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20 de septiembre del 2002
"Cuba - al salvarse,
salva..."
La democracia y la política de EE.UU hacia Cuba
Tom Crumpacker
Counterpunch
Traducido para Rebelión por Germán Leyens
Primo io, dopo io, sempre io, viva io
Benito Mussolini
Durante años nuestro gobierno [de EE.UU.] ha sostenido que el
propósito de su política hacia Cuba es llevar la democracia al
pueblo cubano, ya que dice que carece de ella y la necesita. Por desgracia,
una de las cosas más importantes de las que carecemos en esta masiva
comunidad de 270 millones de personas que estamos tratando de crear es de un
lenguaje inglés común en nuestro discurso político. No
es justo que palabras concluyentes como "democracia," "socialismo," "capitalismo,"
"imperialismo," "liberalismo," "conservadurismo," "terrorismo" se hayan hecho
tan vagas que ya son virtualmente inútiles (con el pasar del tiempo la
realidad subyacente a estos conceptos, al ser dinámica, cambia). También
sucede que cada persona desarrolla su propio entendimiento de esas palabras
en su saber, que a menudo difiere considerablemente de la interpretación
de otros. Nuestro lenguaje común se deteriora y el ingrediente esencial
de la comunidad –la comunicación- desaparece, dejándonos como
a los que vivieron en la Torre de Babel.
Como la palabra democracia se deriva de la palabra griega "demos" significando
"el pueblo," parecería que para tener una conexión inteligente
con el pasado, debiera llevar a que la gente participe de alguna manera en las
importantes decisiones de la sociedad que afectan su vida, tales como "el gobierno
del pueblo," una idea de que el pueblo puede dirigir colectivamente sus sociedades.
Debido a que en la sociedad de masas cada individuo no puede participar significativamente
en las decisiones para el conjunto, ha llegado a significar que los que toman
decisiones son "representantes" (políticos de carrera en Estados Unidos)
de los que se dice que deciden y actúan por cuenta del pueblo que los
eligió.
El filósofo político estadounidense Cliff DuRand señala
que el núcleo de la idea de democracia es la posibilidad de la toma colectiva
de decisiones sobre la acción colectiva por el bien común. Dice
que es lo contrario del concepto de democracia encontrado en la conciencia popular
actual de EE.UU., que define la democracia como la libertad de los individuos
de decidir por su propia cuenta sobre las acciones a emprender para sus propios
propósitos. (Trabajo de DuRand presentado en la Universidad de La Habana,
junio de 1997). (1)
El tema de la libertad nos lleva a considerar la observación del abogado
Cicerón en una época en la que la república romana se deterioraba
para convertirse en un imperio: que la libertad es la participación en
el poder. (2) Parece que hay dos tipos interrelacionados de libertad: "libertad
de" (dominación, coerción), y "libertad para" (queriendo decir
participación significativa). La historia indica que mientras más
participación tenemos, menos se requiere coerción, ya que es más
probable que aceptemos e implementemos decisiones en las que hemos participado,
o por lo menos en las que hemos tenido la oportunidad de ser oídos personalmente,
o a través de una auténtica representación. Significativamente,
EE.UU. tiene por lo menos el doble en número y porcentaje de personas
encarceladas que cualquiera otra nación, mientras que Cuba es conocida
por su nivel relativamente bajo de criminalidad.
