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18 de junio del 2003
Comandante, hasta la victoria siempre
Pedro Prieto
Rebelión
Sacaron ayer [por el 13] en televisión al comandante que mandó
a parar, como siempre que lo sacan, fuera de contexto, de forma que resulte
patético, como queríamos demostrar (c.q.d., se decía en
las demostraciones matemáticas). A mi me resultó simpático,
el anciano dictador, porque yo siempre lo he considerado un dictador. Soltó
un führercito dedicado al presidente del gobierno español, Aznar,
con ese seseo tan peculiar que los canarios inocularon en el Caribe hace siglos
("führersito", dijo) y luego ese otro entrañable diminutivo murciano
"del bigotico" y puso al nazi Aznar en su lugar: pequeño gran hombre
(mejor: gran pequeño hombre, o como dice el chiste gran caca, no jefe)
que juega, como Chaplín, en "El gran dictador" (formas y formas de dictar),
con el globo del mundo, ensoñando su posesión y manejo, hasta
que el mando militar polaco le subordina los mercenarios que ha enviado a ganar
puntos a Irak, en catacumbas volantes, subcontratadas por mafias tan sórdidas
como las de la construcción de Madrid y el globo le explota, en ese momento,
a este rufián.
Me gustó el comandante, especialmente cuando la Televisión del
blindado monigote Erquicia, estiró, una y otra vez, su frase, referida
a "bigotico" Aznar; solo vimos que decía, como atascándose ese
largo "nar........si...sísmo", en el que efectivamente se regodea este
perillán nuestro, cada vez que se dirige al público con esa vocecita
engolada y llena de falsetes. Bien calificado, comandante. No es un narcisista,
es que es un grandísimo nar....si...sista, así, separado y dando
tiempo al tiempo.
Dice Felipe González, siempre tan institucional, siempre dispuesto a
sacrificar los habanos por salvar la patria, entendida como un cargo que antes
ocupó él y ahora Aznar que considera sagrado y entiende ahora
ultrajado, que Castro le recuerda estos días a Franco moribundo. Enlaza
muy bien con el opúsculo que ha publicado el ex director de El País
y gran mago Merlín de los negocios polanqueros, Juan Luis Cebrián,
titulado Francomoribundia. En lo de los insultos, opera esa forma tan asimétrica
que tenemos de ver la vida. Si Aznar llama dictador de tres al cuarto, sátrapa
del Caribe o cualquier otra lindeza a Castro, solo está expresando la
verdad. Pero si a Castro se le ocurre hacer lo mismo con el enano saltarín,
Castro "insulta" a nuestro presidente de gobierno y por tanto, a nuestras democráticas
instituciones, que ya se han visto lo que dan de si en Madrid, con PP's y PSOE
penetrados hasta las cejas por las mafias de la construcción y los trapicheos
inmobiliarios.
Pero no. A mi no me parece similar a Franco en sus últimas épocas.
Aquel dictadorzuelo, lo primero que hizo fue ponerse, nada más dejar
medio millón de muertos a sus espaldas, el ridículo superlativo
de "ísimo" al generalato previamente ganado con sangre africana inocente
y luego se empeñó en emparentar a la nieta con la nobleza y tener
para el apellido aspiraciones monárquicas. Gustaba de los fastos. Jamás
supo lo que era aguantar la lluvia en las montañas (me decía un
cubano, compañero de luchas de Castro y también comandante de
la revolución, que en las partes altas de Sierra Maestra, la temperatura
puede llegar a los cero grados en invierno), codo con codo y hombro con hombro
con sus hombres. Yo siempre recuerdo a Franco ya vestidito de general, con los
prismáticos, viendo en la distancia como bajo sus órdenes, la
tropa se hacía carne, siempre a unos cuantos kilómetros de donde
él estaba. Jamás supo de sacrificios, aquel advenedizo.
Me recuerda mucho más Castro al don Quijote que ilustraba Gustavo Doré:
alto, delgado, majestuoso, desfacedor de entuertos y si queréis, hasta
con ese punto de locura, tan necesario a veces, para intentar el cambio. Eso
si, me lo recuerda en su última época, ya muy desvencijado de
tanto luchar contra molinos, que eran gigantes o gigantes, que fueron molinos
(¡si levantara la cabeza y viese su querida Mancha inundada por esos terribles
gigantes, hordas de multinacionales del sector energético!), con los
costillares mil veces fracturados y mal soldados, resultado de sus múltiples
enfrentamientos con malandrines de toda calaña; muelas perdidas por los
golpes, pobre hidalgo objeto de burlas, que sigue impasible su destino de caballero
andante, sin inmutarse por los muchos desafueros; cuerpo magullado, vencido
por los acontecimientos, pero firme en sus convicciones.
Morirá pronto, si, quizá en su cama, pero no como Franco, con
el pavor dibujado en el rostro, mientras su yerno, el marqués, hacía
todo tipo de exorcismos con las sondas, intentando lo imposible. Puede salirle
una hija rebelde, como a todos, incluido a Franco su nieta, pero no se la verá
llevándose el reloj lleno de medallas de oro del general a Suiza. Castro,
único dirigente latinoamericano (españoles incluidos en esta triste
categoría de palanganeros) que no se caga en los pantalones, cada vez
que tío Sam dice que si no obedecen, les quitará las inversiones.
