Simultáneamente actor y víctima, sujeto y objeto de políticas, el nuevo
movimiento indígena latinoamericano ha desplegado un significativo protagonismo
en los últimos trece años. En los hechos, se ha convertido en un actor político
central en la coyuntura política regional. Ha ganado visibilidad y protagonismo.
Ha logrado acreditar un número creciente de voceros propios en los medios de
comunicación. Su causa es reconocida como genuina, por más que haya querido ser
desacreditada por sectores de la intelectualidad que ven en ella un rezago del
pasado, incómodo para un futuro liberal, o por franjas de la partidocracia, que
ven con recelo la existencia de formas distintas de representación política. En
Ecuador y Bolivia se ha convertido en un factor de poder real.
La nueva lucha india tiene profundas implicaciones para la formación de otro
modelo de desarrollo. Los contornos de la identidad nacional, las políticas de
combate a la pobreza, la democratización del área, la naturaleza de un nuevo
régimen, las relaciones entre moral y política han adquirido nuevos contenidos.
Impulsora del multiculturalismo democrático, es una fuerza central en la
resistencia a una globalización que sirve a los intereses de los más poderosos,
y una promotora de los derechos de las minorías y del combate a la exclusión.
Gestora de nuevos pactos nacionales basados no sólo en los individuos sino,
también en los pueblos, estimula la reinvención del Estado y la nación. Esta
lucha es evidencia de que los viejos y nuevos integracionismos, disfrazados de
nacionalismo o universalismo, no han podido desaparecerlos, y de que una parte
de la intelectualidad y la clase política sigue profesando un liberalismo
decimonónico trasnochado. El testimonio de que no son sólo "reliquias vivientes"
sino actores políticos dotados de un proyecto de futuro, culturas acosadas pero
vivas poseedoras de una enorme vitalidad.
Como parte del nuevo movimiento indio se ha desarrollado un pensamiento nuevo,
vigoroso y profundo, que modificará la cultura y la política continental. Un
pensamiento surgido de años de resistencia y reflexión sobre lo propio y lo
ajeno. Resultado de la gestación de una nueva intelectualidad indígena educada y
con arraigo en las comunidades, de la formación de cientos de organizaciones
locales y regionales con liderazgos auténticos y del conocimiento e intercambio
de las luchas indígenas en toda América Latina. Ese pensamiento, esos
intelectuales y dirigentes, ese proceso organizativo han adquirido alrededor de
la lucha por la autonomía un punto de encuentro y convergencia, como nunca antes
lo había tenido la lucha india. Ese pensamiento tiene una nueva versión del ser
pueblos, de la comunidad y del territorio sus ideas-fuerza centrales. En otros
casos ese pensamiento ha planteado explícitamente la necesidad de fundar un
nuevo Estado pluriétnico y multicultural.
La demanda autonómica se ha convertido en el núcleo duro del programa movimiento
indígena en Latinoamérica. Esta demanda expresa un proceso mucho más profundo:
el de la recomposición de los pueblos indios como pueblos. Esta reconstitución
es un proceso complejo y desigual: su irrupción como actores políticos que
reivindican derechos y no asistencia.
Sin embargo, existe una diversidad de formulaciones nacionales de la demanda
autonómica. Ello expresa el desigual grado de reorganización y construcción de
identidades presentes en estos pueblos. Autonomías Indígenas en América Latina: Nuevas formas de convivencia política,
Leo Gabriel y Gilberto López y Rivas, Coordinadores, de la editorial Plaza y
Valdés, da cuenta, como ningún trabajo había hecho hasta el momento, de la
riqueza, diversidad, dificultades y avances de la lucha autonómica en el América
Latina. A lo largo de 589 páginas los coordinadores compilan seis estudios de
caso (México, Panamá, Nicaragua, Cochabamba, Ecuador y Brasil), dos ensayos de
sobre las referencias teóricas adecuadas para comprender el proceso, una
reflexión regional sobre el desafío de la autonomía indígena, y un escrito sobre
las relaciones entre la cooperación al desarrollo europea y los indígenas
latinoamericanos.
