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23 de junio del 2003
La verdad sí existe
Enrique Ubieta Gómez
La Jiribilla
En un libro muy discutido publicado en 1994, el historiador Eric Hobwsbam trazaba
la frontera lógica del siglo XX: si había surgido imponiéndose
a la simple frontera cronológica en 1914 con la Primera Guerra Mundial,
entonces terminaba en 1991. Era un siglo corto. Su periodización demarcaba
el principio y el fin del suceso aparentemente más importante y paradigmático
de la época: la Revolución de Octubre y la creación del
estado multinacional soviético. No tomaba en cuenta, sin embargo, las
causas históricas que lo originaron. Tampoco reparaba en un suceso que
subyacía y que determinaba todas las coordenadas posibles de la política,
del este al oeste, del norte al sur: el surgimiento y desarrollo del imperialismo,
especialmente el norteamericano. En este caso, las fechas eran otras: 1898,
la de la guerra hispano- cubano--norteamericana, el comienzo, y 2001, el desbordamiento,
y quizás el advenimiento de una nueva calidad. Era un siglo largo.
Ahora podemos ver con mayor claridad que en la década siguiente, de 1991
a 2001, se gestó, si no un siglo, al menos un orden político militar
nuevo. Algunos analistas sostienen que los atentados del 11 de septiembre de
2001 fueron autoprovocados, así sea por dejación. Antecedentes
existen. Recordemos la explosión del acorazado Maine en 1898, o el ataque
japonés de Pearl Harbor en 1941. De cualquier manera, los atentados del
2001 ocurrían, como en 1898 o en 1941, en el exacto momento en que la
administración imperial los necesitaba. Los diez años previos
fueron esta vez de preparación ideológica y militar.
Era ya evidente la disfuncionalidad del estado nación y de sus tradicionales
partidos políticos para el capital financiero trasnacional. Pero el debilitamiento
y la redefinición de funciones de los estados subordinados transcurría
de forma simultánea al fortalecimiento de unos pocos grandes. Entre tanto,
el uso oportunista de los nacionalismos postergados, permitía dividir
y fragmentar a los otrora fuertes o potenciales adversarios. En la nueva lógica
del poder trasnacional los estados mínimos y débiles son paradójicamente
funcionales. Los Estados Unidos, carentes ya del poder económico absoluto,
disponían de dos únicas fuerzas superiores: el control de los
medios de difusión y la fuerza de las armas.
De cierta forma, aquella fue una década minimalista: las inquietudes
sociales fueron canalizadas hacia espacios mínimos, estancos, parciales.
El horror a los metarrelatos (léase, a las explicaciones globales) se
vendió como el estado natural de la sociedad postsocialista y permitió
que la izquierda vergonzante se refugiara en el reformismo. Los radicales eran
estigmatizados como fundamentalistas, aunque tal como afirmara José Martí,
ser radical es ir a la raíz de los problemas. En los medios académicos
y de comunicación se estableció una aduana intelectual que requisaba
la conciencia. Los ascensos, los premios, las becas, las ediciones, la propaganda,
en fin, la aureola del intelectual brillante, se concedió a quienes aceptaron
las premisas, los conceptos y el lenguaje de la "nueva época". La historia
se concibió como una invención del poder. El escepticismo transformó
a los héroes en mitos, a los ideales colectivos en utopías idiotas.
La verdad, declararon, no existe. Solo existen verdades que son principios inmutables,
suprahistóricos.
"Ahora podemos estar tranquilos -ironizaba recientemente el sociólogo
Héctor Díaz Polanco en un agudo artículo reproducido en
esta misma revista electrónica--, pues los principios de la democracia
liberal (anglosajona, para más señas) tienen la consistencia de
la "razón universal" y es por ello que deben ser adoptados por todas
las sociedades humanas".
No se trataba ya de entender el mundo, sino de sentirlo. La inconformidad se
convirtió en nostalgia, que no reconstruye racionalmente el recuerdo,
sino que lo rellena de fragmentos sin articulación posible. La nostalgia
no le abre puertas al futuro, se cuece a sí misma. Hace apenas unos días,
en una esquina de la ciudad de Estocolmo, hallé el KGB Bar. En su interior,
desgajados de su contexto, sin orden, se amontonaban banderas, carteles, bustos,
medallas, del desaparecido orbe soviético. Pedazos de historia, piezas
de un viejo retrato que ahora, desde la anarquía, recomponían
la memoria. A pesar de su apariencia, el extraño bar no era un museo,
sino más bien un templo. No atesoraba explicaciones o verdades sino emociones,
nostalgias de una identidad perdida. Era apenas una evidencia muda, un espacio
que transformaba, entre libaciones alcohólicas, el pasado en mito.
Conocí también a los chilenos de Suecia. Hombres y mujeres que
soñaron un Chile distinto y que fueron expulsados de la historia el otro
11 de septiembre, el primero. Cuando se recompuso la democracia de las representaciones,
volvieron a su país y encontraron uno reinventado. Todo les fue ajeno.
