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Para un diálogo inconcluso sobre «El socialismo y el hombre en Cuba»
Roberto Fernández Retamar
El compañero Roberto Fernández Retamar no necesita presentación. Colaborador
habitual de la Cátedra de Formación Política Ernesto Che Guevara y de Rebelión,
ha tenido la amabilidad de enviarnos este valiosísimo material sobre el
pensamiento del Che Guevara. Allí dialoga fraternalmente con el comandante
Guevara, su compañero, mientras reflexiona sobre uno de los textos clásicos y
centrales del marxismo a nivel mundial: "El socialismo y el hombre en Cuba". Un
texto que no sólo debería estudiarse entre los círculos militantes sino también
en todas las Universidades. Lo hace como siempre deberían hacerlo los marxistas:
sin formalismos rígidos, sin pedantería, sin falsas obediencias burocráticas,
sin obsecuencia de ningún tipo. Simplemente, con lealtad y compañerismo.
Exactamente como pedía el Che, quien no dudaba en publicarle en su propia
revista (por ejemplo Nuestra Industria) a aquellos compañeros con los
cuales él discrepaba en alguna discusión puntual.
Este texto ha sido publicado recientemente en Argentina en el volumen de Roberto
Fernández Retamar que lleva por título Cuba defendida [Buenos Aires,
Editorial Nuestra América, 2004. páginas 178-191]. En el mismo volumen podrán
encontrarse otros textos de Fernández Retamar sobre el Che Guevara, incluyendo
"Leer al Che", la presentación de la antología Che Guevara Obra
revolucionaria publicada en México. [Nota de la Cátedra Che Guevara]
Como he contado varias veces, por el honor que ello me significó, a mediados de
marzo de 1965 tuve la excepcional ocasión de coincidir con el Che en un viaje en
avión de Praga a La Habana, que resultó ser el último que él hiciera
abiertamente a Cuba; y también la ocasión, menos excepcional, de que el avión,
uno de aquellos Britannia de Cubana que ya eran viejísimos, se rompiera al
llegar a Shannon, Irlanda. Tenía dañada una pieza por cuyo reemplazo había que
esperar. Ello me dio la oportunidad de pasar unos días y noches conversando casi
incesantemente con el autor de Pasajes de la guerra revolucionaria. No sólo
conversamos: nos intercambiamos materiales de lectura. Él me dio, escrita a
máquina, la carta a Carlos Quijano conocida como «El socialismo y el hombre en
Cuba»; yo a él, mi ensayo «Martí en su (tercer) mundo», que no hacía mucho había
publicado la revista Cuba Socialista. Tras leer su carta, le expresé mi acuerdo
con lo esencial del texto, pero también algunas discrepancias, y el Che me instó
a hacerlas públicas. Le respondí, con palabras más rudas pero equivalentes, que
no creía que nadie en Cuba se atreviera a editar mis discrepancias con «el héroe
de Santa Clara» (así se conocía entones, por antonomasia, al Che). «Yo», me
respondió. Recordé cómo le interesaba polemizar: incluso había creado una
revista en su Ministerio de Industrias con ese solo fin. Muchos años más tarde,
gracias al libro del compañero Orlando Borrego Che, el camino del fuego (La
Habana, Ediciones Imagen Contemporánea, 2001), conocí más sobre esa actitud
suya. Cuando Borrego nos autorizó a publicar en la revista Casa de las Américas
(No. 223, abril-junio de 2001), tomada de ese libro, la carta a la amiga Sol
Arguedas escrita por Borrego, pero con añadidos fundamentales del Che, por lo
que en la revista aparecieron ambos como autores de una carta que titulamos
«Respuesta a "¿Dónde está el Che Guevara"?», se pudo leer de puño y letra del
Che: «si se negara el derecho a disentir en los métodos de construcción (lucha
ideológica) a los propios revolucionarios se crearían las condiciones para el
dogmatismo más cerril. Debemos convenir en que los criterios opuestos sobre
métodos de construcción son el reflejo de actitudes mentales que pueden ser muy
divergentes en ese punto, pero planteándose honestamente el mismo fin.» A tales
puntos de vista me acojo para leer en público por vez primera, hoy 4 de junio de
2003, al inicio del homenaje que se rinde al Che con motivo del 75º aniversario
de su natalicio, la carta que sigue, y de la cual di a conocer copia a la
compañera Aleida March. En su momento se la mandé, con destino al Che, a su
secretario, el compañero Manresa, junto con un poema mío donde, de alguna forma,
proseguía mi diálogo con el Che, esta vez centrándome en la tesis de que en las
épocas de transición como la que atravesábamos y atravesamos y que tanto
preocupaba al Che, vivimos hombres de transición. En el título original, el
poema mencionaba al «comandante Guevara», pero al cabo, por razones que espero
comprensibles, en vez del nombre del Che, puse el de un poeta cubano entonces
todavía injustamente casi olvidado, José Zacarías Tallet, quien había escrito el
notable poema «Proclama», que justificaba involucrarlo en mis versos.
