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Testimonios de los pacientes que viajan desde Venezuela para
recuperar la vista en Cuba
Pascual Serrano
Rebelión
Imprevistos de agenda provocaron que tuviera que adelantar un viaje en avión
desde Caracas a La Habana para asistir a la Feria Internacional del Libro.
Inicialmente planificado para el día 5 de febrero, los organizadores de la Feria
se vieron en la obligación de conseguir alguna forma de trasladarme tres días
antes. No existían vuelos comerciales y la única posibilidad fue colocarme en un
avión de los que diariamente utilizan ambos países para trasladar enfermos
oftalmológicos de Venezuela a Cuba con objeto de ser allí intervenidos
quirúrgicamente. Denominada Misión Milagro, la posibilidad de "empotrarme"
casualmente en uno de estos aviones me permitiría lograr ser testigo
privilegiado de ese gran proyecto que, si bien ambos gobiernos intentan difundir
y explicar, es absolutamente silenciado fuera de esos países.
La Misión Milagro surge en el marco de los acuerdos entre Caracas y La Habana.
Tras crear la llamada misión Barrio Adentro, por la cual varios miles de médicos
cubanos trabajan en las zonas más humildes de Venezuela, en su mayoría barriadas
de precarias viviendas en las que viven gentes que carecían de los servicios
públicos mas elementales. En esos barrios adentro, la mayoría de los médicos
venezolanos, procedentes de las clases acomodadas con posibilidad de estudiar,
no querían ir a trabajar. El papel de los profesionales cubanos ha sido
fundamental para poder llevar una asistencia inexistente hasta ahora.
Allí pudieron detectar enfermedades oftalmológicas de sencilla curación que
mantenían en muchos casos en la ceguera a miles de venezolanos. Un puente aéreo
entre Cuba y Venezuela para intervenciones quirúrgicas podía resolver muchas de
esas enfermedades gracias al importante desarrollo de la sanidad cubana. El
acuerdo contemplaba la gratuidad de todo el proceso para los enfermos.
Me subo a un Boeing 757 con capacidad para 185 personas alquilado por Cubana de
Aviación a la empresa islandesa Icelandair. Ese mismo día 2 de febrero había
llegado de La Habana con 63 pacientes ya operados, y una cifra algo mayor de
médicos cubanos que volvían de pasar sus vacaciones en casa en la Isla. Una vez
en Caracas, el avión dejaría parte de los pacientes operados y recogería un
grupo con destino a La Habana. Desde allí haría escala en la ciudad venezolana
de Barcelona, apenas a media hora de vuelo, donde dejaría a algunos pacientes
que volvían de La Habana pero que vivían en esa región y volvería a re coger
otro grupo de esa parte del país con destino a la capital de Cuba. Todas las
plazas se completarían . Durante todo el viaje, una médico y un enfermero
acompañaban a los pacientes y les atienden en cualquier necesidad.
Entre los enfermos procedentes de Cuba con los que comparto el trayecto
Caracas-Barcelona, se encontraba Benedicta Zambrano, una anciana de 76 años que
apenas con un sencillo camisón se encontraba haciendo un viaje internacional en
avión acompañada de su hija Isabel. "Yo soy humilde y pobre, estaba muy mala de
los ojos, de cataratas, además de los dos ojos, no podía ver", me cuenta. Tras
pasar dieciocho días en La Habana se le ha operado de ambos y vuelve con la
vista recuperada. Benedicta me explica que vive en una sencilla casa alquilada
en Caracas y cobra una pensión de 402.000 bolívares, unos 120 euros. "En los
hospitales públicos me dijeron que no me podían operar y en los privados el
precio era de ocho millones de bolívares (3.60 0 euros)", afirma la anciana. Es
evidente que no podía asumir el precio de una intervención que costaba veinte
mensualidades de su pensión. Fue entonces cuando su hija solicitó que se le
incluyera en la Misión Milagro. Una semana después estaba viajando a La Habana.
Otro de los pacientes intervenidos, ya de vuelta a su casa, es Albert, de tan
sólo cinco años, a quien le han operado de una catarata congénita en el ojo
izquierdo y que deberá volver de nuevo dentro de tres meses para ser intervenido
del otro. Va acompañado de su madre, Raquel Betancourt, son de Barcelona y nunca
habían viajado en avión. "En Cuba, todo chévere", dice Raquel. "¿Usted se
imagina cuánto me hubiera costado esto?, mi hijo se hubiera quedado ciego",
añade. Esta madre trabaja de ama de casa, y su marido hace lo que le sale, "unas
veces de seguridad, otras de trabajo de fontanería". Albert fue incluido en la
Misión Milagro tras un operativo oftalmológico en su barrio, donde recom endaron
la operación quirúrgica y le gestionaron la documentación necesaria.
