Estados Unidos-Caribe
¿Retorno a la política de las cañoneras?

Isabel Soto Mayedo
Prensa Latina

Redimensionado su valor en el ámbito de la disputa contemporánea por reforzar la hegemonía comercial y política en el mundo, los territorios bañados por el Caribe vuelven a padecer el acecho estadounidense.

Esta vez, bajo el eufemismo de la Partnership of the Americas (Confraternidad con las Américas), Washington mantendrá entre abril y mayo 6.500 efectivos militares en la zona para protagonizar un supuesto ejercicio conjunto con países del área.

Aunque todavía está por descubrirse cuáles serán los ejércitos locales implicados de manera directa en las maniobras, algo queda claro para los seguidores de las relaciones entre la nación norteña y su 'traspatio': estos puntos geoestratégicos recuperan valor.

La Unión Europea, Japón y otras potencias emergentes procuran avanzar en sus posiciones en Latinoamérica en el entorno globalizado y Estados Unidos se niega a perder sus privilegios de larga data.

Mientras el Departamento de Estado asegura que el ensayo se centrará en las supuestas 'amenazas convencionales' y en el perfeccionamiento de los niveles de entrenamiento para diferentes misiones, otra es la opinión de académicos y analistas.

El tráfico de drogas y personas y el terrorismo son esgrimidos por la Casa Blanca desde hace casi una década para justificar incursiones armadas e intromisiones en los asuntos internos de países, recuerdan.

Otros consideran que el despliegue estadounidense es una suerte de muestra de fuerza ante la revitalización de los movimientos sociales, sobre todo indigenistas, la llamada izquierda y gobiernos progresistas en Latinoamérica.

Estos tampoco descartan la posible intención de reafirmar el poderío militar norteño ante Cuba y Venezuela, considerados sus enemigos irreconciliables en el subcontinente.

En especial, contra el afianzamiento de la Revolución bolivariana, cuyo gobierno combate los principales problemas sociales, al mismo tiempo que refuerza su parque de defensa con modernos armamentos provenientes de Rusia y China.

Infundir terror, como en los momentos cruciales de la llamada Guerra Fría desplegada en la segunda conflagración mundial, puede estar entre los propósitos implícitos en estos ejercicios en las aguas caribeñas, añaden.

El reforzamiento de los acuerdos de lucha contra el narcotráfico, acciones de restricción migratoria y el empeño en avanzar en la concreción del Tratado de Libre Comercio (2004) también prueban el renovado interés sobre esta zona.

Tal estrategia incluye el establecimiento de nuevos acuerdos de cooperación con las Fuerzas Armadas de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y varias islas caribeñas, para contrarrestar los probables efectos de desastres naturales.

También las constantes reuniones destinadas a limitar el peligro que representan las pandillas o maras, acusadas por medios de comunicación y autoridades de la violencia en esas naciones, y hasta de vínculos con el terrorismo internacional.

Los intercambios entre militares norteños y sus homólogos centroamericanos suelen ser mirados con recelo por la opinión pública, marcada por la impronta estadounidense en el área en la década del 80 y por la ineficacia ante fenómenos similares puertas adentro.

Las miradas de Washington comenzaron a girar sobre Centroamérica y el Caribe desde el siglo XIX y redundaron en la aplicación hasta de la fuerza para obtener mayores derechos.

En correspondencia, fue revelándose de manera progresiva la paradoja entre los principios humanitarios y democráticos proclamados por los gobernantes estadounidenses y la praxis de política exterior del primer Estado capitalista en América.

Las preocupaciones ascendentes en materia de seguridad, estimuladas luego del atentado a las torres gemelas neoyorquinas (11 de septiembre de 2001), reavivaron en Estados Unidos el ánimo de ampliar el control sobre esta zona.

A lo anterior se añade la vigente importancia de la misma: dueña de incontables atributos geoestratégicos, que adquieren relevancia en el ámbito de la estrategia globalizadora de acumulación de capitales, que privilegia al mercado en detrimento de los seres humanos.

Uno de esos dones es que la región constituye una suerte de eslabón entre norte y sur del continente y entre los océanos Atlántico y Pacífico, a los cuales une a través del Canal de Panamá.

Como en tiempos del despegue del capitalismo en Estados Unidos, y ante el temor a posibles ataques terroristas que obstruyan el paso por esa vía marítima, los territorios bañados por el Caribe cobran importancia al ofrecer rutas más prontas y seguras hacia el oeste.

