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Introducción del libro "Cuba es una Isla"
Cuba fácil
Danielle Bleitrach y Viktor Dedaj
¿Le gustan las experiencias? ¿Sí? Entonces intentemos esta: tome un país del
Tercer Mundo, no importa cuál. Rico o no en recursos naturales, esto no tiene
portancia. Pero dótelo a pesar de todo de un potencial económico, de una
población instruida y bien formada, sobre todo si esta instrucción le cuesta
enormes sacrificios al país en cuestión —esto puede siempre servir más tarde.
Recorte este país siguiendo la línea de puntos de sus fronteras. Levántelo
delicadamente. Colóquelo a 150 Km. a lo largo de un país extremadamente rico,
digamos Francia. No proteste, es sólo un ejemplo. ¿Ya está?
Al principio, tal proximidad no le planteará problemas particulares. Sus nuevos
vecinos son muy amables y muy serviciales con respecto a usted, siempre prestos
a prestarle un servicio o a sacarlo de un apuro con azúcar a cambio de una
sonrisa o de una patada en el trasero, según su humor.Pero un día tiene lugar un
cambio radical y a partir de entonces le piden limpiarse los pies antes de
entrar. Usted se lo toma muy mal. Primero porque usted no tiene la costumbre de
que le hablen en ese tono, después porque usted teme que el resto del barrio
siga el ejemplo y haga caer el precio del metro cuadrado en todo el vecindario.
Usted les encontrará de pronto un montón de defectos. Usted encontrará que hacen
demasiado ruido antes, durante y después de las 10 de la noche. Usted juzgará la
situación intolerable. Usted les ordena volver al orden, pero ellos ya no lo
escuchan. Exasperado, usted sabe lo que le queda por hacer.
Comience por imponer sanciones económicas. Por ejemplo, rechace venderle lo que
sea a esa isla. Piense, no obstante, en prever algunas excepciones a la regla,
de manera que usted pueda negar toda tentativa de sabotaje a la economía, y,
sobre todo, suministrar algunos argumentos fáciles a aquellos que se unirán al
coro, así como a todos aquellos que no se cuestionan si deben creerle. Además,
rechace comprar lo que sea a esta isla. Asegúrese de que sus socios comerciales
habituales no sirvan de relevo, obligándoles a garantizar que todo lo que le
vendan a usted no incluya ni una sola molécula de un producto fabricado,
ensamblado, extraído o que simplemente haya pasado por la isla.
Desconfíe de las veleidades de sus socios, ávidos con la idea de conquistar
nuevos mercados. Vote una ley que les prohíba comerciar con la isla o invertir
allí. Vote mejor dos, para garantizar el resultado. Llámelas Ley Torricelli y
Ley Helms-Burton. Usted puede también endilgarles nombres más pomposos, como «Cuban
Democracy Act of 1992» y «Cuban Liberty and Democratic Solidarity (Libertad) Act
of 1996». Cuando surjan las inevitables dificultades económicas, evite
cuidadosamente dejar entrever una relación de causa-efecto entre la crisis y sus
sanciones económicas. Por encima de todo usted no desea ser acusado de una
tentativa de crimen contra la humanidad. Descontextualice. Diga
simplemente « Es culpa del sistema». Y si la isla logra la increíble
hazaña de impedir el naufragio de su economía, habiéndose dado las condiciones
para una crisis de amplitud inusitada y desconocida hasta el presente en período
de paz, y ello además sin tomar ninguna idea procedente de los "especialistas"
internacionales habituales, sobre todo no les otorgue un Premio Nobel.
Descontextualice. Diga simplemente «Ellos no son ricos».
Al mismo tiempo, proclame alto y fuerte su adhesión a la libertad y su fe en las
bondades del liberalismo económico. Afirme gravemente que Francia es una tierra
de libertad y una tierra acogedora para todos los oprimidos. Para apoyar sus
declaraciones y probar su irreprochable buena voluntad, reúna a los
representantes del poder legislativo en un lugar que pudiera ser la Asamblea
Nacional. Hágales votar una ley que pudieran bautizar como Cuban Adjustment Act.
