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1 de julio de 2003
Las bibliotecas cubanas: el reportaje pendiente de la CNN
Eliades Acosta
La Jiribilla
Del 19 al 25 de junio se celebró en Toronto, Canadá, la Conferencia
Anual de la Asociación de Bibliotecarios Americanos (ALA) y de la Asociación
de Bibliotecarios Canadienses (CLA), a la cual asistió una delegación
cubana compuesta por Eliades Acosta Matos, director de la Biblioteca Nacional
"José Martí", Margarita Bella, presidenta de la Asociación
Cubana de Bibliotecarios (ASCUBI), la Dra. Marta Terry, asesora de ASCUBI y
profesora de la Universidad de La Habana, entre otros 6 participantes.
Un bibliotecario cubano de verdad, de carne y hueso, es una persona, casi
siempre una mujer, que raramente interesa a la cada vez mayor cantidad de periodistas
y similares que dicen dedicarse a abordar la realidad de Cuba en sus escritos.
Si la verdadera realidad de la Isla raramente aparece reflejada con mediana
objetividad en la gran prensa que se dice "libre y profesional", no debe asombrarnos
que poco o nada se sepa de los más de doce mil especialistas de la información
que mantienen este importante servicio social en un país pobre, acosado
y bloqueado por la mayor potencia de la Historia, como si se tratase de un país
criminal, de una nación que albergase una enfermedad mortal para el resto
de las naciones: el de demostrar que otro mundo mejor es posible.
Es curioso constatar que a pesar de esta vil criminalización de todo
un pueblo; de esta torva persecución contra un proyecto social que revolucionó
profundamente las estructuras de exclusión e injusticia que padecían
las amplias mayorías de la población cubana, la verdad es que
Cuba ostenta el mayor índice de escolarización de todo el Tercer
Mundo, superior, incluso, al de muchos países desarrollados; no sufre
de analfabetismo; tiene el mayor per cápita mundial de maestros y es
reconocida por la UNESCO como poseedora de uno de los sistemas de enseñanza
que con más calidad prepara a sus egresados. Nada de esto tiene verdadera
importancia para quienes critican y acusan a Cuba.
No importa que ningún niño cubano tenga que mendigar por las calles
para vivir, ni que la educación sea gratuita y universal desde el preescolar
hasta la universidad, tanto como lo es la salud. Esto, en rigor, es irrelevante,
como también que los niños y jóvenes cubanos no se disparen
unos a otros en las escuelas, ni asesinen a sus maestros en las propias aulas.
No importa que a partir del mes de septiembre del presente año, en las
escuelas cubanas se pueda contar un maestro por cada veinte alumnos, proporción
solo lograda, aproximadamente, en Dinamarca, donde las aulas cuentan con un
maestro por cada veinticinco alumnos. No importa que en nuestra red de escuelas
existan seis mil bibliotecas escolares, ni que se hayan ubicado en ellas, en
el 2002, 50 mil computadoras, televisores y VCR, incluso en las cerca de 1000
escuelas rurales que no contaban con servicio eléctrico y a las que se
dotó de paneles solares, aún cuando dichas escuelas estuviesen
entre las 173 que se abren cada día para acoger a un solo alumno, por
vivir estos en regiones muy remotas. Pero nada de esto es realmente importante.
No importa que contemos proporcionalmente en Cuba con más bibliotecas
públicas que Italia; que estas cumplan con las recomendaciones de la
UNESCO y pongan a disposición de sus usuarios casi tres ejemplares por
habitante; que el pasado año hayan recibido servicios en nuestra red
más de ocho millones de personas de una población total de once
millones, y que en el país se puedan comprar los libros más baratos
del mundo. Y que todo esto se logre para servir hasta al último de los
cubanos, no a las elites privilegiadas, ni a los que tengan mayor poder adquisitivo,
importa menos, como tampoco que estos logros, de los que los cubanos nos enorgullecemos,
se hayan podido realizar en medio de una guerra que dura ya 43 años.
