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La política como el arte de construir una fuerza social antisistémica
(Documento elaborado a fines del año 2000)
Marta Harnecker
1. Los difíciles tiempos actuales y las dificultades de un perfilamiento
alternativo
Finalizando el Siglo XX tenemos que reconocer que vivimos tiempos
angustiosos, plenos de confusión e incertidumbre. El deterioro del nivel
de vida de la mayoría de la población del planeta, incluyendo
a sectores cada vez más amplios de las capas medias, es alarmante; la
amenaza del desempleo es una precupación presente tanto en los países
desarrollados como en los países pobres; la fragmentación social
y organizativa ha llegado a grados extremos; el deterioro del medio ambiente
amenaza la supervivencia de las futuras generaciones; la corrupción generalizada
produce un amplio efecto desmoralizador; sigue estando presente el peligro de
guerra, incluso nuclear. Frente a esta realidad una opción alternativa
socialista (o como se la quiera llamar) se hace más urgente que nunca,
si no estamos dispuestos a aceptar esta cultura integral del desperdicio, material
y humano, que como dice el sociólogo cuba-no Juan Antonio Blanco no sólo
genera basura no reciclable por la ecología, sino también desechos
humanos difíciles de reciclar socialmente al empujar a grupos sociales
y naciones enteras al desamparo colectivo (Blanco 1995: 117). Son enormes los
desafíos que esta situación plantea a la izquierda y ésta
no está en las mejores condiciones para enfrentarlos. La derrota del
socialismo en Europa del Este y la URSS no sólo cambia drásticamente
la correlación de fuerzas en favor de las fuerzas más reaccionarias,
transformando a los Estados Unidos en la potencia hegemónica sin contrapesos,
sino que, al mismo tiempo, hace desaparecer del horizonte al principal referente
práctico en la lucha por el socialismo. Su quehacer político está
huérfano de modelos explicativos y orientadores: la mayoría de
los viejos modelos se ha derrumbado y los nuevos no logran demostrar su efectividad.
Existe un exceso de diagnóstico y una ausencia de terapéutica.
Todo esto dificulta el perfilamiento alternativo de la izquierda,
pero hay otros dos elementos que contribuyen a ello: por una parte, que la derecha
se haya apropiado inescrupulosamente del lenguaje de la izquierda, lo que es
particularmente notorio en sus formulaciones programáticas: palabras
como reformas, cambios de estructura, preocupación por la pobreza, transición,
forman hoy parte del discurso habitual de la derecha. Por otra, la tendencia
cada vez más generalizada de la izquierda a adoptar una práctica
política muy poco diferenciada de la práctica habitual de los
partidos tradicionales, sean de derecha o de centro. Y esto se da en el contexto
de un creciente escepticismo popular en relación con la política
y los políticos: cada vez más gente rechaza las prácticas
partidarias clientelistas, poco transparentes y corruptas; los mensajes que
se quedan en meras palabras, que no se traducen en actos. Cunde la indiferencia
y ésta sólo favorece a las clases dominantes, las que suelen lograr
una adhesión limitada, pero mayor que las fuerzas de izquierda que, por
otra parte, muy a menudo se presentan divididas a las contiendas electorales.
Es sintomático, por ejemplo, que en Chile más de 800 mil jóvenes
hayan optado por no inscribirse en los registros electorales, o que la abstención
en las últimas elecciones presidenciales y en El Salvador haya sido de
más de un 60 %.
2. Rechazo a la concepción de la política
como el arte de lo posible
Una parte de la izquierda, y en algunos países, por
desgracia, la mayoritaria, al constatar la imposibilidad inmediata de cambiar
las cosas debido a la tan desfavorable correlación de fuerzas hoy existente
en su propio país y en el mundo, consideran que no le queda otro camino
que ser realista, reconocer esa imposibilidad y limitarse a adaptarse oportunista-mente
a la situación existente (Hinkelammert, 1995:151-55). Adopta, al decir
de Gramsci (1971:79), la actitud de los diplomáticos, quienes deben buscar
la mejor forma de desempeñarse dentro de los marcos estatuidos, sin buscar
cambiar la situación. La política así concebida excluye,
de hecho, todo intento por levantar una alternativa frente al capitalismo neoliberal.
