Walter Salles y Gael García Bernal defienden en Cannes la
vigencia del espíritu del guerrillero
El Che cuando todavía no era el Che
Miguel Mora
El País
A sus 23 años, Gael García Bernal va camino de convertirse en la estrella
masculina del Festival de Cannes 2004. Ayer, el actor mexicano presentó con el
director brasileño Walter Salles Diarios de motocicleta, vigoroso y
romántico rescate del viaje iniciático que Ernesto Guevara realizó durante ocho
meses de 1952 con su amigo Alberto Granado por la miseria de Latinoamérica.
Aquel itinerario tan físico como moral, como contó ayer el aún vitalista
Granado, despertó la conciencia del joven médico burgués y le dio la fuerza para
emprender otro camino: el de la lucha a muerte por un mundo más justo. "El icono
desinforma", dijo Gael; el mito y las ideas del Che, según muestra la película,
continúan vigentes.
Ayer, segunda película en español en el concurso del Festival de Cannes. El
brasileño Walter Salles narra el viaje iniciático, la forja del carácter épico y
rebelde de Ernesto Guevara de la Serna: el Che cuando todavía no era el Che, en
su ruta hacia la comprensión del mundo, hacia su deseo de cambiarlo. Primero en
la moto La Poderosa y después a pie y en autoestop, Guevara recorre con
su amigo Alberto Granado, a lo largo de ocho meses y 10.000 kilómetros, el
continente latinoamericano: de Buenos Aires a Caracas, pasando por la Patagonia,
los Andes, el desierto de Arataca y el Amazonas, con la larga parada en la
leprosería de San Pablo. Diarios de motocicleta se basa en las memorias viajeras del Che (Notas
de viaje) y en el diario que Granado escribió durante el periplo, Con el Che por Suramérica. Es 1952, Guevara (Gael García Bernal) tiene sólo
23 años y está a punto de licenciarse como médico especialista en leprología.
Granado (Rodrigo de la Serna) tiene 29 y es un bioquímico de amplio espectro:
odia las bacterias, idolatra a las mujeres. El burguesito Ernesto es más formal:
está enamorado de la rica Chichina Ferreira (la guapísima Mía Maestro, que
también aparece en La niña santa, la otra película latina en concurso).
Ambos se suben a la Norton. Dos horas después, acaba el viaje y el Che está a
punto de ser el Che. La película recibe una gran ovación en el pase matinal y
otra a la llegada del equipo a la conferencia de prensa. Pero hay una sorpresa:
ha venido Alberto Granado, el amigo del Che. Lúcido octogenario de acento cubano
y memoria prodigiosa, parece igual de vital que en el filme: "Jamás he podido
olvidar aquel viaje", dice. "Conocí al Che cuando tenía 14 años y cada cosa que
me ha pasado en la vida la he relacionado con esa aventura: si subo a un avión,
recuerdo el de aquel viaje; si veo una injusticia, me acuerdo de las que vimos
entonces; si hay un programa de ciencia, siento el deseo de ser científico que
tenía entonces. Como además, ya lo ven, soy bastante expresivo, he contado mil
veces ese viaje. El Che me llamaba gitano sedentario, decía que era una mezcla
de local y andariego".
Uno a uno, los autores de la recreación de aquellos meses en los que nació la
furia revolucionaria del gran icono latino del siglo XX van contando su
historia. Abre el fuego en estupendo francés Walter Salles, el aclamado (y
atractivo) director de Estación Central de Brasil: "Teníamos mucho miedo
a la película. Todos respetábamos demasiado al Che. Estuvimos cinco años
trabajando y yo hice el viaje tres veces: dos de preparación y uno más para
rodar. Pero ya en el primer montaje descubrimos que los diarios del Che
describían perfectamente lo que estaba en el centro del camino: la América
Latina de hoy mismo. La pobreza y la riqueza siguen siendo las mismas de 1952.
Nunca sentimos que estuviéramos haciendo una película histórica; más bien
urgencia por comunicar ese descubrimiento".