Los que establecieron el gobierno de EE.UU. no fueron suficientemente deshonestos
como para llamarlo una democracia, se dijo más bien que su forma sería
la de una república. Nuestra revolución fue esencialmente un acto
de descentralización política por varones blancos acaudalados
que deseaban tener el poder de hacer las cosas desde aquí en lugar de
someterse a un parlamento en Londres. Enviaron sus delegados a Filadelfia en
1787 para elaborar nuestras instituciones políticas y así limitar
la participación popular, proteger su clase, y estructurar el gobierno
de manera que no interfiriera con sus intereses privados, y es exactamente lo
que hicieron. Como señala DuRand, esto aseguró el respaldo institucional
para un desvío de la acción colectiva hacia una cultura del individualismo,
en la que el estado, en vez de ser el medio de actuar por el bien común,
se convierte en un instrumento que se limita a asegurar las condiciones para
impulsar el interés personal, conduciendo a una privatización
de la vida. (3)
Hoy en EE.UU. el interés común es rara vez la verdadera base de
una decisión política a los niveles nacionales o estatales. Aunque
a menudo se habla como si así fuera, usualmente lo hacen los políticos
y otras personas al servicio de intereses privados. En lugar de hacerlo a través
de las instituciones públicas, se impulsan intereses individuales y de
grupo en la sociedad civil donde no están sometidos a ninguna prueba
de calidad común hasta que llegan al nivel nacional. Los vencedores en
el juego del interés individual son siempre las organizaciones empresariales
porque son consideradas por la ley como "personas" con todos los derechos y
privilegios de las personas reales y pueden acumular e invertir en políticos
y medios de comunicación mucho más dinero que lo que pueden reunir
las personas reales, o incluso los sindicatos u otros grupos ecológicos
o de intereses especiales no importa qué tamaño tengan (ya que
dichos grupos no están involucrados en el negocio de ganar dinero).
Un número relativamente reducido de empresas cada vez más grandes,
más centralizadas, más acaudaladas y por lo tanto más poderosas,
fuera de todo control por sus dueños o por el gobierno, con valores y
objetivos comunes, financian nuestros políticos y los medios de comunicación
de masas (que constituyen, en la mayoría de los casos nuestra, sola fuente
de información) y a través de ellos obtienen nuestro apoyo para
las decisiones políticas cruciales que ellos deciden para nosotros. Su
ideología dice que no existe el bien común –sólo el privado-,
y que por lo tanto no hay que modificar nuestras instituciones políticas.
Un sistema semejante sólo puede ser descrito rigurosamente como una oligarquía
comercial porque los que tienen el poder persiguen intereses privados en vez
de públicos.
Aunque los dados han sido cargados contra la mayoría, nosotros, parece
que los estadounidenses preferimos seguir jugando al juego del interés
individual. Esto no significa, sin embargo, que debamos aceptar o permitir la
interferencia oligárquica de EE.UU. en las instituciones políticas
de otros países que han elegido otros caminos, particularmente aquellos
cuyos pueblos confrontan circunstancias totalmente distintas y que impulsan
tipos diferentes de proyectos nacionales. El intento de imponerles nuestros
estándares políticos sería la suprema parodia de la idea
de democracia.
La revolución cubana, surgida de una crisis económica más
que política, define a la nación a través de un proyecto
diferente. Bajo condiciones de neocolonialismo, las necesidades del sector adinerado
se hicieron secundarias y, después del período inicial, la revolución
pudo ampliar el ámbito de los asuntos públicos que constituía
su motor para que incluyera las necesidades humanas y las demandas de justicia
social de los trabajadores y de los desposeídos, y el gobierno se convirtió
en la estructura institucional para la participación popular en las decisiones
colectivas sobre la acción para el cambio social. (4) Esto fue plasmado
en la Constitución Cubana, adoptada en 1976 por un margen de aprobación
de un 76% de más de un 90% de votantes registrados, y modificada en 1992
por más de tres cuartos de una Asamblea Nacional elegida, tal como es
requerido por la Constitución. En junio de este año más
de ocho millones de cubanos, más de cuatro quintos de la población
adulta, firmaron declaraciones en apoyo de su constitución.
En EE.UU. y en otras supuestas democracias liberales los gobiernos nacionales
son esencialmente tanto oligárquicos como autoritarios, más que
democráticos, aunque la democracia a veces se vea en el ámbito
de los gobiernos locales o en los grupos de interés especial privado.
El carácter autoritario de nuestros gobiernos resulta de la centralización
económica a nivel del estado-nación y del tamaño y complejidad
de las sociedades de masas resultantes- algo peculiar a los dos últimos
siglos en los que la innovación tecnológica ha transformado nuestras
economías y nuestras poblaciones han estado aumentando de manera exponencial.