Llegado el momento, el istmo de Tehuantepec (México) y el de Nicaragua pudieran ser utilizados para el traslado de hombres, mercancías y hasta vituallas de guerra, como a mediados del siglo XIX ante el ascenso de la llamada fiebre del oro.

Hasta el Caribe, que siempre constituyó espacio de tráfico marítimo y centro de refinación de petróleo para Estados Unidos, se está transformando en lago marxista-leninista, esgrimió en 1980 el Documento de Santa Fe, base de la doctrina de Seguridad Nacional.

Esa estrategia, enarbolada durante toda la década y similar a la aplicada contra la supuesta lucha antiterrorista, contempló la urgencia de revitalizar el sistema de seguridad hemisférico y ayudar a los aliados para frenar el presumible 'efecto dominó'.

Al aludir a los movimientos insurgentes, calificados de minorías armadas, los firmantes en Santa Fe mostraban su temor a la resonancia que pudieran ejercer los movimientos expandidos por el continente bajo el aliento de los países orientados al socialismo.

Las transformaciones en Nicaragua, Granada y la inestabilidad en El Salvador y Guatemala, países sujetos a cruentas guerras internas, podían impulsar una oleada revolucionaria capaz de atravesar México y penetrar en Estados Unidos a través de las comunidades negras e hispanas, preveían.

La denominada Iniciativa de la Cuenca del Caribe procuró ampliar el comercio, las inversiones y hasta la ayuda militar en la zona con la entrega de 330 millones de dólares.

Transcurridos casi dos decenios, la política de las cañoneras vuelve a asomarse pero de modo más sutil, en correspondencia con los vientos de izquierda que soplan sobre el continente e incluso, en la primera nación independiente del hemisferio, Haití.

Para el 14 de mayo de 2006 se prevé el retorno al poder del ex presidente René Preval, cuyas promesas de campaña podrían dar un giro a la difícil situación que enfrenta ese pueblo y a la constante intromisión estadounidense en el territorio, según expertos.

Quizás la Confraternidad con las Américas (Partnership of the Americas) constituye el despliegue militar más abarcador del que se tenga referencia en la historia de las relaciones entre Estados Unidos y el Caribe.

Esta se extenderá hasta finales de mayo de 2006 y contará con el Carrier Strike Group Ten, (Grupo de Tarea de Combate número 10), el cual incluye al portaaviones de la Clase Nímitz, USS George Washington.

Sólo éste portaaviones, con base en Norfolk, Virginia, carga unas 70 naves de combate F-15, F-16, F-18, Harrier, y helicópteros, entre otros equipamientos bélicos.

Los exponentes del potencial militar estadounidense enviados a la zona también incluyen al destructor USS Stout y la fragata misilística Underwood, apoyo de la seguridad marítima en el Comando Sur de Miami, Florida.

Estos dispositivos y los miles de efectivos que los acompañarán saldrán desde Mayport, en ese estado norteño, rumbo al área caribeña, donde contarán con el auxilio de las fuerzas navales de Colombia, Honduras, República Dominicana y otros países que integran la mancomunidad de naciones de Holanda, Francia e Inglaterra, incluyendo las islas St. Maarten, Aruba y Curazao.

Fuentes de la Casa Blanca admitieron que estas naves de guerra estarían tocando varios puertos de los países que secundan la política expansionista estadounidense y que podrían estar acompañadas de dos submarinos nucleares.

Miembros del Frente Cívico-Militar Bolivariano consideraron que la Partnership of the Americas bien pudiera llamarse Los Amos del Caribe, pues resulta una suerte de ratificación del papel hegemónico norteamericano sobre esta región[1].

Esta y las restantes maniobras realizadas durante estos meses en la zona también posibilitarán a Washington evaluar las probabilidades de éxito con que cuentan si deciden agredir a un país de esta área.

Estados Unidos sigue aferrado a preservar su influencia militar, económica y política en la que consideró su laguna trasera desde los tiempos del Big Stick (Gran Garrote), cuando protagonizó más de una decena de incursiones en estos territorios.

La Partnership pone al descubierto el recrudecimiento de la política exterior norteña contra el subcontinente y sobre todo, contra los opuestos a su tendencia expansiva, consideran varios políticos y analistas.

Estos ejercicios se suman a otras operaciones programadas para el período en la zona y en las que participarán militares de pocos países europeos.