Considero que la izquierda, si quiere ser tal, no puede instalarse
en lo ya estatuido, como si las correlaciones de fuerzas y las reglas del juego
fuesen inmodificables; no puede, por lo tanto, concebir la política como
el arte de lo posible. Todo su accionar debe ir dirigido justamente a cambiar
esta situación. Pero a la concepción de la política como
arte de lo posible no se debe oponer una política voluntarista, que ignore
las circunstancias concretas en las que hay que actuar, que pretenda crear de
la nada. La izquierda debe partir de la realidad efectiva, pero al mismo tiempo
debe aplicar su voluntad a la creación de una nueva correlación
de fuerzas, partiendo de lo que en esa realidad hay de progresista para reforzarlo
y de limitante o freno para combatirlo. Se trata de partir de la realidad efectiva,
no para someterse a ella, como lo hace la izquierda «diplomática», sino
elaborar una estrategia que le permita dominarla y superarla o al menos contribuir
a ello.
Para la izquierda consecuente, la política debe consistir,
entonces, en el arte de descubrir las potencialidades que existen en la situación
concreta de hoy, para hacer posible mañana lo que en el presente aparece
como imposible. De lo que se trata es de construir una correlación de
fuerzas favorable al movimiento popular, a partir de aquello que dentro de sus
debilidades constituye sus puntos fuertes. Y ¿cuáles son los puntos fuertes
del movimiento popular? La respuesta a esta pregunta depende de cada época
histórica y de la situación de cada país. Para los trabajadores
de la revolución industrial, su fortaleza radicaba en su fuerza núme-rica,
la existencia de grandes concentraciones obreras, su capacidad de organización,
su identidad como clase oprimida. La organización y la unidad de los
trabajadores, cuantitativamente mucho más numerosos que sus enemigos
de clase, era su fuerza, pero era una fuerza que había que construir,
y sólo tomando ese camino se volvió posible aquello que inicialmente
parecía imposible: doblegar a los capitalistas obligándoles a
reconocer jornadas de trabajo cada vez más cortas, a aceptar su organi-zación
sindical, a otorgarles salarios más altos y en general mejores condiciones
de trabajo y de vida. Hoy, esa situación ha variado mucho, es necesario
hacer un diagnóstico y determinar en la situación actual cuáles
son estos puntos fuertes que el movimiento popular debe potenciar, para que
se pueda construir realmente una fuerza antisistema. No basta ya la unidad de
trabajadores directamente explotados por el capital, es necesario construir
lazos entre todos los sectores sociales perjudicados por el sistema neoliberal,
que cada día son más.
3. La política como construcción de una fuerza
social antisistémica
Concebir la política como construcción de fuerzas,
implica abandonar la visión tradicional de la política que tiende
a reducirla exclusivamente a lo relacionado con las instituciones jurídico
políticas y a exagerar el papel del estado; en esta visión caen
tanto los sectores más radicales de la izquierda, como los más
moderados: los primeros centran toda la acción política en la
toma del poder político y la destrucción del estado y los más
reformistas en la administración del poder político o ejercicio
de gobierno. Todo se concentra en los partidos políticos y en la disputa
en torno al control y la orientación de los instrumentos formales de
poder (Ruiz, Carlos, 1998: p.13); los sectores populares y sus luchas son los
grandes ignorados.
Pensar en construcción de fuerzas es también
superar la estrecha visión que reduce el poder a los aspectos represivos
del Estado. El poder enemigo no es sólo represivo sino también,
como dice el sociólogo chileno Carlos Ruiz, constructor, mol-deador,
disciplinante. Si el poder de las clases dominantes sólo actuase como
censura, exclusión, como instalación de obstáculos o represión,
sería más frágil. Si es más fuerte es porque además
de evitar lo que no quiere, es capaz de construir lo que quiere, de moldear
conductas, de producir saberes, racionalidades, conciencias, de forjar una forma
de ver el mundo y de verlo a él mismo. (1998:14). Pensar en construcción
de fuerzas es también superar el antiguo y arraigado error de pretender
construir fuerza política sin construir fuerza social.
Ahora bien, lo que más temen y, por eso, lo que más
combaten las clases dominantes es justamente el surgimiento de una fuerza social
antisistema: que los sectores populares se unan y se organicen para reivindicar
sus derechos y rechazar el sistema imperante. Los pobres dispersos y con una
actitud mendicante no le producen problemas, de ahí su prédica
a favor de soluciones individuales, y su restricción de la política
al escenario jurídico político institucional. Y si esto ha sido
siempre válido, lo es más aún hoy, bajo el neoliberalismo,
cuando un elemento clave de la estrategia de poder de las clases dominantes
es conseguir la máxima fragmentación de la sociedad, porque una
sociedad dividida en diferentes grupos sociales minoritarios, aislados unos
de otros, impide que surja una mayoría cuestionadora de la hegemonía
vigente. La clave para mantener a estos grupos aislados unos de otros es buscar
concientemente desorientarlos respecto a sus posibles objetivos comunes, estimular
las contradicciones que puedan existir entre ellos, para que no asuman luchas
colectivas e impedir que se creen espacios en que se puedan proyectar objetivos
que vayan más allá de cada grupo particular, es decir, que puedan
ser compartidos por otros grupos, dando paso a potenciales acuerdos y alianzas.
