30 años de Angola: crónica mínima

  Jorge Gómez Barata
 
Con discreción y sobriedad, humildemente, en la Habana finalizaron las celebraciones por el trigésimo aniversario de la misión militar cubana en Angola, conocida como "Operación Carlota".
No hubo desfiles, ascensos ni condecoraciones, no se invocaron los nombres de los jefes ni se develaron estatuas, sino que se honró un apotegma martiano: "El deber ha de cumplirse sencilla y naturalmente".
Aunque se narre con pocas palabras y se celebre sin fanfarrias, la "Operación Carlota" fue la más importante operación combativa desde la II Guerra Mundial, la más grande campaña militar librada por un país del Tercer Mundo y la acción revolucionaria más audaz.
Quince años de intensos combates, en un teatro de operaciones de un millón 200 000 kilómetros cuadrados, a casi 11 000 kilómetros de distancia de Cuba, en el que se libraron en acciones combativas que involucraron a más de 300 000 combatientes cubanos y no menos de 200 000 angolanos, sudafricanos y zairenses. En total, más de medio millón de hombres en una empresa que influyó notablemente en la historia de todo un continente.
El espacio operativo en que se movían las tropas y se realizaban las acciones era más de dos veces el tamaño de España. En ese inmenso territorio las tropas cubanas, combatieron contra sudafricanos y zairenses, mercenarios y bandas nativas, en los cuatro puntos cardinales. Defendieron Cabinda y las ciudades de la costa atlántica, se internaron en la profundidad del territorio preservando las fronteras con Zambia y Zaire y culminaron las operaciones batiendo a las tropas sudafricanas en encarnizados combates en el sur profundo, en las proximidades de las fronteras con Namibia.
Con sus aviones y buques, organizados por la intendencia y los servicios logísticos de sus fuerzas armadas, Cuba realizó el traslado de una agrupación militar que en algún momento llegó a disponer de 50 000 hombres, equipados con tanques, aviones, artillería pesada, armamento antiaéreo, medios ingenieros, y todos los aseguramientos que precisa una tropa en campaña, entre ellos municiones, combustibles, servicios médicos y alimentación.
Durante las operaciones los efectivos cubanos desbrozaron selvas, construyeron caminos, puentes, aeropuertos, pasos de montaña, forzaron caudalosos ríos, vencieron elevaciones y atravesaron el desierto, defendieron grandes ciudades, incluyendo la capital.
La lucha no se entabló sólo contra los soldados enemigos, sino también contra las serpientes y las fieras, el paludismo, el cólera y las enfermedades asociadas a las aguas insalubres y a las condiciones que impone la pobreza, agravada por una guerra de enormes proporciones.
En las últimas jornadas, cuando los grandes combates se trasladaron al sur y los racistas vieron peligrar el dominio sobre Namibia y su territorio, se puso al alcance de la aviación de combate, existió incluso el riesgo de que Sudáfrica acudiera al empleo de sus armas nucleares contra la agrupación de tropas cubanas.
El saldo de la operación Carlota no pudo ser mejor: Angola preservó su independencia y su integridad territorial, su petróleo, sus diamantes y su café, se hicieron añicos los planes de Estados Unidos y la OTAN para el África austral, se obligó a los racistas a sentarse a la mesa de negociaciones, se forzó la aplicación de la Resolución 435 para la independencia de Namibia y se precipitó el fin del apartheid.
Además del contingente militar sirvieron en Angola, en calidad de colaboradores civiles o asesores, alrededor de 50 mil trabajadores y especialistas, especialmente médicos y maestros, constructores, economistas, periodistas, entrenadores deportivos, promotores culturales, instructores de arte y especialistas en decenas de ramas. Numerosos elencos artísticos actuaron para las tropas y la población. Para los dirigentes cubanos, servir y trabajar en Angola o para aquella misión, llegó a ser imprescindible.
De haberlo querido, Cuba pudo haber proclamado una victoria en toda la línea y ahora la hubiera festejado por todo lo alto. No lo hizo porque no combatió para humillar a nadie ni demostrar fuerza o poderío y hubiera preferido no hacerlo.
En toda la campaña, a pesar de las tensiones que la guerra impone y de la juventud de los soldados y oficiales, no hubo un solo caso, ni siquiera una queja porque alguna mujer angolana fuera ofendida, ninguna autoridad local o tradicional resultó desconocida y ningún símbolo o institución fue menoscabado. Nunca un arma cubana apuntó, amenazó o sirvió para intimidar a un ciudadano de aquel país y jamás la población angolana repudió a un combatiente cubano.
En la sencilla conmemoración del 30 Aniversario, en La Habana, Fidel Castro se encargó de resaltar que nada de esto lo hizo Cuba en solitario, sino con el mejor aporte del pueblo angolano y el concurso de la Unión Soviética que aportó el material militar.
El homenaje fue para los combatientes muertos y el reconocimiento para sus madres, hijos y esposas. No hicieron falta advertencias, era obvio: Angola fue el principio del fin de la impunidad.
Con sus muertos y su bandera retornaron los cubanos. De vuelta al trabajo pacifico y creador. Sin rencores, deudas ni cuentas por saldar y sobre todo sin ningún bien material. No hay en Angola empresas cubanas y ningún cubano posee acciones o propiedades allí.
Carlota, la mujer que dio nombre a la operación, fue una entre el millón de esclavos africanos arrojados sobre la campiña cubana y que acompañando a los bisoños soldados cubanos, regresó a la tierra de sus mayores para lavar la afrenta infligida por la trata de esclavos, el más grande, prolongado e injustificado crimen cometido contra la humanidad.
Es temprano todavía para aquilatar todos los efectos de la epopeya angolana, que hizo a Cuba más fuerte y mejores a los cubanos. Se trata de un hito que parte en dos la historia: antes y después.
Después de Angola, derrotado el imperialismo y enterrado el apartheid, África fue más segura y todos los negros un poco más libres.