Es también verdad que por la misma centralización demográfica
y económica, las llamadas democracias socialistas han sido autoritarias
a distintos niveles en el ámbito nacional –pero no oligárquicas
cuando, como en Cuba, los proyectos nacionales han llegado a funcionar colectivamente
por el bien de todos. La naturaleza de clase de la sociedad cubana ha desaparecido
gradualmente cuando las personas acaudaladas renunciaron a la mayor parte de
sus propiedades o abandonaron el país. Bajo los cambios de 1992 a los
Artículos 3 y 5 de la Constitución de Cuba, la suprema soberanía
de la república reside en el pueblo, del cual deriva su poder el estado,
y la construcción del socialismo se ha convertido en el proyecto de toda
la nación con el Partido Comunista de Cuba (PCC) como su guía
político.
No sugiero que el enfoque colectivista sea inherentemente superior al individualista.
Ambos son empleados por los países en una proporción adecuada
a sus proyectos nacionales. La mayor parte de las funciones de la sociedad es
mejor realizada en el ámbito local o por grupos privados, que pueden
ser democráticos. También habrá siempre dudas sobre cuáles
son las cosas en las que el gobierno puede actuar eficientemente y positivamente
por el bien común y cuáles son mejor realizadas cuando han sido
privatizadas.
Por ejemplo, nuestro gobierno parece haber dado por sentado que una de sus funciones
primarias es ayudar a que las empresas de EE.UU. realicen beneficios en países
extranjeros, incluso si implica la explotación de la gente o que se confiera
poderes a opresores o se impongan "cambios de régimen". Bajo el manto
de la seguridad nacional ha desarrollado un enorme y oneroso sistema de armamentos
y ha establecido bases militares y redes de "inteligencia" en todo el mundo
– en realidad para promover y proteger los negocios del capital multinacional.
Parece haber olvidado la necesidad común de los estadounidenses de tener
relaciones amistosas con los extranjeros. No favorece los intereses de nuestras
familias que nuestros parientes sean heridos o matados en sitios remotos, o
que sean atacados por terroristas suicidas dentro del país, o que renunciemos
a nuestra libertad a cambio de seguridad. Un gobierno democrático de
EE.UU. que actúe por el bien común consideraría la alternativa
obvia. Privatizaría su papel en el apoyo a las empresas de EE.UU. que
operan en países extranjeros, dejaría que ellas mismas se las
arreglen con las leyes y los gobiernos extranjeros, y permitiría que
cualesquiera funciones coercitivas fueran realizadas por las organizaciones
internacionales, tal vez por unas Naciones Unidas más democráticas.
El cambio social es estructural –ocurre cambiando instituciones en vez de personalidades.
La democracia a su nivel más básico (el individuo) es una apremiante
necesidad humana, pero la democracia en la sociedad de masas moderna no es una
realidad, es más bien un mito oligárquico. La contradicción
entre el individuo y la comunidad nos ha acompañado desde el comienzo
y que sepamos siempre lo hará. Mientras más grande la comunidad,
más difícil se ha hecho llegar a trascender. En esta etapa del
desarrollo humano, el único tipo de democracia que existe o que puede
existir es la democracia de base. La democracia de masas es propaganda, una
de las formas con las que nuestras oligarquías nacionales han logrado
mantener el statu quo político ante el dramático cambio tecnológico
y económico.
Para poder hacer cambios progresistas, debemos ante todo volver a la realidad.
Si comenzamos con fantasías, el cambio sólo nos conduce a otra
fantasía. Las instituciones políticas que los cubanos han desarrollado
durante los últimos cuarenta años se basan en su realidad- y ha
funcionado para ellos en la promoción de su proyecto socialista, que
ha gozado de un enorme y creciente apoyo popular frente a las dificultades y
los esfuerzos económicos.