De ahí que una de las tareas más fundamentales
de la izquierda sea la superación de la dispersión y atomización
del pueblo explotado y dominado; la construcción de su unidad. Y para
lograrlo debe tener en cuenta los obstáculos creados por la estrategia
de las clases dominantes. Esto implica no dejarse llevar por la situación,
sino actuar sobre ella seleccionando, a través de un análisis
político global, los espacios y conflictos donde debe concentrar sus
energías en función del objetivo central: la construcción
de fuerza popular. Concibo entonces la política como el arte de la construcción
de una fuerza social antisistema y pongo el acento en la palabra «construcción»,
porque no se la puede concebir como algo ya dado sino como algo que hay que
construir. No basta la suma de grupos y movimientos sociales: coincido con Erich
Hobsbawm en que si sólo se suman minorías, especialmente si se
trata de grupos heterogéneos, no se obtienen mayorías (1997: 33).
4. La organización política en la construcción
de esa fuerza
Pero para construir esta fuerza social, se requiere de un sujeto
constructor, de un instrumento político capaz de orientar su acción
a esa construcción, en base a un análisis de la totalidad de la
dinámica política; un instrumento político volcado a la
sociedad, cuya fortaleza no esté tanto en la cantidad de militantes que
posea y las actividades internas que realice, sino en la influencia social que
tenga. Y para ello debe tener muy presente las características específicas
de ese sujeto popular, muy diferente del de décadas anteriores. Debe
tener en la mira no sólo la explotación económica de los
trabajadores, sino también las diversas formas de opresión y de
destrucción del hombre y la naturaleza que genera el sistema opresor
y que van más allá de la relación entre el capital y la
fuerza de trabajo. Debe, por lo tanto, abandonar el reduccionismo clasista,
asumiendo la defensa de todos los sectores sociales discriminados y excluidos
económica, política, social y culturalmente. Además de
los problemas de clase, deben preocuparle los problemas étnico-culturales,
de raza, de género, de sexo, de medio ambiente. No debe tener presente
sólo la lucha de los trabajadores organizados, sino también la
de los trabajadores no organizados, la lucha de las mujeres, de los indígenas,
negros, jóvenes, niños, jubilados, minusválidos, homosexuales,
etcétera.
La preocupación fundamental de la organización
política no debería ser la de buscar contener en su seno a los
representantes legítimos de todos los que luchan por la emancipación,
sino esforzarse por articular sus prácticas en un único proyecto
político, generando espacios de encuentro para que los diversos malestares
sociales puedan reconocerse y crecer en conciencia y en luchas específicas,
que cada uno tiene que dar en su área determinada: barrio, universidad,
escuela, fábrica, etcétera (Gallardo, 1997, p.13). La organización
política debe respetar al movimiento popular, dejando atrás todo
intento de manipulación, y contribuyendo a su desarrollo autónomo.
Debe partir de la base de que ella no es la única que tiene ideas y propuestas
y que, por el contrario, el movimiento popular tiene mucho que ofrecerle, porque
en su práctica cotidiana de lucha va también aprendiendo, descubriendo
caminos, encontrando respuestas, inventando métodos, que pueden ser muy
enriquecedores. Imbuida de una profunda vocación democrática debe
promover, allí donde actúe, espacios de participación popular,
incorporando a las bases al proceso de toma de decisiones. Eso quiere decir
que debe abandonar el método de llegar con esquemas prehechos. Debe fomentar
la iniciativa creadora, la búsqueda de respuestas. Tiene que luchar por
eliminar todo vertica-lismo que anule la iniciativa de la gente. Su papel es
orientar, no suplantar.
Por otra parte, tiene que aprender a hablar con la gente, a
escuchar: poner oído atento a todas las so- luciones que el propio pueblo
gesta para defenderse o para luchar por sus reivindicaciones; y luego debe ser
capaz de hacer un diagnóstico correcto de su estado de ánimo,
recogiendo todo aquello que puede unir y generar acción, al mismo tiempo
que se combate el pensamiento pesimista, derrotista, que también existe.
