17 de febrero del 2004

Dos concepciones antagónicas del mundo en el VI Encuentro de Economistas, en La Habana

Miguel Urbano Rodrigues
resistir.info

Tal como el Forum Social Mundial, el Encuentro de La Habana sobre globalización y problemas del desarrollo cambió, acompañando las rapidísimas transformaciones del mundo en los últimos años. La atmósfera de este VI Encuentro fue muy diferente de la que enmarcó el primero de ellos.

Este forum de economistas procedentes de todos los continentes fue creado por iniciativa de Fidel Castro en 1998. El objetivo era proporcionar un conocimiento más profundo de la problemática de la globalización neoliberal en una época en que era todavía brumoso, sobre todo en América Latina. El debate, muy amplio, tuvo como única frontera la voluntad de los ponentes. Había una enorme curiosidad por escuchar a los representantes de las instituciones llamadas internacionales, pero en realidad creadas y controladas por los EE UU.

¿Cómo irían a intervenir? En el primer y segundo año, exhibieron una gran timidez. Fidel los estimuló a expresarse libremente, sin complejos, porque no se encontraban en una cueva de leones. Sin embargo, las intervenciones del representante del Banco Mundial y de sus colegas de otras instituciones similares fueron defensivas. La suavidad de los discursos sonaba cual anticipación a críticas temidas.

Ese estilo cambió. En años posteriores llegaron Premios Nobel de economía, todos de EE UU. Diferentes. Stiglitz, ex dirigente del Banco Mundial, fue el primer a ensayar críticas al neoliberalismo. Tan hábiles, que mucha gente no percibió que su actitud no traducía una ruptura con el engranaje básico del sistema, nada de ello, pero solamente la voluntad de introducir en su funcionamiento reformas que puedan salvarle. Tal como el de John Maynard Keynes, el objetivo de Stiglitz es garantizar la sobrevivencia del capitalismo.

Este año apareció en La Habana un equipo de economistas del sistema de alto nivel académico y técnico: dos Premios Nobel, Daniel Mc Fadden y James Heckman, desde luego más matemáticos que propiamente economistas; la delegación del Banco Mundial incluía a funcionarios con grandes responsabilidades en la institución.

Con excepción de Mc Fadden, el estilo de esos sabios fue ofensivo, señorial, a veces rozando la agresividad. Los encuentros anteriores convencieron a Washington de que Cuba es hoy un espacio de debate muy especial en el se puede defender las teorías más ortodoxas del capitalismo sin que sus defensores sean tratados con descortesía.

¿Qué ocurrió ahora? Heckman y los dirigentes del FMI no se limitaron a hacer la apología del neoliberalismo, de su pretendida superioridad y de los inmensos beneficios recibidos por los que les aplican las recetas. Con una soberbia que llegó a la arrogancia, navegando entre el aula técnica y el discurso ideológico, intentaron «explicar» que el Consenso de Washington fue un proyecto altruista ideado para el bien de América Latina, tal como el ALCA. Si los resultados del modelo neoliberal ni siempre correspondieron a las intenciones, la culpa habría sido exclusivamente de los latinoamericanos. Si hubieran sido neozelandezes, australianos o surcoreanos, en vez de fracaso solo tendríamos hoy que celebrar éxitos. Así lo creen y proclamaron los profesores John Williamson y Guy Meredith, este último del FMI.

Los datos estadísticos fueron permanentemente manipulados, a veces falsificados. Cuando el debate incidió sobre el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el TLCAN, los estadounidenses Luis Severn y William Malloney, del Banco Mundial, hablaron como personajes de una novela de Franz Kafka. Un lenguaje con notas extra-planetarias se sobreponía a la lógica aparente del discurso.

