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Esta es la respuesta de Fidel a la carta de un venezolano
Es IMPERDIBLE. Pueden tirar el mensaje, pero yo les sugiero fervientemente
que tengan paciencia y lo lean, hasta el final
No se van a arrepentir
Carta a Fidel Castro:
Por: Pablo Mora
Fidel Amigo:
El mundo está con Usted y con su Cuba, nuestra Cuba, más bandera
que nunca desplegada a la esperanza. A pesar de todas las interferencias en
estos días de noche oscura, el mundo sintoniza, está pendiente
del Territorio Libre de América. Quienes sabemos del camino, del viento,
del Moncada, del Che, de la sierra, de la muerte y la arboleda -los mejores
testigos de sus sueños-, rogamos para que Martí los acompañe
y nos recuerde que la inteligencia se ha hecho para servir a la patria y que
la libertad es la religión definitiva, mientras la poesía de la
libertad el culto nuevo. La voz de Europa, la del mundo, la de América
y América Latina esperan a cada instante por su voz, por la voz de Martí
y la de Bolívar, las voces certeras del encuentro en Libertad. Porque
nunca la tierra más firme ni más azul el mar que desde la garita
de las islas
Desde estos ventisqueros de Los Andes, de donde partiera el Héroe a liberar
sus patrias, pedimos a la gallarda cubanía, empuñada entre sus
manos, ilumine la noche que se cierne sobre América. Que la espada de
su isla no cese en la trocha que nos falta por abrir. Que las manos de Bolívar
fuljan en sus manos, hasta que América alcance su destino al fragor de
sus hazañas, mientras vibre su espada en el camino. Que el ejército
rojo, insomne, vele por nosotros en esta noche de América, al lado del
barco mercenario que nos mira, nos apunta, nos vigila
En esta suprema encrucijada de historia y liderazgos, donde cada quien quiere
su imagen agigantar, decida Usted, Amigo, como los héroes, entre el destino
y el poder. Usted que tiene la palabra, el destino y el poder, díganos:
¿Cómo subsanar el hambre en Libertad? ¿Cómo sobrevivir? ¿Cómo
trascender en sobrevida? ¿Cómo grabar el sueño entre los árboles
para que vaya andando en el aire, como ellos, hacia arriba? ¿Cómo compartir
la luz del mundo al mismo tiempo que la noche oscura? ¿Cómo condenarnos
juntos o salvarnos todos con las mismas manos y las mismas sombras? Comandante
Amigo: Cada uno tiene su Moncada, su encuentro con la historia
Ojalá, entre los reales dominios de la violencia, sepamos afilar esta
caña, abrir este camino entre los dioses y los lobos que asechan la esperanza
Salud, estrella de cinco puntas, estrella de todos los justos. Salud, Sol solitario,
Sol de José Martí, Sol del 26 de Julio. Sol de América,
Sol del Mundo que haremos, los que vamos a vivir le saludan. Prohibido llorar
sobre los vivos. Préstenos su esperanza, ternura y arrechera; sus montañas,
sus morteros: su magia, soledad, naufragio y suerte; sus planos, sus trincheras,
sus secretos, para empuñar fusiles nuevamente
Mientras tanto, al calor del merensón, de la música caribe en
que se esconde el diapasón del Tiempo, señálenos usted
el rumbo, el ritmo, el paso, el viraje, el aire que nos falta, el necesario,
para andar en alta mar, en alta vida. Sólo, entonces, el hombre peregrino,
en medio de esta horrenda polvareda, marchará alegre y sin ningún
sonrojo. Convencido de que roja será la rosa que recuerde su paso. De
que roja será la rosa en el azul del sueño
Hasta que vuelva el fantasma a recorrer el mundo y nosotros le sigamos llamando
Camarada
¡Hasta la empuñadura! ¡Hasta la Victoria Siempre, Comandante! ¡Hacia
la esperanza! ¡El laurel y la luz del ejército rojo a través de
la noche de América con su mirada mira! Pablo Mora San Cristóbal,
Táchira, Venezuela, 26 de Julio de 1998
A 45 Años del Moncada
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Respuesta de Fidel Castro
Estimado amigo:
Mucho agradezco su amable carta, que me fuera entregada durante la ceremonia
de conmemoración del 26 de Julio; como usted sabe, el Protocolo constituye
uno de los peores tormentos a que todo Jefe de Estado debe someterse. Su misiva,
señor Mora, me permitió sustraerme durante un buen rato a la recepción
ofrecida por nuestra Cancillería al Cuerpo Diplomático; con el
pretexto de leerla - mis ayudantes la anunciaron como correspondencia de Estado
- pude retirarme por largo rato a una discreta sala privada. Allí aproveché
para descabezar un breve pero profundo sueño; es que los años
pesan, señor Mora, y no puede pretenderse que el cuerpo de este septuagenario
Comandante mantenga intacta la fortaleza física de aquel impetuoso abogadito
que, hace hoy 45 años, dirigiera el casi suicida ataque contra el cuartel
Moncada
Debo y quiero ser cuidadoso en mi respuesta, señor Mora. Usted me es
absolutamente desconocido; por tanto, estoy obligado a creerlo no sólo
un compañero sino, además, un compañero bien intencionado.
