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23 de noviembre del 2003
Cuba, el Imperio y la seguridad nacional
Armando Chaguaceda Noriega
La Jiribilla
Por estos tiempos, cuando a ratos creemos haberlo visto y escuchado casi todo,
ciertos vientos «asépticos, postmodernos y civilizados» nos deparan interesantes
sorpresas. Uno de ellos es la reducción y manipulación que de
algunos conceptos se hace en los predios del capitalismo mundial. En especial,
y con renovado protagonismo, el de seguridad nacional se desfigura y enarbola
por la elite estadounidense en su ofensiva global desencadenada después
del 11 de septiembre del 2001.
De tal forma es preciso recordar que las múltiples seguridades nacionales,
como esferas particulares que se interconectan en la complicada telaraña
de las relaciones internacionales1, no son expresión de un concepto reducido
y agotable desde la unilateralidad. Más bien se nos presenta como una
noción de multidimensionalidad, un espacio que abarca esferas ideoculturales
y socioeconómicas, ambientales y mediáticas, militares y geopolíticas
que definen los marcos objetivos de sobrevivencia y desarrollo de un país
cualquiera en los complejos escenarios de un mundo relativamente unipolar y,
ciertamente, asimétrico. Lo que sucede es que en ese variopinto concierto
de naciones solo existe una cuyos «intereses legítimos», representados
como acceso privilegiado a fuentes de materias primas, inversiones de capital
y control de posiciones geográficas estratégicas, le inducen constantemente
a interferir, amenazar y violar constantemente la seguridad nacional de las
otras (incluidos sus propios aliados) mediante el empleo de una panoplia de
medios donde se privilegia el uso de la fuerza. Esa nación es EE.UU.
De hecho la incorporación activa del término al lenguaje politológico
mundial se debe, en buena medida, a los círculos de poder estadounidenses
y en especial a las instancias analítico- planificadoras de la estrategia,
nacidas al calor de la Guerra Fría en el período 1945-1989. Su
cabeza rectora es el Consejo de Seguridad Nacional, especie de conciliábulo
integrado por el Presidente y los máximos responsables (Secretarios)
de la Política exterior y la Defensa, los directivos de órganos
de la comunidad de inteligencia y el general encargado de presidir la Junta
de Jefes de Estado Mayor. Ente este que ha estado a cargo de la toma de decisiones
en las crisis y conflictos donde se ha involucrado el imperialismo norteamericano
desde el Líbano a Corea, pasando por Cuba y Vietnam, hasta Kosovo e Iraq.
Fue este mismo órgano el que definió en su memorándum NSC-
68 lo que serían las líneas directrices de la política
exterior yanqui: la creación de un entorno mundial donde pudiera sobrevivir
y florecer el sistema norteamericano. Para ello era preciso desarrollar dos
políticas subsidiarias consistentes en, por un lado, garantizar el acceso
a las rutas comerciales y los recursos del Tercer Mundo (mediante la contención
de los emergentes movimientos de liberación y, eventualmente, de gobiernos
nacionalistas) y, complementando lo anterior, detener el fortalecimiento y avance
del campo socialista, promoviendo la crisis e implosión del mismo. Huelga
comentar que lamentablemente estos objetivos de claro cariz injerencista fueron
parcialmente cumplidos lo que nos ha llevado a la situación actual de
inseguridad y creciente agresividad en las relaciones internacionales2.
El 11 de septiembre, cualquiera que haya sido el origen de los execrables atentados,
sirvió como pretexto, catalizador de consenso interno y externo, para
imprimir un mayor giro hacia la derechización y militarización
de la política exterior de la superpotencia. La «Doctrina del Ataque
Preventivo», enunciada como nueva política de estado por quienes hace
rato la practicaban con mayor o menor intensidad y coherencia, tuvo su preparación
y anticipo en el programa de la nueva administración Bush desde mucho
antes del atentado a las Torres Gemelas y el Pentágono. Por ello se torna
posible (y necesario) encontrar un conjunto de hilos conductores en la proyección
de fuerza de los EE. UU. que nos permitan comprender el modus operandi de sus
agentes porque, como nos enseñó el cubano más lúcido
de todos los tiempos, José Martí, en política lo real es
lo que no se ve y lo esencial es prever. Así podríamos reconocer
que en los últimos 20 años:
1- Todas las intervenciones militares han estado precedidas por enormes e intensas
campañas de legitimación con la creación de pretextos (violaciones
de los derechos humanos, amenaza a la vida y propiedad de ciudadanos estadounidenses,
promoción del terrorismo, existencia de armas de exterminio masivo, etcétera.)
o la magnificación de factores reales aprovechando el control mayoritario
de los mass media por la elite político-económica yanqui.
2- Se han procurado adversarios militarmente insignificantes, limitados en las
capacidades ofensivas o de asimilación de las nuevas tecnologías
de mando, guerra electrónica y cibercombate. En no pocos casos se ha
aprovechado la existencia de fisuras en el tejido social o en la elite dirigente
o el efecto acumulativo de regímenes de sanciones internacionales. En
todos los ejemplos se ha agredido a naciones despojadas de cualquier posibilidad
de ayuda exterior apreciable.