Las recientes medidas restrictivas del gobierno de los Estados Unidos en el
plano del intercambio de ideas y proyectos académicos vienen a confirmar
que el bloqueo no reconoce fronteras, y que son pura retórica sus afirmaciones
en sentido contrario. La prohibición de viajar a Puerto Rico y a territorio
de la Unión a bibliotecarios cubanos que debían participar en
cursos profesionales y congresos, se suma a la negativa a entidades culturales
cubanas, como son Cubarte y la Biblioteca Nacional, a que puedan suscribirse
por abono a bases de datos sobre literatura, como es SAFARI (safari.oreilly.com)
y OCLC.
No cabe dudas: bajo las leyes del bloqueo es imposible desarrollar una vida
normal, y a tal realidad nada escapa.
En efecto, desde hace casi medio siglo los cubanos vivimos en condiciones de
excepcionalidad. Quienes, como yo, tenemos menos de cincuenta años, hemos
nacido y crecido bloqueados, y hemos tenido hijos y nietos que han nacido también
bloqueados. La amenaza de experimentar en carne propia una agresión militar
foránea jamás nos ha abandonado en todo este tiempo. Mientras
tanto, una gran parte de "la prensa libre y objetiva" se ha dedicado a escudriñar
en los rincones de nuestra vida, a demoler sin piedad la obra gigantesca de
justicia social que hemos realizado en condiciones tan adversas, y a crear una
Cuba virtual que es el peor de los sitios peores del planeta. En los últimos
tiempos, con especial saña y un despliegue inusitado de mentiras escandalosas,
una sección de esta artillería infernal se ha concentrado sobre
la labor de las bibliotecas y los bibliotecarios cubanos.
¿De qué se nos acusa? ¿Cuáles son los graves pecados mortales
que cometemos y que nos han ganado las más severas condenas de estos
jueces implacables? Cuba es el único país de los casi doscientos
que componen la ONU que ha merecido, a los ojos del FAIFE de IFLA (Comité
por el libre acceso a la información y la libertad de expresión),
un análisis diferenciado y dos informes especiales, uno en 1999 y otro
en el 2001. Hemos tenido el honor de recibir en nuestro suelo, en ese mismo
año, a una amplia delegación de ALA y del FAIFE la cual recorrió
libremente la nación y sus bibliotecas, las reales y las falsas, y se
entrevistó con todas las personas que quiso, entre ellos, escritores,
bibliotecarios, libreros y gente del pueblo. Mientras la Sra.
Susan Seidelin, directora del FAIFE, recorría los estantes de nuestras
bibliotecas con una lista en la mano buscando, infructuosamente, las ausencias
prometidas en cuanto a títulos y autores "censurados", un becario inglés,
el Sr. Stuart Hamilton, recorría de "incógnito", recordando a
los personajes de Graham Greene, las calles de La Habana, entrevistando a quienes
clasificaban dentro de ese delicioso eufemismo de la propaganda y la guerra
psicológica contra Cuba que son los llamados "bibliotecarios independientes".
A pesar de esa sospechosa fijación con Cuba, como si este fuese el país
donde peor marchan las libertades y derechos intelectuales; como si fuese Cuba,
y no los Estados Unidos, la nación que más aparece denunciada
en la propia WEB del FAIFE por escandalosas violaciones de tales derechos y
libertades; como si en algún lugar de Cuba se quemasen y prohibiesen
libros de Mark Twain, Alice Walker e Isabel Allende, como ocurre en algunos
lugares de los Estados Unidos, y constituyese parte del debate nacional la pertinencia
o no de tener a "Harry Potter" en los estantes de las bibliotecas, la Resolución
sobre Cuba aprobada con más del 86% de los votos emitidos por los delegados
a la Asamblea General de IFLA, celebrada en el verano del 2001 en Boston, y
vale la pena recordar, propuesta de manera ejemplarmente unida por bibliotecarios
norteamericanos y cubanos, fijaba de manera inequívoca la posición
de la comunidad mundial de la información con respecto a los así
llamados "bibliotecarios independientes":
"Exhortar al gobierno norteamericano a compartir ampliamente los materiales
de información con Cuba, en especial con las bibliotecas cubanas y no
solamente con "individuos y organizaciones no gubernamentales independientes"
que representen los intereses políticos de los Estados Unidos." No cabe
dudas: para los delegados que en Boston votaron por la aprobación de
esta Resolución, no se puede ser "independiente", mientras se represente
los intereses políticos de un estado determinado, no importa si este
sea los Estados Unidos o el Reino de Tonga.
