![]() |
6 de julio del 2003
Entrevista con Áurea Matilde Fernández,
profesora titular de Historia de España en la Universidad de La Habana
y autora de "España, franquismo y transición".
"Nunca se han podido quebrar
las relaciones entre España y Cuba"
Julio César Guanche
La Jiribilla
"Entre España y Cuba existen vínculos culturales que van mucho más allá de cualquier gobierno. Se han tejido una serie de relaciones familiares, culturales, emocionales, que no es posible romper en ninguna circunstancia histórica".
El libro España, franquismo y transición es el único de su tipo en la historiografía cubana. Áurea Matilde Fernández, su autora, ha ocupado cátedra titular durante décadas en la Universidad de La Habana. Nacida en España, y con su vida hecha en Cuba desde muy temprana edad, es una reconocida especialista en Historia española, con textos publicados en diferentes países y gestora de eventos trascendentes como fue el encuentro sobre "el 98". En esta entrevista, la profesora repasa las tesis de su libro y va más allá, llega al presente español y evalúa con la mesura propia de los buenos historiadores la relación entre los procesos históricos vividos en España y su nexo con las circunstancias actuales.
—Aceptemos por un momento las convenciones fijadas por el discurso del poder hegemónico: transición es el proceso de cambio de un régimen totalitario a otro regido por la democracia liberal, o viceversa; y la democracia es el sistema de gobierno que apuesta por las libertades públicas y el pluralismo ideológico. Obviando que pueden existir transiciones políticas y económicas hacia destinos diferentes a los ya señalados, ¿podría ensayar un balance de la transición española hacia la democracia?
El balance es positivo, sin duda. Francisco Franco impuso una dictadura, en la cual las Cortes eran elegidas con mucha parcialidad, o incluso eran nombradas por él, y a pesar de que el régimen había ido experimentado cambios, como que la censura de prensa ya no era tan férrea como al principio, continuaba siendo un régimen represivo.
Los españoles querían un cambio en la situación. Su necesidad de participar en el proceso político del país —pues del económico ya participaban— se hacía explícita.
Para la alta burguesía española era también necesario un cambio, que le permitiera al país integrarse a la entonces Comunidad Económica Europea (CEE), pero siempre que los cambios no llegasen a ser lo suficientemente fuertes como para hacerle perder las posiciones ganadas.
En general, para España fue muy positivo lograr salir de un régimen como el de Franco y entrar en el camino de la democracia representativa.
— ¿Quién impulsó y quién controló la transición española?
—El impulso provenía de varias fuentes. Por una parte, la población —sobre todo los obreros, los estudiantes y un amplio sector de los intelectuales— se manifestaban y exigían la amnistía.
Dentro del propio franquismo existían también algunos sectores reformistas que necesitaban una transición, aunque moderada. El impulso de los antifranquistas y los reformistas, unido al apoyo del monarca —que colaboró cambiando a personas muy vinculadas al franquismo y a la Guerra Civil y nombrando al frente del gobierno a representantes de generaciones más jóvenes, como Adolfo Suárez—, fue conduciendo al cambio. No obstante, la transición nunca fue controlada por sector alguno. Fue un proceso gradual, que se verificó a saltos, con adelantos y retrocesos, en el cual cada sector tuvo que ir haciendo concesiones mutuas.
Los partidos políticos reunidos en la Convergencia Democrática plantearon que primero querían una ruptura, con la conformación de un gobierno provisional que rompiera con el viejo estatus, y luego no tuvieron más remedio que aceptar una ruptura pactada, pues no tenían fuerza suficiente para desalojar lo existente. Pero los que hacían la reforma tampoco tenían fuerza para desoír a quienes clamaban por una ruptura democrática de veras. De ahí que ambos bandos debieron pactar la reforma. Así fue como se logró la Constitución progresista de 1978 que se necesitaba para el país.
Esa reforma va propiciando los cambios. Por ejemplo, se dijo que era preciso legalizar los partidos. Sin embargo, en un momento no sería legalizado el Partido Comunista de España (PCE), porque así lo quería el ejército…
—Pero ahí intervenía también la cláusula, aprobada específicamente contra el PCE, según la cual no podía ser legalizado ningún partido "dependiente de potencias extranjeras".
