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19 de febrero de 2004
Desde Barcelona a Cuba, con amor
Eva Sastre Forest
Rebelión
No quería volver a Europa. Me resistía a abandonar ese Mundo Nuevo
que había descubierto, palpado, acariciado por unas horas, por unos días.
Miraba mi pasaporte y le decía a nuestra querida Raquel, que nos acompañó
durante la estancia en La Habana durante la XIII Feria del Libro: Por favor,
piérdelo, desparécelo. No quiero volver. No quiero emprender el
vuelo a ese mundo viejo que ahora veo más viejo y gastado que nunca.
Mi corazón ha encontrado su cadencia aquí. Por fin respiro. Por
fin oigo respirar a los otros.
Qué bella música. Llevaba años esperando algo así,
sin saber dónde estaba el lugar y cuál sería el momento.
Pero sabía que se hallaba en alguna parte, y que tarde o temprano tomaría
rostro, fachada y temperatura. Y así fue. De pronto mis sentidos despertaron,
al ritmo de La Habana y de su gente. Huyendo de los tópicos (sí,
afirmo que nadie me ha convencido ni he sufrido "síndrome de Estocolmo"
alguno), Cuba me ha impresionado. Qué poco original parece esta afirmación.
Pero qué más da. No se trata de ser original, sino de decir ciertas
verdades. Y lo digo, porque así es. Y cuando las palabras salen de la
honestidad más honda, qué importan las palabras mismas, que tan
sólo se limitan a obedecer órdenes directas de la sangre. Usaré
las palabras, puesto que no puedo escribir con corazones. En estos días
posteriores a mi estancia allá, de pronto pienso en azules cálidos,
verdes intensos o desteñidos, rojos y amarillos florales.
Y huelo a madera. Aquí, en Barcelona, afuera está nublado, casi
nieva. Pero aún siento en mi retina la intensa luz blanca de La Habana
al mediodía, cuando apenas podía mirar y sin embargo, y con los
ojos entornados, me impregnaba de cada detalle por borroso que pareciera. Mis
ojos como fuego incandescente chocando y resbalando sin esfuerzo por los rostros
y los cuerpos y las almas de las gentes; quisiera ser un gran ojo para ver por
los cuatro costados, o una gran boca para sonreír a tanta gente amable,
o tener un cuerpo más grande para que cupiera todo lo que me ofrecéis
a cada paso.
Siento calor. Qué peculiar sensación ésta, que no es sudor
ni agua ni fastidio, sino un desparrame de vida que lo humedece todo sin agotar
el alma ni ensuciar la ropa. Me dejo ir, caminando por fuera y por dentro, buscando
los secretos de las palabras para poder definir algo de alguna manera. Pero
no es fácil. ¿Será que, como decía Canetti (tomo la cita
de tu libro, Stefania), las palabras no son lo suficientemente secretas como
para ser veraces? Quizás sea así, pero quiero que éstas
lo sean. No sé. Intento ir desnudándome poco a poco, pero cuesta.
Vengo de donde vengo, y no es fácil ser y respirar tan libre y anchamente
cuando no se está acostumbrado a ello.
Qué derroche de amor, qué locura, qué entusiasmo. Entusiasmo,
palabra romántica donde las haya, tan propia del ser humano, del individuo.
¿Y qué decir cuando es el conjunto de entusiasmos el que le rodea a una?
¿Qué ocurre cuando el amor, como decía Silvio, lo iluminan todo
hasta cegarnos? Cegarnos de amor, qué paradoja, cuando el amor, al contrario,
ilumina para (por) ver más allá y sentir más acá.
El viento. La brisa dentro de las casas, junto al mar, por las esquinas, la
palma y la pluma se mecen en un canto a la naturaleza y la cultura, qué
ritmo único, qué cadente actividad circula entre las personas
cuando emiten y transmiten y reciben y escuchan, qué avidez y qué
respeto. Personas. Me he encontrado con personas; de mil colores, formas y estilos,
pero unidas por algo que no sabría definir sino como una similar forma
de concebir y entender la vida. Esa vida que desde nuestros gastados países
intentamos descubrir en cada gesto humano y sensible y que ansiosamente atrapamos
como excepcional, en Cuba se regala sin pedir nada a cambio.
Bueno, sí, honestidad y respeto. Abro los ojos para mirar, y ver. Y entender.
Mis oídos retienen aún el sonido imaginario del faro del malecón,
como en Suite Habana, ffummm, ffummm, girando e iluminando en cada destello
suyo todas nuestras pesadillas, desidias, impotencias y desesperanzas, llenando
de coraje el fondo de nuestras retinas y de nuestros corazones. A veces me fijo
en nosotros, los extranjeros. Y siento una rebelión interna, mezcla de
perplejidad y enfado, cuando escucho a alguien que viniendo de fuera de la isla,
intenta explicarles a ellos lo que ya ellos bien saben.
Y cuando observo ciertas situaciones de este tipo, una voz interna me grita
y dice: ¡Eh, amigo! Respeto... Mucho respeto. Primero escucha, observa y aprende,
luego, quizás, habla y aporta lo que sepas. Pero sin discursos retóricos.
Con mis pies sólidamente afirmados en tierra cubana, un poderoso instinto
me convierte en camaleón y palma real, necesito sentirme una más
entre vosotros y adaptarme a vuestro latido para convertirme en un ser flexible
y firme a la vez, capaz de resistir mareas vivas o ciclones. Escucho el mar,
escucho la arquitectura, escucho a la gente misma, que es el alma de todo lo
demás. Y de pronto no tengo miedo. Sabiendo que Cuba existe he reforzado
mi valentía con hechos y argumentos.
Sonrío. Pienso en el sueño del gato Abel, en tu papá, Julito,
en los chihuahuas imaginarios y la complicidad de Miguel, en las tarde-noches
habaneras imaginadas junto a Stefania, en la sonrisa de Lupe, de Julio César,
de Aidys y de Yordanis, en la disponibilidad más allá de lo necesario
de Raquel, Marlen, Nisleydis, Yamila, Pilar, Jorge y tantos más. Gracias
a todos por despertar los sentidos de quienes, aun yendo con el alma predispuesta
y amiga, nos dimos cuenta a vuestro lado de lo que significan todas esas grandes
y bellas palabras que por estos lares en donde habito, ya nos sonaban huecas.
Un abrazo lleno de amor desde Barcelona, para todos vosotros. Eva