El mapa de la autonomía indígena en Latinoamérica dibuja una enorme diversidad
de experiencias, que, lejos de tratar de ocultar para favorecer un modelo
específico, los autores reconocen y reivindican. Los ensayos muestran, también,
una diversidad conceptual para analizar las realidades indígenas notable.
Destaco los escritos de Gilberto López y Rivas sobre México y de Lautaro Ortega
sobre Ecuador. No exagero, me parece, si afirmo que ello no solo es producto del
trabajo de los autores sino que es resultado, también, de la riqueza práctica y
teórica de los movimientos indígenas en esos países.
Sin embargo, a pesar de que el trabajo explícitamente reivindica la necesidad de
correlacionar dos categorías binómicas (autonomías multiculturales y desarrollo
sostenible), la mayoría de los ensayos se concentran en el análisis de la
autonomía y tratan de manera tangencial el desarrollo sustentable. No encuentro
en ello un problema sino una virtud. El concepto de desarrollo sustentable se ha
convertido en una categoría tan farragosa, que asociarlo con el de autonomía
puede terminar siendo una operación demasiada forzada.
En la misma dirección, no obstante incorporar como conceptos de análisis
integrantes de la lógica de resistencia los ejes de economía solidaria y
democracia participativa, éstos no son casi contemplados en el análisis.
Finalmente, se extraña una mayor reflexión sobre los Estados-nación, la
globalización y la cuestión indígena. Después de todo, hay una erosión
comprobable desde arriba de los Estados-nación a partir de la acción del capital
financiero, la acción de los organismos multilaterales, la construcción de
bloques económicos y, tal y como los capítulos del libro muestran, existe,
simultáneamente, una erosión desde abajo como resultado de las reivindicaciones
étnicas.
Autonomía: un proyecto con historia
"La lucha por la autonomía –escribe correctamente López y Rivas en su ensayo
sobre México- ha tenido un sinnúmero de manifestaciones en nuestro país. Por
poner un ejemplo, en la década de los noventa la autonomía era una
reivindicación que esgrimían las organizaciones políticas que buscaban
transformaciones locales, mientras que en la actualidad es un movimiento
vinculatorio entre la sociedad civil y los pueblos indígenas."
Efectivamente, el concepto de autonomía ligado a la lucha política, tiene muchos
años y no se circunscribe al movimiento indígena. José Revueltas, el novelista,
filósofo y político de izquierda mexicano, señaló a principios de los sesenta
que uno de los problemas fundamentales del proletariado mexicano –asociado al de
la "inexistencia histórica" de su partido- era su falta de independencia
orgánica con respecto al Estado. A partir de entonces, y teniendo como telón de
fondo las luchas ferrocarrileras y magisteriales de 1965-1960, el problema de la
necesidad de generar la independencia orgánica del proletariado y los sectores
populares –y de romper con la ideología de la Revolución mexicana- pasó a ser
uno de los principales temas en la agenda política de la izquierda.
El planteamiento respondía a una realidad apabullante. La inmensa mayoría de las
organizaciones obreras, campesinas y populares formaban parte de la estructura
de control del Partido Revolucionario Institucional (PRI). La izquierda había
sido casi expulsada del movimiento de masas y su influencia limitada a algunos
núcleos rurales y sectores de la intelectualidad. La posibilidad de convertirse
en una fuerza real requería, necesariamente de dotarse de una base social y ello
sólo era factible si sus "representados" se independizaban del control oficial.
El movimiento estudiantil-popular de 1968 socializó ampliamente esta idea de
independencia. Los cientos de activistas que a partir de entonces se
"zambulleron" en el trabajo de promoción organizativa a partir de entonces
tuvieron como eje central de su militancia, la promoción de la independencia de
las organizaciones populares. Sin embargo, plantear la independencia frente al
Estado a ultranza, sobre todo en el movimiento como el campesino, tenía el
riesgo de conducir a las nacientes organizaciones al aislamiento o a la
confrontación. Muy pronto, algunos de ellos replantearon el problema y
comenzaron a señalar que era necesario trabajar dentro de las "estructuras
jurídicas-político burguesas" –organizaciones sociales corporativas- buscando
que las "masas se apropien de ellas", construyendo su propia organización y
dejando la otra como "fachada".