Sobre todo la memoria. Regresaron a Suecia, más vacíos ahora que
habían perdido, a la vez, el pasado y el futuro.
Si la verdad no existe, es legítimo inventar historias. Un laureado reportero
del New York Times fue expulsado por inventar noticias. En realidad, se sacrificaba
a un inescrupuloso inventor por cuenta propia, y se dejaban a salvo las grandes
mentiras y los grandes mentirosos. "En The New York Times fallaron las individualidades
-escribía Humberto Musacchio en el periódico mexicano Reforma,
el pasado 18 de junio--, pero algo muy grave debe ocurrir en la institución
para que los efectos hayan sido tan profundos y devastadores en términos
de prestigio. La pregunta obligada es ¿por qué las sinvergüenzadas
de Jayson Blair causan esta conmoción y no el papel vergonzoso, entreguista
y sumiso de la empresa toda a la causa de la guerra contra Iraq, a la que el
periódico neoyorquino, como todos los grandes medios estadounidenses
de comunicación, apoyaron con medias verdades, medias mentiras y mentiras
completas, suficientes para crear un clima de histeria bélica y cerrar
el paso a los ciudadanos estadounidenses que pedían saber en nombre de
qué era esa guerra?"
Un episodio igualmente escandaloso, asociado a la legitimización de la
guerra "santa", fue revelado por la BBC londinense y sepultado de inmediato:
la soldado Lynch no cayó herida en combate alguno, fue salvada por los
médicos iraquíes y entregada a las tropas de ocupación,
sin resistencia, en un hospital civil. El video exhibido en la televisión
que mostraba a las tropas especiales norteamericanas en el momento del rescate,
era una burda puesta en escena. En la mentira participaron los más reconocidos
medios, y el propio presidente Bush. No importa que se sepa. La verdad no tendrá
la difusión que tuvo la mentira. Sirvió como verdad cuando se
necesitó.
La década de los noventa engendró una "nueva izquierda" intelectual.
Culta, moderada, democrática, antirradical, capaz de situarse siempre
por encima de las ideologías, en el punto medio, y de espantarse ante
los "extremismos" de izquierda, aunque ya no le quiten el sueño los de
la derecha. Es una izquierda democrática que se opone más a la
llamada izquierda revolucionaria, que al capitalismo. Mientras más moderada
es en sus afanes reformistas, más agresiva y fundamentalista es la derecha
que la creó. Mientras más se abraza a los conceptos abstractos
de democracia y libertad, más los vacía de contenido la derecha.
Es una izquierda que cree en un capitalismo que los diseñadores del capitalismo
ya declararon obsoleto. Al nuevo orden le conviene esta izquierda: mientras
reclama elecciones libres en Cuba, coloca a Bush en el poder mediante fraude
u organiza un golpe de estado contra el presidente electo en Venezuela.
La izquierda democrática ciertamente se opuso a la invasión de
Irak. Nos oponemos a la violencia, dijeron. Conocí a un intelectual de
la nueva izquierda que me comentó cuando ya la invasión se consumaba:
"ahora deseo que la guerra sea breve, que los norteamericanos tomen rápidamente
la capital; así serán menos los muertos". Dicen que en España
los neoizquierdistas del centro se sintieron obligados a denostar a la Revolución
cubana por haber condenado a muerte en juicios sumarios a tres secuestradores
de una lancha con sus pasajeros de rehenes (en Estados Unidos los llaman terroristas).
Estamos contra toda violencia, provenga de donde provenga. Estamos contra la
violencia del tigre y contra la violencia del siervo que se defiende. Ya sabemos
que el tigre es malo, pero tratemos de que el ciervo no imite sus artes defensivas
y conserve la ternura y la confianza en Dios.
Empieza a tejerse, mentira a mentira, la Gran Mentira contra la sobreviviente
Revolución cubana. Los gobiernos de Europa, como en los años previos
a la Segunda Guerra Mundial, prefieren callar y sacar, mientras puedan, sus
propias ventajas. Algunos participan abiertamente en el proclamado eje del "bien".
Los intelectuales de la izquierda democrática repiten los argumentos
de la derecha fundamentalista norteamericana. Están preparados para no
ver, para no oír, para no sentir. El fascismo asoma su peluda oreja.
Si el siglo XX ciertamente terminó, debemos luchar para que en el nuevo
no rija fatalmente el orden del más fuerte, el interés del más
rico, la paz de la subordinación y la desesperanza. Debemos luchar por
imponer la verdad. Sí, la verdad existe. No es abstracta. Siempre es
revolucionaria. La lucha contra el neofascismo es una lucha por la verdad. Defendemos
a Cuba porque somos cubanos, porque creemos en el principio de la soberanía
nacional, pero defendemos sobre todo su Revolución, la que nos formó,
la que sembró en nosotros los ideales de justicia e igualdad, la que
nos enseñó a ser dignos y solidarios. La Revolución cubana
vive, y es un mal augurio para los artífices del nuevo orden político
militar.