El envío resultó en vano. El Che, a quien ya me había dirigido también en vano
solicitándole colaboración para la revista Casa de las Américas, se había
marchado de Cuba, lo que yo ignoraba, a pelear en «otras tierras del mundo». A
su magnífica memoria dedico esta lectura de lo que, desgraciadamente, resultó un
diálogo inconcluso.
* * *
La Habana, 14 de mayo de 1965
Año de la Agricultura
Comandante Ernesto Che Guevara,
Ciudad.
Compañero comandante:
Tal como le prometí cuando me dio usted la oportunidad de leer por vez primera
su carta a Carlos Quijano, el director del semanario Marcha, le estoy expresando
por escrito algunas opiniones sobre ese trabajo, de tanta importancia para
nosotros.
En primer lugar, le ratifico mi acuerdo con la gran mayoría de las cosas que
usted dice allí. En algunos casos, ese acuerdo es todavía mayor ahora, lo que
quizá se deba a que esta nueva vez no leí el trabajo en un avión ni en un hotel
de aeropuerto, sino en el campo, en el momento de reposo que teníamos al
mediodía los compañeros de la Escuela de Letras y Arte que habíamos ido a cortar
caña por dos semanas. Pero sobre esos acuerdos no es necesario insistirle:
primero, porque sería redundante; y además, porque es poco lo que sé sobre
muchas de esas cuestiones. Desde luego, no es fácil separar tajantemente unos
temas de otros, y en algún punto es probable que roce zonas límites.
Le dije entonces que usted es de los primeros en abordar con criterio marxista
militante ciertos problemas de lo que en la jerga de los filósofos se llama
«antropología filosófica». Con gusto me extendería sobre ello. Pero, por las
razones apuntadas, voy rápido a lo que, profesionalmente, me atañe más en su
trabajo; a lo único sobre lo que tengo un conocimiento y sobre todo una
experiencia un poco por encima de lo normal; y además, a la única verdadera
discrepancia: me refiero a algunas observaciones sobre el arte y los artistas en
Cuba.
