocar a una cruzada contra el terrorismo, era lógico
que el spanish little brother se convirtiera en un ayudante ideal.
Pero lo interesante fue que, tras la invasión a Iraq, la Unión
Europea también necesitaba de los servicios del Presidente español.
Las relaciones con los EE.UU. habían sido resquebrajadas porque, la gran
potencia, no aceptaba que países a los que trataba cada vez más
como subordinados fueran capaces de desmarcarse de una acción propuesta
y ejecutada por Washington.
Aznar comprendió claramente que Cuba era la solución.
Si bien los europeos no quisieron acudir al llamado invasor de Bush, ni quieren
contribuir con la correspondiente cuota de cadáveres a la peligrosísima
situación del Iraq ocupado, donde no van a tener capacidad de tomar decisiones,
Cuba podía ser un oblicuo y barato instrumento de cambio.
Oblicuo porque sancionar a Cuba constituía un apoyo lateral a Bush y
en un tema que es especialmente espinoso para su administración.
El Gobierno de los EE.UU. ha tomado tantas medidas contra la Revolución
cubana que ya, prácticamente, ha agotado sus posibilidades: no le quedan
sanciones que aplicar.
Después de las sanciones penales a los disidentes que en Cuba respondían
a instrucciones de la Sección de intereses norteamericana, Bush no consiguió
reducir el comercio en medicinas y alimentos con Cuba, porque los productores
norteamericanos de esos artículos que comercian con nuestro país
presionan fuertemente para no renunciar a un mercado que para ellos se hace
cada vez más importante; los cubanos que envían remesas de dólares
a sus familiares en Cuba seguramente no van a atender una medida del Gobierno
norteamericano que aspira a que dejen a la madre, al hijo o la hermana que viven
en la Isla, sin recursos. Finalmente, las universidades norteamericanas en modo
alguno quieren permitir que se les prohíba a sus estudiantes el hacer
cursos en las universidades cubanas. A la inversa, la reciente reunión
de rectores cubanos y norteamericanos demostró que el destino de esas
relaciones es ampliarse. Hacía falta pues, que otros sancionaran.
Así, Bush tiene que aceptar las «sanciones de consolación» que
le ofrece la Unión Europea. Sanciones baratas, como he dicho.
España es el principal inversor europeo en Cuba, y el Gobierno español
para nada puede afectar esas inversiones que se apoyan, por supuesto, en el
mutuo beneficio de Cuba y de los inversores españoles. Con las sanciones
del Gobierno español, no perderán un centavo ni las firmas españolas
ni el Estado cubano.
Si acaso, lo que sobrevendrá será el aburrimiento de los diplomáticos
españoles quienes, ahora invitan a los disidentes a las fiestas de la
Embajada, en la recepción del 12 de octubre, donde tienen entonces que
charlar con Oswaldo Payá y no con la bella Zenaida Romeu. La pelea pues,
es de poca monta y va a durar lo que duren sus promotores, Mr. George y don
José María. A ver cuánto.