"Patriotas Asistidos para una Cuba Libre" votan en La Habana

Antonio Maira
Colectivo Cádiz Rebelde

Casi 59 millones de norteamericanos han votado a ese grotesco y peligroso personaje, el rey de la mentira y de la petulancia, de la crueldad ignorante y estúpida, instrumento y parte de la élite petrolera, que se llama George Bush. "El pueblo norteamericano es un pueblo fascista" concluiría un viejo amigo argentino, padre y suegro de detenidos-desaparecidos, que no tenía pelos en la lengua para calificar como tal al pueblo argentino cuando votó a Menem. Sin duda el calificativo, que implica una comparación con el pueblo alemán de las entreguerras, es pertinente; el pueblo norteamericano acaba de respaldar con su voto la política internacional de Bush, que como la de Hitler en la etapa 1936-1939 incluye la guerra de agresión, el ataque "preventivo", la invasión de países, el uso masivo de la fuerza contra la población civil, el terror, los daños colaterales, las matanzas de castigo y el abuso de la enorme superioridad militar.
Esos cincuenta y nueve millones de votos representan una verdadera tragedia para el mundo, pero las elecciones presidenciales proporcionaron otra votación, más anecdótica, menos trágica, pero muy significativa.
Una noticia, recogida el jueves 4 de noviembre decía lo siguiente:

"Un centenar de disidentes cubanos convocados a una votación simbólica en la noche del martes en la Habana dieron el 83% de sus votaciones a Bush para continuar al frente de la Presidencia de Estados Unidos. El ejercicio se realizó en la residencia del jefe de la sección de intereses de Estados Unidos en Cuba, James Cason, convertida en escenario electoral con banderas estados unidenses, propaganda impresa de ambos candidatos y una pantalla gigante con transmisión en directo de los comicios. El resultado del escrutinio fue recibido con ovaciones y gritos de júbilo".
La noticia vale más que cientos de páginas para analizar la naturaleza cuantitativa y cualitativa de la "sociedad civil" organizada y convocada por los Estados Unidos para cubrir el rol, estratégico en los planes de Washington, de la "disidencia interna".
Lo primero que canta la noticia es la insignificancia numérica de esa "disidencia", financiada, rastreada y reunida a toque de clarín por James Cason. Pese a esta insignificancia notoria, la "disidencia" sirve de coartada para un verdadero desmelene de los gobiernos que consensúan políticas internacionales con Washington, y de los medios de comunicación generales, que demandan "derechos humanos" de "libre empresa" e información en manos de "multinacionales privadas", y "restauración democrática" en Cuba.
Lo segundo que podría sorprender a los incautos que han dado algún crédito al fenómeno de la "disidencia", es el fuerte simbolismo de sumisión de la ridícula ceremonia organizada por el jefe de la Sección de Intereses de los Estados Unidos en Cuba. Podría parecer que Cason humilla deliberadamente a unos individuos a los que probablemente desprecia y que se autoproclaman "verdaderos patriotas cubanos", o que –a la vista de todo el mundo- profundiza deliberadamente en esa imagen de servidumbre total, o de dependencia colonial, que se deriva del documento publicado por la "Comisión para la Asistencia a una Cuba Libre". Al representante de Bush en La Habana no le importa lo más mínimo mostrar públicamente la total sumisión y el increíble desdoro de esos particularísimos representantes de la "sociedad civil" cubana. Al fin y al cabo de vasallaje se trata en todas y cada una de las cuatrocientas cincuenta páginas del documento mencionado.
El tercer aspecto que refleja la particular mesa electoral de la Sección de Intereses es la simulación que caracteriza la actividad de la "disidencia" mercenaria y fantasma. Acostumbrados a simularlo todo: organizaciones, miembros, actividades, autonomía, persecución política, independencia, pensamiento propio, simulan ahora ser ciudadanos de los Estados Unidos y votan sin votar realmente para un recuento que no es otra cosa que un acto de pleitesía.
Un cuarto elemento es el anhelo, la devoción, la emoción ante la bandera - inevitablemente ajena- y el Star spangle banner, la renuncia y el tributo de la propia identidad, ofrecida con "ovaciones y gritos de júbilo" al representante del Imperio.
El mismo júbilo con el que recibirán el nombramiento de un Coordinador de la Transición en el Departamento de Estado de Colin Powell. El mismo con el que sueñan la llegada de Roger Noriega o de Otto Reich como Procónsules de una Cuba devastada.