Usted ha dicho con respecto a los problemas artísticos, cosas que representan
positivos pasos de avance. Pienso, por ejemplo, en su enjuiciamiento de lo que
ha sido llamado «realismo socialista», resultado, afirma usted, de «un
dogmatismo exagerado». Nosotros hemos eludido, añade, ese error, el del
«mecanicismo realista», pero hemos cometido «otro de signo contrario»: y ello,
por no haber comprendido «la necesidad de la creación del hombre nuevo, que no
sea el que represente las ideas del siglo xix, pero tampoco las de nuestro siglo
decadente y morboso». Y más adelante: «La reacción contra el hombre del siglo
xix nos ha traído la reincidencia en el decadentismo del siglo xx.» Ahora bien:
la rápida identificación del siglo xx con la decadencia no es enteramente
correcta. Cuando en 1948 surgió la cibernética en los Estados Unidos, en la
Unión Soviética se apresuraron a fulminarla, ya que proviniendo del capitalismo,
que no era sino pura decadencia, ella no podía ser a su vez sino un producto
decadente. Hoy, la cibernética está hasta en la sopa en la Unión Soviética, como
en todos los países desarrollados del mundo. No podemos tomar nuestros deseos
por realidades, ni dejar de reconocer el carácter complejo y contradictorio de
un sistema que marcha hacia su ruina, pero en cuyo seno hay ya, como no puede
menos de ser, gérmenes del futuro. ¿De dónde saldría el futuro, si no? El futuro
no sale de sí mismo, sino del presente. Ocurre algo relativamente similar en
cuanto al arte, que no hay que separar exageradamente de la ciencia, aunque a
nadie escapan las diferencias evidentes, sino, por el contrario, ver en algunos
aspectos en relación con ella, como en lo tocante a la amplitud de búsqueda y
experimentación que ambos requieren. Hay decadencia, por supuesto, pero no todo
es decadencia. Concretamente, hay que separar lo que en el arte producido en el
seno de las sociedades capitalistas es decadencia, de lo que es vanguardia. Esto
es lo que nos ha señalado un pensador marxista italiano, Mario de Michelli, en
su libro de 1959 Las vanguardias artísticas del siglo xx —que sería muy
interesante dar a conocer a nuestro pueblo, como hicimos con el libro de Fischer
La necesidad de arte—:
Esta es la situación que da origen a gran parte de la vanguardia artística
europea: al abandonar el terreno de su propia clase, y al no encontrar otro en
el cual trasplantar sus raíces, los artistas de la vanguardia se transforman en
desarraigados. Sin embargo, mezclar en un juicio apresurado esos artistas con el
decadentismo verdadero, sería un error. Desde luego, no son pocas las
experiencias del vanguardismo que coinciden seriamente con las del decadentismo,
o forman parte de él; pero existe en la vanguardia un espíritu revolucionario
(que es su espíritu verdadero) que de ningún modo se puede liquidar tan
apresuradamente. La existencia de este espíritu se hace evidente cada vez que un
verdadero artista de la vanguardia encuentra con las raíces un terreno histórico
nuevamente favorable; o sea, un terreno capaz de devolverle la seguridad de que
la única salvación consiste en la presencia activa dentro de la realidad, y no
en la evasión.
Si no comprendemos esta distinción entre lo que es decadencia, señal de cosa
moribunda, y lo que es vanguardia, obra de rebeldía y acaso anuncio parcial del
porvenir, no nos será dable explicarnos que muchos —la mayoría— de los artistas
de vanguardia, estéticamente hablando, sean también de vanguardia en el orden
político: pienso, por ejemplo, en el mayor pintor del siglo, Pablo Picasso, cuya
evolución artística, política, humana en general, es ejemplar: su actitud
favorable al arte africano, cuando joven, implicaba ya una censura al
colonialismo, que en sus salones oficiales mostraba un arte convencional,
mientras a nombre del «fardo del hombre blanco» oprimía a pueblos capaces de
crear belleza, y de influir sobre los propios países capitalistas en su plástica
y en su música. Ese mismo Pablo Picasso pintaría después el impresionante
Guernica con los instrumentos que la vanguardia puso en su mano; y adheriría
finalmente al Partido comunista, no como una rectificación, sino como una
culminación de su vida de rebeldía y creación. De rechazar los módulos estéticos
de la burguesía decadente, a denunciar con energía en su obra el crimen
nazifascista en España, y militar luego en el partido de vanguardia de la clase
obrera, la línea es una. Otro tanto puede decirse de los poetas mayores que el
continente latinoamericano haya dado en este siglo: César Vallejo y Pablo
Neruda, para acercarnos a una órbita más nuestra. Y en los propios países
socialistas, ¿no han estado artistas provenientes de la vanguardia entre los más
altos creadores que haya ofrecido ese mundo? De la vanguardia provenían
Mayacovski, Eisenstein, Meyerhold, los constructivistas, la pléyade magnífica
que asombró al mundo a raíz de la gran Revolución de Octubre en Rusia. Sólo las
amargas vicisitudes que viviría después su patria, única y heroica nación
socialista durante largos y duros años, y ese «dogmatismo exagerado» que en su
aislamiento segregó el país, y sobre el que ha hablado usted, pudieron dar al
traste con ese movimiento —y por cierto que también con la vida de algunos de
sus protagonistas—. Alguien tan poco sospechoso de desviaciones procapitalistas
como Stalin, fue quien calificó a Mayacovski de primer poeta de la era
soviética. Y Mayacovski es un representante ejemplar de artista de vanguardia,
en el orden estético, al servicio de la revolución. Por su parte, la República
Democrática Alemana tuvo el privilegio de contar con el dramaturgo más creador
de nuestros años: Bertolt Brecht. Jamás abjuró Brecht de la vanguardia artística
que él encarnó admirablemente. Volvió a su patria en el momento de la
construcción del socialismo, y su obra, su ejemplo, su tradición revolucionaria
son celosamente mantenidos allí.
