Los derechos no se mendigan

LUIS SUARDÍAZ

El 14 de junio de 1845 nace en Mayajuabo, San Luis, Oriente, quien llegaría a ser uno de los protagonistas más sobresalientes de nuestra historia: Antonio Maceo, mestizo de condición modesta, mas no al borde de la miseria, como a veces se ha dicho, exagerando, porque junto a su padre y hermanos libraba el sustento cada día y podía aspirar a determinadas satisfacciones materiales con el tesonero trabajo diario. De modo que no fue en busca de beneficios propios que se alzó en armas, dos días después de la clarinada de Yara, encabezada por Carlos Manuel de Céspedes, sino por su sentido de la dignidad ciudadana y por su patriotismo.
Apenas dos años antes había contraído matrimonio con la ejemplar María Cabrales y venía de familias que encarnaban la diversidad de las tierras americanas, pues su padre Marcos Maceo procedía de la Venezuela que fue el crisol de las luchas por la independencia de nuestra América, y su progenitora Mariana Grajales, paradigma de las madres cubanas, venía de estirpe dominicana, tierra que daría curtidos jefes y soldados a la causa del mambisado, singularmente el que fuera jefe y maestro de Antonio, el Generalísimo Máximo Gómez junto a quien pelearía hasta su muerte en la Guerra de los Diez Años y en la de 1895.
Es bien conocido que Antonio se incorporó junto a uno de sus hermanos a las fuerzas de Donato Mármol y que toda su familia participó de modo sobresaliente en la contienda. Por eso el jefe de la Revolución que estalló el 24 de febrero del 95, José Martí, quien cabalgó hacia la inmortalidad en un caballo que le facilitó el General José Maceo —conocido, por su valentía, como El León de Oriente— dijo con razón que El Titán venía de león y de leona.
La opresión que sufrían los cubanos en pleno siglo XIX era verdaderamente cruel. La rebelión de las colonias que a partir de 1810 estremeció las conciencias había dejado casi sin posesiones a la metrópoli peninsular en el llamado Nuevo Mundo. Martí afirmó que con el dolor y la sangre, lo mismo que los hombres nacen los pueblos, y la historia de la Patria grande así lo confirma. Pero para retener a Cuba, la más preciada joya de la corona, estaban dispuestos a perder hasta la última ya devaluada peseta y hasta el último pobre aldeano, reclutado, muchas veces contra su voluntad, para servir de instrumento a la reacción de la cual ese pobre soldado también era víctima.
El Manifiesto del 10 de Octubre de 1868, concebido por Céspedes y sus más cercanos seguidores, denunciaba los atropellos que el agonizante imperio europeo inducía y practicaba contra los criollos, aun los de familias encumbradas, mas principalmente contra los de condición humilde y con los esclavos, incluidos el asesinato político, los procesos injustos, la deportación, la cárcel de por vida. El Manifiesto subrayaba que los cubanos estaban convencidos de que todos los hombres son iguales, y cargaba con fuerza contra el sistema esclavista. Bajo esas banderas Maceo comenzó su extraordinaria proeza con el grado de capitán. Mas, ya al despuntar el año de 1869 era comandante, y poco después teniente coronel.
Jefe severo y a la vez solidario, sufre la pérdida de su padre y tres hermanos en los campos del 68. Él mismo es un sobreviviente de excepción, pues en mitad de la contienda ya pasan de cien los combates en que ha participado con diversos grados y responsabilidades, y más de veinte heridas de diversa gravedad lleva como condecoraciones en el cuerpo airoso.
Pero no es únicamente un soldado resuelto y valiente, sino un hombre que sabe muy bien por qué se ha convertido de emprendedor agricultor y arriero en jefe insurrecto: aspira no solo a la Independencia, sino a la Libertad plena de los suyos, y al establecimiento de una República que no sea una caricatura desdibujada de nación soberana. Mucho se ha escrito sobre las hazañas del héroe, su ideario, sus tácticas, su arrojo, su carácter y, naturalmente, su erguida, histórica postura en la Protesta de Baraguá, pero hay un episodio menos conocido, emergente del ataque al cafetal La Indiana (recogido por Griñán Peralta en su obra Antonio Maceo. Análisis caracterológico) donde surge el doble dolor de hermano y de guerrero al saber que José ha caído herido, quizá muerto, y pide al Generalísimo participar en una operación relámpago para rescatarlo, y así lo hace. Después de la acción audaz, narra los hechos con brevedad, elogia el valor del enemigo, y más aún, el de sus bravos compañeros y añade: "José estaba gravemente herido; si lo dejo lo rematan, lo curé y salvé a uno de los hombres más valientes que ha dado la revolución cubana". Hay una nota de alivio, de íntima alegría por haber tenido la oportunidad de rescatar al ser querido, pero no falta ni un ápice a la verdad, porque, en efecto, el gallardo oficial era todo un valiente y llegaría a ser uno de nuestros más queridos generales. Caería en combate, no podía ser de otro modo, apenas en el segundo año de la contienda reiniciada en 1895, como en diferentes etapas de la lucha cayeron otros catorce de sus hermanos —y el propio padre, como ya apuntamos— de la veintena que no vaciló en acudir al llamado de la nación que se fue forjando, más que en los tiempos apacibles, en los campos insurrectos y en la tregua que fue cauce de adiestramiento, reflexión y gestiones por la unidad imprescindible que permitiría descabezar los reveses de la Guerra Grande y obtener la victoria.
La Protesta de Baraguá representa la voluntad del pueblo de Cuba de luchar hasta la muerte al precio que fuere necesario por la Independencia verdadera, por la soberanía no solo en aquel dramático 1878, después que el Pacto del Zanjón parecía significar el fin de toda esperanza de redención, sino precisamente ahora cuando el mundo está en peligro. La Protesta, valorada en toda su significación por José Martí cuando convocaba a los viejos y nuevos patriotas a la guerra necesaria, no ha perdido vigencia. Y el Mayor General Antonio Maceo fue entonces la voz viva del pueblo, su representante por excelencia. Convencido de que la Libertad se conquista con el filo del machete, no se pide, y mendigar derechos es propio de cobardes, y también de que entonces, como ahora, el que intente apoderarse de Cuba solo recogerá el polvo de su suelo anegado en sangre, si no perece en la lucha. Y fiel a su ideario cayó en combate para perpetuarse en la posteridad el 7 de diciembre de 1896.