—Sí, pero cuando se demuestra que el PCE no estaba financiado por el extranjero no les quedó más remedio que aceptar su legitimidad política. Ese hecho mostró una debilidad en el gobierno del reformismo franquista. Al mismo tiempo, el PCE, que siempre había sido un partido republicano debió aceptar la Monarquía. Esas concesiones, estos pasos, van determinando la transición, sin que ninguno de los actores hubiera podido diseñarla previamente. No fue un proceso lineal, hubo fisuras y contradicciones, crisis, en las cuales hubo incluso matanzas de personas.
—La necesidad de integrar España a la CEE y a la OTAN, ¿a qué cambios obligó a las fuerzas que impulsaron la transición?
—Un sector importante de la población española tenía mucho interés en integrarse al mercado común europeo, pues era la vía de alcanzar un mayor desarrollo económico.
Para lograrlo, era un requisito previo el ingreso a la OTAN. La entrada al pacto militar se solicita en tiempo de Leopoldo Calvo Sotelo, el sustituto de Suárez. La pertenencia a la OTAN fue otra concesión de las izquierdas, decisión que contribuyó al mismo tiempo a su debilitamiento, pues había un estado de opinión contrario al ingreso.
Sin embargo, o se entraba a la OTAN o no podía accederse a la CEE.
España debía decidir entre mirar al Tercer Mundo o hacia Europa. Cualquier gobierno en aquella circunstancia hubiera perdido el poder si no aceptaba la incorporación a la OTAN. Con todo, eso iba creando divisiones en España. Los que denunciaban la entrada a la organización militar fueron derrotados por escaso margen.
Al mismo tiempo, la economía había mejorado notablemente, aún cuando ese crecimiento no se debió solo a la transición. La economía venía en ascenso desde los sesenta, aunque en 1973 y 1979 sufriría las crisis del petróleo. A medida que el sector más alto de la economía española se iba uniendo a la CEE iría mejorando. Desde el punto de vista político, España se convertiría en un país netamente europeo.
—El franquismo duró cerca de 40 años y trascendió la muerte de Franco, pues el Dictador dejó un equipo de gobierno y un rey en su lugar con el empeño de que continuaran su tradición. Las elecciones de 1982, con el triunfo del socialismo no marxista del PSOE, significaron el fin de la transición en el aspecto político. En las áreas de la cultura y la economía, y aun de la misma política, ¿qué sobrevivió del franquismo después de la transición?
—Después de la transición sobreviven muchos aspectos del franquismo. Los herederos del franquismo si bien no buscan la restauración de este, sí apuestan por el sostenimiento de gobiernos de derechas. La derecha que defendió el franquismo pervive y es la que está gobernando hoy en España.
Una proporción significativa de personas vinculadas orgánicamente a aquel régimen mantuvieron sus puestos en las esferas de la cultura, de las universidades, de los centros de investigación, de la economía. Se cambiaron los ministerios, se abolieron los símbolos, pero se mantuvieron zonas de la ideología del franquismo en un sector social.
Los sectores sociales, que se aunaban primero en torno a Manuel Fraga Iribarne y hoy lo hacen alrededor de José María Aznar, poseen herencias del franquismo, sin que pueda llegar a decirse que son franquistas. Son muy conservadores y muy de derechas, con un patrón de ideas prepotentes y dominantes como fueron las de Franco. No puede llamárseles franquistas pero pertenecen al sector social que aupó al franquismo.
—O sea, ¿las bases sociales del franquismo perviven hasta hoy?
—Algunas de ellas sí, sobre todo en aquellos descendientes de partidarios del régimen que crecieron, y vieron conformarse sus ideas y sus intereses, durante esa etapa. Hay otros sectores muy importantes no involucrados en esa historia, que tienen en sus orígenes la tradición socialista y hoy están ubicados en la política de centro, y aunque pertenezcan a los estratos económicos más altos de la sociedad española en modo alguno pueden ser identificados con el franquismo.
—En relación con esto último, y tomando como base los "intereses creados", ¿cuánta razón da el caso de la transición española a la filosofía de Il Gatopardo, según la cual "todo debe cambiar, para que todo siga igual"?
