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4 de agosto del 2003
Cuba y El País
La "nueva " posición de
El país
M. H. Lagarde
La Jiribilla
Para estar a tono con el «consenso» de la «nueva» posición europea, el
alguna vez respetado periódico español El País,
ha devenido una suerte de propagador de invenciones. Por lo visto, al ejecutar
su cruzada propagandística contra Cuba, no desestima ni siquiera las
falacias provenientes de una fuente como la revista Encuentro, una publicación
financiada por la National Endowment for Democracy (NED), agencia que como ha
sido denunciado por diversos medios, entre ellos The New York Times,
le sirve de paraguas financiero a la CIA.
A El País no le bastó promocionar el pasado día
30 el contenido del último número de Encuentro en la nota
titulada «La represión de Castro, objeto de estudio de una revista cubana»,
sino que un día después continuó su maniobra publicitaria
con la publicación de otra información de similar contenido: «Encuentro
de la Cultura Cubana renueva su protesta contra Castro». Prácticamente,
la misma noticia repetida dos veces.
Ya se sabe que la conexión de El País con la revista Encuentro
no es nueva y mucho menos casual. Desde mucho antes de la creación de
ese otro invento que es el «consenso» europeo, el periódico sirve de
amplificador a la campaña norteamericana contra Cuba. La historia tiene
ya algunos años. De acuerdo con el filósofo alemán radicado
en México Heinz Dieterich: «La constante labor subversiva de Aznar contra
el gobierno cubano no es, por supuesto, ni singular, ni nueva. La política
subimperialista española frente a América Latina comenzó
con Felipe González, con el apoyo del conglomerado mediático 'Grupo
Prisa', al cual pertenece el diario El País».
Pero lo más curioso del caso es la manera en que el periódico
subordina su política editorial a este tipo de propaganda. Como si no
bastara la insólita frecuencia —que supera la de cualquier otro colaborador—
con que el codirector de Encuentro dispone de las páginas del
periódico para escribir cualquier falsedad sobre Cuba y su historia,
el pasado abril, Juan Luis Cebrián —antiguo director de los servicios
informativos de la Televisión franquista y hoy consejero de la poderosa
multinacional PRISA—, el mismo personaje que organizó la campaña
apoyando el golpe de estado de Carmona en Venezuela, se dedicó a realizar
una maniobra de desinformación similar contra Cuba.
Fue El País el primero y el único periódico más
o menos importante que reprodujo la carta redactada por Encuentro en
contra de los arrestos de 75 mercenarios y las penas de muerte de tres terroristas.
Lo hizo con una ingenuidad indigna de una publicación que se respete.
Entre la larga lista de firmantes, entre los que se encontraban además
de la del propio consejero de PRISA, una buena parte de la plana mayor del diario
y sus colaboradores: Joaquin Estefanía, Juan Cruz, Antonio Elorza, Rosa
Montero y Vicente Verdú, entre otros, figuraban personas a las que jamás
se les había consultado ni compartían, como declararon después
públicamente, el contenido de la misiva. El ejemplo más representativo
fue el del coordinador general de la Izquierda Unida española, Gaspar
Llamazares.
Ahora, en la sonada promoción de la revista dedicada a repetir, al estilo
de Goebbels, las calumnias y mentiras lanzadas contra Cuba, El País
asume la «objetiva» posición de servirle de eco a las infamias de una
publicación que pagan, con casi un millón de dólares anuales,
la Fundación Ford, la NED y el gobierno español para ser utilizada
como instrumento de la campaña de agresiones contra Cuba.
Además de los consabidos infundios sobre la Isla que se repiten en ambos
reportes, lo más significativo es la desfachatez con que sus editores
aceptan que Encuentro incluya, entre los que rompieron con la Isla a
raíz de los sucesos de abril, al intelectual uruguayo Mario Benedetti.
Sin duda, ya no solo se trata, como asegurara hace poco en Buenos Aires el politólogo
norteamericano James Petras, de un periódico que odia visceralmente a
Cuba o que la empresa que lo dirige comparta acciones con la Fundación
cubano-americana de Miami, por lo que tiene «un interés particular en
publicar cualquier ensayo de cualquier persona, individuo, izquierdista, ex
izquierdista contra Cuba», sino que además, —a golpe de cínicos
subterfugios—, incluye entre sus cofrades, como si no le bastara su corte anticubana,
a alguien como Mario Benedetti que en medio de esta atroz campaña se
ha pronunciado reiteradamente en defensa de Cuba. Declaraciones que por cierto
ha ignorado El País, como también lo ha hecho con las de
Ernesto Cardenal y Augusto Roa Bastos, entre muchos otros.
