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Cuba: Entrevista a Jesús García Brigos
¿Qué delegado necesitamos?
María Julia Mayoral
Granma
Cada dos años y medio, desde los primeros comicios en la etapa
revolucionaria, los cubanos han recibido, de una u otra forma, la misma exhortación:
proponer y elegir a los mejores y más capaces.
Por consenso popular, el mérito y la aptitud personales volverán
a ser en breve la clave de acceso a las estructuras representativas del poder
estatal. Pero, ¿cuál es el significado justo de esos dos conceptos? ¿Tienen
la misma connotación al cabo de más de 25 años de experiencia?
¿En qué medida la próxima postulación podrá contribuir
al perfeccionamiento del Estado y, en general, del sistema político en
nuestro país?
Sin pretender agotar el tema o presentar respuestas absolutas, Jesús
García Brigos, investigador del Instituto de Filosofía, conversa
sobre el tema, a partir del conocimiento adquirido durante 16 años estudiando
la construcción del Socialismo en Cuba y, en particular, las características
inherentes al sistema político, lo cual incluye evaluaciones particulares
sobre los órganos del Poder Popular.
"No pocas personas, señala el especialista, ven al delegado como un simple
`tramitador de planteamientos' y otros muchos tienden a evaluar su gestión
por la cantidad de problemas que sea `capaz de resolver'; a partir de eso concluyen,
tengo un `buen' o un `mal' delegado.
"Esa visión, precisa, está condicionada por razones objetivas,
que van desde la confianza de la gente en sus representantes, el cúmulo
de dificultades materiales sin solución, hasta el propio funcionamiento
del Poder Popular desde su instauración en Matanzas a modo de experimento
en 1974; pero reducir así el papel de los electos resulta erróneo.
"No pocos delegados y delegadas con excelentes condiciones, advierte, han dejado
de serlo, precisamente porque al final del mandato por dos años y medio,
la gente pone como primer elemento de juicio la cantidad de planteamientos resueltos.
"Es cierto que a esas personas elegidas corresponde exigir respuestas adecuadas
a las necesidades de la comunidad y al mismo tiempo movilizar a la población
para enfrentar, eliminar o atenuar disímiles problemas; pero es preciso
pensar más allá de ese estrecho cauce."
Nadie puede negar que el sistema de órganos del Poder Popular es para
trabajar todos por el bienestar de todos, haciendo coincidir los intereses entre
Estado y pueblo. "No obstante, recalca el investigador, en la vida cotidiana
esa identificación no puede verse como algo estático ni homogéneo,
debe expresarse como un proceso en permanente desarrollo, que, precisamente
gracias a lo alcanzado en estos años, hoy en día requiere una
gestión diferente por parte de los órganos locales.
"Ahí, enfatiza, es donde el delegado o la delegada desempeña un
papel decisivo, porque no solo es el representante del pueblo en las estructuras
de gobierno, sino de este último ante los electores y los ciudadanos
en general de su circunscripción. Por tanto, está en sus manos
trabajar para conciliar objetivos concretos y al mismo tiempo promover el análisis
público sobre los planes del municipio en su indispensable interacción
con los de la provincia y la nación.
"Es también una necesidad convertir las reuniones de rendición
de cuenta en verdaderos foros de debate, analizar oportunamente con los electores
las causas de por qué determinadas necesidades no pueden resolverse,
llevar a la Asamblea Municipal las opiniones de la comunidad y buscar de conjunto
lo óptimo en cada momento.
"Son formas prácticas, considera el investigador, de dar vida a un principio
de nuestro Socialismo: garantizar cada vez más que los gobernados se
gobiernen a sí mismos, con el objetivo de que el libre y pleno desarrollo
de cada individuo sea premisa y al mismo tiempo resultado del progreso de la
sociedad en su conjunto.
"La construcción del Socialismo en Cuba, afirma, precisa de la creciente
participación popular en la toma de decisiones, el control, y en la propia
ejecución de lo decidido, lo cual forma parte de las concepciones que
dieron origen a los órganos del Poder Popular y deviene premisa básica
para avanzar de modo socialista en la relación entre dirigentes y dirigidos.
De tal modo, la participación ciudadana no puede reducirse al cumplimiento
de determinadas tareas.
Tras casi 20 años de estudio sobre el Estado cubano, García opina
"los cambios ocurridos en la economía y la sociedad durante la última
década confirman la necesidad del continuo perfeccionamiento del sistema
de órganos del Poder Popular, desde los municipales hasta la Asamblea
Nacional.
"En ese empeño, concluye, el delegado es el eslabón más
importante. Hay incontables hombres y mujeres con suficientes condiciones para
ejercer la responsabilidad, pero indiscutiblemente cada vez más necesitarán
mayor preparación, apoyo institucional, en aras de fortalecer su gestión
y reforzar su autoridad. Y por supuesto, la participación de todos en
esa labor de gobierno. Son cuestiones clave para el Socialismo que defendemos."