Desde que en 1823 el ex presidente James Monroe bautizara a América Latina como 'esfera de influencia' para Estados Unidos, el Caribe estuvo en la mira de los grupos de poder en esa potencia.

En correspondencia, y transcurrido un tiempo prudencial en pos de fortalecer el poderío económico y militar necesarios, Washington envió a sus marines y cañoneras a diversos puntos costeros del área para afirmar sus intenciones.

La más temprana muestra del irrespeto por las soberanías locales fue el bombardeo al puerto nicaragüense de San Juan del Norte, luego del intento oficial de cobrar impuestos al millonario norteamericano Cornelius Vanderbilt, quien condujo de manera arbitraria su nave al lugar.

Este hecho se registró en 1854 y, además de abrir el camino a las correrías del filibustero estadounidense William Walker en Centroamérica, sirvió de antesala a sucesos similares.

A partir del entorno generado por la primera guerra imperialista de la historia, librada por Estados Unidos contra España por el control de Cuba (1898), la nación norteña logró agenciarse a la Mayor de las Antillas y Puerto Rico, además de Guam, Filipinas y Hawai[2].

Como si no bastase a sus empeños, Washington estimuló después la segregación de Panamá de Colombia y adquirió derechos sobre la construcción de un canal interoceánico a través de su jurisdicción.

Desde este punto estratégico comenzó a fomentar entonces la creación de numerosas bases militares en toda la región y para la preparación de cuadros militares a favor de sus intereses, fundó la Escuela de las Américas (1946).

Pero la historia del desencuentro y la injerencia de Estados Unidos sobre los países bañados por el Caribe suma reiteradas muestras de prepotencia por parte del vecino norteño, coinciden historiadores y analistas.

Casi bicentenaria, esta larga lista incluye los desembarcos de la infantería de marina norteamericana en República Dominicana (1905, 1916 y 1965), Cuba (1898 y 1906), Panamá (1908, 1918,1925 y 1989), Nicaragua (1909 y 1912), Haití (1915, 1994, 2004 y más), entre otras[3].

También las incursiones vía terrestre en México (1914 y 1917), la ocupación de Honduras (1924), Guatemala (1954) y la agresión a Granada (1983).

Esta última estuvo escenificada por cinco mil integrantes de la División 82 de la Fuerza Aéreotransportada norteamericana y facilitó la derrota del presidente nacionalista Maurice Bishop.

Tal como se intentara décadas antes con el ataque a Playa Girón, territorio situado en el sur de Cuba, donde pretendían crear un frente contra el gobierno revolucionario encabezado por Fidel Castro.

En los albores del presente siglo, y ante el empuje de las transformaciones desarrolladas por el gobierno de Hugo Chávez en Venezuela, las acciones desestabilizadoras en la zona se han sucedido.

Además de estas intervenciones, creación de bases y asesorías militares, la política estadounidense de colonización del continente también contempló durante más de un siglo los ejercicios conjuntos al estilo de los escenificados por estos días y otras modalidades[4].

Casi al iniciarse la presente centuria, Washington presentó el Plan Colombia como arte de la autoproclamada guerra contra las drogas, que contempla el reforzamiento del apoyo al gobierno de ese país para el combate a sus opositores y al trasiego de estupefacientes.

El financiamiento norteamericano a ese programa abarca mil 300 millones de dólares, cuyo 83 por ciento está destinado al gasto militar, aseguran.

Analistas, políticos y académicos insisten en que esta larga enumeración corre el riesgo de incrementarse, porque Estados Unidos no pretende desatenderse de su papel de 'gendarme en el hemisferio occidental'.

Ya lo espetó el embajador estadounidense en Caracas, William Brownfield,: 'No es la primera vez que el gobierno de Estados Unidos ha tenido ejercicios navales en el Caribe y no será la última'.

Notas:

1) Héctor Herrera Jiménez. USA Realizará maniobras de gran escala en el Caribe. http://www.alternativabolivariana.org/modules.php?name=News&file=article&sid=643

2) Suárez Salazar, Luis. Madre América: Un siglo de violencia y dolor 1898-1998. Editorial Ciencias Sociales. La Habana, 2003.

3) Colectivo de autores. Sobre las intervenciones armadas norteamericanas. Editorial Progreso, Moscú, 1984.

4) Alejandro Teitelbaum. Haití: Invasión y Golpe de Estado http://www.aaj.org.br/HAITI-Invasion-Golpe.htm

Fuente: lafogata.org