Como inferimos al inicio, el «ético» proceder de ese diario no puede
separarse de la «nueva» política hacia Cuba que, según el asesor
del presidente Bush, Otto Reich, se dirige ahora desde Madrid. En los últimos
meses, no hay edición de El País que no cuente con uno
o más trabajos dedicados a tergiversar la realidad cubana. Y mientras
el periódico abre sus páginas —también casualmente—, a
los bien pagados colaboradores de Encuentro para que defiendan a los
empleados norteamericanos encauzados en Cuba, o recorta y manipula a su conveniencia
los criterios sobre el tema que solicitara su corresponsal en La Habana escritores
de la Isla, le sigue escatimando el espacio a cualquier opinión procedente
de Cuba.
Además de los casos ya publicados en esta misma revista, entre las censuras
más recientes se encuentra la del texto enviado a solicitud del diario
por el poeta y ensayista Guillermo Rodríguez Rivera. Un destino similar
tuvo el trabajo «De la Bastilla a Bruselas» del filósofo Fernando Martínez
Heredia, solicitado originalmente para el espacio de Opinión, el que
luego de cambiarle el título y extirparle varios fragmentos, solo apareció
publicado en la sección de cartas al director.
El colmo es que, cuando se refiere a Cuba, la burda manipulación de El
País no se limita a los pensadores y escritores que se atrevan a
defender a la Isla. Hace solo unos días la sección Cartas al director
dio a conocer la reclamación del catedrático de pensamiento político
de la Universidad Complutense, Antonio Elorza, sobre el tratamiento que recibiera
un artículo suyo en el periódico. Según el autor, que no
es un defensor de Cuba ni nada que se le asemeje, en su texto sobre el asalto
al cuartel Moncada no solo se incluyó una errata sobre algo que él
no había escrito «de ninguna forma» en su trabajo, sino que además
le agregaron algunas disparatadas expresiones: «tampoco, lógicamente,
hablé de 'la toma del Moncada', que no fue tomado». Y concluye: «el título:
'El cuartelazo que parió el castrismo' tampoco es mío. Me importa
subrayarlo porque a mi juicio el asalto de unos civiles a un cuartel no es un
cuartelazo. Entiendo por cuartelazo el golpe militar ejecutado a partir de la
sublevación de uno o varios acuartelamientos, lo cual encaja con el golpe
de Batista en 1952, pero no con la acción de Fidel Castro».
Todos estos impudorosos errores y manejos dejan al descubierto lo que para algunos
empieza a tornarse obvio: «no es muy difícil parecer progresista cuando
el referente es Franco o Pinochet (hasta un Garzón puede intentarlo),
y tampoco es muy difícil parecer un periódico serio cuando la
competencia es El Mundo, ABC o La Razón. Tal vez
por eso muchas personas de izquierdas hemos visto en El País,
durante años, nuestra única opción dentro de la prensa
española de gran tirada. Pero su rápida degradación tras
el 11-S, que culminó con su canallesco apoyo a los golpistas venezolanos,
nos ha llevado a repudiarlo con una mezcla de consternación y repugnancia.
Consternación y repugnancia que desde entonces no han hecho más
que crecer, y que han alcanzado un máximo difícilmente superable
ante la criminalización de Cuba orquestada por el diario y su 'cuadra'
(nunca mejor dicho) de columnistas». (Irene Amador y Carlo Frabetti en www.rebelion.org)
Los editores de El País deberían pensar mejor hasta qué
punto resulta efectiva la burda campaña anticubana y si la misma, antes
de conseguir el fin que se propone, no contribuirá a acabar con el poco
prestigio que le queda al periódico.
Cada vez son más los lectores que descubren que ahora, cuando las agresiones
diseñadas en Washington llegan a la Isla por los caminos de Roma, Bruselas
o Madrid, a El País se le ha confiado el sucio papel de convertirse,
de una vez por todas, en un órgano propagandístico de la contrarrevolución
cubana.