En rigor, ¿qué se quiere subrayar con el uso del adjetivo "independiente"
junto al sustantivo "bibliotecario", cuando se aplica al caso cubano? En primer
lugar, se da por sentado que todos los demás bibliotecarios cubanos,
o sea, los miles que estudiaron durante años y rindieron exámenes
para ejercer la profesión; que trabajan diariamente en muy adversas condiciones,
desplegando una admirable creatividad y espíritu de sacrificio para que
nuestro pueblo sea, como lo es, uno de los más cultos del planeta, son
bibliotecarios "oficialistas", por el simple hecho de recibir su salario del
gobierno. Siguiendo esta misma lógica, ¿cómo llamar entonces a
la inmensa mayoría de los bibliotecarios del mundo que trabajan en el
sector público de sus respectivos países, o sea, que reciben los
salarios de sus gobiernos, cuando estos, como se sabe, están en condiciones
de hacerlo y no se vean obligados a efectuar recortes presupuestarios, como
está ocurriendo, ahora mismo con las bibliotecas del país más
rico de la Tierra? Por otro lado, si el criterio decisivo para llamar "oficialistas"
a unos bibliotecarios e "independientes" a otros depende de quién paga
sus servicios, entonces estos últimos no podrían ser llamados
así, pues no trabajan para el estado cubano, pero sí para el norteamericano,
como ha sido fehacientemente demostrado, incluso, como han declarado ellos mismos
a bibliotecarios extranjeros que los han visitado. Se conocen, y existen pruebas
irrefutables, acerca de las tarifas de sus servicios, acerca de los equipos
que reciben, los libros que se les hacen llegar a sus casas directamente en
las furgonetas de la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana,
y de las generosas visas que reciben ellos y sus familiares para emigrar, cuando
se les quiere premiar por los servicios rendidos.
En segundo lugar, si el criterio para delimitar a unos y otros depende de la
filiación ideológica de cada cual, entonces se complica aún
más el asunto. La inmensa mayoría del pueblo cubano apoya a la
Revolución. Si esto no fuese así, no podría haber resistido
tantos años de asedio, bloqueo y agresiones, que van desde atentados
terroristas, como el de 1973, en Barbados, hasta invasiones como la de Bahía
de Cochinos, en 1961, las amenazas nucleares, en 1962, y la introducción
de plagas y enfermedades. Los bibliotecarios cubanos y sus organizaciones profesionales
apoyan a la Revolución, y esto lo decimos en voz alta y clara, pues nos
enorgullece, es un derecho que ejercemos a la luz del día y no nos avergüenza.
Ni un solo intelectual importante, ni un solo profesional de la información,
ni un solo escritor ha podido ser reclutado para esta campaña subversiva.
¿Pueden demostrar los llamados "bibliotecarios independientes" que no trabajan
para derrocar a la Revolución; que no reciben órdenes políticas
y financiamiento millonario de las entidades del gobierno de los Estados Unidos
encargadas de subvertir el orden institucional cubano, como es el caso de "Freedom
House" y la USAID, por citar solo las que lo hace públicamente, y que
más que bibliotecarios actúan como conspiradores que violan las
leyes del país al servicio de una potencia extranjera hostil? Dicho sea
de paso, en el US Code, en la Sección 180, se establecen penas de diez
años de prisión para aquellas personas que trabajen para una potencia
extranjera hostil a los Estados Unidos desde su territorio, tal como lo ha demostrado
en un reciente artículo James Petras. En las leyes cubanas, como en las
norteamericanas, la figura del "intrusismo profesional" aparece como infracción
punible: eso, y no otra cosa, es autoproclamarse "director" de una biblioteca
e invadir fraudulentamente el terreno de una profesión, recibiendo por
ello retribución monetaria. Estos "valientes y esforzados freedom fighters",
como gustan llamarlos sus defensores, ganan en un mes, en sus casas, sin trabajar,
2,2 veces lo que yo gano mensualmente como Director de la Biblioteca Nacional
de Cuba, encargada de dar servicios diariamente a cerca de 400 usuarios y conservar
una colección de más de 3 millones de documentos.