"Intentamos vivir el viaje igual que el Che y Granado, como una aventura doble
en busca de una identidad personal y colectiva: la del Che y la de
Latinoamérica", prosigue el inteligente Salles, al que Robert Redford descubrió
en Sundance (hoy es su productor ejecutivo). "Empecé el filme siendo brasileño y
ahora me siento además latinoamericano. He visto que nuestras fronteras son más
porosas de lo que parece. Estoy feliz de haber aprendido eso y a la vez
avergonzado por no saber todo lo que debería sobre Latinoamérica".
Gael García Bernal dibuja a un Che contenido, potente, al menos tan atractivo
como el original: "El miedo fue un termómetro que nos ayudó a tratar de hacerlo
bien. Los actores estuvimos cuatro meses informándonos, hablamos con Granado,
fuimos a Cuba y a Argentina, leímos, nos apuntamos en seminarios de política
para enterarnos del contexto del viaje, montamos tres veces a la semana en moto,
comimos bien... ¡Y a pesar de todo eso yo no llegué preparado, empezamos a rodar
y estaba aterrorizado! Me veía fatal. Me di cuenta de que para un papel así sólo
puedes preparar un 30%, el resto es la vivencia, compartir el viaje como
hicieron ellos y confiar en esa transparencia. Pero llegó un momento en que
empezamos a confiarnos, a relajarnos, y a vivir una experiencia personal tan
importante como la suya".
Le da la réplica exuberante el argentino Rodrigo de la Serna (El mismo amor,
la misma lluvia), un Granado simpático y sonriente: "Fue arduo, yo incluso leí lo
que había leído Alberto en esa época, y engordé 10 kilos. Hicimos el mismo
camino que ellos, conocimos las mismas comunidades marginadas, sentimos su misma
emoción directa, rodamos en los lugares donde ellos estuvieron. Todo eso fue
fundamental, aunque la esencia esté en los diarios".
Toma la palabra Granado, con su sonrisa todavía pícara a los 83 años y su
inteligencia rápida: "Comprenderán que no ha sido fácil para mí, 50 años
después, verme interpretado por unos actores tan jóvenes. Pero soy un tipo con
suerte, si no hoy no estaría aquí: lo importante es que la película ha tenido un
director y dos actores estupendos, con una sensibilidad que les ha permitido ver
las cosas igual que las veíamos nosotros, con el mismo amor a la humanidad que
nosotros sentimos. Nuestra historia es la historia de dos jóvenes que salen a
conocer el mundo y como es demasiado grande deciden ver América Latina. Lo que
vimos era mucho peor de lo que decían los libros, pero el mensaje que queda del
viaje es que todo es posible, que hay que avanzar, que la juventud puede con
todo. Cada vez que veo la película me voy reconociendo más en Rodrigo, y Gael
cada vez se parece más a Ernesto".
El guionista José Rivera aporta en su inglés de Puerto Rico su profundo y
apasionado acercamiento al asunto: "Vi un viaje hacia el interior, el despertar
de la conciencia del Che. Un viaje físico que al mismo tiempo era también
emocional y que se acabó convirtiendo en muy político".
Una de las claves de ese cambio moral fue la estancia en la leprosería peruana
de San Pablo, en pleno Amazonas. Salles relata con gran delicadeza esa parte del
viaje en la que Guevara empieza a trabajar a pie de quirófano con los enfermos:
"El espíritu del libro del Che es la alteridad, el descubrimiento del otro. Y
aunque teníamos un guión maravilloso, se trataba de experimentar el viaje en
carne propia. Por eso improvisamos escenas con personajes naturales y antiguos
enfermos de la leprosería: ellos son el espejo de cómo cambió la vida del Che".
¿Y a Gael le cambió también? "Si no me hubiera cambiado sería un desperdicio.
Las películas son para eso también, para vivir otras vidas y que te acompañen
siempre. Antes de empezar sentía que conocía bien la columna vertebral del
personaje. Cuando empecé tenía la sensación de que no me merecía hacerlo. La
válvula de escape para empezar a disfrutar fue cuando Granado, que me parece que
es la persona más moderna que existe, me dijo: 'Esa voz en off, dila con
tu voz'. Ahí lo entendí todo: Ernesto era un latinoamericano de 23 años. Yo soy
un latinoamericano de 23 años, y tengo la misma fuerza que él para contar su
historia. La película me cambió de una manera tremenda, pero todo lo que diga
ahora se quedaría corto".