Todos los pacientes coinciden en que todo el procedimiento es totalmente
gratuito. Desde los traslados con un familiar, hasta los alojamientos de ambos y
toda la atención sanitaria y farmacéutica. Jorge Luis Pérez es el licenciado en
Enfermería que les atiende en el viaje. El equipo suele ser de un médico y un
enfermero por vuelo, si bien en viajes con muchos pacientes pueden ser dos y
dos. "Casi todas las patologías son cataratas y terigio (carnosidad que va
creciendo sobre la córnea) –afirma Jorge Luis-, y también es necesario que se
sepa que todos venimos de forma voluntaria y gratuita, en nuestros días de
libranza". Efectivamente, Jorge Luis trabaja en el servicio de emergencias de La
Habana, hoy tenía el día libre y se incorporó como asistente en este vuelo. "El
ministerio de Salud propone a algunas profesionales y después éstos deciden si
aceptan la propuesta o no. No sucede nada si no se hace, a mí algunas veces me
han sugerido viajar en fechas que no podía por razones personales y he dicho que
no", afirma. Preguntado qué le mueve a hacer esto, afirma que "en primer lugar
porque es un trabajo y una profesión que me gusta, segundo porque me permite
conocer gentes y otro país y en tercero, he de reconocerlo, porque las dietas en
divisas que nos pagan por salir al extranjero son una ayuda". Nos explica que
los viajes son diarios y que en diciembre él llegó a hacer aproximadamente unos
diez.
La médica se llama Ana Iris Alvarez, y se ha incorporado como voluntaria hace
tan solo dos meses. Trabaja habitualmente en el hospital Hermanos Amejeidas de
La Habana. Afirma que su experiencia es "muy buena por tratarse de ayudar a
otras personas que jamás han tenido la oportunidad de la salud, que sufren
enfermedades crónicas, maltratadas y que nunca en su vida han podido ver".
"Algunas –añade-, han conocido a sus nietos ahora, me emocionó el caso de un
hombre que me dijo que iba a ver a su esposa después de cuarenta años, se casó
con ella sin verla". Les pregunto a ambos, médico y enfermero, qué puede mover a
los profesionales a dedicarse a esto después de su horario laboral y ambos
responden casi al unísono: "Sólo el amor al prójimo explica esto, nunca puede
ser el dinero. Uno ve a estos niños sin vista y no puede evitar acordarse de sus
hijos". Sin hacerles yo la mínima referencia al sistema socialista cubano, ellos
aclaran: "En Cuba tenemos garantizada la salud y ver esto nos emociona. La salud
nunca puede ser un negocio".
En el avión charlo también con Marcos López, de 64 años, que tiene cataratas
desde hace dos años. Afirma que en Venezuela no se ha podido operar porque no
tenía los cinco millones de bolívares (3.000 euros) que le costaba la
intervención. Pidió información en la consulta de los médicos cubanos en
Venezuela en la Misión Barrio Adentro y en veinticinco días le gestionaron la
documentación necesaria para subirse al avión en dirección a Cuba.
El caso de Yosisi Jacqueline, de la localidad de Anaco, en el rico estado
petrolero de Anzoátegui, me impresionó. Tiene quince años y nunca ha podido ver
la luz por unas cataratas congénitas en ambos ojos. Su madre, María Rosa, no
puede contener la emoción sólo de pensar que dentro de pocos días su hija verá
por primera vez en la vida.
Un paseo por el avión permite observar un ambiente muy diferente al habitual en
cualquier vuelo internacional. Gente humilde, campesinos que no se despegan su
tradicional sombrero, mujeres con sus sencillas ropas y su pañuelo al cuello,
ancianos, algunos en silla de ruedas o ayudados por un bastón o algún familiar.
Pocas veces uno puede viajar con tanto "pueblo" en avión. Aquí no hay corbatas,
ni maletines ni teléfonos móviles, tampoco bolsas de compra de comercios de
aeropuertos. En este viaj e sólo se ve pueblo que nunca salió de su provincia ni
viajó en avión. Nunca nadie se interesó por sus problemas de salud, menos aún
fletarles un avión para devolverles la vista. Muchos tienen serias dificultades
para desenvolverse por la falta de visión, emociona ver como todo el personal de
Cubana de Aviación les atiende mimosamente. Llegamos a La Habana a las diez de
la noche, una legión de trabajadores sociales voluntarios, con una docena de
ambulancias, esperan al pie del avión. En Cuba serán intervenidos en el Hospital
Oftalmológico Pando Ferrer o en el Hermanos Almejeiras, también en Santiago de
Cuba. Sólo de pensar que esas personas que se mueven a tientas volverán en un
par de semanas a Venezuela viendo, puedo comprender la denominación de este
programa: Misión Milagro. Un programa de cooperación iniciado por Cuba que ya se
desarrolla en 24 países de Latinoamérica y el Caribe. En apenas año y medio se
han operado alrededor de 210 000 personas de forma gr atuita. Todos ellos han
entendido lo que es una verdadera revolución, la revolución bolivariana de
Venezuela y la revolución cubana.
Y mientras eso se silencia en los grandes medios de comunicación, diarios como
el español El País dedica en su revista semanal del 4 de septiembre, cuatro
páginas a color con nueve fotos también a color al caso de un niña de Ghana
-insisto, una-, que será llevada a España para ser operada de cataratas gracias
a la ayuda de una fundación integrada por 900 ópticas. Por entonces Cuba
acumulaba más de 70.000 venezolanos operados totalmente gratis de cataratas,
estrabismo, cifra que se doblaría al finalizar el pasado año.