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Cuba
El fracaso del plan B
Fidel Castro sobrevivió a más de 600 atentados contra su vida. Pero no sobrevivirá al paso del tiempo. Esa es la única certeza para quienes no duermen esperando que el líder de la revolución cubana desaparezca de escena, como si su muerte fuera determinante para un cambio de timón en la conducción política de la isla.
Samuel Blixen
Brecha
Y la desaparición de Fidel era –digo era– la apuesta principal de la
contrarrevolución asentada en Miami, cuyo poderío electoral digita la política
exterior de la dinastía Bush hacia Cuba, desde que los fusilamientos de tres
secuestradores de una lancha, en abril de 2003, estimuló la esperanza no
concretada de una invasión estadounidense a la isla.
Para algunos, en esos momentos la agresión contra Irak marcaba el punto más alto
de la política terrorista de Estados Unidos y generaba las condiciones para una
invasión; la mafia cubana de Miami reclamó insistentemente esa decisión. Para
otros, el pantano iraquí era, precisamente, la condición que impedía una
aventura militar en el Caribe. La hipótesis más peligrosa –en medio de una
reacción mundial liderada por la Comunidad Europea, especialmente la España de
Aznar y la Italia de Berlusconi– fue enfrentada con la revelación de un vasto
plan de resistencia que incluía la guerra irregular, popular y prolongada, para
combatir al invasor. El plan parecía de ciencia ficción: un gobierno
revolucionario que pasaba a la clandestinidad y una resistencia armada que
retomaba las técnicas de la guerra irregular –golpear y esconderse– pero en una
escala inimaginable, con aviones capaces de despegar desde el subsuelo, lanchas
guerrilleras y una estructura subterránea para albergar a una buena parte de las
fuerzas armadas, transformadas en guerrilla. Las agencias de inteligencia
estadounidenses comprobaron pronto que el plan no era una simple bravata; su
difusión tenía el objetivo de la disuasión, y lo sigue teniendo.
Desde entonces, la estrategia de desestabilización de la Casa Blanca se centró
en el estímulo de una oposición política para cercar al gobierno revolucionario
y finalmente desplazarlo. Regado con millones de dólares, ese proyecto aislaba a
los "opositores" y de alguna manera interfería con el despliegue de otra
oposición, cubana, no contrarrevolucionaria, que pudiera estimular ciertos
cambios en la vida política de la isla, a caballo de un descontento cuya
extensión y fuerza son hasta ahora invisibles. El entrecruzamiento de esos dos
planos esterilizaba cualquier posibilidad, porque Estados Unidos no concibe un
cambio sin su control directo, y quienes aspiran al cambio no aceptan ese
tutelaje.
DELEGAR EL MANDO
El anuncio de Fidel Castro, el lunes 31 de julio, de delegar
transitoriamente sus responsabilidades de gobierno, la conducción del Partido
Comunista y el mando supremo de las Fuerzas Armadas, debido a su convalecencia
después de una operación quirúrgica, materializó la coyuntura deseada. La muerte
de Fidel, o su desplazamiento de la conducción del gobierno por enfermedad, era
la única perspectiva cierta para los estrategas de la política contra Cuba; es
de suponer que el gobierno de Estados Unidos ha tomado sus previsiones para esa
eventualidad inevitable y que ha elaborado su plan B, o plan C. A sus 80 años,
el intelecto de Fidel Castro sigue intacto; no así su físico, que daba muestras
de deterioro desde el espectacular tropezón, en octubre de 2004, que le provocó
la fractura de una rodilla y lo obligó, durante un tiempo, a desarrollar sus
actividades públicas en una silla de ruedas.
Y el lunes se produjo lo que algunos esperaban y deseaban: el histórico
dirigente de la revolución delegaba sus funciones. Cuba amaneció esta semana sin
Fidel en el gobierno. El mundo contuvo el aliento, la prensa internacional
desvió sus titulares de Oriente Medio y en Miami explotó el carnaval,
ciertamente con las dimensiones de barrio.
Pero se había producido la tan ansiada coyuntura. Si, como sostienen algunos, la
mayoría del pueblo cubano está amordazado y maniatado por una perfecta máquina
de opresión policial, el lunes se daban las condiciones para que esa oposición
saliera a la calle. Se puede hacer una relativa comparación con la situación de
noviembre de 1983 en Uruguay: la dictadura estaba desgastada pero seguía
reprimiendo y controlando; y sin embargo, el 27 de noviembre medio millón de
personas se apretujó en el Obelisco formando aquel "río de libertad".