Sólo entonces, las orientaciones que se lancen no se sentirán
como directivas externas al movimiento, y permitirán construir un proceso
organizativo capaz de llevar, si no a todo el pueblo, al menos a una parte importante
de éste a incorporarse a la lucha y, a partir de ahí, se podrá
ir ganando a los sectores más atrasados, más pesimistas. Cuando
estos últimos sectores sientan que los objetivos por los que se lucha
no sólo son necesarios, sino que son posibles de conseguir, se unirán
a la lucha, como decía el Che.
Cuando, por otra parte, la gente compruebe que son sus ideas,
sus iniciativas, las que están siendo implementadas, se sentirá
protagonista de los hechos, y su capacidad de lucha crecerá enormemente.
Los cuadros políticos de esta organización deben ser fundamentalmente
pedagogos populares, capaces de potenciar toda la sabiduría que existe
en el pueblo, tanto la que proviene de sus tradiciones culturales y de lucha,
como la que adquiere en su diario bregar por la subsistencia, a través
de la fusión de ésta con los conocimientos más globales
que la organización política pueda aportar.
5. Combatir el hegemonismo
Estas reflexiones nos plantean también el tema de la
hegemonía. Debemos empezar diciendo que la hegemonía es lo opuesto
al hegemonismo. Nada tiene que ver con la política de aplanadora que
algunas organizaciones revolucionarias, aprovechándose de ser las más
fuertes, han pretendido emplear para sumar fuerzas a su política. Nada
tiene que ver con pretender imponer la dirección desde arriba, acaparando
cargos e instrumentalizando a los demás. Nada tiene que ver con la actitud
de pretender cobrar derechos de autor a las organizaciones que osan levantar
sus banderas. No se trata de ins-trumentalizar, sino, por el contrario, de sumar
a todos los que estén convencidos y atraídos por el proyecto que
se pretende realizar. Y sólo se suma si se respeta a los demás,
si se es capaz de compartir responsabilidades con otras fuerzas.
Por supuesto que esto es más fácil de decir que
de practicar. Suele ocurrir que cuando una organización es fuerte, se
tiende a minusvalorar el aporte que puedan hacer otras organizaciones. Esto
es algo que hay que combatir. Una actitud hegemonista en lugar de sumar fuerzas
produce el efecto contrario. Por una parte, crea malestar en los movimientos
sociales y otras organizaciones de izquierda que se sienten manipulados y obligados
a aceptar decisiones en las que no han tenido participación alguna, y
por otra, reduce el campo de los aliados, ya que una organización que
asume una posición de este tipo es incapaz de detectar los reales intereses
de todos los sectores populares y crea en muchos de ellos desconfianza y escepticismo.
Por otra parte, el concepto de hegemonía es un concepto dinámico,
la hegemonía no se gana de una vez y para siempre. Mantenerla es un proceso
que tiene que ser recreado permanentemente. La vida sigue su curso, aparecen
nuevos problemas, y con ellos nuevos retos. Hoy, sectores importantes de la
izquierda, han llegado a la comprensión de que nuestra hegemonía
será mayor cuando logremos que más gente siga nuestra línea
política, aún si ésta no aparece bajo nuestro sello. Y
lo más conveniente es lograr conquistar para esas ideas al mayor número,
no sólo de organizaciones políticas y de masas, y a sus líderes
naturales, sino también de personalidades destacadas en el ámbito
nacional.
El grado de hegemonía alcanzado no puede medirse entonces
por la cantidad de cargos que se logre conquistar. Lo fundamental es que quienes
están en cargos de dirección, hagan suya e imple-menten nuestra
línea, aunque no sean de nuestra organización. Por otra parte,
si se ha logrado conquistar muchos cargos en una determinada organización
se debe estar atento a no caer en desviaciones hegemonistas. Es más fácil
para quien tiene un cargo imponer sus ideas, que arriesgarse al desafío
que significa ganar la conciencia de la gente.
6. Una izquierda a la altura de los desafíos que
le plantea el mundo de hoy
Para terminar, quisiera decir que nuestros pueblos se merecen
una nueva izquierda, que esté a la altura de los desafíos que
le plantea el mundo de hoy, un mundo muy diferente al que existía cuando
yo me iniciaba en la política: lleno de obstáculos, pero también
de oportunidades. Tener presente los primeros, para elaborar una estrategia
que permita superarlos, y conocer las segundas, para construir a partir de ellas
propuestas alternativas solidarias, es esencial. Estoy convencida de que el
único camino para avanzar en la lucha por crear las condiciones de una
profunda transformación social, es evitar caer en una actitud nostálgica
hacia el pasado y decidirse a construir creadoramente el porvenir.
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Publicado en América Libre
Marta Harnecker es investigadora chilena. Directora del MEPLA.
Ponencia presentada en el Seminario Internacional de América Libre realizado
en Caxias do Sul