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La dignidad humana vuelve a alzar su bandera
Por HAROLDO ROMERO PÉREZ
La principal conclusión que puede extraerse de los debates en torno a la situación de los derechos humanos en Cuba, concluidos el pasado viernes en Ginebra, es que la obra de la Revolución a favor del bienestar del ser humano es de tal magnitud que no puede ocultarse ya ante la opinión pública internacional.
Lo anterior se evidencia, en primer término, en el propio contenido de la Resolución norteamericana con máscara uruguaya, finalmente aprobada ese día en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU.
Como es habitual, cualquier resolución sobre cualquier tema, emitida por cualquier órgano en cualquier lugar, consigna en primer término las circunstancias de hecho y de derecho que sirven de base para emitirla; y luego de esa fundamentación, contiene las disposiciones correspondientes a esas circunstancias.
Pero he aquí que la Resolución L30 aprobada en Ginebra, en ninguna parte hace la más mínima referencia negativa al estado de los derechos humanos en la Isla; mientras que por otro lado menciona el nombre de Cuba, única y exclusivamente, para identificar al país al cual se le formulan las exigencias y "recomendaciones" que dicho documento contiene.
¿Se trata ello de un error técnico o de un "olvido involuntario", o acaso de un daño colateral, como los de la OTAN, de esos que ocurren cuando los proyectiles impactan sobre objetivos que supuestamente no constituían el destino real del ataque?
El contradictorio y aparentemente absurdo contenido del texto pone de manifiesto hasta qué punto los Estados Unidos de América no pudieron obtener una verdadera condena contra Cuba en el máximo órgano creado por la comunidad internacional para conocer y pronunciarse sobre las violaciones sistemáticas, graves y masivas de los derechos humanos.
De que no podrían obtener tal condena se habían percatado desde antes los propios gobernantes norteamericanos. En la ayudamemoria contentiva de las instrucciones para elaborar el proyecto anticubano que el Departamento de Estado hizo circular hace seis meses entre las cancillerías latinoamericanas elegidas como candidatas para la tarea de presentarlo y apoyarlo, se especificaba que el contenido del documento no debía tener carácter confrontacional.
Con esa indicación el gobierno estadounidense admitía que una condena a Cuba en el proyecto de resolución impediría la aprobación mayoritaria de la comunidad internacional de naciones.
Las instrucciones norteamericanas se cumplieron no sólo en cuanto al texto del documento elaborado, sino a que en las declaraciones públicas de las cancillerías y hasta de los sumisos presidentes de varios de los países latinoamericanos que se comprometieron con el encargo, se destacaba que su posición en Ginebra sería constructiva y "a favor" del pueblo de la Isla.
A tal extremo pretendieron encubrir sus reales propósitos, que un comentarista latinoamericano apuntó con ironía, que al parecer algunos gobernantes latinoamericanos promoverían una resolución contentiva de una expresa y resuelta condena al genocida bloqueo de los EE.UU. contra Cuba.
Y finalmente, a pesar de tan engañosas maniobras con las palabras en el documento y en las declaraciones, de las brutales presiones ejercidas y del importante papel que por su influencia representó el apoyo de la totalidad de los países desarrollados miembros de la Comisión de Derechos Humanos, con la sola excepción de Rusia, Washington no pudo obtener en Ginebra un respaldo mayoritario a su proyecto.
Con estos antecedentes y considerando que el empeño de los EE.UU. había sido calificado por los gobernantes de ese país como asunto de "máxima prioridad" en política exterior, el intento fracasó. Al recibir la resolución el apoyo de sólo 23 de los 53 Estados integrantes del órgano de la ONU, y no lograr el respaldo de 30 que lo rechazaron o se abstuvieron, Washington obtuvo en Ginebra, más que una pírrica victoria, una derrota moral.
Como era de esperarse, una vez conocida la aprobación de la espuria resolución que con tanto desespero buscaron y necesitan, los voceros del imperio y los medios de difusión que mayoritariamente controlan en el mundo comenzaron a propalar la —contrariamente a la declaración de los gobernantes— "condena" a Cuba, con el propósito, de antaño conocido, de justificar su criminal política contra la Isla.
Reconózcanlo o no nuestros adversarios, la moral que asiste al pueblo cubano como constructor de la obra de dignificación humana que ha erigido es, ante todo, el arma indestructible con que este pequeño y subdesarrollado país ha resistido y vencido durante cuatro décadas la agresividad y el acoso de la mayor potencia jamás conocida en la historia.
El pasado viernes en Ginebra fueron mayoría los gobernantes dignos que así lo reconocieron, y virilmente no se plegaron al imperio. Su actitud solidaria, junto a la de millones de personas que desde todas partes también nos apoyaron, nos alienta a continuar nuestra obra, ese ejemplo moral imposible de ocultar y que será también la fuerza mayor para librar los próximos combates.