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Fidel Castro
Iñaki Gil de San Vicente
La enfermedad de Fidel Castro está multiplicando toda serie de críticas a su
persona y a su obra. No sorprende en absoluto la parcialidad y animosidad,
cuando no el odio, de esos juicios negativos, realizados desde el subjetivismo
más obcecado o desde la más fría objetividad de quienes saben que su sueldo
aumenta en la medida en que aumentan sus ataques a la emancipación humana. Sí
sorprendería que se hiciera otro análisis de este revolucionario por los
escribientes al servicio del capitalismo, por la sencilla razón de que la
racionalidad históricamente burguesa no sirve para enjuiciar a las personas
revolucionarias y menos aún a los procesos revolucionarios. Quiero decir que la
ideología burguesa está esencialmente incapacitada para comprender la
racionalidad de la praxis revolucionaria o, lo que es lo mismo, no sólo no puede
comprender qué es el socialismo sino que, además, su función radica en luchar
con todos los medios posibles, sobre todo el terrorismo, contra ese socialismo
que ni comprende ni admite. La ideología burguesa lucha contra lo que desconoce
y, al carecer de argumentos, no tiene más remedio que recurrir a los más
sanguinarios y atroces métodos represivos. Y de la misma forma en que no puede
saber qué es el socialismo, tampoco puede conocer realmente a las personas que
dan su vida por ese logro histórico. Las objetividades axiológica, ontológica y
epistemológica burguesa tienen su límite insuperable en el hecho de que sin la
explotación no existiría clase burguesa. La fiera subjetividad del explotador la
sufrimos todas las clases trabajadoras, las mujeres y los pueblos oprimidos.
Quienes hemos discutido y hablado con Fidel Castro sobre problemas candentes
para la humanidad, sin tapujos, con una sincera libertad de aportación crítica y
constructiva, sabemos que hablar con él es introducirse en la racionalidad
históricamente socialista con una facilidad pasmosa, pero con un sofisticado
contenido y rigor teóricos porque, además del ágil uso de las categorías
dialécticas y del método marxista, también, y sobre todo, muestra su permanente
conexión con los problemas más acuciantes y cotidianos de las masas. El método
de pensamiento de Fidel Castro es un ejemplo perfecto de la capacidad de
concreción de lo general en todo momento gracias a la acumulación de una enorme
masa de datos ordenados y sistematizados. Un método de pensamiento que por ello
mismo se basa en la exigencia de aprender y escuchar, de preguntar y de integrar
lo escuchado en el almacén de memoria. Fidel escucha activamente la realidad
vasca, la situación de las prisioneras y prisioneros, de sus familiares, la
práctica de torturas, los datos socioeconómicos, las experiencias históricas,
las luchas de clases en nuestra nación vasca, etc. La escucha activa no es otra
cosa que la dialéctica de la pregunta y de la crítica, de la petición de más
datos y de la exigencia hecha al que habla y responde de que, si puede,
relacione lo que está diciendo con otros problemas aparentemente desconectados
con el que se expone en ese momento, pero necesarios lógicamente para quien está
escuchando y preguntado. También es un método que implica directamente a
terceros, a quienes estando presentes sólo escuchan y callan, pudiendo aportar
algo o mucho, porque Fidel los interpela, les pregunta sobre qué piensan, qué
pueden aportar a lo que está diciendo la persona que habla en ese instante, de
modo que se crea una interacción sinérgica en la que el conocimiento resultante
es superior en calidad al mero intercambio de opiniones. Debatir con Fidel
Castro es un placer y un riesgo, un aprendizaje y una aventura creativa, o sea,
es praxis revolucionaria.
Teniendo esto en cuenta, yo no caeré en la reaccionaria cháchara superficial y
tópica sobre las llamadas «limitaciones» y «errores» del socialismo en Cuba, o
sobre la supuesta personalidad de este revolucionario. El problema es otro,
porque la realidad es otra. De hecho, el método de pensamiento de Fidel Castro
es sólo parte de la racionalidad históricamente socialista que se aplica en
Cuba, y con bastante efectividad, por cierto. Los logros cubanos así lo
confirman y los fracasos reiterados del imperialismo para acabar con este pueblo
heroico también. Son los méritos, los logros y los avances de este pueblo los
que explican tanto el fracaso del imperialismo como el carácter y contenido
secundario de los problemas aún no resueltos en la isla, como, por ejemplo, el
de la corrupción. Ahora bien, no es en modo alguno la corrupción capitalista, y
esta diferencia cualitativa es incomprensible para los burgueses, corruptos por
esencia económica, ética e ideológica. La corrupción bur- guesa es inherente al
sistema por el irracionalismo del beneficio privado e individual; por la ley de
la competencia y del canibalismo intraburgués; por la necesidad de ocultar el
proceso de la obtención de plusvalía, es decir, de ocultar la explotación
social; por las dificultades crecientes de la realización del beneficio
industrial, lo que lleva a la financiarización y al tránsito del
narcocapitalismo al narcoimperialismo, al aumento de la economía sumergida y
«criminal», al armamentismo imperialista... y, por no extendernos, a los
problemas inherentes a la transformación del valor de la mercancía en el precio
de la mercancía. Estas y otras son las causas de la multiplicada corrupción
estructural del capitalismo, que ya pudre su industria de la salud y su
institución tecnocientífica, supuestos pilares últimos de la virtud del dinero.
No podemos extendernos ahora en este muy importante problema y menos en el
proceso de corrupción postcapitalista y protosocialista en la extinta URSS y en
la actual China Popular, porque para hacerlo deberíamos analizar antes el
decisivo problema de la propiedad de las fuerzas productivas. El grueso de los
restantes problemas y de la degeneración procapitalista nos remite a este
crucial asunto. Por tanto, hay que recordar otra vez cómo fue Fidel Castro quien
relanzó, con su célebre discurso del 17 de noviembre de 2005, la lucha pública
de masas contra ese grupo social en aumento al que el propio Fidel definió así:
«Hay, y debemos decirlo, unas cuantas decenas de miles de parásitos que no
producen nada». Tanto esta denuncia como la lucha de masas no gustaron nada a la
prensa imperialista que se lanzó a denigrar todo el proceso. Los burgueses son
parásitos que no producen nada y que se apropian de lo que produce el pueblo.
Verse reflejados tan directa y crudamente es para ellos un peligro, y por eso
hay que acabar con Cuba, porque es un pueblo trabajador que combate a los
parásitos improductivos y acaparadores del producto del trabajo popular. También
hay que acabar con ella por sus muchos otros triunfos, pero sobre todo por su
ejemplo práctico. La burguesía no puede razonar sobre qué son los procesos
revolucionarios y sus militantes porque sólo piensa en términos de propiedad
privada, de corrupción y crimen legales e ilegales, de acaparamiento
parasitario, de explotación y violencia. Fuera de este universo delirante y
obsesivo, genocida, no existe nada más, y todo aquello que lo cuestione es ya en
sí mismo un peligro al que hay que domeñar o destruir. -