45 AÑOS DE REVOLUCION SOCIALISTA Y DIGNIDAD

Las horas inolvidables del primero Memorias de quien, al abrir la puerta el primero de enero, se topó con la noticia de que todo empezaba a cambiar Luis Sexto

La noche en que Batista se fugó ni los borrachos andaban por las calles...

El general, renunciando a la última bala, había elegido el último de sus aspavientos napoleónicos: un golpe de Estado contra sí mismo. Y desde la escalerilla del DC3 de Aerovías Q, una de sus empresas con base en el aeropuerto militar de Columbia, repetía a sus cómplices los detalles claves del libreto que pretendía conservar su memoria y su régimen de "hombre fuerte". Después, la solitaria madrugada no sintió el ruido de aquella nave -y de dos más que la siguieron aventada de jerifaltes, lacayos y asesinos- fuera de itinerario. Y sigilosamente, ciertos personajes discaron luego sus teléfonos avisándose de que el Chief se había ido...
Todos sabíamos que la situación del país era la de un enfermo de gravedad que en las próximas 72 horas -plazo habitualmente médico- debía entrar en una crisis que decidiría su destino: o vive o muere.
La muerte tenía que ver también con que la gente no festejara en las calles el tránsito de un año a otro. Ese espacio de propósitos reformulados, esperanzas renovadas, promesas recalentadas en la probabilidad de un nuevo almanaque, era más íntimo, recoleto, familiar que nunca antes. En esos días, sobre todo en los últimos meses, los ciudadanos comunes podían convertirse en las víctimas trágicas de una equivocación, de un error que nadie jamás resarciría ante un tribunal.
Mamá y abuela comenzaban a angustiarse cuando, hacia las nueve de la noche, papá no había llegado del trabajo o de la búsqueda de un sitio donde trabajar. Una tardanza, una ruptura de los usos cotidianos, a veces significaba la diferencia entre la vida o la muerte, la integridad o la mutilación.
LA HISTORIA DE MANOLITO Aún me estremezco. ¿Con quién me habrán confundido? A decir verdad yo incluso evitaba hablar mal del gobierno. El color de mi bandera era el blanco. Quería vivir, gozar mi juventud. Aquel día esperaba un ómnibus de la ruta 4 en la avenida de 10 de Octubre y Acosta, cuando una radiopatrulla -una microonda, como decían en Santiago de Cuba- se detuvo delante de mí. Apenas unas pulgadas me separaban de un policía alto, sólido, de hombros cuadrados, con un bigote delgado como un fideo. El agente me observó hoscamente a través de la ventanilla. Se bajó. Levantaba una ametralladora Thompson sobre el hombro. Y me dijo: Oye, tú, negro, acompáñame, que hace tiempo te andamos buscando. ¿A mí, a mí? Si yo no me meto en nada, policía. Pues, sí, tú; vamos a ver si en la 14 se te van a olvidar las bombas que pusiste, fidelista de mierda... Ay, por su madre, agente. Yo soy un hombre de trabajo.
El policía me agarró por un brazo. Y entre alaridos -no me avergüenza confesarlo- empecé a forcejear, a resistirme. Es un error, es un error...
Pero mi nombre estuvo a punto de nombrar posteriormente una escuela. Allí, en la 14, el Niño Valdés, un matarife famoso en Arroyo Apolo y otras demarcaciones, se ensañaría apretándome los testículos hasta que, con ellos en la mano, ordenara arrojarme en una cuneta de la Calzada de San Miguel del Padrón. Eso yo lo sabía, por haberlo oído a mis amigos del barrio. Pero me salvó Elena. Mi vecina. Estaba cerca. Y apresurándose se interpuso entre el policía y yo. Déjelo, agente. Yo lo conozco. El policía la miró. La miró de modo que la fue registrando desde los ojos azules y anchos hasta las piernas compactas, macizas, y luego subió hasta las nalgas sobresalientes, insinuantes en la curva que se desplazaba desde la espalda como en una pendiente suave y redonda. ¿Lo conoce? Sí; es mi vecino; buen muchacho. Y qué garantías tengo, preguntó socarrón el policía. Yo misma; si usted quiere monto con usted; conversamos, le firmo un acta... No sé. Luego me ordenó: vete, vete. Elena sabría: trabajaba en uno de los prostíbulos más finos de La Habana, aunque me parece que le faltó el tiempo. El primero de enero ya asomaba...
COMO DE LA NOCHE AL DIA Esa madrugada tal vez algunos automóviles, cola'epatos de hijitos de Miramar, rodaban desalados por el Malecón. Quizás aún en el casino del Hotel Nacional, o en el cabaret del Capri, turistas y gángsteres norteamericanos, y profesionales de la nocturnidad inauguraban ese jueves, el año 1959. Unas horas más tarde, abierta ya la mañana, el año comenzaba como casi todos deseaban, pero como nadie podía imaginar, salvo los que recordaban el 12 de agosto de 1933.