El 20 de mayo pasado nuestro Presidente declaró en Miami que podría
terminar el bloqueo y nuestros otros intentos de aislar a Cuba si se realizaban
elecciones libres y justas, con candidatos multipartidos, y si cumplían
con algunas condiciones políticas adicionales que él exige. Los
cubanos han estado realizando elecciones a los niveles locales, provinciales
y nacionales desde hace muchos años, que son por lo menos tan libres
y justas como las nuestras. Los partidos políticos no son mencionados
en nuestra Constitución. En los primeros días de nuestra república
eran mal vistos; George Washington rechazó especialmente esa idea. La
Declaración Universal de los Derechos Humanos tampoco menciona a los
partidos políticos. La idea de EE.UU. de la necesidad o conveniencia
de múltiples partidos es otro mito oligárquico. Lleva a la gente
a creer que tienen alternativas en las decisiones políticas y mantiene
el statu quo político.
No hay participación de partidos políticos en Cuba. El PCC no
es un partido político tal como los conocemos nosotros, es más
bien una organización de activistas políticos (cerca de un 12%
de la población adulta es miembro), que bajo el Artículo 5 de
la Constitución cubana organiza y orienta a las fuerzas comunes de la
revolución. El Congreso del PCC, que se reúne cada 5 años,
es su máximo organismo decisorio. Los delegados son elegidos por sus
organismos locales y provinciales. La implementación es realizada por
su Comité Central (150 miembros) y su buró político (24
miembros) que operan según el principio del centralismo democrático.
La gente asciende dentro del PCC sobre la base de su capacidad y mérito
a juicio de sus iguales. Se alienta la libre expresión de las ideas y
el respeto por las diferencias de opinión, dentro de los ideales de la
revolución. (5)
Los organismos del gobierno cubano a los niveles municipal, provincial y nacional,
son autónomos, los puestos son elegidos y en las elecciones no participan
ni partidos ni el PCC. Los candidatos son elegidos por períodos breves,
son responsables de sus actividades y susceptibles de ser relevados de sus funciones.
No son políticos de carrera: sus decisiones no son influenciadas por
el beneficio personal ni por posibles ascensos. Todos los ciudadanos tienen
derecho a voto, las votaciones son secretas y los cubanos votan en porcentajes
mucho más elevados que los estadounidenses. (6) Los cubanos ven a su
gobierno como una estructura primaria para la participación de la gente
en la toma colectiva de decisiones, en lugar de ser una fuerza coercitiva o
dominante que deba ser temida o limitada. Participan desde la base mediante
elecciones y con la participación personal y de agrupación en
las reuniones de gobierno local y como activistas a través de organizaciones
de interés especial, que a menudo, pero no siempre, son auspiciadas o
alentadas por el estado bajo el Artículo 7 de su Constitución.
En las supuestas democracias liberales, el sistema multipartidos es cosa del
pasado si uno habla del partido político como de algo basado en valores.
Todas las naciones modernas son gobernadas por elites que están de acuerdo
en cuanto a la naturaleza general de su proyecto y las acciones que emprenden
sobre temas fundamentales. En EE.UU. el llamado sistema de dos partidos no ofrece
una alternativa real en cuanto a los valores básicos, los enfoques, la
ideología o la política, particularmente en lo que se refiere
al cambio estructural en la política económica. Hay algunas diferencias
en el énfasis y la retórica, que son usualmente destacadas en
los medios. Pero, en realidad, los dos partidos funcionan sobre todo como recolectores
de fondos y como firmas de contabilidad para los candidatos, que son elegidos
sobre la base de su celebridad, poder, respaldo y capacidad financieros (que
permite la publicidad en los medios), sus capacidades administrativas, la percepción
de sus características personales y otros aspectos que no tienen nada
que ver con los valores partidarios. Deben pensar y hablar dentro de la "corriente
dominante" cada vez más limitada a fin de lograr la atención de
los medios de masas y llegar a ser candidatos serios. Más de un 85% de
nuestras contiendas para el Congreso o tienen un solo candidato o una alternativa
poco seria.