Por esa razón, no debo ni quiero dejar sin comentar algunas de sus expresiones,
que me parecen peligrosamente equivocadas en un revolucionario. Me alegrará
que estas modestas reflexiones atraigan su atención
Dice usted, señor Mora, que el mundo está conmigo, y con "mi"
Cuba. ¿Lo cree usted realmente? ¿Cree que en ese mundo dominado por las transnacionales
de la desinformación, los pueblos tienen acceso a los datos reales del
proceso que sigue nuestra isla? ¿Cree usted que continuamos viviendo bajo el
manto de la mística, como ocurrió en la década de los sesenta?
No se equivoque usted, señor Mora; no cometa el error de subvalorar al
adversario: hoy por hoy, las más descarnadas apetencias del discurso
liberal campean desde Fairbanks hasta El Cabo, desde Punta Arenas al Mar de
Laptev. Y no serán los ruegos a ningún héroe los que nos
ayudarán a sortear las dificultades del camino, por más que ese
héroe se llame Martí, Bolívar o Espartaco
Nuestro objetivo, señor Mora, no se afinca en la implantación
de ninguna religión definitiva, que eso pertenece a la conciencia libre
y soberana de cada cual
No luchamos por religión alguna, sino por crear, paso a paso, un orden
más justo, más libre, más pleno, que permita que cada cual,
respetando la de los otros, pueda seguir su propia religión. Tampoco
intentamos afirmar nuevos cultos; ya ve usted, nuestros propios ritos patrios
siguen el esquema de los ritos nacionales burgueses. Eso no nos preocupa, naturalmente,
porque en definitiva sabemos que los ritos no son más que herramientas
que ayudan a mantener el entusiasmo y el fervor tan necesarios en los momentos
duros que nos ha tocado vivir
Las voces de América y del mundo, señor Mora, las voces de Bolívar,
Martí, San Martín, Moreno, Túpac Amaru, Lumumba, Albizu
Campos, Aquino, Durruti, Sandino, Artigas, Guevara y de tantos otros héroes
no necesitan esperar por la voz de nadie, mucho menos por la mía. Los
pueblos, téngalo por seguro, saben escucharlas. No para obedecerlas sin
más, ni adherir a ellas como si fueran nuevas Tablas de la Ley; pero
sí para escucharlas con espíritu crítico, desechando de
ellas lo desechable, y aprovechando de ellas lo aprovechable. El mensaje del
combatiente, señor Mora, deberá cumplirse un día y quedar,
entonces, vacío de virtualidad creadora. El ejemplo de esos hombres,
en cambio, nunca se agotará. Y en eso, nada tiene que ver mi voz
Ha de saber, señor Mora, que esa "gallarda cubanía", como usted
llama a mi pueblo, no admite ser empuñada por nadie. El pueblo cubano
comenzó su revolución a fines del pasado siglo (lo de 1959 es,
apenas, un jalón), y en ella continúa, por su propio impulso,
por su propia fuerza. ¿Cree usted, señor Mora, que los pueblos admiten
ser "empuñados"? La confianza en el pueblo, señor, es imprescindible
en todo revolucionario. Porque de nada sirven los dirigentes si no son respaldados,
seguidos y empujados por esas miles de anónimas personas, mujeres y hombres,
que conforman eso que llamamos "pueblo"
Pero no corresponde a Cuba iluminar "la noche que se cierne sobre América"
No corresponde a Cuba, mantener su espada en la trocha que a otros corresponde
abrir. No es rojo nuestro Ejército Revolucionario, señor Mora,
sino verde, muy verde, tan verde como nuestras palmas. Somos solidarios, sí,
y hemos dado suficientes pruebas de serlo con todos los pueblos del mundo
Pero una cosa es la necesaria solidaridad que entre todos nos debemos, y otra
es el creer que estamos para cumplir tareas que otros dejan de llevar a cabo.