De súbito, la noticia partió de la voz inquieta, alterada, de una emisora que se distinguía por su sobriedad. Radio Reloj tocó a la puerta de uno, dos, cien, mil hogares atrancados por el terror, o la cautela, o el apoyo militante a la insurrección que había pedido silencio en las navidades y el fin de año. La nota confirmaba lo que se escuchaba nebulosamente: ¡Batista se fue! ¡Se fue Batista! Y la felicitación tradicional de ese primer día del año, trastornó sus letras. Fidelidades, decía una vecina. Fidelidades, respondía el otro.
Allí, frente a la Decimocuarta estación, delante de un gentío enfervorizado y ante una decena de policías boquiabiertos -que al parecer vestían uniformes sin manchas de sangre-, un mulato muy joven del barrio subió a un poste del tenido eléctrico, en las avenidas de 10 de Octubre y María Auxiliadora, y puso a flotar los colores rojo y negro del Movimiento.
Las bodegas y los bares que habían abierto tímidamente, comenzaron a cerrar, y las amas de casa y los adolescentes, ese día sin escuelas, se arracimaron en la trastienda para avituallarse de luz brillante, alcohol, conservas. Las guaguas alargaron su frecuencia.
Empezaba la huelga.
Temprano, TeleMundo y el canal 12 iniciaron unas insólitas transmisiones revolucionarias que orientaban, en cada planta, Carlos Lechuga y Lisandro Otero. La CMQ, la emisora de radio y televisión más influyente, también estaba tomada. El capitán de milicias González Lanuza, atrincherado en el edificio de 23 y M, se preparaba para frustrar la amenaza del general Cantillo de desalojarlo por la fuerza. Los golpistas y los batistianos de segunda fase necesitaban los medios de comunicación. Pero ya los habían perdido.
Hacia la media mañana, la radio rebelde difundía la voz de Fidel desde Palma Soriano.
¡Revolución, sí; golpe militar, no! La gente iba hacia el centro de la ciudad habitada de pronto por las consignas, la cólera, el júbilo. Combatientes clandestinos del Movimiento irrumpían en las calles armados de revólveres, escopetas de caza, y luego de armas automáticas. En la Manzana de Gómez, un grupo de los llamados Tigres de Masferrer -periodista, senador, asesino- intentaba defenderse de la justicia.
La multitud, enardecida, operaba como un valladar frente al golpe de Estado concebido, como decía Fidel en su alocución, para arrebatarle la victoria al pueblo. Los signos e instrumentos de la opresión caían. Los dedos de los manifestantes señalaban a chivatos o delatores. Las manos destruían los parquímetros que, como metálicos ladrones, exigían en cada espacio libre que los conductores depositaran una moneda para estacionar su automóvil; despedazaban también las máquinas traganíqueles de las casas de juego. Mis tíos, desempleados desde hacía varios meses, llegaron a casa con los bolsillos inflados de piezas de 20 centavos y de a cinco.
Antes habían pasado por la calle Zapata. Un gentío que pretendía subir las faldas del Castillo del Príncipe, reclamaba la libertad de los presos políticos. ¡Muera Batista! ¡Viva la libertad! Aferrado a un enmohecido concepto de la disciplina militar, el coronel Pérez Clausell, supervisor del penal, sudaba de modo que la camisa de kaki amarillo se iba tornando oscura. Le temía a la muchedumbre apostada allí desde el amanecer. Pero no cedía, aunque tampoco ordenaba disparar. A las diez de la mañana, llegó la orden del tribunal de urgencia de liberar a los reclusos por causas políticas. Sin embargo, el jefe se negaba a liberar a todos los condenados políticos. Al mediodía, un custodio, conminado por un preso, rompió a cabillazos la reja principal de la prisión, y luego los golpes retorcieron otra, y otra... ¡Libertad, libertad! El aluvión era incontenible. Presos políticos y familiares, combatientes y presos políticos, se abrazaban, se saludaban. Apenas se oían entre sí. En el patio, los uniformes de los reclusos ardían en hogueras donde también se quemaba una época de dolor y vergüenza. Mientras, en su despacho, Pérez Clausell esperaba a que fueran las tres de la tarde para suicidarse... Eso, al menos, dijo a los periodistas.
Los muchachos habíamos estado todo el día en la calle. La voz, agrietada por los gritos; las piernas, flojas por las carreras. Algunos cosimos pedazos de tela roja y negra y nos los atamos al brazo izquierdo. Al atardecer, ya las milicias del 26 de Julio habían tomado la 14. Con su diseño de castillo feudal, tal vez para hacer más imponentes y groseras las formas del poder, aquel recinto policial nos parecía inaccesible, misterioso; nos asustaba y a la vez nos azuzaba el deseo de entrar, pero sin que el miedo nos causara un vacío en la barriga. Me decidí. En la puerta, un miliciano, con un Springfield colgado sobre uno de sus hombros, me detuvo levemente. Le enseñé mi brazalete, y él miró hacia dentro. Una voz le respondió: -Déjalo pasar; ese es de los nuestros.
fuente: Juventud Rebelde