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Gorjeos y graznidos al son de Cuba, Fidel y los DD.HH.
Pajaritos & pajarones
Teodoro Boot*
Cada año, a medida que se aproxima la votación en Naciones Unidas
en la que el gobierno estadounidense pretende condenar al cubano por violación
a los derechos humanos, un súbito frenesí se apodera de cuanto
opinador a sueldo con patente de intelectual ande por ahí deseoso de
un poco de publicidad. La agitación en el gallinero se explica fácilmente:
es el momento en que las páginas de diarios y revistas se abren con generosidad
para que las almas sensibles se conduelan de la falta de libertades del régimen
castrista. Es esa la señal esperada por otras almas sensibles para hacer
saber su apoyo al cuestionado régimen, a su modo de ver, tan pletórico
en virtudes como aquellos lo ven en defectos.
A impulso de ambos bandos se instala un monumental equívoco: la discusión
sobre los méritos y deméritos de Fidel Castro. Como si ese fuera
en verdad el eje del debate.
Puede hasta ser pertinente que personas que carecen de la menor relación
con Cuba como no sea por vía de las diversas formas que adquiere el turismo,
tengan una opinión formada al respecto. ¿Por qué no? ¿Quién
o qué niega esa posibilidad, si los seres humanos abrigamos opinión
sobre casi todas las cosas, incluida la formación del seleccionado de
fútbol? ¿Quién no ha visto más de una vez a un tipo, incapaz
de pegarle derecho a una pelota de playa, tildar de "tronco" a un
futbolista profesional?
Pasa con frecuencia. Es que tras miles de años de evolución, algunos
órganos del ser humano adquirieron usos y propiedades diferentes a las
que tenían en los orígenes de la especie. Así, la lengua,
adecuada para recoger gusanos, lubricar cavidades, beber de los charcos o sorberse
los mocos, acabó adquiriendo función parlante. Combinada con una
deformación de la laringe de un remoto antepasado, que resultó
transmisible genéticamente a su descendencia, el tipo dispuso de una
caja de resonancia para su parla. Nadie debería entonces sorprenderse
de que haga abuso de tan notable peculiaridad, que, por si fuera poco, viene
con yapa: la de crear la ilusión de estar conectada a un cerebro que
dicta no ya sus movimientos, sino su significado.
En síntesis, que de unir un cerebro capaz de enviar los adecuados impulsos
eléctricos, una lengua que es sacudida por los mismos y una laringe lo
suficientemente amplia, tendremos un intelectual. Si acaso lee y escribe, el
resultado será una columna de opinión. En su defecto, siempre
alcanzará con un reportaje. Es así que atraídos por el
alpiste, estos pájaros se congregan en las columnas de los diarios para
hacer vibrar sus laringes y dejar caer sus opiniones con la misma autoridad,
beneficios y consecuencias con que las palomas deyectan desde la copa de los
árboles
Nada hay de objetable. Si la naturaleza no le ha dado al hombre alas, lo dotó
de lengua para que remonte vuelo. Lógico es que la use. Es lo que comúnmente
llamamos "derecho de opinión" que, como se ha aquí demostrado,
más que un derecho ciudadano es una capacidad evolutiva.
La primer tentación es no tomar el parloteo muy en serio: ninguno sabe
muy bien de lo que habla y sus palabras, dichas siempre en nombre de los ciudadanos
de Cuba, ya para alardear del brillo de sus dentaduras ya para dolerse de las
faltas de libertades cívicas, significan para la realidad de la isla
lo que un flato en el Aconcagua. Pero la polémica es engañosa:
nuestros pájaros deben ser teros pues mientras parecen discutir abstractamente
una abstracción que no nos incumbe, nos meten de contrabando una cuestión
práctica que sí nos incumbe. Vale decir, mientras chillan en lo
alto de las ramas por los derechos humanos en Cuba, meten en el nido la política
exterior de nuestro país.
Estos pájaros están sumamente contrariados desde que las autoridades
han vuelto a la postura tradicional argentina de no inmiscuirse en los asuntos
internos de otros países. No pudiendo cuestionarla en su fundamento –lo
que implicaría admitir lo que sólo Menem era capaz de sostener
abiertamente– fingen escandalizarse de la situación cubana, tratando
de convencernos de la necesidad de hacer algo para remediarla, como si fuéramos
el Batman de la política internacional.