Más bien es Cuba la que debiera hoy reclamar ajenas solidaridades
No una solidaridad expresada en solemnes declaraciones o rimbombantes rimas;
sino una solidaridad militante que contribuya a modificar la relación
de fuerzas y nos facilite el camino. No escapará a su clara inteligencia,
señor, que la mejor manera con que un revolucionario puede manifestarse
hoy solidario con nuestra Revolución, es impulsar cambios progresistas
en su propio país
Se equivoca usted, señor Mora, cuando me asigna la "palabra, el destino
y el poder". La primera la tengo, claro está, en todos aquellos foros
en que me es dado expresarme, por mandato y autorización de mi pueblo.
¿Conoce usted, señor Mora, la hermosa frase con que un latinoamericano
héroe de la gesta independentista interpeló a su propio pueblo?
Permítame transcribirla: "Mi autoridad emana de vosotros, y ella cesa
ante vuestra presencia soberana
Porque yo ofendería gravemente vuestro carácter y el mío,
vulnerando vuestros derechos más sagrados, si pasase a decidir por mí
un asunto reservado sólo a vosotros". Esto, señor Mora, fue dicho
en abril de 1813, por alguien a quien su pueblo había conferido entonces
la máxima autoridad; hoy, a 185 años de pronunciada, esa frase
sigue siendo un mandato para todo revolucionario. Yo tengo la palabra de mi
pueblo, por mandato expreso de éste, y la tendré hasta que los
cubanos no decidan otra cosa. Pero sólo soy su dirigente máximo;
no tengo más poder ni más destino que el que tal nombramiento
me ha asignado. Ni tampoco quiero otro
Que, como dijo Martí, "toda la gloria del mundo cabe en un grano de maíz".
Y como escribiera Steinbeck, "cuando el pueblo necesita líderes, los
líderes crecen como setas". No me formule, entonces, esas sus interesantes
preguntas sobre "cómo sobrevivir", ni como "trascender en sobrevida",
ni cómo "subsanar el hambre en Libertad", "cómo grabar el sueño
entre los árboles", o "cómo condenarnos juntos o salvarnos todos
con las mismas manos y las mismas sombras"
Interrogue usted a su pueblo. "Vete a mirar los mineros, los hombres en el trigal,
y cántale a los que luchan por un pedazo de pan", pedía don Atahualpa
Yupanqui. A ellos debe usted interrogar, no a mí. En ellos, encontrará
usted todas las respuestas. Como dijo en cierta ocasión el Che: "Recurrimos
-quizás demasiado seguido- al pueblo. A veces en asambleas, a veces en
diálogos directos en las fábricas, con los obreros, con estudiantes,
pero siempre tratando de que nuestra voz y la voz de la gente puedan intercambiarse
y que las ideas se intercambien así, que no haya limitación de
categoría, limitación de estrados, ni ningún tipo de limitación,
para que las ideas vayan y vengan entre todo el pueblo y nosotros"
Sí, buena cosa es que saludemos todos al Sol. Bueno es que compartamos
esperanzas, ternuras y arrecheras. ¿Pero por qué habla usted de "empuñar
fusiles nuevamente"? Los fusiles, señor Mora, se toman y se cargan y
se disparan cuando ello es necesario, cuando no queda otra salida, cuando morir
o matar es la única alternativa que resta para reconquistar la dignidad
Pero la Revolución ha de hacerse, señor Mora, para poder enterrar
los fusiles, de una vez y para siempre. La Revolución es Paz, y por eso
cuesta tanto, justamente. Permítame usted que recurra a otro concepto
del Ché: "La fuerza -decía él- es el recurso definitivo