Todo verdadero artista de vanguardia, lejos de identificarse con la decadencia
del mundo capitalista, rechaza ese mundo podrido, con sus crímenes, sus
convenciones, su codicia, su hipocresía. Incluso el arte de aquellos artistas de
vanguardia cuyo desarrollo político no está al mismo nivel que su desarrollo
estético, ayuda a combatir al mundo de ayer —y desgraciadamente, en parte de
hoy— y anuncia, en forma que no podemos prever, algo del mundo y del arte de
mañana. Pero, desde luego, no hay que engañarse sobre este último: el arte de
mañana lo harán los hombres de mañana. Si nosotros les hacemos su arte, ¿qué es
lo que van a hacer ellos? El siglo xxi hará el arte del siglo xxi. Nosotros, el
de nuestro siglo. Y si ese arte nuestro, necesariamente de tránsito, rechaza lo
que hay que rechazar y anuncia lo que hay que anunciar, los hombres de mañana
encontrarán en él alguna utilidad y alguna belleza. Pero harán otro arte, por
supuesto.
Me he extendido sobre estas generalidades, porque nos atañen. Lo que usted llama
nuestra «reincidencia en el decadentismo del siglo xx» no es tal: muchos de
nosotros también rechazamos el decadentismo, pero no podemos dejar de admirar la
vanguardia: sabemos que ella es el pasado, pero también sabemos que de ella está
saliendo ya, al contacto con la gran realidad presente, el arte nuevo. En la
medida en que nuestro arte haya podido formar parte de eso que se llama
vanguardia, no podemos sino asentir cuando leemos en De Michelli (y perdóneme
que lo cite por segunda vez, subrayando algunas líneas):
Desde luego, no son pocas las experiencias del vanguardismo que coinciden
necesariamente con las del decadentismo, o forman parte de él; pero existe en la
vanguardia un espíritu revolucionario (que es su espíritu verdadero) que de
ningún modo se puede liquidar tan apresuradamente. La existencia de este
espíritu se hace evidente cada vez que un verdadero artista de la vanguardia
encuentra con las raíces un terreno histórico nuevamente favorable; o sea, un
terreno capaz de devolverle la seguridad de que la única salvación consiste en
la presencia activa dentro de la realidad, y no en la evasión.
¿Cómo no reconocer esto —no hablo del aspecto cualitativo, sino de la dirección,
del sesgo general—, en muchos (o al menos en algunos) de los nuevos narradores,
los nuevos poetas, los nuevos dramaturgos, los nuevos cineastas, los nuevos
dibujantes, los nuevos artistas de la Cuba nueva?
Cuando usted aborda la situación específica de Cuba en este aspecto, comienza
por afirmar que «la desorientación es grande» (lo que no creo que sea aplicable
sólo a Cuba, ni sólo al arte en Cuba, donde en todos los órdenes se busca, se
experimenta, de acuerdo con ese método con que trabaja la naturaleza y a veces
la misma historia, y que es llamado «ensayo y error»). Después añade que «no hay
artistas de gran autoridad que a su vez tengan gran autoridad revolucionaria».