Porque percibe correctamente que nuestros "representantes" actúan en
realidad por cuenta de poderosos intereses privados –una situación que
no puede ser remediada votando por los candidatos de los grandes partidos- una
creciente mayoría de estadounidenses con derecho a voto, no votan, a
pesar de toda la presión que se ejerce. Aunque durante los dos últimos
siglos hemos incluido a nuevos grupos, como la gente sin propiedades, minorías
raciales y mujeres, es evidente que la votación cada dos o cuatro años
para los candidatos nacionales o estatales no constituye un barómetro
exacto de la calidad de nuestra democracia.
Si un observador imparcial de otro planeta tratara de hacer una evaluación
de la democracia en la nación EE.UU. en comparación con la nación
Cuba, probablemente llegaría a la conclusión que EE.UU. está
gobernado por una elite por cuenta de intereses comerciales y empresariales,
mientras que Cuba está gobernada por una elite por cuenta de la gente
trabajadora y pobre –es decir, toda la nación, porque ahora en Cuba todo
el mundo es pobre individualmente en el sentido que le damos nosotros; la mayor
parte de la propiedad es común. Para comparar la calidad de la auténtica
democracia, se concentraría en la base, donde alguna gente de ambos países
puede participar y lo hace significativamente como activistas, sea ante los
consejos locales de gobierno, que tienen jurisdicción sobre áreas
limitadas, o en organizaciones de interés especial, usualmente limitadas
a un área.
Las Organizaciones del Poder Popular cubanas (OPPs) son responsables por la
administración en los ámbitos municipales y provinciales y por
asuntos legislativos y constituciones en el ámbito nacional. Localmente
son análogas a nuestros consejos de gobierno de localidades y distritos,
pero con una autoridad mucho más amplia. Se ocupan de temas comunitarios
como la empresa económica, la construcción, la salud, el empleo,
los servicios sociales, el medio ambiente, las elecciones y muchos otros aspectos.
Se reúnen frecuente y públicamente y tienen una sustancial participación
de individuos y grupos, como resultado de su amplia autoridad. La descentralización
del poder político, que permite y promueve la participación popular
en la toma de decisiones, ha estado ocurriendo en Cuba desde hace más
de veinte años. (7)
Hay muchos miles de grupos de intereses especiales en Cuba en los que participa
la mayoría de los cubanos, tratando de mejorar sus comunidades. Algunos
son sólo nacionales o provinciales, la mayoría son locales y federados
a los niveles provinciales y nacional. Los grupos locales del PCC realizan trabajo
político, defendiendo las necesidades y los ideales de la revolución
ante los funcionarios y el público. Los más de 20.000 CDR (Comités
de Defensa de la Revolución) son asociaciones vecinales que hacen casi
de todo, desde la ubicación de la atención sanitaria de emergencia
a la mejora de la paz y de la tranquilidad locales. También son sociales,
y hasta cierto punto contrarrestan la atomización y la despersonalización
de la vida en la sociedad moderna de masas. Otras agrupaciones de intereses
bien conocidos, que se formaron naturalmente desde la base y que trabajan de
esa manera, son la Federación de Mujeres, los sindicatos, las uniones
de pequeños agricultores, los grupos ecologistas, los de estudiantes,
los científicos, religiosos, y las organizaciones benéficas, grupos
de servicio social, grupos profesionales de maestros, enfermeras, doctores y
culturales.
Todos tienen acceso rápido y fácil al proceso oficial de toma
de decisiones, y a menudo son los principales participantes. Existen mecanismos
para que los grupos locales puedan presentar temas adecuados para su discusión
y decisión incluso a los niveles provinciales y nacionales. Durante los
últimos veinte años, los cubanos han estado desarrollando una
campaña contra la burocracia a todos los niveles, que ha tenido algún
éxito aunque todavía tiene mucho que lograr. Las formalidades
y los líos legales, que consumen tanto tiempo en los países dedicados
a servir intereses privados, no se ven mucho en Cuba. La distinción que
cuenta es si una práctica está dentro o fuera de las necesidades
y los ideales de la revolución que, para la mayoría de la gente,
especialmente para los que participan, representa el bien común. El sistema
está orientado para que funcione sin abogados, y los pocos abogados que
hay trabajan sobre todo en áreas que tienen que ver con extranjeros o
con inversiones extranjeras. Los tribunales de vecindario representan usualmente
decisiones relativamente rápidas de un juez con formación legal
junto con un ciudadano escogido para el caso. Para los cubanos las formalidades,
los tecnicismos jurídicos, las luchas intestinas jurisdiccionales, las
distinciones como "privado – público" son irrelevantes.
