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Una alianza por la humanidad
Hoy no existe, como frente
a la Alemania de Hitler, un poder militar que pueda frenar estos planes, pero
cruzarse de brazos ante ellos implicaría admitir que nuestros hijos,
nietos y bisnietos vivan en un mundo de tinieblas e intolerancia y condenarlos
a una muerte segura.
Ángel Guerra Cabrera / La Jiribilla
Desde que el grupo de Bush junior asaltó ilegalmente la Casa Blanca
y puso en práctica su irracional proyecto de dominio mundial, la humanidad
se enfrenta a una situación tan peligrosa como ninguna anterior en la
historia. Bush aprovechó el clima solidario con el pueblo estadounidense
creado por el atentado del 11 de septiembre de 2001 para instrumentar rápidamente
su agenda, que consiste en la destrucción de valores morales, jurídicos
y culturales edificados a lo largo de milenios, de lo que no escapa Estados
Unidos, donde se han suprimido históricos derechos constitucionales e
iniciado una ola represiva xenófoba, implantó el control policial
generalizado e institucionalizó la mentira como práctica gubernamental.
Simultáneamente, arrasó y ocupó sin justificación
dos naciones imponiéndoles un orden colonial clásico, y amenaza
con hacer lo mismo en más de 60 países. A la vez, impulsó
el proceso de extinción de nuestra misma especie y de toda forma de vida
sobre la Tierra al rechazar el Protocolo de Kyoto y proclamarse partidario de
aumentar el consumo por su país -ya estratosférico- de los hidrocarburos
del mundo. Si no se les detiene a tiempo, los bushistas arrastrarán
al género humano hasta su fin, sea mediante la acción expedita
de sus bombas inteligentes o la más lenta, pero implacable, del
ecocidio. Hoy no existe, como frente a la Alemania de Hitler, un poder militar
que pueda frenar estos planes, pero cruzarse de brazos ante ellos implicaría
admitir que nuestros hijos, nietos y bisnietos vivan en un mundo de tinieblas
e intolerancia y condenarlos a una muerte segura. ¿Qué hacer entonces
frente a esta amenaza apocalíptica? Es evidente que sin renunciar al
derecho sagrado de los pueblos a la resistencia armada contra la guerra de agresión,
hoy es posible articular una alianza por la salvación de la humanidad
de una amplitud sin precedentes, cuyo escenario de lucha sería político
y sus armas, las ideas humanistas universales: el derecho de los pueblos a su
soberanía y autodeterminación, a la justicia social y la equidad,
a la paz, al respeto de las minorías étnicas y de la diversidad
cultural, a un mundo ético basado en el ejercicio de la libertad y la
solidaridad entre las personas sin importar su raza, credo, ideología
o jerarquía social.
Hasta aquí, en mis palabras, el preámbulo de la propuesta presentada
por varios intelectuales mexicanos en días pasados en La Habana ante
unos 40 colegas cubanos. La propuesta se basa en esta conclusión previamente
expuesta al grupo en México por Pablo González Casanova: una vez
derrotada la reciente campaña mediática contra Cuba, con el apoyo
de gran parte de la intelectualidad latinoamericana, de africanos, asiáticos,
estadounidenses y europeos al manifiesto A la conciencia del mundo, lo
que sigue -como la mejor manera de defender a Cuba- es frenar la política
agresiva que hoy nos amenaza. El sociólogo argumentó la necesidad
y la urgencia de crear un frente internacional que -subrayó- no debiera
conformarse con resistir, sino pasar a la ofensiva y proponer formas de organización
social y de hacer políticas alternativas a las hegemónicas. Planteó
que los pilares de esa empresa están en el movimiento internacional contra
la globalización neoliberal y en el que se opuso a la agresión
contra Irak, sin excluir a nadie dispuesto a sumarse.
En La Habana, Víctor Flores Olea, al presentar la propuesta, enfatizó
en que esta alianza, para triunfar, necesita del concurso de los estadounidenses,
de sus reservas morales inspiradas en su tradición democrática
y su auténtica cultura, hoy marginadas. Ellos, dijo, han sido la primera
víctima de la guerra contra el "terrorismo" y merecen nuestra solidaridad.
El poeta Juan Bañuelos destacó la riqueza y la fortaleza que aportaría
al empeño la presencia indispensable de los pueblos indígenas,
"quienes sufren tal vez como ningún otro grupo social las políticas
neoliberales". El historiador Horacio Labastida afirmó: "Estamos en Cuba
para reiterar nuestro compromiso con su defensa; Cuba es la antítesis
del imperialismo y por eso mismo está amenazada como ningún otro
país. Al defender a la humanidad, debemos defender a Cuba porque es aquí
donde el ser humano ha conseguido alejarse de la bestia en que quiere convertirnos
el capitalismo".
Estos planteamientos dan la tónica prevaleciente en la reunión,
donde a mi juicio lo más notorio fue la identidad de criterios entre
los hijos de las patrias de Juárez y Martí, dos hombres unidos
en el siglo XIX por ideales muy semejantes a los que marcaron de principio a
fin esta cita a comienzos del siglo XXI. Acaso la propuesta mexicana sea la
chispa que produzca la combustión en el motor de este gran movimiento.
Allí se escuchó citar a Juárez y su firme postura contra
la injerencia y la intervención imperial, y al señalar una postura
común de los cubanos, uno de ellos recordó este pensamiento tan
actual de Martí: "Patria es humanidad".