En síntesis, la problemática organizativa se desplegó de la cuestión de la
independencia a la cuestión de la generación de formas de gobierno propias
gestadas desde los sectores populares sin intervención externa, es decir, a la
cuestión de la autonomía. La problemática fue planteada con absoluta claridad
desde 1972-1973 por los electricistas democráticos (STERM) cuando se vieron
obligados a perder su organización gremial e incorporarse a un sindicato oficial
(SUTERM). Desde allí, con altas y con bajas, y a pesar de que en algunos
momentos se habló de que autonomía e independencia eran lo mismo, la necesidad
de construir autonomía se expandió al conjunto del movimiento social. A este
planteamiento se sumó la idea de que las clases se constituían en un proceso de
lucha prolongado y que la organización autónoma prefigurada en mucho la sociedad
del futuro.
La discusión sobre el rumbo y el sentido de esta concepción de la autonomía como
propuesta estratégica alcanzó una de sus expresiones más acabadas dentro del
movimiento campesino. Es así como una importante convergencia campesina
organizada desde 1983 en lo que hoy es la Unión Nacional de Organizaciones
Regionales Campesinas Autónomas (UNORCA) debatió desde 1991 si debía de ser
autónoma o independiente. Su quinto encuentro, realizado en Oaxaca, puso el
acento en la noción de independencia. Pero durante el Sexto encuentro la
propuesta se debatió y finalmente se cambió de nombre. "Se adujeron dos
argumentos para el cambio: algunas organizaciones independientes no son
autónomas porque dependen de alguna instancia externa sea central o sea partido
político, por lo tanto interesaba subrayar desde el nombre mismo esa autonomía
frente a cualquier instancia externa ya que era un característica de esas
organizaciones. Por otra parte, el término de independencia muy frecuentemente
es utilizado como sinónimo de confrontación con el Estado; las experiencias de
estas organizaciones eran en cambio que la movilización campesina siempre debía
dejar abiertos los canales de negociación con el Estado".
Definirse como autónoma, en lugar de independiente, permitía además penetrar
dentro de las filas de las centrales campesinas oficiales sin tener que forzar a
sus miembros a una definición política apresurada o inadecuada. Ciertamente,
algunas de sus organizaciones miembros podían concebirse como autónomas, pero
difícilmente como independientes. Pero lo demás, plantearse una estrategia de
construcción de autonomía en ligar de una estrategia de independencia orgánica
permitía, en el contexto de un sistema corporativo, crecer socialmente sin tener
que enfrentarse frontalmente con el Estado.
Para la naciente red la autogestión (apropiación del proceso productivo) y la
autonomía ("aquel que se da a sí mismo su ley") son procesos estrechamente
imbricados, al punto de que, con frecuencia se veían como si fueran lo mismo.
Una de las vertientes que desde la izquierda impulsó esta orientación del
trabajo tenía originalmente un horizonte teórico más o menos preciso: la versión
francesa de la Revolución cultural china y, más exactamente, las ideas
sintetizadas en las obras de Charles Bettelheim (Cálculo económico y formas de
propiedad, entre las más importantes); de Althusser o de Nicos Poulantzas. Más
adelante, cuando la independencia –de las organizaciones sociales- se volvió un
concepto insuficiente y se recurrió al de autonomía, otros autores como
Cornelius Castoriadis se tornaron influyentes.
Sin embargo, esta línea de trabajo se topó muy pronto con fuertes descalabros
que iban desde la represión estatal – cuando la organización rebasaba ciertos
límites de acción - , hasta una significativa diferenciación social entre los
campesinos que participaban en el proyecto (y que resultaba intolerable para la
visión igualitario-pobrista de algunos de sus promotores), pasando por la
cooptación de algunos de los dirigentes y/u organizaciones a partir de
instrumentos como el crédito.