No ocurrió nada de eso. El martes Cuba amaneció consternada por el anuncio, pero
no hubo manifestaciones, ni concentraciones ni disturbios; no hubo tampoco
despliegue militar por las calles de las ciudades. Por televisión pudimos ver
los testimonios de cubanos que lamentaban la situación de su líder y reafirmaban
la convicción de que la revolución no se detenía ni daba marcha atrás. Las
cadenas de televisión estadounidenses y europeas no difundieron, que se sepa,
testimonios de opositores que reclamaran un cambio. Pero eso sí, proliferaron
las opiniones de opositores en Madrid y en Miami. La delegación de las
responsabilidades en Raúl Castro y otros cinco dirigentes de la revolución no
gestaron la irrupción de la oposición política, aquella que legítimamente podría
reclamar con independencia de Estados Unidos.
La realidad demuestra que el panorama que se anuncia reiteradamente no cuaja. Es
que en todo caso, si existe una corriente de oposición en Cuba que aspira a
cambios políticos y que cuestiona la conducción del Partido Comunista, esa
oposición no está dispuesta a hacerle el caldo gordo al imperialismo. Es
evidente que a 47 años del triunfo de la revolución los cubanos tienen integrado
el concepto de pueblo soberano, y su destino será resuelto con independencia de
Estados Unidos. La interferencia permanente del poderosos vecino, y el
mantenimiento del bloqueo son, quizás, las razones que detienen el avance de esa
oposición.
El fin del ciclo de Fidel no es preocupación exclusiva de la Casa Blanca y sus
aliados de Miami. Es un tema que está presente desde hace mucho en la propia
dirigencia cubana. Parece cierto –a pesar de las insinuaciones de los grandes
medios de comunicación internacionales y la transcripción literal en nuestros
medios locales del uso intencional de ciertos giros, como "el mensaje atribuido
a Castro", de la misma forma que hay "muertos" provocados por los israelíes y
"asesinatos" de la resistencia libanesa– que la delegación de poder es
transitoria, y que las expectativas de Fidel Castro son las de reintegrarse a
sus tareas de conducción en el mediano plazo.
RAÚL CASTRO
Pero la designación de su hermano, aun en esas condiciones de
transitoriedad, contiene valor político. Era previsible esa designación, como
era previsible que el cambio no tomara por sorpresa a los cubanos. ¿Qué
expectativas de cambio sugiere la designación de Raúl? Los cambios en Cuba hace
tiempo que se vienen realizando, en especial en la esfera económica. ¿Que Raúl
puede adoptar una posición más dura con los enemigos internos y externos de la
revolución? ¿Que Raúl puede adoptar aperturas más drásticas hacia una especie de
modelo chino? Parece sensato suponer que todo ha sido previsto en la
eventualidad de la sucesión, de la misma forma que hay que admitir que la
conducción de la revolución cubana es colectiva. Los cambios, cualesquiera sean,
provendrán del interior de la estructura revolucionari y de su interacción con
la amplia base de apoyo popular que la sustenta; la fuerza de esa base de apoyo
genera tendencias de reforma que sin duda se vienen procesando, en una lucha que
no es, por cierto, antagónica, en el sentido de solución violenta de
contradicciones. El cambio que se empuja desde afuera –la instalación de un
sistema de partidos políticos actuando en un esquema de confrontación electoral
tal cual lo conocemos en el "mundo libre"- no es esperable por la ausencia
transitoria de Fidel.
La inexistencia de una "explosión" opositora en Cuba ha dictado la prudencia de
la Casa Blanca, que por ahora no ha impulsado "aventuras" de intromisión
aprovechando la coyuntura. "Este no es momento de saltar al agua, en ninguna
dirección", dijo el portavoz de la Casa Blanca, Tony Show, y explicó que Estados
Unidos pondrá en marcha una serie de medidas "si el pueblo cubano da una
indicación de que está listo para iniciar la transición a la democracia". La
ausencia de esa "indicación" revela que los cubanos no entienden la democracia
como la entiende la Casa Blanca. Quizás por ello en el Senado de Estados Unidos,
y con el apoyo de New York Times y de Wall Street Journal, comenzaron a alzarse
voces que proponen el levantamiento del embargo y la suspensión de la ley Helms-Burton,
como medidas fundamentales para abrigar la esperanza de una "transición".
A medida que pasen los días, "la normalidad" de Cuba hará retrotraer a los
estrategas estadounidenses al viejo gastado plan A. No hay, mal que les pese,
ambiente de insurrección en Cuba, con o sin Fidel.