que queda a los pueblos". Nunca un pueblo puede renunciar a la fuerza, pero
la fuerza sólo se utiliza para luchar contra el que la ejerce en forma
indiscriminada. Nosotros (y podrá parecer extraño que hablemos
así, pero es totalmente cierto), nosotros iniciamos el camino de la lucha
armada, un camino muy triste, muy doloroso, que sembró de muertos todo
el territorio nacional, cuando no se pudo hacer otra cosa (...) Hay algo que
debe cuidarse; que es, precisamente, la posibilidad de expresar las ideas; la
posibilidad de avanzar por cauces democráticos hasta donde se pueda ir;
la posibilidad, en fin, de ir creando esas condiciones que todos esperamos se
logren algún día en América (...) Porque si esas aspiraciones
del desarrollo económico -que son, en definitiva, las aspiraciones de
bienestar en cualquier forma que sea y como quiera llamársele- la aspiración
del pueblo a su bienestar se puede lograr por medios pacíficos, eso es
lo ideal y eso es por lo que hay que luchar
No seríamos revolucionarios, si pretendiéramos señalar
"el rumbo, el ritmo, el paso, el viraje, el aire", como usted nos requiere.
La Revolución, señor Mora, pretende que cada uno piense con cabeza
propia, enriqueciendo con sus ideas el patrimonio colectivo. Sabemos que es
éste un proceso que exige muchísimo tiempo; "sabemos que no hay
tierra ni estrella prometidas", que todo ha de ser aprendido y vuelto a aprender,
que debemos rectificar una y otra vez nuestras ideas, para amoldarlas a la dinámica
de un mundo que cambia aceleradamente ante nuestros ojos
¿Pero acaso el marxismo no nos señala, justamente, que el desarrollo
de las fuerzas productivas conlleva la transformación acelerada de los
marcos sociales? ¿Y qué es este cambio tecnológico al que asistimos,
sino un desarrollo sin precedentes de las fuerzas productivas? Quizá
convenga olvidar el viejo fantasma que hasta hace poco andaba recorriendo el
mundo. ¿Puede sostenerse, hoy por hoy, la existencia de una clase obrera en
ascenso, sobre la que caería la hermosa tarea de hacer parir una nueva
sociedad? ¿No alcanzan los datos económicos para comprender que esa clase
obrera -en el sentido marxista del término- tiende a desaparecer, para
ceder su sitio a otro sector social? ¿No será ese innumerable conjunto
de marginados y desempleados cada vez más lejos del circuito económico,
hundiéndose cada día más en la miseria, el llamado a convertirse
en la nueva clase revolucionaria? No me pida respuestas, señor Mora;
soy apenas un revolucionario que tuvo la suerte de estar en el lugar apropiado,
en el momento apropiado y en las circunstancias apropiadas; no soy un teórico
Confíe en el pueblo, y busque en él los nuevos marcos teóricos
ajustados a las nuevas realidades. Conocerá usted muchos fracasos, pero
no desespere; antes o después, los pueblos siempre encuentran su camino
Y nada de laureles, señor mío; nada de empuñaduras, ni
de ejércitos rojos
Si ha de haber laureles, será para honrar la memoria de nuestros muertos;
mientras deba haber ejército, entre nosotros su color será verde
olivo (y que cada pueblo elija el suyo); si ha de haber empuñaduras,
será en las manceras de los arados
Y ya que estamos, ¿qué tal si mientras avanzamos, vamos dejando por el
camino el lastre de tanto rimbombante adjetivo? San Cristóbal de La Habana,
26 de Julio de 1998
Por el Cte. Fidel Castro Ruz, y por su orden
Fecha: 07/27/98