Con discreción y sobriedad, humildemente, en la Habana
finalizaron las celebraciones por el trigésimo aniversario de la misión militar
cubana en Angola, conocida como "Operación Carlota".
No hubo desfiles, ascensos ni condecoraciones, no se invocaron los nombres de
los jefes ni se develaron estatuas, sino que se honró un apotegma martiano: "El
deber ha de cumplirse sencilla y naturalmente".
Aunque se narre con pocas palabras y se celebre sin fanfarrias, la "Operación
Carlota" fue la más importante operación combativa desde la II Guerra Mundial,
la más grande campaña militar librada por un país del Tercer Mundo y la acción
revolucionaria más audaz.
Quince años de intensos combates, en un teatro de operaciones de un millón 200
000 kilómetros cuadrados, a casi 11 000 kilómetros de distancia de Cuba, en el
que se libraron en acciones combativas que involucraron a más de 300 000
combatientes cubanos y no menos de 200 000 angolanos, sudafricanos y zairenses.
En total, más de medio millón de hombres en una empresa que influyó notablemente
en la historia de todo un continente.
El espacio operativo en que se movían las tropas y se realizaban las acciones
era más de dos veces el tamaño de España. En ese inmenso territorio las tropas
cubanas, combatieron contra sudafricanos y zairenses, mercenarios y bandas
nativas, en los cuatro puntos cardinales. Defendieron Cabinda y las ciudades de
la costa atlántica, se internaron en la profundidad del territorio preservando
las fronteras con Zambia y Zaire y culminaron las operaciones batiendo a las
tropas sudafricanas en encarnizados combates en el sur profundo, en las
proximidades de las fronteras con Namibia.
Con sus aviones y buques, organizados por la intendencia y los servicios
logísticos de sus fuerzas armadas, Cuba realizó el traslado de una agrupación
militar que en algún momento llegó a disponer de 50 000 hombres, equipados con
tanques, aviones, artillería pesada, armamento antiaéreo, medios ingenieros, y
todos los aseguramientos que precisa una tropa en campaña, entre ellos
municiones, combustibles, servicios médicos y alimentación.
Durante las operaciones los efectivos cubanos desbrozaron selvas, construyeron
caminos, puentes, aeropuertos, pasos de montaña, forzaron caudalosos ríos,
vencieron elevaciones y atravesaron el desierto, defendieron grandes ciudades,
incluyendo la capital.
La lucha no se entabló sólo contra los soldados enemigos, sino también contra
las serpientes y las fieras, el paludismo, el cólera y las enfermedades
asociadas a las aguas insalubres y a las condiciones que impone la pobreza,
agravada por una guerra de enormes proporciones.
En las últimas jornadas, cuando los grandes combates se trasladaron al sur y los
racistas vieron peligrar el dominio sobre Namibia y su territorio, se puso al
alcance de la aviación de combate, existió incluso el riesgo de que Sudáfrica
acudiera al empleo de sus armas nucleares contra la agrupación de tropas
cubanas.
El saldo de la operación Carlota no pudo ser mejor: Angola preservó su
independencia y su integridad territorial, su petróleo, sus diamantes y su café,
se hicieron añicos los planes de Estados Unidos y la OTAN para el África
austral, se obligó a los racistas a sentarse a la mesa de negociaciones, se
forzó la aplicación de la Resolución 435 para la independencia de Namibia y se
precipitó el fin del apartheid.
Además del contingente militar sirvieron en Angola, en calidad de colaboradores
civiles o asesores, alrededor de 50 mil trabajadores y especialistas,
especialmente médicos y maestros, constructores, economistas, periodistas,
entrenadores deportivos, promotores culturales, instructores de arte y
especialistas en decenas de ramas. Numerosos elencos artísticos actuaron para
las tropas y la población. Para los dirigentes cubanos, servir y trabajar en
Angola o para aquella misión, llegó a ser imprescindible.
De haberlo querido, Cuba pudo haber proclamado una victoria en toda la línea y
ahora la hubiera festejado por todo lo alto. No lo hizo porque no combatió para
humillar a nadie ni demostrar fuerza o poderío y hubiera preferido no hacerlo.
En toda la campaña, a pesar de las tensiones que la guerra impone y de la
juventud de los soldados y oficiales, no hubo un solo caso, ni siquiera una
queja porque alguna mujer angolana fuera ofendida, ninguna autoridad local o
tradicional resultó desconocida y ningún símbolo o institución fue menoscabado.
Nunca un arma cubana apuntó, amenazó o sirvió para intimidar a un ciudadano de
aquel país y jamás la población angolana repudió a un combatiente cubano.
En la sencilla conmemoración del 30 Aniversario, en La Habana, Fidel Castro se
encargó de resaltar que nada de esto lo hizo Cuba en solitario, sino con el
mejor aporte del pueblo angolano y el concurso de la Unión Soviética que aportó
el material militar.
El homenaje fue para los combatientes muertos y el reconocimiento para sus
madres, hijos y esposas. No hicieron falta advertencias, era obvio: Angola fue
el principio del fin de la impunidad.
Con sus muertos y su bandera retornaron los cubanos. De vuelta al trabajo
pacifico y creador. Sin rencores, deudas ni cuentas por saldar y sobre todo sin
ningún bien material. No hay en Angola empresas cubanas y ningún cubano posee
acciones o propiedades allí.
Carlota, la mujer que dio nombre a la operación, fue una entre el millón de
esclavos africanos arrojados sobre la campiña cubana y que acompañando a los
bisoños soldados cubanos, regresó a la tierra de sus mayores para lavar la
afrenta infligida por la trata de esclavos, el más grande, prolongado e
injustificado crimen cometido contra la humanidad.
Es temprano todavía para aquilatar todos los efectos de la epopeya angolana, que
hizo a Cuba más fuerte y mejores a los cubanos. Se trata de un hito que parte en
dos la historia: antes y después.
Después de Angola, derrotado el imperialismo y enterrado el apartheid, África
fue más segura y todos los negros un poco más libres.