Uno de estos pájaros, que de tan engreído ya es pajarón,
lleva las cosas a un absurdo lógico: puesto que el gobierno hace tanto
hincapié en los derechos humanos, proclamó, debería ser
coherente y votar contra Cuba por la violación de los mismos. Renato,
amigo mío: en tren de ser coherente el gobierno debería votar
contra todo el mundo, y hasta autocondenarse cada vez que hay un caso de gatillo
fácil o un funcionario destrata a una persona por su aspecto físico,
su condición social o sus gustos sexuales o hace abuso de su autoridad,
por no mencionar las inequidades sociales, la desigualdad ante la ley o la disparidad
de oportunidades.
Los derechos humanos son violados en todo tiempo y lugar, como bien puede atestiguarlo
cualquier magrebí en España, un inmigrante ilegal en Estados Unidos,
los prisioneros de Guantánamo, una adúltera en Nigeria o un vecino
de una favela de Río. Se trata de evitar su violación mediante
leyes más humanitarias, de educar y sancionar a los funcionarios que
las incumplan, de mantener y promover organizaciones que los protejan, de controlar
y vigilar a aquellos que en una sociedad detenten mayor poder.
No hay un acto a partir del cual los derechos humanos queden automáticamente
respetados, ni ley o régimen político alguno que de por sí
garantice su vigencia, y resulta una arbitrariedad condenar a un Estado porque
en su territorio se produzcan violaciones a los derechos humanos. En las comisarías
argentinas se sigue aplicando la tortura y el maltrato, los policías
estadounidenses golpean a las personas de colores alternativos, los carabineros
italianos lanzan sus perros contra los árabes, sus colegas chilenos reprimen
violentamente a los mapuches. Se trata de evitar, fundamentalmente, que esas
violaciones se conviertan en políticas de Estado, pero es ridículo
condenar a los países o a los gobiernos por los actos de sus funcionarios.
No es tampoco la preferencia hacia un régimen político o el disgusto
que pueda merecernos determinada legislación motivo suficiente para una
sanción diplomática. Los juicios de instancia única son
una aberración legal y en sí mismos constituyen una violación
a los derechos humanos. Mediante procesos de instancia única fueron condenados
los atacantes de la Tablada y también los carapintadas de Seineldín.
Y lo fueron gracias a una ley macabramente llamada de "Defensa de la Democracia",
muy aplaudida por pájaros y pajarones. ¿Es esa ley aberrante motivo para
sancionar a la Argentina en Naciones Unidas? O lo que es igual: ¿Podemos condenar
a una isla del caribe por aplicar la pena de muerte y simultáneamente
desentendernos de que la apliquen la mitad de los estados norteamericanos o
la contemple Perú en su legislación penal?
¿La autocracia de un plebeyo es una violación a los derechos humanos
y la de un noble no lo es? ¿No se promueve la condena a Arabia Saudita porque
su gobernante se las tira de descendiente de Mahoma? ¿Qué defensores
de los derechos humanos son esos, capaces de admitir que un tipo tiene prerrogativas
sobre otros gracias a su linaje semi divino?
Nada de esto es serio.
Los argumentos de quienes reclaman la sanción a Cuba no resisten ningún
análisis objetivo y sería un acto de sinceridad que tantos condolidos
por la situación cubana, explicaran claramente por qué pretenden
que nuestro país vuelva a votar en la sintonía en que lo hacía
Carlos Menem, ya que eso es lo que en realidad pretenden.
No es Cuba lo que se discute. Es la Argentina. Es en forma soterrada y con argumentos
pretendidamente humanitarios que se quiere torcer el nuevo rumbo de nuestra
política exterior, promoviendo los alineamientos automáticos,
mutilando cualquier intento de independencia, de manera que la política
exterior argentina no esté al servicio de los intereses nacionales sino
a la cola de las decisiones de otros países que sí actúan
en función de sus propios intereses.
De eso se trata todo este ruido. A todos estos pájaros, los derechos
humanos les importan un pepino. El país, también.
*) Para comunicarse con el autor, escribir a braul@satlink.com