Supongo que esos artistas de gran autoridad sean aquellos que disfrutan de
reconocimiento mundial por la calidad de su obra, en verdad magnífica. En otras
palabras: se trata de Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, René Portocarrero, para
mencionar a unos cuantos, provenientes todos, desde luego, de la vanguardia. Por
lo menos habría dos cosas que decir sobre ellos. En primer lugar, que cualquiera
de ellos podría vivir cómodamente fuera del país: si no lo hacen, si incluso
varios han venido a residir aquí, es porque se sienten plenamente identificados
con nuestra revolución (en la teoría y en la práctica), cuyas alegrías y cuyos
riesgos comparten. Por otra parte, la edad promedio de estos compañeros está
entre cincuenta y sesenta años. ¿Es esa la edad promedio de los compañeros de
gobierno? Evidentemente, no. Es menester ver a esos compatriotas que disfrutan
de gran autoridad artística como clásicos vivientes más bien que como hombres
que vayan a actuar dinámicamente en este momento; a pesar de lo cual, lo hacen,
contribuyendo en alguna medida a orientar nuestra vida cultural.
Pero al ir a considerar a «la generación actual» —la que es coetánea de los
compañeros del gobierno—, la situación, según usted, es más grave. Lo único que
puede hacerse con ella es «impedir que... dislocada por sus conflictos, se
pervierta y pervierta a las nuevas generaciones». Al principio del párrafo,
usted había dicho que «la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y
artistas reside en su pecado original: no son auténticamente revolucionarios».
He subrayado la palabra muchos, la cual hacía esperar que junto a ellos había
otros que sí eran auténticos revolucionarios. Pero más adelante, ya se ha pasado
a una generalización que acaba por englobar a toda «la generación actual».
¿Es eso así, Comandante? Es decir, ¿es cierto que 1) La nueva generación de
escritores y artistas tiene un pecado original. 2) Ese pecado original consiste
en que no es auténticamente revolucionaria. 3) La única tarea que los compañeros
del gobierno pueden realizar con esa generación es de naturaleza negativa:
impedir que esa generación, dislocada por sus conflictos, se pervierta y
pervierta a las generaciones más jóvenes?
Vamos por parte: en primer lugar, hemos entrado en el difícil terreno de las
metáforas, donde no siempre es posible saber lo que quieren decir rectamente las
palabras, o lo que el autor quiere que ellas digan. El «pecado original», como
concepto, proviene de la tradición judeocristiana, e implica una tara de la cual
no es responsable aquel que la sufre, y que nunca podrá ya quitarse de encima.
¿No le parece a usted que para un revolucionario marxista no hay «pecado
original» alguno, y que el hombre, en primer lugar, es responsable sólo de sus
actos, y en segundo lugar, puede con esos actos modificar ciertas condiciones,
revolucionar lo exterior y revolucionarse él mismo? No estamos condenados de
antemano, como creían los calvinistas. Podemos transformarnos, hacernos otros,
mejores. ¿No lo ha hecho el pueblo de Cuba? ¿No somos nosotros parte de ese
pueblo? Una segunda metáfora viene a asestarnos nuevo golpe, y a quitarnos toda
esperanza: pretender tales cambios en nuestra generación (es decir: en los
intelectuales y artistas que vendrían así a ser quizá los únicos que no pueden
aspirar a cambiar en este país) es «intentar injertar el olmo para que dé
peras». La metáfora proviene esta vez del refranero castellano, y si la entiendo
bien quiere decir proponerse un imposible, ya que nunca un olmo ha dado peras.
Aquí pasamos al segundo punto: ese «pecado original» consiste en que muchos
escritores y artistas cubanos —entre los que luego se encuentra,
sorpresivamente, toda la generación actual, sin excepción alguna— no son
auténticamente revolucionarios. Cuando leí la primera parte, asentí: en efecto,
muchos escritores y artistas cubanos no son auténticamente revolucionarios, y
esto ha dado lugar a no pocas confusiones. Por cierto que esto les es aplicable
a todas las actividades y profesiones del país: muchos de los que las practican
no son auténticamente revolucionarios. Sin embargo, he insistido en otras
publicaciones, de aquí y del extranjero (precisamente en Marcha, por ejemplo),
en que, en cuanto profesionales, el caso de los escritores y artistas dista
mucho de ser el más grave en este sentido: comparativamente, se han ido de Cuba
muchos más médicos, ingenieros, abogados, profesores, etc., que escritores y
artistas. En cuanto a los que han quedado en el país, claro que puede decirse de
unos y otros que muchos no son auténticamente revolucionarios; pero también que
otros sí, o al menos que aspiran sinceramente a serlo.