3- Las naciones han sido sometidas a violentas campañas de ataques aéreos
masivos, realizados desde alturas de 10 mil pies, alejados del alcance de las
armas antiaéreas más comunes en los arsenales de los países
tercermundistas, con profuso empleo del armamento «inteligente» y artilugios
de alta capacidad destructora3, particularmente devastadores con la población
civil. Los combates terrestres han sido una opción asumida cuando se
supone el total control del espacio aéreo sobre el campo de batalla,
en condiciones de superioridad numérica de infantería y recurriendo
a la saturación de las posiciones adversarias mediante el empleo del
napalm, helicópteros de apoyo, misiles, etcétera.
4- Se ha evidenciado un absoluto desprecio a las normas del Derecho Internacional
(incluido el humanitario) evidenciados, por tomar solo unos ejemplos, en el
ataque a columnas de refugiados kosovares y afganos, el bombardeo de un refugio
en Bagdad, en 1991 que implicó, según diversas fuentes, unos 400
muertos civiles o el lanzamiento de misiles contra la embajada china en Belgrado
en 1999, acto evidentemente deliberado por el tamaño, ubicación
y clara identificación del objetivo.
Si realizamos un somero análisis de estudios de caso podemos ratificar
lo anteriormente expuesto. En 1983, durante la invasión a la pequeña
isla de Granada, se trataba de un país cuya población total era
varias veces menor que el efectivo del ejército estadounidense, y que
disponía para su defensa de un poder de fuego inferior al de las estaciones
de policía de la ciudad de Nueva York. En la operación cínicamente
llamada «Causa Justa», en el Panamá de aquel 20 de diciembre de 1989,
los norteamericanos, no contentos con estrenar el caza furtivo F- 117 equipado
con bombas láser para burlar los radares en un país desprovisto
del más sencillo sistema de defensa aérea, tuvieron que concentrar
en las instalaciones del llamado Comando Sur una fuerza que triplicaba numéricamente
el potencial desplegado por las Fuerzas de Defensa Panameñas y los Batallones
de la Dignidad. Durante la operación «Tormenta del Desierto» los errores
políticos y la pésima conducción estratégica de
la dirección iraquí posibilitó el exitoso despliegue y
preparación de la agresión que incluyó la detallada simulación
previa de las misiones, el estudio del armamento y tácticas del país
árabe, así como la minimización de cualquier acción
de respuesta potencialmente eficaz, mas allá del simbólico lanzamiento
de los «terribles» y obsoletos misiles SCUD.
La crisis de Kosovo es uno de los capítulos donde se ponen de manifiesto
los argumentos ya señalados. La intervención occidental en la
convulsa región balcánica estuvo en la mesa de los planificadores
de la OTAN desde la desintegración de la República Socialista
Federativa Yugoslava en 1991, pero esta fue desechada por un conjunto de diferentes
factores donde se privilegiaba el evitar un descalabro en un territorio montañoso
y militarmente acondicionado, habitado por un pueblo de sólidas tradiciones
combativas y dotado, entonces, de un ejército numeroso y bien equipado.
Hubo que esperar el saldo de ocho años de sanciones de la ONU con su
secuela de erosión y envejecimiento en todos los campos (incluido el
técnico-militar), las sucesivas derrotas de los enclaves serbios de Bosnia
y Croacia abandonados a su suerte por una maniatada Serbia, el fomento de una
oposición interna estimulada y apoyada por Occidente para, en medio de
la crisis secesionista generada en el territorio de Kosovo, llevar a cabo el
asalto final a una Yugoslavia debilitada.
En el caso contrario, los EE.UU. han demostrado moderación cuando prevé
un alto costo para una aventura bélica, a despecho de cualquier acusación
de doble rasero. Por ejemplo, justo cuando a Iraq se le ponían condiciones
cada vez más difíciles de satisfacer, al precio de perder la escasa
soberanía que le quedaba; los dirigentes norteamericanos expresaban,
después de esgrimir en su contra la tradicional retórica fundamentada
en la acusación y la amenaza, la decisión de negociar posiciones
con uno de sus más vituperados enemigos «honorablemente» incluido por
el Bush en el selecto «Eje del Mal». Por supuesto, que nos referimos a la República
Popular Democrática de Corea, adversario resuelto de los intereses imperialistas,
con población masivamente preparada y encuadrada, equipado con una fuerza
misilística y suficiente armamento convencional como para barrer la parte
sur de la península en un Teatro de Operaciones accidentado, reducido
y estrecho, difícil para desarrollar el concepto de ofensiva aeroterrestre
profunda de los norteamericanos.
