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Zapatismo
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Partidos políticos y abstención
Marcos Roitman Rosenmann
La Jornada
La participación suele ser uno de los grandes problemas que se plantean los
sistemas políticos contemporáneos. Los porcentajes de abstención superan 50 por
ciento del padrón o censo electoral. Y no será por falta de opciones. En la
mayoría de los países del llamado mundo libre el número de partidos legales
supera las dos docenas. De esta manera el día de votación la oferta ideológica
es amplia. Hay para todos los gustos. Puede uno decantarse por aquellos que
propugnan el amor libre, la despenalización de la mariguana o los tradicionales
de izquierdas, centro o derecha. En España, sin ir más lejos, hay más de 100 en
todas sus variantes, acuden a todas las convocatorias y se presentan sin
complejos al Parlamento Europeo, o para elegir presidente de gobierno. Si nos
adentramos en América Latina, constatamos que en Argentina hay 42 legalizados,
en Panamá 33, los mismos que en Nicaragua. Mientras tanto en Ecuador hay 19, en
Brasil 32, Guatemala admite 16, El Salvador 21, Costa Rica 23, Colombia 18 y
Chile supera los 40. En Europa occidental ningún Estado baja de los 50. El
espectro cubre todo el campo posible de opciones personales. El "mercado
electoral" está representado en su totalidad. Entonces, ¿por qué este elevado
índice de abstención?
Los avezados politólogos del orden responden desde la obviedad. Tanta oferta
satura. Incluso llegan a plantearse que existe un exceso de elecciones. Aburren
y cansan. Se vota por todo, y eso no es bueno. Hay que distanciarlas. Buscar
otras soluciones. Sin embargo, su conclusión es aún más sorprendente: con todo
ello, plantean que hoy por hoy, dada la solvencia de las instituciones y la
calidad de la democracia, la abstención no es un problema para el sistema. Hoy
se transforma en una opción más dentro de las múltiples posibilidades que tiene
el supuesto votante. En pocas palabras, aunque se abstuviese 90 por ciento del
electorado real ¡¡¡no pasaría nada de nada!!! Así, ya no sólo se trata de
elecciones corruptas, ahora se puede elegir un presidente de gobierno o un jefe
de Estado con una abstención de 60 por ciento, obtener un 20 por ciento de los
votos emitidos, ganar y gobernar con el 10 por ciento real de la población. El
orden no sufre pérdida de legitimidad. Todo un logro para una gobernabilidad
oligárquica.
Pero si queremos profundizar en el problema, la respuesta debe ser otra. Existe
un proceso de despolitización. La pérdida de ciudadanía política. A la cual
debemos unir otra afirmación: el pluripartidismo o la poliarquía no supone
elevar la participación política, ni es índice de prácticas democráticas. En
otras palabras, democracia y partidos políticos no van juntos. De ser así, en
muchos países latinoamericanos o africanos o asiáticos debería haber democracia,
por el número de partidos políticos legalmente admitidos. La democracia, como
práctica política y forma de vida, conlleva y exige más que una multiplicidad de
oferta de partidos políticos para ir a votarlos el día de las elecciones. De ser
ese el objetivo o síntesis de la democracia, hoy es un hecho auténticamente
democrático ir a votar y morirse de hambre.
El actual orden neoliberal produce una pérdida de valores éticos en el yo
ciudadano, que no identifica su participación con la multiplicidad de productos
o partidos políticos que emergen para las elecciones, aunque siempre hay
excepciones. El resultado, un individuo atomizado, operador sistémico, que en su
gran mayoría prefiere realizar otra actividad. Ver un partido de futbol, una
película, disfrutar del día de fiesta, y si llueve, mejor no hablar. Los
mecanismos institucionales para romper el hastío son variados, y van desde las
campañas previas para acudir a votar hasta las fórmulas represivas. Sin embargo,
la abstención sigue en aumento. Penalizar a millones de infractores es una
quimera. Poner las elecciones en días laborables tampoco resultó eficaz.
Asimismo, la despolitización favorece la emergencia de grandes mayorías
afincadas en un bi o tripartidismo, con retoques apoyados en partidos "bisagra"
o de coyuntura. Bienvenido el abstencionismo. La legitimidad del sistema se
garantiza, y con ello la validez del orden constitucional. El resto de partidos
son efímeros y su existencia sirve para avalar un orden neoligárquico y
falsamente democrático. Salvo coyunturas, momentos de politización en los cuales
la ciudadanía sale de su apatía, vota y expresa su repulsa a una decisión o
manera de gobernar, la abstención es un símbolo de estabilidad y buen hacer.
Orden y progreso. Como ejemplos de lo dicho sirvan la guerra de Irak, los
atentados terroristas en Madrid Atocha o los escándalos de corrupción en Italia.
Estos acontecimientos puede desatar un estado de conciencia que culmine con una
movilización masiva de la ciudadanía a las urnas, alterando el nivel de
abstencionismo, y con ello cambiando los resultados según sea el tipo de ley
electoral. Pero abstenerse o votar ya no es un dilema. Las campañas
institucionales llamando al voto se realizan a título de reclamo publicitario y
como una obligación legal. Los índices de abstención de 60 o 70 por ciento no
alteran en nada el funcionamiento del "sistema". En los actuales órdenes
sistémicos la abstención es una variable dentro de un conjunto de factores
procedimentales cuya resolución forma parte del mismo orden de la democracia
representativa. No importa cuánto sea su proporción, la absorbe, no tiene grado
de saturación. Bajo esta premisa podemos concluir que dentro de pocos años nos
encontraremos con más partidos políticos que votantes, y todo ello nos hará
decir que la abstención es el corazón de la democracia.
Fuente:www.lafogata.org