Al principio, decía, asentí. Cuando vi la alusión ensancharse hasta abarcar a
toda la generación actual, sin distinción alguna, ya no pude asentir. De
compañeros que han fundido sus vidas personales con la de la revolución, y
quieren correr su propio destino; de compañeros que estuvieron, como milicianos,
donde se les ordenó estar cuando Playa Girón y cuando la Crisis de Octubre; de
compañeros que sirven no sólo con su trabajo artístico, sino con otros trabajos,
a la construcción del socialismo (cuando muchas veces podrían recluirse en sus
casas sólo para escribir ficción o pintar); de compañeros que han ido con
satisfacción al trabajo voluntario; de compañeros muchos de los cuales podrían
también vivir cómodamente fuera, y han preferido y preferirán siempre vivir en
su patria revolucionaria; de compañeros cuya obra intelectual y artística, por
su inquebrantable voluntad de servir con ella a la revolución, es presentada a
veces por enemigos, y hasta por amigos tibios, como simple repetición de
consignas que en realidad son experiencias que han vivido y viven
entrañablemente; de compañeros que sienten orgullo en militar en las filas de la
revolución cubana, que ellos creen tener el derecho de llamar también nuestra
revolución: de esos compañeros, comandante Guevara, puede decirse algo más que
ese «no son auténticamente revolucionarios». Por ejemplo: puede decirse que
aspiran a ser auténticamente revolucionarios. Es decir, lo que se dice de
nuestro pueblo todo, del que formamos parte con entusiasmo.
¿Que nos queda mucho, muchísimo por hacer? ¿Quién puede dudarlo? ¿Que entre
aspirar a ser auténticamente revolucionario y serlo de veras media un espacio
grande? Bien lo sabemos. ¿Que los escritores y artistas que vengan después,
formados ya enteramente por la revolución, deben ser mejores? Si así no fuera,
la vida no valdría la pena de ser vivida; la revolución no valdría la pena de
ser hecha. Mis hijos deben ser mejores que yo; los suyos, mejores que usted. Y
no sólo en cuestiones de arte. Pero eso, sólo si nosotros hacemos nuestra tarea.
Y nuestra tarea, en todos los órdenes, sólo podemos hacerla nosotros, no pueden
hacérnosla otros. No podemos cruzarnos de brazos (o quedar históricamente
engavetados o sobrellevados) porque los que vengan luego van a ser mejores, ya
que entonces los que vengan luego serán peores.
¿Que hay muchos conflictos en nosotros? Por supuesto. Los hay en todo el pueblo
de Cuba. No puede ser de otra manera. En sicología, usted lo sabe mejor que yo,
se llama «conflicto» más o menos a lo que en otras disciplinas sociales se llama
«contradicción». ¿Quién negará que hay contradicciones en Cuba? ¿Quién negará
que hay conflictos en nosotros? La contradicción es el motor de la vida
histórica tanto como de la vida personal. Frantz Fanon, que además de gran
teórico de nuestros pueblos era siquiatra, y que usted conoce quizá mejor que
nadie en Cuba, escribió: «El conflicto no es sino el resultado de la evolución
dinámica de la personalidad.» Aunque es indudable que en algunos casos esos
conflictos llevan a resultados catastróficos, ¿no pueden ser vistos otros en
sentido positivo, como testimonios de esa evolución dinámica, y de la inserción
en la vasta problemática de nuestra revolución? Los que están de espaldas a
ella, los que se niegan a esa experiencia dramática, hermosa, cancelan o
sustituyen esos conflictos: sólo los que la viven entrañablemente los conocen.
