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El pueblo se lanzó a las calles
JOAQUIN ORAMAS
AQUELLAS horas finales de 1958 y del comienzo del Año Nuevo fueron de extraordinaria tensión en Cuba.
Las fuerzas rebeldes combatían en los últimos reductos de la
tiranía en Santa Clara, Yaguajay, Sagua de Tánamo, Contramaestre
y Palma Soriano, principalmente. Fidel estaba a punto de entrar en Santiago
de Cuba y proclamaba a todo el Ejército Rebelde que sólo aceptaran
la rendición incondicional del enemigo.
Mientras tanto, la embajada de Estados Unidos confabulada con el alto mando
militar del régimen fraguaba la creación de un Gobierno provisional
que sustituyera al tirano Fulgencio Batista, quien, poco después de la
una de la mañana del Primero de Enero, huía con sus cómplices
y otros esbirros hacia República Dominicana, donde le esperaba el sátrapa
Rafael Leónidas Trujillo.
Los capitalinos dan vivas a Fidel a su entrada en La Habana.
No se había anunciado la fuga de los criminales de guerra, pero la población
habanera hablaba ya del fin de la tiranía. Muy pocos participaron en
las fiestas de Fin de Año, pero estaban despiertos. La gran mayoría
de la población, harta de tanto crimen e ignominia, sólo esperaba
el momento de ajustar cuentas a los autores de miles de asesinatos de hombres
y mujeres durante siete años de oprobio y corrupción oficial.
Al amanecer, el ambiente se fue calentando con la ocupación de la Universidad
de La Habana por los estudiantes y la irrupción precipitada en las embajadas
de elementos de las Fuerzas Armadas y distintos ministerios.
Alguien, con potente voz, de pie ante la escalinata de la casa de altos estudios
más importante, en ese entonces, de la República, gritaba: "ĄSe
fue Batista, Viva la Revolución, Viva Fidel!" Como movidos por un resorte,
la gente comenzó a salir de los edificios colindantes portando banderas
cubanas y el estandarte rojo y negro del Movimiento 26 de Julio. Sonaron disparos
lejanos por la calle San Lázaro, que finaliza frente a la escalinata,
pero nadie corrió, todos avanzaron hacia la intersección con Infanta,
la Línea Maginot, como la denominaban los estudiantes porque allí
muchas veces chocaron con la policía batistiana.
El agente que disparaba montó en la perseguidora y se alejó al
comprobar que nadie temía y porque desde otras vías se acercaban
manifestaciones espontáneas dando vivas a la libertad.
Poco después, las emisoras de radio y plantas de televisión transmitían
las palabras de Fidel Castro convocando a la huelga general contra el intento
de la embajada norteamericana y los militares de frustrar la Revolución.
Los revolucionarios fueron tomando las emisoras, cuarteles y estaciones de la
policía, el ejército y la marina. Pocos días más
tarde, el magistrado Piedra, un funcionario oscuro que había aceptado
presidir el Gobierno provisional fraguado en la embajada de EE.UU. y que no
pudo tomar posesión, presenciaba desde el portal de su residencia en
el malecón de La Habana, la entrada triunfal de la Caravana de la Libertad
con Fidel al frente.
fuente: Granma