Y, entonces, habiendo analizado los marcos referenciales, podemos volver a nuestro
tema de inicio y escudriñar el caso cubano. En primerísimo lugar
hay que reconocer que Cuba no tiene no solo el deseo, sino tampoco las capacidades
para ser una potencial amenaza para su poderoso vecino. Después de 1991
fueron cortados los masivos suministros soviéticos, las capacidades aeronavales
(las únicas que pudieran infligir daño físico a los recursos
humanos y materiales estadounidenses en territorio de la Unión y aguas
adyacentes) han sido reducidas a un mínimo. En cuanto a las amenazas
biológicas e informáticas valdría la pena recordar en el
descrédito que terminó campaña desarrollada por el Subsecretario
de Estado, cuando no pudo presentar evidencias serias y fundamentadas ante la
invitación cubana a la prensa a visitar los laboratorios biotecnológicos
y de medicamentos. Por demás, la base de rastreo electrónico Lourdes
ha sido desactivada y sus instalaciones albergan ahora a una universidad civil
de informática, y numerosos militares estadounidenses (incluido el ex
jefe del Comando responsabilizado con el área geográfica donde
se encuentra Cuba) han visitado la Isla y declarado que no constituye una amenaza
para la seguridad nacional de los EE.UU.
Por si esto fuera poco, el presupuesto defensivo nacional es proporcionalmente
más reducido que el de otros países de la región no amenazados
militarmente por nadie, y nuestras fuerzas armadas han reducido su efectivo
permanente entre un 50 y 60 % según diversas fuentes. Lo que sí
no ha acaecido (como algunos quisieran) es un resquebrajamiento catastrófico
de nuestras capacidades de defensa, que facilitaran una intervención
imperialista. Túneles protectores, aumento de la fabricación,
reparación y modernización doméstica de armamento, readecuación
de la doctrina defensiva a las posibilidades y escenario reales donde se impone
más que una inmediata expulsión un desgaste sistemático
de los invasores, son respuestas en esta dirección. Las Fuerzas Armadas
Revolucionarias (FAR), además, se han revelado como una fuerza cohesionada,
con proyección de futuro y cabal comprensión de otras realidades
muy alejadas de los cañones como puede ser la economía. Organizadores
de la producción agraria más eficiente a escala estatal, pionera
en la experimentación de la necesaria autonomía empresarial y
con un sistema estable de formación, promoción y atención
a cuadros, son un factor activo en el presente y devenir de la nación.
Tan es así que, sagaz e irónicamente», son tomados en cuenta en
cualquier escenario futuro tanto por parte de los adversarios de la Revolución
cubana como por intelectuales alejados a nuestro actual sistema social.
Por ello propongo otra visión más objetiva de los problemas que
afectan a la seguridad nacional cubana, ajena a las sentencias de discursos
tristemente sesgados por el rencor, los torpes olvidos y la moda de decir lo
que es conveniente ante ciertos círculos de las metrópolis del
«mundo civilizado». Pensar que la dirección cubana, tradicionalmente
exitosa en desarrollar una política exterior responsable y solidaria,
combinando firmeza y mesura, es la mayor amenaza a la sobrevivencia de nuestra
gente es tan absurdo como esperar un ataque inminente de los Mig 29 en la Calle
8 o en Washington. Las problemáticas de la seguridad nacional amenazan
la estabilidad de múltiples estados (incluido Cuba), pero no se reducen
a la esfera militar y las decisiones de alta política, porque no pueden
escapar a consideraciones de muy diversa índole.
Un modelo económico en crisis, la carencia de una retroalimentación
social derivada del acceso publico al debate y la información o la postergación
de soluciones a los problemas cotidianos de los ciudadanos son suficientes variables
como para colapsar la ecuación de un estado armado hasta los dientes.
Nadie puede olvidar eso, porque parece ser la realidad cotidiana en demasiados
países de este mundo empobrecido. Pero aquí, en un rincón
soberano del Caribe, como en toda la realidad existen diferentes dimensiones
y escalas de valor. En la nuestra, un factor externo (la agresividad imperialista)
se convierte no en el único, pero sí en el principal reto actual
a nuestra seguridad nacional. Amenaza que se cierne no contra un proyecto político
u opción ideológica particulares, sino contra cualquier futuro
deseado de una nación cabalmente independiente.
Agosto de 2003
*El artículo nació del impacto provocado por la campaña
recién reverdecida (pero realmente nunca abandonada) donde se acusa a
Cuba de ser, con sus supuestas violaciones masivas de derechos humanos, febril
antimperialismo, etcétera, la fuente de amenazas no solo para los ideales
de la democracia y sus defensores occidentales, sino para su propio pueblo.
De ahí el carácter de mi respuesta. No obstante, deseo señalar
que el título intencionalmente lo hermana con un artículo similar
(en proceso editorial) donde desbrozo algunas aristas y repercusiones internas
del problema, y su relación con la actual situación del debate
y la información públicos en la Isla. Ambos se complementan, por
lo que los interesados pueden enviar sus opiniones, interrogantes o establecer
contacto sistemático a mi dirección E- mail. archanox2003@hotmail.com