Me gusta Castro, qué le vamos a hacer. Su gobierno ordenó las
ejecuciones judiciales que repudio, claro, como las ordenó mister X extrajudicialmente,
ese que ahora ve que Castro "está" (no que es) patético, porque
no se ha mirado él al espejo. Ejecuciones como las que llevaron a cabo,
en órdenes de magnitud infinitas veces superiores y en órdenes
de salvajismo infinitamente peores, aquellos a los que Aznar ( ni González)
no ve con motivos suficientes para que la UE les bloquee o les retire la palabra
o las supuestas ayudas (Dios libre a los países pobres de las ayudas
de los ricos, por las que se encuentran precisamente en esa lamentable situación).
Ya se, ya se, que diez millones de muertes salvajes en Latinoamérica
no justifican las tres ejecuciones cubanas, ya lo se. Eso lo se yo, pero los
que no parecen saber que ha habido y está habiendo diez millones de ejecuciones
en los demás países, son los límpidos e impolutos dirigentes
democráticos de la UE, que condenan y aíslan al pueblo cubano,
mientras siguen dando enormes abrazos a los genocidas habidos y por haber en
toda Latinoamérica, criados a sus pechos en sus Escuelas de las Américas
y similares. Para ellos, tres muertes son muy importantres y diez millones no
tienen importancia alguna, aunque se harten de decir que una sola muerte es
muy importante. Pero yo debo vivir reconcomido en mi contradicción y
ellos duermen bien sin la suya. Y siguen colocando fieles, sirvientes y lacayos,
a los dictados del FMI y Banco Mundial, cuyas prioridades son que pasen barcos
de trigo, carne, pesca y minerales propios frente a su moribunda y hambrienta
población, para atender su primera prioridad: la reducción de
una deuda irreductible. Genocidas de guante blanco, que nunca aparecerán
en las listas negras, ni en las barajas de los EE.UU., porque ya estaban en
las nóminas de la CIA.
Me recordaba un amigo, sobre Gorbachov, cuando puse mis dudas sobre si había
actuado de buena fe, que fue un pusilánime y un cobarde. No se podrá
decir esto de Castro. Gorbachov vive ahora de "sus conferencias", como este
amigo me recordó terminó Kerensky, dando charlas en el circo Barnum.
Así terminaron también Búfalo Bill, la mujer barbuda y
llevan camino de hacerlo Bill Clinton, su ultrajada esposa Hillary - vendiendo
morbosidades-, Felipe González, ese que ve a Castro como a Franco, mientras
cobra conferencias a destajo, preside mesas de fundaciones diversas y publica
tan exquisitas como privilegiadas páginas de opinión. Y así
puede que termine Aznar y su ínclita Botella, ya metida en el berenjenal
de los asuntos sociales, con aquel fabuloso arranque en el hotel Ritz, presidenta
de las caridades bajo palco y reina de honor, por un día, de las huchas
del Domund para los negritos y para los chinitos; condesa del "Charity Business"
madrileño y extraña visitadora de Pantaleón a las cuevas
de Chueca. Gentuzas todas que solo ven mercados libres (para ellos) en cada
miserable rincón de su existencia.
A Castro lo podemos ver ya en la última película de Oliver Stone,
titulada "Comandante", pero no habrá cobrado derechos de autor, como
Gorby, Bill Clinton el sátiro o Hillary, la ultrajada. No se irá
a la tumba con ellos. Yo lo vi ayer y la película no me gustó
nada, pero el comandante nunca defrauda. Al menos salió algo claro de
sus convicciones antirracistas (otra forma muy diferente de ir a África
y de diferenciarse de Franco) en Angola. Interesante su referencia a la charla
con Mandela sobre las armas nucleares sudafricanas. Armas de destrucción
masiva, que nuestros escrupulosos ojeadores occidentales no vieron cuando se
desarrollaron a manos de una ínfima minoría de blancos nazis,
que imponían un salvaje apartheid a más del 95% de su población.
Curioso que nadie, salvo Castro, se haya preguntado que fue de aquellas terribles
armas: ¿donde fueron? ¿se desmantelaron? ¿quien las tiene? ¿y los planos? ¿Y
el material fisible? Más curioso aún que nadie se haya preguntado
por qué un manojo de nazis blancos, oprimiendo a toda la población
negra del área las podía tener y un presidente negro, pacifista,
incapaz de odiar ni siquiera a los que le torturaron durante más de 30
años, no podía heredarlas. ¿Quien dio la orden de retirarlas,
justo antes de que Mandela llegase, inevitablemente a la presidencia, que no
al poder? ¿Por que los militares sudafricanos siguen sin decir a Mandela ni
a su sucesor que fue de aquellas armas, estando obligados a hacerlo? ¿No le
quita eso el sueño al demócrata Aznar, en su obsesión por
"un mundo más seguro"?.
Comandante, un Sancho Panza fervoroso como yo, te podrá criticar por
algunas cosas, siempre desde la bajura del jumento, pero te acompañará
hasta la muerte. Habrás roto algunos pellejos, quitado el Yelmo de Mambrino
al barbero y hecho algún que otro desaguisado, sin duda, pero no te quepa
duda de que doscientos años después, tu enjuta, triste y delgada
figura sobresaldrá universos sobre la de elementos de enorme grisitud
y de un lamentable vasallaje, como esos que mostraron un día ufanos tus
puros para hoy distanciarse de ti y llamarte patético desde esas tenebrosas
instituciones que les cobijan, como el Real Instituo Elcano o similares, o esos
otros que pretendieron un día, poniéndose de puntillas, cambiarte
la corbata para ver si salían en la foto de la historia.