| Pueblos Originarios |
Michelle
Bachelet y los mapuches
La dama de hierro
Pedro Cayuqueo
Azkintuwe
Un mito popular dice que los chilenos son "los ingleses de Latinoamérica". Si
del tratamiento que el Estado otorga a las nacionalidades oprimidas que
habitamos al interior de sus fronteras se trata -como lo es en definitiva el
caso del pueblo mapuche-, nada tendría Michelle Bachelet que envidiar a la
otrora temida dama de hierro británica.
GULUMAPU / El 1 de marzo de 1981, 10 presos políticos irlandeses iniciaron una
huelga de hambre en el Bloque H de la cárcel de Maze, Inglaterra. El Bloque H,
más que una sección, era un centro de torturas y vejámenes. Allí eran
trasladados desnudos, todos los presos políticos del Ejército Republicano
Irlandés (IRA) que se negaban a usar el uniforme de "delincuentes comunes".
Encabezados por Bobby Sands, los presos exigieron su derecho a usar su propia
ropa, no ser obligados a realizar trabajos serviles, el derecho a vincularse
entre ellos, el derecho a recibir una visita semanal, a recibir y enviar
correspondencia, y finalmente poder estudiar. Derecho a usar su propia ropa,
recibir visitar, estudiar. Con la distancia que dan los años, podría decirse que
se trataba de peticiones abordables para cualquier gobierno "democrático". No lo
fue así para ellos. Luego de 66 días de huelga de hambre, ciego por completo y
en los huesos, Sands murió. Tenía 27 años. Días más tarde lo siguieron Francis
Hugues, Fraymond McCreesh, Ptsy O’Hara, Joe Mc Donnel, Martin Hurson, Kevin
Lynch, Kieran Doherty, Thomas Mc Elwee y Michael Devine. Durante la huelga,
Margaret Thatcher, la polémica dama de hierro, no cedió ni un ápice.
"Mr. Robert Sands, un recluso de Maze, murió a las 1:17 de esta madrugada. Él se
quitó la vida rehusando alimentos y asistencia médica". Así informó su muerte un
frío comunicado del gobierno inglés emitido a pocas horas de confirmado el
primer deceso. Y es que a pesar de la tragedia en la cárcel de Maze, la primera
ministra Thatcher no cedió un milímetro a los justos reclamos de los presos,
respaldados incluso por un enviado especial del Vaticano, atendiendo la
arraigada fe católica de gran parte de la población norirlandesa. Solamente en
octubre de 1980, tras abandonar estos las constantes huelgas de hambre que se
multiplicaban en diversos penales de Irlanda e Inglaterra, el gobierno
metropolitano concedió un punto de los cinco demandados por los huelguistas de
Maze: que los presos irlandeses pudieran vestir sus ropas. Hablamos de fines de
1981, a las puertas del siglo XXI, en el epicentro de lo que más tarde sería la
Unión Europea. Y la gran concesión del gobierno fue ¡que los presos no
estuvieran desnudos en la cárcel!
En Chile, desde el pasado 13 de marzo, cuatro presos políticos mapuches,
condenados a 10 años de cárcel por delitos "terroristas", mantienen una huelga
de hambre que -según detallan informes médicos- comienza a poner en grave
peligro sus vidas. La comenzaron en la cárcel de Angol y la continúan por estos
días en la enfermería de la cárcel de Temuco, capital de La Araucanía, bajo
fuertes medidas de seguridad y monitoreados por especialistas médicos que en
vano logran convencerlos de deponer su movilización. Ignorados durante semanas
por la prensa chilena y el gobierno, solo la inquebrantable voluntad de su
sacrificio ha logrado captar la atención de la ciudadanía y las autoridades.
Todos ellos pertenecen a empobrecidas comunidades de la zona de Ercilla y fueron
condenados por incendiar un predio forestal, propiedad del magnate chileno
Eliodoro Matte Larrain, cabeza de uno de los principales grupos económicos del
país y poseedor de una fortuna evaluada en 4.100 millones de dólares según el
ranking Forbes de este año.
Los cuatro huelguistas niegan los cargos en su contra, denuncian persecución
política, la aplicación injusta y condenable de una legislación antiterrorista
heredada de los tiempos de Pinochet y solicitan a las autoridades la revisión de
sus drásticas condenas, atendiendo que en un reciente juicio, otros dos mapuches
imputados por la misma causa fueron absueltos del cargo de "terrorismo". El
mismo juicio, mismas pruebas, similares testimonios y un fallo favorable a los
imputados. No están solos en su reclamo. Organismos de derechos humanos,
organizaciones indígenas, agrupaciones políticas, sociales, estudiantiles y
sindicales, se han sumado a una larga cadena de voluntades con el único objetivo
a estas alturas de salvarles la vida. Desde Ginebra, el propio Relator de
Naciones Unidas para los Pueblos Indígenas, Rodolfo Stavenhagen, instó al
Gobierno chileno "a desarrollar todos los esfuerzos que estén a su alcance para
llegar a acuerdos que permitan dar una salida a la situación planteada por los
presos", sin provocar lamentablemente en las autoridades el menor asomo de
preocupación.