La respuesta de América Latina fue serena, firme, demoledora. El argentino Julio Gambino, de la Universidad de Rosario, desmontó con elocuencia la estrategia de las organizaciones financieras mundiales, concebida para servir a los intereses de las potencias dominantes, y subrayó que el llamado Consenso de Washington no fue más, en la práctica, que un dictado imperial impuesto a América Latina con el apoyo de las oligarquías regionales y de gobiernos para los cuales la soberanía nacional no significa nada. Los hechos comprueban - y los números citados son indesmentibles- que América Latina está más endeudada, más pobre, y que el desempleo y la hambruna aumentan. Movilizar a los pueblos contra las políticas neoliberales responsables de la profundización de la crisis es, por lo tanto, una exigencia de la historia.

El mejicano Arturo Huerta, de la Universidad Nacional Autónoma de México, en una presentación bien documentada, iluminó por dentro el TLCAN, el funcionamiento de sus mecanismos de destrucción y la pesada factura que el pueblo mejicano continua pagando por las políticas de ajuste y la integración en un tratado desigual, responsable de la ruina de la agricultura y el desmantelamiento o venta a las transnacionales de sus industrias.

Por su lado, el profesor brasileño Renildo Sousa y otros economistas latinoamericanos colocaron contra la pared al Premio Nobel John Heckman con comentarios críticos a los que él respondió de manera confusa, poco convincente, a veces con insolencia dada la escasez de argumentos.

Otro defensor de las políticas del Banco Mundial fue el brasileño Luis Pereira da Silva, funcionario de aquella institución. No ha sido original al repetir tesis ya conocidas. Según escuché de amigos de Sao Paulo, el ministro de Hacienda, Antonio Palocci, acaba de invitarlo a asumir un alto cargo oficial. De confirmarse la noticia, eso reforzaría la poderosa quinta columna neoliberal instalada en la Administración Lula.

LA PESADILLA DE LA GUERRA

Remy Herrera, de la Universidad de Paris-1, estableció el puente entre las guerras de agresión imperialistas y la crisis económica que en los EE UU tiende a asumir carácter estructural. En una de las más lúcidas ponencias presentadas en el encuentro, el investigador del CNRS de Francia llamó la atención a una realidad que asusta: el poder de las finanzas es sustentado hoy por la fuerza bruta, por el terrorismo de Estado en el ámbito de una estrategia global que amenaza a la humanidad.

Herrera pregunta si los EE UU pueden redinamizar la acumulación del capital en el centro del sistema mundial a través de la guerra imperialista. Su respuesta es negativa porque las destrucciones de capital son «insuficientes para la acumulación capitalista, a menos que esas agresiones se transformen en guerras permanentes de los EE UU contra el mundo entero, o al menos contra el Sur ».

Los EE UU como estado parásito que consume mucho más que lo que produce tratan de bombear tantos recursos como sea posible, recurriendo cuando es necesario a la guerra y al saqueo.

¿Cuál la salida? La lucha de los pueblos. «Podemos resistir y tenemos que resistir»- es la conclusión de Remy Herrera.

En una intervención de contenido diferente pero cuyas conclusiones coinciden con las de su colega francés, el mejicano John Saxe Hernández, de la UNAM, esbozó también un cuadro terrible de los peligros a que la humanidad se encuentra expuesta por el desarrollo de la estrategia de un sistema de poder alucinatorio, en cuyo timón se exhibe la extrema derecha estadounidense.

1470 DELEGADOS DE 50 PAISES

Auspiciado por la Asociación de Economistas de América Latina y organizado por la Asociación Cubana -CANEC-, el Encuentro de La Habana atrajo a 1470 delegados de 50 países y 9 instituciones internacionales, un nuevo récord para una iniciativa que emerge hoy como el más prestigiado Forum internacional de debates sobre globalización y problemas del desarrollo.

Una evidencia: la defensa del neoliberalismo y de sus políticas por la task force estadounidense, reforzada por dos Premios Nobel, no convenció. Fue derrotada por KO en los debates.

Cuba no teme la confrontación de ideas. Eso quedó evidenciado en la impresionante diversidad de trabajos presentados en las comisiones de finanzas, comercio, integración, empresas y desarrollo.