Un extranjero tiene que adoptar una perspectiva amplia, no limitada por su propia
experiencia en un país privatizado, para comprender y apreciar cómo
funciona la política en Cuba. En una sociedad en la que la mayor parte
de la propiedad forma parte de la riqueza común, la gente se vuelve más
preocupada y dedicada al interés común, en lugar de la acumulación
de dinero o de propiedad, porque es lo que sirve su propio interés. El
foco es la responsabilidad de la gente así como sus derechos. La solución
de problemas en Cuba ocurre usualmente de una manera cooperativa, y sucede internamente
en los grupos locales en los que opera la gente y en su propugnación
ante los funcionarios locales. Los grupos no-gubernamentales cubanos tienen
más poder como participantes que sus equivalentes en las sociedades privatizadas,
debido a que lo importante no es el monto de los fondos de que disponen o que
pueden reunir, sino que todos ven que están actuando en función
del interés público así como en el de cada individuo.
Por ejemplos los grupos de mujeres luchan por ideales pos-patriarcales como
en otros países, pero no centrados en el interés individual, más
bien para asegurar que las mujeres participen y se beneficien a parte entera
en la revolución. Los sindicatos (más de un 90% de los trabajadores
industriales y de la construcción son miembros) consideran que tienen
un doble papel, defender los derechos de los trabajadores ante la administración,
y actuar a favor de los valores que aumentan la productividad y otras necesidades
de la empresa. Aceptaron una disminución de los salarios y un aumento
de las horas de trabajo durante el "período especial" de dificultades
durante los años 90. Las crisis medioambientales y sanitarias en Cuba,
debidas en buena medida a la falta de medios, han llevado a los grupos ecologistas,
sanitarios y de agricultores a encontrar soluciones que no requieren mucho dinero.
Se esfuerzan por cosas como la energía alternativa y renovable, la conservación,
el reciclaje, la agricultura urbana, las micro-brigadas (trabajo voluntario),
jardines comunitarios, transporte en bicicleta, agricultura orgánica,
la medicina y los tratamientos naturales y alternativos, y muchas otras prácticas,
algunas de las cuales son innovadoras y han contribuido sustancialmente al desarrollo
humano, especialmente en los países pobres.
Tanto en Cuba como en EE.UU. los dirigentes nacionales afirman que deciden y
actúan por el bien común. La principal diferencia es la manera
en la que funciona el sistema político y quién y cómo toma
las decisiones por el bien común. En EE.UU. esas decisiones son hechas
en el ámbito nacional por empresas que sólo conocen el bien privado.
En Cuba son hechas por individuos, grupos y funcionarios en la base, cimentadas
en los ideales de su revolución. Aunque sus decisiones pueden ser revisadas
y cambiadas a niveles más elevados, esto generalmente no sucede.
Es obvio que hay problemas económicos serios en Cuba –pero no son el
resultado en un grado significativo de la falta de participación política
como lo son los numerosos severos problemas que existen en EE.UU. Sin embargo,
evidentemente no todos los cubanos apoyan la revolución y la clave para
su éxito será la confianza mutua de la gente –su creencia en que
puede lograr colectivamente el que tenga lugar. Cuando la gente tiene que pasar
la mayor parte de su tiempo luchando individualmente por las necesidades de
la vida, el lazo social se debilita. La democracia de base es lo que la fortalece.