Intentar prescindir de ellos no puede sino llevar a esa falsa evaporación de
conflictos que se dio en el realismo socialista, y cuyos resultados negativos
usted ha censurado lúcidamente. ¿Por qué esperar en nuestros artistas una
actitud cuyas consecuencias lamentable se han rechazado en otros artistas? Las
contradicciones existen, los conflictos existen, y no pueden ni deben ser
evadidos. Hasta ahora, lejos de pervertir a todos nuestros artistas jóvenes, lo
que en realidad sería inconcebible, han ido llevando al grupo más original,
creador y valioso, a una fusión de obra y vida con la revolución. Su
enjuiciamiento severo, válido sin duda para una parte, no puede ser extendido a
todos, como es natural. Vea usted lo que de algunos de ellos ha dicho Ángel
Rama, el crítico de Marcha, publicación que ha de merecerle respeto, pues a ella
envió usted su trabajo:
A ellos les ha correspondido una tarea de transformación poética de las más
difíciles y considerables: descubrir, con un instrumento culto y afinadísimo,
las nuevas zonas de la multitudinaria vida cubana, pasar de una lírica subjetiva
a una lírica que engrane hombre privado y vida revolucionaria en un solo trazo
creador. Un poco la experiencia de los futuristas rusos, en particular de
Mayacovski, y que, por hacerse por primera vez en español, tiene una enorme
importancia, y es, por muchos conceptos, una experiencia que toca a la América
inminente. [Se trata de poetas] cuya honestidad artística y cuya devoción a la
causa revolucionaria son innegables, y que por lo mismo son excelentes testigos
de los cambios de una lírica renovada.
Y Enrique Anderson Imbert, el mejor historiador viviente de la literatura
hispanoamericana, y un amigo de nuestra revolución, escribió:
En Cuba, la revolución de Fidel Castro y la implantación de un régimen de tipo
comunista creó, entre los poetas, un ánimo nuevo. Aun aquellos que antes de la
revolución se habían distinguido por la finura de su lirismo personal, ahora
aprendieron a cantar los temas de la colectividad, sintiéndose parte del
radicalísimo experimento político.
Yo diría que los espíritus más alertas y revolucionarios del mundo entero han
sabido reconocer esto, así como la importancia de la gran libertad concreta de
creación que hay en Cuba, sin que vayamos ahora a pretender de golpe una
densidad cultural comparable a la de un país desarrollado.
La viceburguesía cubana echó a un lado, como trastos, a nuestros escritores y
artistas. Nuestra revolución ha hecho de sus escritores y artistas hombres
integrados al proceso histórico, lo que no puede sino llenarnos de alegría y
responsabilidad. En vez de considerarnos olmos estériles para siempre, nos ha
considerado trabajadores de la patria socialista. Como todos los trabajadores,
tenemos todavía mucho que aprender, mucho que hacer, mucho que mejorar. Estamos
dispuestos a ello —y claro que no hablo sólo por mí, aunque tampoco pueda
hacerlo por todos—. Eso supone proponerse (y proponernos) metas positivas, no
sólo negativas, en ese orden.
Usted dirá que he escrito muchas páginas para comentar unas cuantas frases. Es
cierto: pero ello es un testimonio de la importancia que tienen para nosotros no
sólo su vida sino también su pensamiento; si es que cabe separarlos, que no lo
creo. No suelo prodigar elogios ni usted suele tolerarlos, pero todo cuanto
usted hace nos merece la mayor atención. Su trabajo se ha propuesto una tarea
esencial: contribuir a hacer más inteligibles los logros y las metas de nuestra
revolución, los cuales, por remitir a una sociedad nueva, remiten sobre todo a
un hombre nuevo. Creo que el mejor modo de demostrar el interés que tiene para
nosotros su empeño es comentarlo, repensarlo, conversarlo, incluso cuando no
estemos enteramente de acuerdo en algún punto, como ha sido aquí el caso.
Además, le había prometido estas líneas. Ojalá no hayan sido demasiadas.
Reciba también nuestro saludo, si usted me lo permite, «como un apretón de manos
o un "Ave María Purísima"».
Patria o Muerte.
Roberto Fernández Retamar