Esta ley dirá en sustancia: «A todos los habitantes del país recortado y
ubicado a 150 Km. de nosotros les será automáticamente otorgado un permiso de
estancia y un permiso de trabajo si llegan a poner un pie sobre el territorio
nacional». Muy importante, y no frunzan el entrecejo, una vez que la ley sea
votada, asegúrense de que sea bien aplicada.
Atención, aún no se ha terminado. En efecto, pudiera ocurrir que, a pesar de sus
esfuerzos, ciertos habitantes de ese País Recortado demuestren cierta reticencia
a obedecer. En ese caso, instaure, preferentemente mediante actos terroristas,
un sentimiento general de inseguridad, asesinando a algunos miles de ellos.
¡Pero cuide su reputación! Sobre todo usted no quiere ser acusado de
«terrorismo». Tómese el cuidado de borrar concienzudamente de los medios de
comunicación de masas todas estas «medidas ». Usted no encontrará a priori
grandes dificultades para ello, porque tiene el control de la casi totalidad de
los medios. Cuando el País Recortado adopte las medidas que juzgue necesarias
para defenderse, evite cuidadosamente dejar entrever una relación de
causa-efecto entre estas campañas terroristas y las medidas preventivas.
Descontextualice. Diga simplemente « el régimen asfixia las libertades».
Justamente, a propósito de los medios de comunicación, asegúrese de que los
habitantes del País Recortado reciban bien el mensaje, disponiendo una veintena
de radios y una televisión que emitirán 24/24 horas hacia esta isla y que
repetirán en todas las longitudes de onda que usted los ama, que ellos le hacen
falta y que usted sólo los espera a ellos para comenzar la fiesta. Vaya, la
mecánica se ha puesto en marcha. Dé ahora un paso hacia atrás y admire el
resultado. ¿Impresionante, no? Cuando los habitantes del País Recortado deseen
ir a instalarse al país extraordinariamente rico que es el de usted, evite
cuidadosamente dejarles entrever una relación de causa-efecto entre ese flujo
migratorio y su ley acogedora. Descontextualice. Diga simplemente «Ellos
huyen del régimen».
No olvide hacer entender al resto de los pordioseros del planeta que en modo
alguno están contemplados por esta ley, y que si no están provistos de una carta
oficial de invitación no hace falta que corran para beneficiarse de ella. No
dude en aporrear a los eventuales extraviados que sean arrojados a sus playas.
Devuélvalos a su casa, sobre todo si sus cualificaciones profesionales no le son
de utilidad alguna. Y si al regresar arriesgan sus vidas,
descontextualice, omitiendo recodar que el país del que habián llegado
está dirigido por asesinos formados justamente en una de vuestras escuelas
especialmente organizadas con ese fin (La Escuela de las Américas, después
rebautizada como Western Hemisphere Institute for Security Cooperation). Ello no
hará más que acentuar la ironía de vuestra paradójica política internacional .
Durante este tiempo, usted recibirá a los que lleguen del País Recortado.
Fanfarrias, confetis, fotos. Evidentemente, usted hará una selección entre
aquellos que cacareen el mismo discurso que usted, y los otros. Los otros irán a
unirse a la masa silenciosa, cuyo silencio está garantizado por
presiones, amenazas y hasta asesinatos. En cuanto a los primeros, servirán de
pantalla y de portavoces de vuestras acciones ilegales. Usted los distribuirá de
acuerdo a la configuración del terreno. Por ejemplo, usted guardará en casa a
los más radicales, a los más intransigentes, a los más extremistas. Los
moderados, los intelectuales, los escritores, se sentirán más a gusto bajo
climas más templados. Entre ambos, afinando bien la oreja, a veces se escucharán
discursos contradictorios. Es normal, porque los discursos serán adaptados al
auditorio. Aquí, se reclamará el mantenimiento y el reforzamiento del bloqueo «que
comienza a dar sus frutos». Allá, se dirá «Pero no, si el bloqueo no
existe». Aparte de eso, los dos grupos están muy de acuerdo sobre el resto.