Un mito popular dice que los chilenos son "los ingleses de Latinoamérica". Si
del tratamiento que el Estado otorga a las nacionalidades oprimidas que
habitamos al interior de sus fronteras se trata -como lo es en definitiva el
caso del pueblo mapuche-, nada tendría Michelle Bachelet que envidiar a la
otrora temida dama de hierro británica. Los estados de herencia colonial
aprenden de sus pares para golpear mejor y también para ignorar a su oponente.
Thatcher y Bachelet. El mismo silencio cómplice, la misma soberbia enquistada
como política de estado, la misma arrogancia-masculina (vaya paradoja) a la hora
de dar cuenta del ejercicio del poder frente a quienes, por cuna, riqueza o
posición, nos gobiernan a fin de cuentas desde las sombras. Algunos podrán decir
que exagero. Se dirá que el historial de víctima de violación a los derechos
humanos de la primera mandataria chilena obliga a una lectura menos crítica de
sus acciones. Nada más equivocado. Aquel historial y aquella sensibilidad
especial de la que tanto nos hablaron (y nos vendieron) cuando era candidata,
solo agrava sus faltas como presidenta. Su pasado la obliga más que nadie a no
apartar la vista, a no hacer vista gorda, allí donde mandan las razones de
estado y la sinrazón judicial, las mismas de las cuales fue víctima en otros
tiempos tanto ella como su familia.
¿Cómo entender que transcurridos 54 días de huelga, la única concesión a los
presos mapuches emanada desde La Moneda sea la voluntad del ejecutivo de "no
invocar la Ley Antiterrorista en juicios vinculados a demandas de tierras,
cuando sean delitos comunes"? Lo señaló textual el Ministro del Interior, Andrés
Zaldivar, y sin siquiera sonrojarse frente a los noticieros. ¿Es que acaso,
señor Zaldivar, se estaban aplicando los artículos de la draconiana Ley 18.314
para perseguir delitos comunes al interior del País Mapuche, violando dicho sea
de paso el debido proceso, la presunción de inocencia y las garantías
constitucionales básicas de los ciudadanos mapuches hoy encarcelados? A
confesión de partes, relevo de pruebas, reza el aforismo jurídico. En cualquier
sociedad medianamente democrática, las declaraciones del vocero de gobierno
hubieran causado un escándalo de proporciones y llenado de editoriales los
periódicos. Las garantías constitucionales, señor ministro, la famosa quinta
enmienda de la que tanto nos hablan los norteamericanos en sus películas y que
en la vida real pisotean a diario fuera de sus fronteras. La misma de la que nos
habla aquella superproducción local, plagada de efectos especiales y
persecuciones, titulada Reforma Procesal Penal. Todo un homenaje al western
hollywoodense.
Si en la conservadora Inglaterra de los ochenta, la única concesión de las
autoridades fue permitir que los presos irlandeses vistieran sus ropas en
prisión, en Chile la respuesta del gobierno de Bachelet resulta mucho más
irónica y cruel. "No aplicar la ley antiterrorista para perseguir delitos
comunes". Un lector desprevenido podría pensar que se trata de una broma de mal
gusto. Y es que resulta obvio que en cualquier estado de derecho que se precie
de tal, ningún ciudadano puede ser perseguido como terrorista si lo que se
investiga es en definitiva un delito común. Obvio, pero no suficiente para el
caso chileno. A la fecha, ya suman más de una docena las querellas por dicha
legislación interpuestas por el gobierno en contra de mapuches. Los delitos
investigados: incendio, amenaza, asociación ilícita, robo y hurto de madera,
usurpación de tierras, lesiones leves y graves, más un largo etcétera. Ningún
atentado con bombas, asesinato selectivo, ataque suicida, formación de grupo
armado o cualquiera de aquellos delitos que atentan contra la vida, generan
terror en la población y que la doctrina gusta identificar como "terrorista". Y
es que Temuco no es Moscú ni los comuneros mapuches rebeldes chechenos, por más
que las autoridades y los fiscales intenten convencernos a diario de nuestro
error.
Los presos políticos de la cárcel de Maze no podían esperar menos indiferencia
de la señora Thatcher que la demostrada por ella en aquellos 66 trágicos días de
ayuno forzado. Estaban frente a la más enconada y acérrima enemiga de la causa
republicana irlandesa y ellos lo sabían. De cierta forma, la buscaron hasta
encontrarla. Con su intransigencia y mano dura, Thatcher pretendió enviar un
mensaje a toda la rebelde población de Irlanda. Nunca sospechó que los presos
también buscaban lo mismo. Enviar un mensaje. Y vaya si lo lograron. "Me vuelvo
a enrollar en mi manta mientras el frío muerde mi carne una vez más. Ellos no
tienen nada en todo su arsenal imperial, capaz de quebrar el espíritu de un solo
prisionero político republicano que se rehúsa a ser quebrado", escribiría Bobby
Sands en su diario, publicado tras su muerte y transformado en best sellers.
"Nuestra venganza será la sonrisa de nuestros hijos en una Irlanda libre",
rezaba un graffiti rayado por desconocidos en los muros de Maze a pocos días de
finalizada la trágica huelga del IRA. Roguemos porque en el País Mapuche la
única sonrisa que veamos en los próximos días sea aquella de nuestros cuatro
hermanos huelguistas, dando la bienvenida a sus primeros días de anhelada
justicia y libertad. Y es que a fin de cuentas Michelle Bachelet no es Margaret
Thatcher, por más que los porfiados hechos nos digan exactamente lo contrario /
Azkintuwe