—No todo puede estar igual, es imposible, pero perviven muchos aspectos. La transición no fue un cambio radical como para eliminar lo anterior, con modos tan asentados ya en la ideología y en la cultura. Hay tradiciones, costumbres, una religión, que se mantienen con características similares a las de aquella etapa. Existe una organización, el Opus Dei, a la cual pertenecen muchas familias importantes que forman parte del Partido Popular. Esas familias están dentro de la tradición histórica española del no al aborto, de tener muchos hijos, de mantener la autoridad del padre en la familia, ideas que sostiene no solo el Opus Dei, sino también la Iglesia Católica.
La continuidad con el franquismo se aprecia también en las empresas que ganaron poder económico en las décadas del sesenta y el setenta. El hecho de fondo es que en España cambió la política, pero no la economía. La economía sigue siendo la misma, los que ganaron mayor poder económico con el franquismo lo siguen manteniendo. En las estructuras de la cultura, como te decía, se mantuvieron muchísimas personas intactas en sus puestos.
—Al final de su libro España, franquismo y transición, usted escribe: "Con la transición se habían generado nuevos problemas, algunos de los cuales aún tienen plena vigencia". ¿Podría extenderse ahora en algunos de ellos?
—El problema más serio provocado por la transición es el de las autonomías, por la forma en que estas fueron definidas. Se fragmentó exageradamente el país con la declaración de autonomías que no siempre tenían un sustento histórico. Esto ha generado nuevos problemas, que se expresan por ejemplo en la educación:
cada vez se enseña más una historia autonómica, regional, y se pierde de vista el conjunto del proceso histórico del país, con lo que se desvirtúa seriamente la historia española. Ese problema se acentúa en nacionalidades poco definidas, lo que es diferente al caso de Cataluña, del País Vasco, de Galicia y quizás de Andalucía. Existen problemas entre ellas, entre las autonomías de mayor envergadura histórica respecto a otras que no la poseen. Así se habla de autonomías de primera y de segunda clase. Entre ellas se generan problemas con la organización estatal, con la proliferación de diferencias particulares y con choques con las decisiones del centro.
Otro problema grave son las expectativas que trajeron aparejadas la apertura y la falta de respuestas del Estado español para solucionar esos problemas. Ahí se encuentra, por ejemplo, la cuestión del desempleo. La aspiración de España de integrarse a la economía europea y de alcanzar estándares similares a los del resto de sus homólogos de la región no ha sido alcanzada.
Con todo, existen autonomías que nacieron ahora —aunque antes hayan sido el centro de España, como Castilla-La Mancha— y se sienten orgullosas de haberse desarrollado con gobierno propio y de desenvolverse como una nacionalidad —que en realidad no son— pero con un sentido ya de propiedad, de pertenencia. Esto, hoy, es más diferenciador dentro del país que aquello que llamaron los poetas "las dos Españas".
—Para una cultura democrática de diferente y superior cualidad, algunos se han referido a la necesidad de recuperar para España la memoria histórica y de la necesidad de hablar por lo claro de quiénes lucharon por la libertad y de quiénes la violaron, y de las reivindicaciones y de las condenas aún pendientes. ¿Existe alguna posibilidad de tal recuperación en el momento que vive hoy España? ¿Puede alcanzarse el "fin de la transición española" sobre la base de un perdón que nunca ha sido otorgado por la ciudadanía mediante mecanismo democrático alguno?
—Después de 1982, puede apreciarse un interés por estudiar el pasado más cercano, se abrieron muchas líneas de investigación y se trató de reivindicar nombres y espacios.
El rey, por su parte, había declarado que todos eran ciudadanos españoles, de un bando o de otro, y que todos necesitaban convivir.
El telón de fondo de esta cuestión ha sido siempre la posibilidad de una reedición de la guerra civil. No solo los vencidos, o los descendientes de los vencidos, recuerdan los horrores de la guerra. El gobierno del PSOE reivindicó nombres, pero no miró hacia atrás en busca de culpables. Se defendió más bien la conveniencia del olvido, la conformidad para que no regresara la guerra.
Hay muchas contradicciones dentro de la sociedad española.