En este estadio, vuestra experiencia no podría estar satisfecha con una mecánica
que peligra griparse. Como un amante del modelismo, usted añadirá un pequeño
toque final a su trabajo de reducción del
contexto. Y como si un «comunismo agonizante» no pudiera ser servido más
que acompañado por ciertas legumbres disidentes, usted enviará a un
representante a la isla encargado de pescar, entre los habitantes, a algunas
legumbres sensibles a sus cantos de sirena. Usted los atraerá con algunos
abalorios combinados con promesas de un futuro brillante («Dime Oswaldo, ¿te
gustaría ser presidente de tu país?» «Y tu, Luis, primer ministro, ¿no te
tienta?») Algunos le creerán, otros pondrán cara de que creen, qué importa;
ellos aseguran una cierta credibilidad. Usted les garantiza una publicidad
máxima, usted les suministra dinero y material. Sus hechos y gestos pueden
repercutir en el mundo entero a través de sus medios de comunicación. Usted no
se detendrá demasiado sobre el contenido de su discurso, porque sabe que en el
fondo a nadie le importa nada. Le será suficiente calificarlos de «disidentes»,
porque la palabra es muy atractiva. Usted les endilgará el término de
«periodista». Eso no cuesta nada y representa una triple ventaja. Primero, un
«periodista » no podría ser mercenario ¿no es así? Además, en este contexto,
«periodista » tiene mejor pinta que «camarero» o «jardinero». Eso es seguro.
Todo disidente será calificado pues de «periodista», o de «escritor» o de
«poeta». En fin, usted tocará una cuerda muy sensible entre los periodistas de
su país que se sentirán «aludidos» por la suerte infligida a sus «colegas».
Fuera de todo contexto, evidentemente.
En definitiva, tómese el cuidado de aplicar sistemáticamente esta
descontextualización. En efecto, algunos pudieran sentir la tentación de
preguntarse qué es lo que ocurre en las cocinas del Imperio. Usted les
colocará la mano amigablemente sobre las espaldas, arrastrándolos hacia el salón
y susurrándoles «No es nada, sólo algunos comunistas arcaicos agonizando.
¿Desea un cigarro?» Pero si a pesar de todo le plantean la pregunta de «por
qué», usted se aclarará la garganta y anunciará solemnemente «Es a causa de
los misiles soviéticos». ¿Qué misiles soviéticos? «Eh, yo quería decir:
es a causa de sus soldados en África». ¿Qué soldados? «¿Dije soldados? Yo
quería decir: es a causa del terrorismo» ¿Qué terrorismo? «Dios mío,
¿dónde tenía la cabeza? Hablo ciertamente de las armas bacteriológicas».
¿Qué armas bacte… «Mire, escuche, en los laboratorios subterráneos secretos
de su capital, ellos practican la vivisección con Flipper, el delfín. ¿Entonces,
un cigarro?» Y como todos aman a Flipper el delfín, dirán «Ah… los
canallas... ¿Tiene fuego?»
Para terminar
, póngase un abrigo bien largo y apóstese a la salida de una escuela de
periodismo. Usted no tendrá que hacer demasiado porque su reputación, una vez
más, le precede y parece permanecer intacta a pesar de los azares de una
actualidad reciente y quemante. Usted abordará a los que le parezcan más
interesantes y los entrenará a distancia, prometiéndoles algunas golosinas. En
su torpeza conformista, se dejarán convencer fácilmente y prometerán no develar
vuestro pequeño secreto. Y usted sabe que puede contar con ellos.
La maquinaria de represalias contra el País Recortado ya está implantada. Usted
ha aplicado medidas, desarrollado campañas, planificado actos que son otras
tantas trampas a las leyes internacionales, a los principios establecidos, a los
discursos pronunciados. Usted no excluye una invasión militar directa, pero
prefiere esperar vientos más favorables. Usted se ha convertido en un granuja de
la escena internacional, y esto desde hace mucho tiempo, pero logrará hacerse
pasar por un justiciero, como siempre.
Introduccion a "Cuba es una Isla", Danielle Bleitrach y Viktor Dedaj, con la
colaboracion de Jacques-François Bonaldi, Traducción de Maira Góngora
Edición francesa en
Le Temps des Cerises, 2004 © Danielle Bleitrach y Viktor Dedaj
Edición espanola propiedad de Ediciones de Intervención Cultural/El Viejo
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