Simultáneamente, y antes de su acepción estrictamente indígena, otra concepción
de la autonomía fue reivindicada también por grupos políticos ligados al trabajo
sindical en la década de los setenta y los ochenta, directamente influenciados
por el obrerismo italiano.
Finalmente, Además de la experiencia construida por el zapatismo dos posiciones
se han expresado, entre otras, dentro del movimiento indígena. Una, proveniente
en mucho de la experiencia nicaragüense, que pone en el centro la formación de
regiones pluriétnicas autónomas, es promovida por la Asamblea Nacional Indígena
por la Autonomía (Anipa); la otra, elaborada por una muy importante red de
dirigentes oaxaqueños, conocida como comunalismo, promueve el desarrollo de la
comunalidad.
La Anipa concibe la autonomía como "un sistema jurídico-político encaminado a
redimensionar la nación, a partir de nuevas relaciones entre los pueblos indios
y los demás sectores socio-culturales. En pocas palabras, el régimen de
autonomía contendría las líneas maestras de los vínculos deseados entre etnias y
Estado; vale decir, los fundamentos para cambiar la médula de la política, la
economía y la cultura en una escala global, nacional, y como parte de una vasto
programa democrático." Esta "resulta de un pacto entre la sociedad nacional,
cuya representación asumen los poderes del Estado-nación, y los grupos
socioculturales (nacionalidades, pueblos, regiones o comunidades) que reclaman
el reconocimiento de lo que consideran como sus particulares derechos
históricos."
El comunalismo oaxaqueño es una importante corriente independiente del
movimiento indígena con una articulada concepción autonómica. Reivindica la
autonomía pero parte, para llegar a ella, del piso básico de los pueblos indios:
la comunidad. Se opone, si, a quienes creen que se puede arribar a la autonomía
regional por decreto (o por ley), sobre la base de la promulgación desde arriba
de un régimen. Como propuesta político-filosófica reivindica lo colectivo por
sobre lo individual. En esta perspectiva organiza su acción en torno a cuatro
principios básicos: la tierra y el territorio; el poder comunal (no centrado en
el individuo sino en la comunidad) y la asamblea como poder constituyente; el
trabajo comunal (como expresión de una relación diferente con la tierra), y la
fiesta (como el espacio para recomponer el conflicto). Ha construido una
significativa reflexión teórica sobre la cuestión indígena, ha formado la capa
más amplia de intelectuales indígenas en el país, posee una interesante red
institucional por la autonomía y ha alcanzado triunfos muy relevantes. La
comunalidad es "un modo de vida o sistema cultural que llamamos comunal."
El debate entre todas estas posiciones ha sido intenso. López y Rivas lo refleja
en parte en su ensayo. No creo que sea exagerado afirmar que, en parte, el
zapatismo sistematiza y supera, a su manera, todas estas posiciones.
El futuro
Autonomías Indígenas en América Latina: Nuevas formas de convivencia política
es un libro de gran utilidad y actualidad. Un magnífico mapa para navegar por
las aguas del descontento popular. En el momento en el que, tal y como lo ha
señalado Enrique Krauze, los fantasmas del populismo, del marxismo radical y del
indigenismo amenazan Latinoamérica, el trabajo documenta amplia y rigurosamente
algunas de las caras de una emergencia étnica multifacética.
Más allá de documentar su existencia y persistencia, no se puede decir que el
balance sobre las experiencias autonómicas que se obtiene de la lectura de los
materiales en su conjunto sea muy optimista. El magnífico ensayo sobre la
autonomía regional en Nicaragua resulta en ese sentido paradigmático. "A doce
años de distancia –asegura Manuel Ortega- "puede decirse que su puesta en
práctica y desarrollo han sido lentos y complejos" Y concluye: "el resultado más
importante, aunque menos visible, ha sido el fortalecimiento de las identidades
particulares de las etnias." No creo exagerar si esa reflexión se hace extensiva
para el conjunto de las experiencias del área.
Director de opinión del diario La Jornada, de México.