Nuestro gobierno ha impuesto un embargo contra Cuba, la ha invadido sin éxito,
ha enviado agentes a asesinar a sus dirigentes, y ha permitido que terroristas
con bases en EE.UU. vayan a Cuba a destruir sus cosechas, sus edificios, aviones
e instalaciones. Bajo Helms-Burton EE.UU. bloquea a Cuba amenazando y castigando
a los extranjeros que se atreven a hacer negocios en ese país. Mediante
limitaciones financieras complejas y poco realistas impide que medicinas, suministros
y equipos médicos y productos nutritivos lleguen a los cubanos. En América
Latina amenaza y castiga económicamente a las naciones por comerciar
y mantener relaciones normales con Cuba, y recompensa económicamente
a los países por dañar o romper las relaciones con Cuba. EE.UU.
ha perdido su asiento en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU por
politizar a la Comisión en lo que se refiere a Cuba. Conduce una implacable
campaña de propaganda contra Cuba, y prohíbe inconstitucionalmente
a sus ciudadanos que viajen a Cuba para conocer lo que sucede realmente en ese
país.
En el caso poco probable de que nuestro gobierno logre algún día
obligar a los cubanos a adoptar una economía política como la
nuestra, destruirá la significativa democracia de base que existe allí.
El nuevo sistema tendrá que ser impuesto probablemente por una larga
y severa ocupación militar. Es evidente que la democracia para los cubanos
no es el motivo de la política de nuestro gobierno. Mantiene relaciones
estrechas y amistosas con numerosas monarquías y otros regímenes
que jamás han realizado una elección y que ni sueñan con
hacerlo, y los apoya económicamente. Toda persona razonable debiera preguntarse
cuál es el motivo subyacente para la política de EE.UU. hacia
Cuba. Hay que formular esas preguntas. Después de todo, estamos hablando
de once millones de personas que viven en una isla en el Caribe. Si no nos gusta
su sistema política, ¿por qué no podemos dejarlos solos y permitir
que encuentren su propio camino?
¿No será que algo de lo que sucede en la isla es temido por la única
superpotencia del mundo? Así parece. ¿Podría ser que nuestra oligarquía
teme que si el experimento revolucionario cubano sigue teniendo éxito,
pueda suceder que su propia ofensiva por lograr un imperio mundial fracase o
incluso que ocurra un cambio de sistema aquí? Parece que es el caso.
El artículo 5 de la Constitución cubana reconoce que el sistema
político que crea se basa parcialmente en el pensamiento del escritor,
poeta y líder de la independencia José Martí, del siglo
XIX. Con la intención de aprender de la versión estadounidense
de democracia, Martí había vivido en EE.UU. durante varios años
en los años 90. Disgustado con las elecciones compradas con dinero y
con la corrupción del sistema y la resultante comercialización
de la vida que presenció, se opuso a ese tipo de sistema para Cuba. (8)
Hace un par de años me regalaron un cartel de Martí con uno de
sus dichos: "Cuba, al salvarse... salva."
Notas
(1) Trabajo "La idea de democracia y el ideal del socialismo," presentado por
el Dr. Cliff DuRand, Profesor de Filosofía, Morgan State University,
Baltimore, en la Conferencia, "El socialismo hacia el siglo XXI," Universidad
de La Habana, 21-23 de octubre de 1997.
(2) Marcus Tulius Cicerón, "De re Publica," La tesis de Scipio. Anthony
Everitt, "Cicero, the Life and Times of Rome's Greatest Politician," p. 181
(Random House 2001).
(3) DuRand, supra.
(4) DuRand, supra.
(5) Art. 5, Constitución de la República de Cuba (Editorial de
las Ciencias Sociales, La Habana, 2001). Max Azrici, "Cuba Today and Tomorrow,
Reinventing Socialism," p. 104-108 (University Press of Florida 2001).
(6) Azrici, supra. p. 121-125.
(7) Constitución, supra. Artículos 103-119. Azrici, supra. p.
121-125.
(8) John M. Kirk, "Jose Marti, Mentor of the Cuban Nation," (University Press
of Florida 1980). Azrici, supra. Ch. 5, note 16, p. 338.