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25 de febrero de 2004
Cuba: ¿Feria del Libro? ¡Y mucho más!
Eva Sastre Forest
Rebelión
La XIII Feria del Libro de La Habana ha sido una gran fiesta. Una romería
de la cultura, un pasacalles de las letras, una fiesta extraordinaria en donde
libros, papeles, acentos, voces y palabras se han fundido con helados, tukolas,
cervezas Bucanero o Cristal. Esta Feria del Libro cubana es un auténtico
fenómeno social. Lo es por la inmensa afluencia de visitantes -impresionaba
ver a cientos de personas subiendo diariamente por las laderas y caminos de
la montaña para llegar a La Fortaleza de la Cabaña,- y lo es,
sobre todo, por el nivel cultural de la gente, del pueblo en general. En otras
partes del mundo una Feria es puro comercio, una simple compra-venta de objetos,
contratos y servicios. Pero aquí no es sólo eso. Estos diez días
han sido, desde luego, mucho más.
Ha sido un intercambio de ideas, en donde novelistas, historiadores, analistas,
políticos, poetas, científicos, economistas, arquitectos, filósofos,
cuentistas y autores de tiras cómicas intercambiaban ideas y proyectos
con la gente y acababan disolviéndose en una marea humana rebosante de
pioneros, abuelos, militares, novios, chavalería y familias enteras,
en un trajín enorme y repleto de demandas y ofertas que apenas daba tiempo
a digerir y asumir. (Por cierto, tomen nota otras ferias del magnífico
espacio que era el Pabellón Infantil -sí, los niños aquí
cuentan, y mucho-). En algún aspecto esta Feria me recordaba a la Feria
del Libro Vasco de Durango (País Vasco), en donde también acuden
cientos de miles de personas, familias enteras que llenan el recinto durante
apenas cinco días en defensa de su cultura, que se sustenta, básicamente,
en una lengua propia, la vasca. Quizás sea ésa la razón
para que pueda establecerse un paralelismo entre ambos eventos.
Porque cuando una cultura está amenazada y un pueblo está sano
y olfatea el peligro (del tipo que sea), se vuelca y acude a defender lo suyo.
Aunque en el caso de la Feria del Libro de La Habana (una feria que se extendería
luego a otras partes de la Isla), no sólo se estaba defendiendo una cultura
propia (como ocurre en la vasca), sino la Cultura en el más amplio sentido
del término, como algo vivido a flor de piel y en la plena consciencia
de que de ella depende en cierto modo la propia supervivencia.. Cultura a raudales,
en las mesas de debate y en los prados, en la explanada y en cualquier rincón:
libros y música, Aceitunas sin Hueso o rock berlinés, charangas
infantiles o actos tan relevantes como el convocado bajo el sugerente y estimulante
título de "En Defensa de la Humanidad", mesas redondas con la presencia
de Atilio Burón, Alfredo Guevara, Tarek William, Heinz Dietrich, James
Petras, Luis Britto y tantos otros? Casi nada. Cultura en mayúsculas,
cultura de largo alcance. Donde no se trata tan sólo de escuchar y atender
y adquirir la sabiduría de los sabios, sino de aportar también
la sabiduría propia de cada cual, poca o mucha, pero también útil,
también hermosa. Un lugar abierto en donde no se va tan sólo a
comprar libros, sino a compartirlos, y donde no se respira la obsesión
enfermiza por la posesión de sólo lindas portadas o caros best-sellers,
sino el hambre por zamparse con fruición los contenidos y extraer información
y riquezas de sus fondos.
Libros como estímulos, libros bellos y bien hechos, y no sólo
objetos de tapa llamativa y brillante situables en la estantería del
comedor a juego con la cortina, que no son más que libros vacíos,
libros muertos. ¿En qué lugar del mundo son los libros tan populares?
En La Habana era frecuente que un chófer, un maletero de hotel o un camarero,
al ver los librotes que una llevaba bajo el brazo, se acercara sin cortarse
un pelo y preguntara sin más: "¿Me deja ver? Ah, ése lo he leído,
es muy bueno, ¿me deja tomar nota del otro? Parece interesante?Mañana
iré con mis hijos a la Feria?" No sé si a algún habitante
de Madrid, París o Berlín le habrá ocurrido algo parecido.
A mí no. Pero en La Habana sí. Pero además, este talante
cubano amante apasionado de la cultura no sólo se circunscribe al recinto
y fechas de la Feria del Libro, sino que se escampa por la sociedad en general,
por todas partes. Por ejemplo, paralelamente a la Feria del Libro se estaba
celebrando en La Habana un Congreso de Economistas -con asistencia de cuatro
Premios Nobel-, un Congreso de Universidades y no sé cuántos eventos
más? Y la cosa no acababa ahí. Cuando llegaba la tarde y una se
retiraba a descansar un par de horas en la habitación del hotel y se
le ocurría encender la tele, ¡oh cielos, la fiesta seguía en la
TV cubana con el programa de Randy!, un debate diario de hora y media casi imprescindible
para aprender sobre ciertos temas de los que, por ejemplo en Europa, nadie hablaría
en una cadena de televisión.
Es este conjunto de cosas el que impacta al visitante, el que marca la diferencia
y el que desde fuera percibimos como extraordinario. Por eso, cuando poco antes
de partir hacia Europa echaba un último vistazo a las publicaciones de
las librerías del aeropuerto José Martí exclamé
a mis compañeros: ¡Disfrutad esta visión, amigos, que esto se
acaba! Efectivamente, nada más aterrizar en Barajas no pude contener
una arcada al contemplar en los atiborrados mostradores de las librerías
aeroportuarias madrileñas títulos como Todos somos directores
de recursos humanos, Cartas a un director general, Con Humor se trabaja mejor,
Ser de derechas, Lo mejor de los Gurus, Una queja es un regalo? En fin, a veces
más vale un título que mil comentarios más. Menos mal que
en medio de tanta vomitera nos queda no sólo el recuerdo de lo vivido
en Cuba, sino que con su luz se fortalecen aún más los proyectos
a realizar y por supuesto, la esperanza de un pronto retorno, a lo más
tardar, para la XIV Feria Internacional del Libro de La Habana, el año
próximo. ¡Nos vemos allá!