¿Estamos en presencia de un tema profesional, de los que se vinculan con los
principios generales que todos compartimos en nuestra noble profesión
o, por el contrario, de una discusión política, relacionado con
la acción de activistas políticos al servicio de la guerra total
declarada por diez administraciones sucesivas del gobierno de los Estados Unidos
contra la Revolución cubana? Si coincidimos que no se discute aquí
de las aplicaciones y actualizaciones del Sistema Dewey, ni de las metadatas,
ni de cuestiones vinculadas con la preservación del patrimonio bibliográfico
o digital de las naciones, tampoco de los caminos para fortalecer la colaboración
entre los bibliotecarios cubanos, canadienses y norteamericanos, entonces, ¿de
qué discutimos cuando, a pesar de lo acordado en Boston, se persiste
en llamar "bibliotecarios independientes" a quienes no lo son; cuando en nombre
de principios que no se exigen al gobierno de los Estados Unidos, que viola
el libre flujo de ideas y de información con sus leyes referidas a Cuba,
se condena a la víctima, porque es pequeña y débil, en
vez de condenar al verdugo, porque es grande y poderoso? No cabe la menor duda:
no estamos en presencia de un tema profesional, sino político, por lo
tanto me pregunto si las organizaciones profesionales, como las que han convocado
esta Conferencia, deban alejarse de su misión profesional adoptando posturas
políticas en una u otra dirección. Y agrego: ¿podría adoptarse
postura alguna con relación a la situación interna de Cuba desligándola
de sus condicionantes externos, y en primer lugar, del bloqueo y el acoso redoblado
que sufre por parte del gobierno norteamericano? ¿Estarían dispuestas
estas organizaciones, a partir de este precedente, a emitir declaraciones y
adoptar posturas claras acerca de los innumerables problemas políticos
que corroen al mundo moderno? ¿Lo harían, por ejemplo, con relación
al conflicto israelo- palestino, o a la no concluida guerra contra el pueblo
iraquí? ¿Lo han hecho para condenar una guerra, como esta, que provocó
no solo miles de víctimas inocentes entre la población civil para
beneficio de los intereses del complejo militar-industrial y las trasnacionales
del petróleo, sino también la destrucción y el saqueo de
la Biblioteca Nacional, del Museo Nacional y de decenas de otros importantes
centros que eran patrimonio de la humanidad? La campaña contra Cuba que
tiene lugar por estos días persigue como objetivo final el crear el clima
propicio de aislamiento y descrédito para agredirla militarmente. No
en vano los círculos más reaccionarios del exilio cubano de Miami
trabajan frenéticamente por hacer realidad la consigna cargada de odio
y frustración que enarbolaron al realizar el único acto público
celebrado en el mundo en apoyo a la guerra contra el pueblo iraquí: "Irak
now, Cuba later".
Una agresión militar contra Cuba, dicen, es la única vía
posible para "resolver" el problema cubano, y al hacerlo se sitúan en
el mismo punto que el gobierno norteamericano al reducir aún más
los ya de por sí reducidos intercambios académicos y culturales
con la Isla, y también de la Comunidad Europea, al prácticamente
prohibirlos: es el reconocimiento tácito de su derrota en el intercambio
de ideas con Cuba, en el intercambio pueblo a pueblo.
¿Qué les queda, entonces, después de haber usado, sin éxito
alguno, todos los métodos posibles, sino los bombardeos y la invasión,
aún cuando esto provocará la pérdida de cientos de miles,
quizás de millones de vidas humanas, y no solo cubanas? Desde los lejanos
días en que los cubanos pelearon prácticamente solos por su libertad
durante treinta años, somos un pueblo que nada espera de otros gobiernos,
sino de otros pueblos. Sabemos bien que a través de toda la historia
mucho aliento y solidaridad hemos recibido de los pueblos de los Estados Unidos
y Canadá: es lo que esperamos en estos momentos trágicos, cargados
de peligros, cuando vuelve a jugarse el destino de la humanidad en una isla
del Caribe.
Eso esperamos de los colegas que asisten a esta Conferencia. Eso sienten y desean
los miles de bibliotecarios cubanos reales, esos que jamás han sido ni
serán entrevistados por los grandes medios informativos, pero que en
este mismo momento les descubren a nuestros niños el placer inolvidable
de descubrir su primer libro.
* Eliades Acosta es Director de la Biblioteca Nacional José Martí.