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El misterio del Alacrán Azul
Carlos Tena
Rebelión
Hace unos días, comentando el wagneriano tratamiento que se dio en los
medios de comunicación españoles a la triste desaparición de la cantante
andaluza Rocío Jurado, señalaba, hacia el final del artículo, que la
infortunada mujer no había sido informada por ninguno de sus allegados o amigos,
de que la medicina cubana, o también la llamada medicina alternativa de esta
singular isla, posee una de las más avanzadas e ingeniosas formas de lucha
contra esa plaga llamada cáncer. Sin embargo, con un candor rayano en la
estupidez, los familiares de la cantante prefirieron enviarla a un carísimo
centro hospitalario en Houston, donde no hicieron otra cosa que robarles cientos
de miles de euros, tratando a la paciente con las mismas armas que en otros
institutos homólogos españoles.
El bloqueo al que sigue sometido esta ejemplar Cuba revolucionaria, tras 46 años
de asedio terrorista por parte de los gobiernos USA, no tiene parangón en la
historia de la humanidad, Pero es además un medio indirecto para impedir a los
llamados ciudadanos del mundo libre, que se conozcan los avances que en
el terreno de la salud ha logrado el sistema.
Ya es bien conocido, por quienes tenemos la dicha de trabajar y convivir en la
isla, que además de los miles de médicos que, en misión humanitaria, Cuba envía
constantemente por el mundo, a aquellos países de Asia, África y Latinoamérica
que lo precisan, organismos como el Instituto de Biología Molecular,
donde trabajan heroicamente decenas de investigadores cubanos, ha obtenido
espectaculares logros en el combate contra las más variadas enfermedades;
descubrimientos que ese primer mundo dirigido por George W. Bush se niega
en reconocer, aunque ello signifique un paso adelante en la lucha por acabar con
males que llevan a la tumba a millones de norteamericanos o emigrantes
residentes en USA, que no conocen absolutamente nada de la realidad cubana, bien
distinta a como se pinta en los medios occidentales. Y si un día desean saberlo
y viajan a La Habana, pueden ser sancionados con multas de hasta 100.000
dólares, más una pena de cárcel que podría llegar a los diez años.
Hace unas semanas, mi amigo David, sevillano que desarrolla un formidable
trabajo de colaboración en tareas agrícolas e hidrológicas en la localidad de
Jagüey Grande, me comentaba el caso curioso de una medicina popular
confeccionada con un misterioso y, al parecer, eficaz extracto obtenido de la
ponzoña del alacrán azul, que ha sido discretamente adoptado como analgésico y
anti-inflamatorio por la industria farmacéutica cubana, pero del que se oye
hablar desde hace 14 años como un arma bastante eficaz en la lucha contra el
cáncer. Pero, ojo, que hay desesperados que habiéndose sometido durante años a
las siempre agresivas técnicas de la radioterapia, y cuando ya ésta se muestra
incapaz de aliviar su dolencia, mitigar sus dolores o alargar su vida, creen que
el Escozul (nombre bajo el que se distribuye ese líquido) es la panacea
contra tan terrible mal. Gran error, pero, sin duda, hay algo mágico y
misterioso en su composición.
Cada mañana, en esa hermosa villa matancera que es Jagüey Grande, en el campo
cubano, a 130 kilómetros al sudeste de La Habana, un puñado de personas hace
cola frente a una casa de color beige. Una vino haciendo autostop desde la
capital. Otra llegó a pie desde un batey cercano. Algunos lo hacen en bicicleta
desde localidades próximas. Hubo quien se desplazó hasta allá en un bus durante
cinco horas, e incluso alguno se presentó en un Mercedes negro alquilado y con
chofer. Todos ellos habían sido diagnosticados como enfermos de cáncer, con
tumores en el cuello, la vejiga, la matriz; la próstata o el pulmón. Y todos
pusieron sus últimas esperanzas en ese veneno del alacrán azul, originario del
centro de la isla, que ya ha demostrado su eficacia en muchos pacientes.
El propietario de la casa es José Felipe Monzón. No tiene ningún diploma médico
y, sin embargo, se pasa los días recibiendo a enfermos o a sus parientes y
examinando historiales clínicos, para decidir quién sería un buen candidato para
un tratamiento, no demostrado científicamente, que al parecer es capaz de
remitir el avance de ciertos tipos de cáncer: un brebaje compuesto de agua
destilada y unas gotas de veneno de alacrán.
Veamos algunos ejemplos rigurosamente demostrables. Hace tres años
diagnosticaron un tumor en el cuello un paciente y los médicos recomendaron una
operación. El afectado, en cambio, se decidió por el Escozul. Ahora jura que el
tumor se ha reducido mucho y que se siente mejor. "Por supuesto, no funciona
siempre", dice. Luego, con gesto firme asegura que los pacientes que mejor
reaccionan a Escozul son aquellos que se encuentran en las fases iniciales de la
enfermedad y aún no han recibido quimioterapia. En los últimos trece años, a
pesar de la cautela del sector médico cubano, se calcula que 70.000 personas
fueron tratadas con Escozul. De los pacientes atendidos por Misael Bordier,
el primero en aplicarlo en Cuba, el 97 por ciento informó mejorías. Ya era un
dato espectacular, digno de análisis.