Oficialmente, ningún partido político ha abogado por un "ajuste de cuentas" sobre lo sucedido durante el franquismo. En España están vivos algunos de los militares que ordenaron los fusilamientos, muy ancianos, pero allí están. El dolor y el rencor quedan entre las víctimas, pero no hay fuerza capaz de exigir la condena —aquí entra lo de la "correlación de debilidades" a que aludía Vázquez Montalbán—, porque se abriría un proceso en que el ejército podría volver a intervenir, pues es a él a quien hay que pasarle la cuenta.
Todo el mundo acordó tácitamente cerrar las puertas posibles a la Guerra Civil. Para ello, se cedería todo lo que fuera necesario. A este enfoque contribuyó, entre otras cosas, la economía, que ya había alcanzado un nivel suficiente como para temer las pérdidas que podría acarrear un cambio radical de la situación.
Ahora, si fue necesario ceder, ello no significa que nada haya cambiado. Mucha gente ha sacado sus muertos del anonimato, se han convertido fosas comunes en monumentos.
Para esto existe un rango de permisibilidad, lo que nunca sucede es que se promueva oficialmente. No lo impiden, pero no lo propician.
Existen líneas de investigación sobre el pasado republicano, pero sucede que rara vez esos contenidos llegan a las escuelas.
—Si ya valoró la transición, ¿cómo valora ahora la democracia vigente en España?
—La democracia española no dista del modelo vigente en la mayoría de los países con democracia representativa. Existen partidos que casi siempre se bifurcan en dos direcciones, aunque sobrevivan otros menores, y cumplen los requisitos de las democracias formales, regidas por el poder económico.
—Una pregunta hacia el presente, y desde lo personal. Usted nació en España y ha vivido la mayor parte de su vida en Cuba, más allá de la antropología, la etnología y los estudios culturales, ¿qué se deben mutuamente España y Cuba?
—Entre España y Cuba existen vínculos culturales que van mucho más allá de cualquier gobierno que exista en los dos países.
José Martí es el ejemplo señero de esta perspectiva.
Martí sintió, durante su estancia en España, que los vínculos entre las poblaciones son también vínculos emocionales. Dejó muy bien definida la diferencia entre el gobierno de la Metrópoli —enemigo de la independencia de Cuba— y el pueblo español cuando explicó que la guerra no se hacía contra los españoles, sino contra su mal gobierno.
La relación entre ambas poblaciones no se debe solo al estatus metropolitano de España, sino además a los españoles que vinieron a hacer su vida en Cuba. Después de 1898, ya despojada la Isla del dominio colonial, siguieron viniendo españoles, procedentes sobre todo de las regiones del norte, de Galicia, Asturias, del país Vasco, de Cantabria. Aquí, mejor o peor, se establecen y fundan familia. Sus hijos son y se sienten cubanos, pero son y se sienten a su vez españoles. Eso quizás no sea fácil de explicar, pero sí es fácil de sentir. Toda esa población educada en Cuba vivió mucho la cultura española.
Por otra parte, después de 1898, la intelectualidad cubana tuvo una relación muy fuerte con la española. En 1936, a la Segunda República se le une en masa un sector muy importante de los intelectuales cubanos. Todo eso va creando sentimientos. De tal modo, no es casual la presencia de muchos cubanos en las brigadas internacionales. En Cuba se salía de la lucha contra Machado y existía un ansia de libertad. En España se vislumbró un frente contra el fascismo y por la liberación, al cual los cubanos iban como quien va a la patria propia. Se sentían parte de España. Cuando viene el exilio no se quedan tantos intelectuales españoles en la Isla, pero no por falta de aceptación de sus colegas cubanos, sino por la falta de apoyo de las instituciones políticas oficiales —en ese momento bajo el gobierno de Fulgencio Batista—, sostén que sí encontraron en el México de Lázaro Cárdenas.
En Cuba, por citar algunos ejemplos, se mantiene la lengua española más parecida en América a la de la península, cualquier cubano tiene un abuelo español y los vínculos económicos han sido permanentes a lo largo de toda la historia. De ese modo, se han tejido una serie de relaciones familiares, culturales, emocionales, que no es posible romper. La prueba es que hasta hoy, en ninguna circunstancia histórica, se han podido quebrar esas relaciones.