Por la gran arena del encuentro, al mismo tiempo internacional y cubano por la atmósfera, desfilaron también, como era inevitable, académicos cuyas ponencias, por el contenido absurdo, suscitaron más sonrisas que protestas. Un profesor ruso, con mentalidad de intelectual de los tiempos del zar, pronunció una catilinaria contra la Revolución de Octubre. Para él todo, absolutamente todo, sin excepción, fue en ella negativo. El hombre no consigue vislumbrar algo positivo en la herencia de la grande revolución.

En lo que me concierne no resistí a comentar la ponencia de un profesor de la Universidad de México que, sin tomar conciencia de la imagen proyectada, habló como un reaccionario químicamente puro. Con el apoyo de bellos slides presentó a la Unión Europea, hegemonizada por el binomio Francia-Alemania, como una antecámara del Paraíso, identificando en ella una experiencia muy útil para la futura integración latinoamericana. No creo que mis informaciones sobre el funcionamiento de la UE y el carácter nada humanista del capitalismo en Europa y de sus transnacionales haya afectado en lo más mínimo su sueño de una integración latinoamericana inspirada en las maravillas de la política franco-alemana.

Otra ponencia que divirtió a los asistentes fue la de un profesor colombiano que, después de hacer el elogio de la opción revolucionaria, tomando como referencia a los jóvenes parisinos del Mayo de 68, sugirió como proyecto revolucionario para América Latina un pacto social de los «empresarios patriotas con los trabajadores, para la construcción de un capitalismo nacional».

CUBA AMENAZADA

Fue ya en una atmósfera de entusiasmo que en la sesión de clausura la plenaria aclamó la declaración del encuentro de estudiantes de América Latina que había transcurrido simultáneamente en el Palacio de las Convenciones. En ese documento más de 200 jóvenes de 15 países del hemisferio condenan con vehemencia la globalización neoliberal y las tentativas de imponer el ALCA, exhortando a los pueblos americanos, y particularmente a la juventud, a resistir y luchar.

La Declaración de los Colegios de Economistas de América Latina, también muy aplaudida, expresó un amplio consenso sobre temas fundamentales. En un encuentro en que participaron economistas con perspectivas muy diversas sobre los problemas del desarrollo económico, es positivo que hayan coincidido en la condena de la globalización neoliberal y de las políticas de ajuste que están destruyendo los sistemas de salud, de educación y de seguridad social, es positivo que hayan incentivado a los pueblos a defender el ambiente y la soberanía nacional, participando decisivamente en la construcción de su futuro.

Fidel pronunció el discurso de clausura.

En este Encuentro no tuvo la posibilidad de estar presente en las sesiones plenarias. Pero acompañó de lejos la marcha del evento. ¿Qué hizo? Siempre impredecible, asumió el papel de reportero.

La primera parte de su discurso fue una minuciosa síntesis de las ponencias presentadas y de los debates. Después, una nueva sorpresa.

Periodistas de la televisión y la radio cubanas habían interrogado al pueblo en las calles de La Habana para evaluar sus reacciones a lo que había pasado en el encuentro y en la mesa redonda de la televisión nacional en que participaron destacados economistas de América Latina. En las respuestas, interesantes, quedaba transparentado con nitidez el elevado nivel de conciencia de un pueblo instruido, cuya reflexión sobre los grandes problemas contemporáneos está enmarcada por profundas transformaciones revolucionarias que en las últimas cuatro décadas cambiaron la sociedad en que viven.

Fidel terminó su intervención condenando la globalización neoliberal, agregando un resumen de las amenazas más recientes a Cuba de altos funcionarios de la Administración de los EUA y del mismo presidente Bush. Ellas transmiten el rostro de un sistema de poder de matices ya neofascistas, éticamente degradado. El veterano dirigente fue claro: Cuba no se someterá. Si atacada, sabrá defenderse. ¡Luchará!

Traducción de Marla Muñoz