Evidentemente, ante resultados tan extraordinarios las autoridades médicas
comenzaron a superar su escepticismo. Labiofarm, un laboratorio
farmacéutico del gobierno, lo está probando ahora en más de 700 pacientes en
conjunción con otros tratamientos tradicionales, tales como la irradiación que,
como todo lo relativo a la medicina en Cuba, son totalmente gratuitos. El
laboratorio tiene mucho cuidado en los términos en los que se refiere a la
sustancia, calificándola de analgésica y anti-inflamatoria, aunque en ningún
momento la califica oficialmente de anticancerígeno.
Bordier, biólogo de Guantánamo, comenzó a criar el alacrán azul a principios de
los años 80 y a curar experimentalmente con la ponzoña a ratones y perros
(muchos curanderos utilizan las toxinas de arañas y culebras para curar una gran
diversidad de dolencias), comprobando muy pronto que los animales reaccionaban
al preparado con el veneno diluido. Fue posible ver que muchos tumores se
reducían visiblemente con un tratamiento ininterrumpido. Finalmente, se enteró
Monzón, porque su hija de 15 años estaba en las últimas fases de un cáncer
pancreático (el que mató a Rocío Jurado) que, a pesar de haber sido tratado
con irradiaciones y quimioterapia durante cuatro años, se había propagado por el
hígado y los intestinos. Tras conocer a Bordier, Monzón le pidió que le diera un
poco para su hija Niurys. Mes tras mes, Monzón hizo el viaje de ¡ 14 horas ¡
cada vez que a ella se le acababa la toxina. La recuperación de la hija de José
Felipe fue tan asombrosa, que tanto amigos y vecinos como extraños comenzaron a
pedirle que por favor les trajera también la ponzoña de alacrán.
Durante muchos años, este tratamiento siguió adelante gracias a esos hombres:
Bordier en Guantánamo y Monzón en Jagüey Grande. Aunque al principio fueron
rechazados por las autoridades médicas, no permitieron que les frustraran sus
intentos ni dejaron de distribuir la toxina, continuando con sus investigaciones
sin abandonar la salud de sus pacientes. "Según mi experiencia", dice
Monzón, "el 15 por ciento de las personas que han venido a consultarme sufren
de cáncer en fase terminal con muy pocas posibilidades de curarse, pero el
veneno los ayuda a sentirse mejor, a tener una vida más llevadera". Del 85
por ciento restante, el 30 ha entrado en remisión y el otro 55, aunque no se ha
curado, ha sentido mejorías y vivido más tiempo.
Estas estadísticas llegaron a oídos de la preciosa industria biotécnica cubana,
una de las más avanzadas del mundo. En los últimos 15 años, este país ha sido
obligada a valerse por sí misma luego de que la Unión Soviética se deshiciera de
forma tan brutal, y sin embargo es capaz de desarrollar un gigantesco
biotecnológico. Hoy en día suministra toda clase de fármacos, incluyendo la
vacuna de la meningitis, a más de 30 países. Sus investigaciones científicas
y el desarrollo de otras vacunas para el cáncer de próstata y pulmonar, son
considerados tan cruciales, que el pasado junio el gobierno de los EE.UU. se vio
forzado a interrumpir su embargo comercial de los últimos 46 años, permitiendo
que Cancervax, laboratorio con sede en California, estableciera una
empresa conjunta con el gobierno cubano
En cuanto a Escozul, cualquier posible cooperación continúa manteniéndose en
estricto secreto. Las autoridades sanitarias cubanas rehúsan dar falsas
esperanzas sobre el misterioso veneno de ese alacrán. No se pueden crear
expectativas exageradamente optimistas entre los pacientes afectados por ese
terrible mal, pero tampoco conviene negar de plano el alivio que miles de
enfermos han experimentado tras un tratamiento con ese líquido. Con todo, no hay
indicios de que el tratamiento con Escozul vaya a desaparecer en un futuro
cercano. Ahora se accede fácilmente a información en Internet, incluyendo el
Foro Escozul. Mientras, oncólogos como el Dr. Donald Morton, director
y jefe de cirugía del John Wayne’s Cancer Institute, en California (EE.UU.),
asesor de Cancervax con la colaboración de Cuba, lo miran aún con escepticismo:
"Perjudica a la ciencia y es injusto brindar falsas esperanzas a estas
personas".
Sin embargo, los discretos avances que se han dado en las investigaciones
científicas oficiales durante los últimos años, la cautela y silencio de los
oncólogos y la prudencia de las autoridades cubanas. no impiden que centenares
de enfermos y sus seres queridos sigan mirando a esa ponzoña con una fundada
ilusión en la mirada. Y como dice un amigo cubano: "Carlos, los remedios
contra todo están a la vista. No hace falta más que fijarse bien".